Argentina: El gran juicio a la Esma

miércoles, 19 de diciembre de 2012
Se sentían tan seguros que hasta alardeaban de los crímenes que habían cometido al amparo de la dictadura de Argentina. Narraban su participación en los vuelos de la muerte y presumían las atrocidades cometidas en la Escuela de Mecánica de la Armada, la célebre Esma. Ahora están sometidos a juicio. Los muy escasos sobrevivientes de las detenciones-desapariciones testificarán contra un grupo de militares y exmilitares argentinos y esperan que, ahora sí, los castigos a los asesinos y torturadores sean reales y ejemplares. BUENOS AIRES (Proceso).- “Cuando nos fuimos encontrando con otros sobrevivientes y empezó esa reflexión atormentada de por qué estábamos vivos, creo que fuimos capaces de entender que en el plan de exterminio también estaba consierado que algunos sobrevivieran”, dice a Proceso Graciela Daleo, testigo en el proceso –conocido aquí como “la megacausa”– que comenzó el pasado 28 de noviembre en esta capital contra 68 de los represores de la Escuela de Mecánica de la Armada (Esma). Se estima que unas 5 mil personas pasaron por este centro clandestino de detención durante la última dictadura argentina (1976-1983). Sólo sobrevivieron unas 200. De algunos prisioneros se ha podido reconstruir la trayectoria completa desde su secuestro hasta su asesinato y se han localizado sus restos. Pero la mayoría de esos 5 mil aún tienen el estatus de desaparecidos. “No fuimos un accidente ni una distracción ni el resultado de la benevolencia de los represores”, continúa Daleo, quien estuvo secuestrada en la Esma entre octubre de 1977 y mayo de 1979. “Porque aunque el mandato explícito fue ‘no hablen, el largo brazo de la Armada llega a todas partes’, había un mandato subterráneo que era: ‘Hablen, hablen para aterrorizar’”, afirma. “El objetivo era transformarnos en multiplicadores del horror y en predicadores del arrepentimiento”, dice esta socióloga, militante en ese entonces de la organización revolucionaria Montoneros. “Nosotros transformamos la denuncia del horror en un acto de lucha y de resistencia”, sostiene. Este juicio es el tercero contra los torturadores de la Esma y es el mayor por delitos de lesa humanidad de todos los que se han realizado en Argentina. El Tribunal Oral Federal 5 deberá definir la responsabilidad de los 68 acusados en la suerte corrida por 789 víctimas. A lo largo de dos años se oirá la declaración de 900 testigos. Además es la primera vez que se juzga la actuación de civiles en la Esma. Al exsecretario de Hacienda de la dictadura, Juan Alemann, se le acusa de haber participado en el interrogatorio de un prisionero en 1979. Se espera que el proceso aclare casos como el de la dirigente de Montoneros, Norma Arrostito, presuntamente asesinada en la Esma, y el de la diplomática argentina Elena Holmberg, asesinada en 1979 por integrantes de la Armada. Por primera vez se juzgará a participantes directos de los vuelos de la muerte. Está probado, dijo el secretario del Tribunal, Mariano Carcione, al leer el requerimiento fiscal de elevación a juicio oral, “que estos vuelos eran realizados por pilotos, pero que también llevaban tripulación compuesta por todas aquellas personas que prestaban la colaboración necesaria para llevar a cabo la tarea como médicos y auxiliares, encargados de manipular a las personas adormecidas y lanzarlas al vacío”. Por otra parte, el martes 4 comenzó en Córdoba otro proceso: La causa de La Perla. En este centro de detención clandestino se exterminó al movimiento sindical del segundo polo industrial de Argentina. Entre los 44 acusados destacan el exgeneral Luciano Benjamín Menéndez y los exdirectores del centro, Héctor Pedro Vergez y Ernesto Barreiro. El Tribunal Oral Federal Número 1 de Córdoba indagará la suerte corrida por 350 de las 2 mil 500 personas que, se estima, pasaron por las mazmorras de ese lugar.   Vuelos de la muerte   El actual proceso oral por los crímenes cometidos en la Esma fue antecedido por otros dos juicios. El primero tuvo lugar en 2007 y tanto las víctimas como las organizaciones de derechos humanos lo consideraron una farsa. El único represor imputado, el prefecto Héctor Febres, no llegó a escuchar la condena. Apareció muerto en su celda de privilegio un día antes. La causa de la muerte: envenenamiento con cianuro. El segundo proceso contra la Esma culminó en octubre de 2011. Algunos de los represores más comprometidos con lo actuado en dicho centro, como Jorge El Tigre Acosta y El Ángel Rubio Alfredo Astiz, fueron condenados junto con otros 10 marinos a cadena perpetua. Hubo también cuatro condenas a 18 años de prisión y dos absoluciones. Este tercer juicio incluye por primera vez a actores directos de algunos casos que dieron notoriedad universal a la represión de la dictadura argentina, comenzando por seis de los pilotos que participaron en los vuelos de la muerte. Este método aunaba dos objetivos en un solo acto: el asesinato del enemigo y la desaparición de toda prueba. Miles de prisioneros fueron arrojados, vivos y narcotizados, desde aviones y helicópteros al Río de la Plata y al mar. Décadas después de haber participado en este delito, Emir Sisul Hess y Rubén Ricardo Ormello se vanagloriaban frente a empleados y compañeros de trabajo. Julio Alberto Poch contó su participación en la guerra sucia a otros pilotos de la línea aérea holandesa Transavia, en la que trabajaba. Los testigos ratificarán ante el tribunal lo oído en estas “confesiones”. Los otros tres pilotos que enfrentarán el juicio son Mario Arru, Alejandro D’Agostino y Enrique de Saint Georges, entonces adscritos a la Prefectura Naval Argentina. El fiscal Guillermo Friele espera lograr condenas ejemplares para todos los acusados. “Ejemplares no sólo para el imputado sino también para la sociedad”, dijo el pasado 24 de noviembre al periódico Tiempo Argentino. En 1976 Ricardo Ormello prestaba servicios como cabo de la Armada en el área militar del aeropuerto internacional de Buenos Aires. Más tarde ingresó a Aerolíneas Argentinas. “Contaba que colocaban un DC3 en la plataforma y llegaba un colectivo (autobús)”, según refiere Página 12 en su edición del lunes 3, citando a un operario de la aerolínea que será testigo. “Se los bajaba ‘medio en bolas y como en pedo’, con los ojos tapados. ‘Los sentábamos en el portón y el tordo (doctor) les daba un jeringazo de Pentonaval (narcótico). Los apilábamos y cuando ya estaban listos salíamos a volar. Cuando nos avisaban empezábamos a arrastrarlos y los tirábamos por el portón’, contaba Ormello”, según el relato que el piloto hizo al operario.   “Muerte cristiana”   Rodolfo Walsh es una de las voces más valientes que ha dado el periodismo argentino. Fue acribillado por el grupo de tareas de la Esma el 25 de marzo de 1977. Un día antes, al cumplirse el primer aniversario del golpe de Estado, Walsh despachó desde la clandestinidad su célebre “Carta abierta a la Junta Militar”. Ningún diario se atrevió a publicarla. Walsh hablaba ahí de los “cuerpos mutilados que afloraron entre marzo y octubre de 1976 en las costas uruguayas, pequeña parte quizás del cargamento de torturados hasta la muerte en la Escuela de Mecánica de la Armada”, y sostenía que se arrojaban “prisioneros al mar desde los transportes de la Primera Brigada Aérea” de El Palomar. El primer integrante de las Fuerzas Armadas que admitió haber tirado personas vivas al mar o al Río de la Plata fue el capitán de corbeta Adolfo Scilingo. El periodista Horacio Verbitsky plasmó sus entrevistas con el marino en su libro El vuelo (1995). Scilingo cuenta allí que sus remordimientos eran aplacados por el alcohol y por la palabra de los capellanes militares. Los representantes de la Iglesia sostenían que se trataba de una “muerte cristiana”, que “no era traumática” y que las víctimas “no sufrían”. Justificaban la eliminación de guerrilleros y opositores diciendo que “incluso en la Biblia está prevista la eliminación del yuyo del trigal”. Sin embargo algunos detenidos se despertaron del efecto del narcótico y ofrecieron resistencia en pleno vuelo. Por su participación en dos vuelos, en los que se asesinó a 30 personas, Scilingo cumple un pena de mil 84 años de prisión en España. El aviador naval Emir Sisul Hess integró en 1976 y 1977 la Escuadrilla Aeronaval de Helicópteros con asiento en Bahía Blanca. Tras su retiro, en 1991 se hizo cargo de un complejo turístico en Villa La Angostura, en la Patagonia argentina. Allí se mofaba frente a sus empleados de las súplicas de los detenidos. El tono era burlón y a la vez cargado de resentimiento. “Dijo que los arrojaban al Río de la Plata y que él era piloto”, refiere Página 12. Dijo que uno de sus compañeros en esas tareas era Ricardo Miguel Cavallo, detenido en 2000 en México y extraditado a España en 2001 y a Argentina en 2008. “Decía que los vuelos salían de (las bases aéreas) Palomar o Morón, que les ponían una bolsa en la cabeza, los subían a aviones y los trasladaban hasta que eran arrojados”, refiere el rotativo. Julio Alberto Poch se retiró de la Fuerza Aérea en 1981. Se fue con su esposa y sus tres hijos a Holanda. Fue denunciado por sus colegas de trabajo, los pilotos holandeses Tim Weert y Edwin Brouwer, a quienes les relató en 2003 su participación en los vuelos, sin el menor signo de arrepentimiento. El 5 de mayo de 1977 el activista cristiano Adolfo Pérez Esquivel llevaba más de un mes en una dependencia de la Policía Federal sin que su detención constara en ningún registro. “Esa madrugada me sacan y me llevan al aeródromo de San Justo, me encadenan en un avión y me tienen volando más de dos horas, tres horas –uno ahí pierde la noción del tiempo– sobre el Río de la Plata, sobre la costa uruguaya”, cuenta Pérez Esquivel a Proceso. “Y yo sabía perfectamente que arrojaban a los prisioneros. Había visto fotos de cadáveres en la Asociación Internacional de Juristas en Ginebra”. Pérez Esquivel había fundado en 1975 el Servicio de Paz y Justicia, una red de cristianos pacifistas que denunciaba el terrorismo de Estado en diferentes países de Latinoamérica. En 1980 recibió el Premio Nobel de la Paz por su tarea. Esa mañana de 1977 se encontraba él mismo en uno de esos vuelos de la muerte. “Hasta que el piloto le dice al oficial que han dado una contraorden y que tienen que llevarme a la base aérea de Morón”, relata Pérez Esquivel. En efecto, el avión aterriza y se le comunica al prisionero que será llevado a la Unidad Penal 9. “Yo nunca pensé que me iba a poner contento cuando me llevasen a una cárcel”, dice. “Todo fue por la presión internacional. Si no, yo hoy sería un desaparecido más”.   Larga cadena genocida   El tercer proceso de la Esma analizará algunos casos de gran importancia. Azucena Villaflor fue una de las fundadoras de las Madres de Plaza de Mayo. En 1977 la organización se reducía a un puñado de madres que intentaba averiguar el destino de sus hijos. Su punto de reunión era la iglesia de Santa Cruz en Buenos Aires. El grupo fue infiltrado por Astiz. Villaflor fue secuestrada el 10 de diciembre de 1977 y llevada a la Esma. Otras nueve madres corrieron la misma suerte. Diez días más tarde el mar devolvió algunos cuerpos a playas de la costa atlántica. La causa de muerte, según los médicos de la policía, era “choque contra objetos duros desde gran altura”. Pobladores de las cercanías –consultados para la realización del documental Historias de aparecidos (2005) de Pablo Torello– refieren que los cadáveres tenían muestras evidentes de tortura. Los restos de siete cadáveres fueron a dar a fosas sin nombre en el cementerio de la localidad de General Lavalle. El Equipo Argentino de Antropología Forense informó en junio de 2005 que uno de los cuerpos correspondía a Villaflor. Uno más de los restos identificados pertenece a la religiosa francesa Léonie Duquet, quien desde 1967 realizaba junto a su compañera, Alice Domon, trabajo de catequesis en los barrios marginales de Buenos Aires. La desaparición de “las monjas francesas” fue durante décadas un factor de tirantez en las relaciones bilaterales entre Argentina y Francia. Otro caso paradigmático que abordará el juicio es el de la adolescente sueco-argentina Dagmar Hagelin. Fue secuestrada por error el 27 de enero de 1977. Tenía 17 años. Alfredo Astiz le habría disparado en la cabeza cuando la joven intentó escapar. A ella se le vio en la Esma hasta mediados de febrero de 1977. En el juicio también se abordará el caso de Norma Arrostito, una de los dirigentes de los Montoneros. Fue secuestrada el 2 de diciembre de 1976 y llevada a la Esma. Todos los grandes medios informaron que la mujer había sido muerta a tiros, pero estaba viva y era exhibida con grilletes en los pies ante los secuestrados, como un trofeo de guerra con el fin de romper resistencias y conseguir nuevas delaciones. El Tigre Acosta –jefe de inteligencia del grupo de tareas de la Esma– le contó a la detenida Susana Jorgelina Ramus –hoy testigo– que a Arrostito le habían aplicado una inyección de aire por su negativa a colaborar. Un caso más que se tratará en el juicio es el de Alicia Eguren, viuda de John William Cooke, representante en Argentina del exiliado Juan Domingo Perón. Eguren fue secuestrada el 26 de enero de 1977. En la Esma la torturaron. Una sobreviviente recuerda haberla oído repetir con asombro y espanto: “Dios mío, esto es un genocidio”. El juicio aclarará también circunstancias y motivos del asesinato de Elena Holmberg. La diplomática era hermana de un militar y prima del general y expresidente de facto Alejandro Lanusse (1971-1973). Trabajaba en la embajada argentina en París. La Marina había instalado allí un “centro piloto” para contrarrestar la difusión que hacían los exiliados de los crímenes de la dictadura. La sospecha del asesinato de Holmberg recayó siempre sobre el exjefe de la Armada, Emilio Massera, fallecido en 2010. La diplomática habría tenido pruebas de un supuesto encuentro en París entre Massera y Mario Firmenich, principal jefe de los Montoneros y quien a raíz de esa supuesta reunión ha sido acusado de traición por sus excompañeros guerrilleros. El tema reviste enorme interés histórico sobre todo porque fue la Marina, de raíz profundamente antiperonista, la que se dedicó con ahínco al exterminio de los Montoneros.   “Personas de bien”   “Mi expectativa, mi convicción, era que el ciclo era secuestro, tortura, arrancarte datos o no, y más tarde la eliminación definitiva”, cuenta Daleo. “No fue esa mi experiencia. Yo viví la contradicción de querer la muerte y saber que estos hijos de puta no me iban a hacer ese favor tan rápido.” El capitán de corbeta y oficial de inteligencia Antonio Pernías es otro de los 68 acusados en este proceso. En el segundo juicio, culminado en octubre de 2011, fue condenado a cadena perpetua. Durante su declaración de entonces habló de “interrogatorios reforzados”, en alusión a los tormentos que aplicaba. “Pero no había ensañamiento porque nosotros éramos personas de bien”, dijo. “El día de mi secuestro –continúa Daleo– me dice Pernías, que es el oficial que me aplicó la picana eléctrica en la sala 13 del sótano del casino de oficiales: ‘Yo le dije que al atardecer iba a ser su fin, la vamos a fusilar’. Me volvió a preguntar si iba a hablar o no. Le dije que no. Me empiezan a vestir, me desatan y yo ahí pensaba qué alivio, esto se terminó. Yo lo que quería era eso. Quería morir dignamente enfrentando a mis captores sin haber cedido a sus exigencias. Pero no me mataron. Me sometieron a un simulacro de fusilamiento.” Pernías tenía a su cargo “la pecera” de la Esma, una especie de oficina en la que los cautivos hacían trabajo esclavo, otro de los delitos que se ventila por primera vez en este tercer juicio. Daleo fue obligada a redactar textos para familiares de los represores. Otros prisioneros falsificaban documentos de identidad y pasaportes. “Acá todos tienen que poner los dedos. El que no pone los dedos, se va para arriba”, advertía El Tigre Acosta. Así lo refiere Daleo. “Poner los dedos” significaba “tener sobre los hombros la caída de algún compañero”, explica la sobreviviente. “Irse para arriba” era ser asesinado. El clímax del triunfalismo entre los marinos de la Esma se vivió el 25 de junio de 1978, cuando la selección argentina de futbol ganó el campeonato mundial organizado por la Junta Militar. La final se jugó en el estadio de River Plate, a escasos mil metros de la Esma. Esa noche los represores sacaron a varios prisioneros para que vieran cómo festejaba el pueblo. “Me subieron a un Peugeot 504”, cuenta Daleo. “Cuando llegamos a la avenida Cabildo era impresionante la multitud que estaba saltando, cantando y gritando”. Incómoda por tener que respirar el mismo aire que los marinos y para observar mejor la situación, les pidió permiso para sacar la cabeza por el quemacocos. “Y ahí asomada vi esos miles y miles de personas que cantaban y festejaban como si estuvieran celebrando algo que podría haber cambiado el destino de nuestro país... Ahí empecé a llorar. Sentí que si me ponía a gritar que era una desaparecida nadie me iba a hacer caso.”

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