Yemen: Revolución congelada

lunes, 20 de febrero de 2012
Este martes 21 Yemen celebrará elecciones, las primeras tras la ola de protestas que provocaron la renuncia del presidente Alí Abdalá Saleh y la formación de un gobierno de “unidad nacional”. Pero los partidos políticos “secuestraron” la revolución y el nuevo gobierno rehúsa tocar al ejército, cuya reforma es una demanda de los activistas que iniciaron la revuelta y que todavía ocupan la plaza central de Sanaa. Más aún, hay rebeliones internas y divisiones tribales que amenazan con fragmentar o llevar el país a la guerra civil. SANAA (Proceso).- Sentada en el amplio sofá púrpura de su casa en las afueras de Sanaa, la activista de los derechos humanos y miembro del Consejo Nacional Revolucionario (CNR) Amal Basha se muestra emocionada al hacer un recuento del año que puede haber cambiado para siempre el curso de los acontecimientos en Yemen. “Despojamos al régimen de su legitimidad. Fue una alegría. La gente de todos los lugares y todas las tribus se unió: pobres, ricos, educados, analfabetas…”, explica con entusiasmo, mientras una sonrisa se dibuja en su cara. “Por primera vez en nuestra historia hubo una unidad nacional”, señala. Antes de 2011 Yemen, un país desértico y rocoso en el extremo sur de la Península Arábiga, era más bien conocido por sus poderosas tribus guerreras y por ser la patria de la familia de Osama bin Laden. Pero a finales de enero la Primavera Árabe, que ya bullía en Túnez y Egipto, llegó a Sanaa. En unos cuantos días lo que empezó como una protesta por las difíciles condiciones económicas que atravesaba el país, se transformó en el desafío más serio que enfrentó el presidente Alí Abdalá Saleh en sus 33 años de mandato. Conforme creció la represión de las fuerzas de seguridad contra los antes aislados plantones y protestas a las puertas de la vieja universidad, aumentó el número de personas que salieron a manifestarse a las calles. Después de meses de sangrientos enfrentamientos entre el ejército y la población, acompañados por deserciones masivas en las fuerzas de seguridad y un atentado fallido contra Saleh, el presidente se vio obligado a dimitir en noviembre. Gracias a un acuerdo gestionado por el Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) –los Emiratos Árabes Unidos, Bahréin, Arabia Saudita, Omán, Qatar y Kuwait–, Saleh cedió el poder a su vicepresidente, Abdu Rabu Mansur Hadi, a cambio de inmunidad para no ser sometido a ningún juicio; una maniobra que enfureció a muchos rebeldes pero que puso fin a una violencia que mató al menos a 270 civiles, según el más reciente informe de Human Rights Watch. Un mes antes –en octubre–, la activista Tawakkul Karman había sido premiada con el Nobel de la Paz 2011 por el papel fundamental que jugó como líder del movimiento de protesta. Ella de inmediato dedicó ese reconocimiento a los millones de yemenitas que participaron en la revolución.   Poder militar   Un año después del inicio de las protestas, cientos de personas todavía acampan alrededor de la capitalina plaza del Cambio, como rebautizaron el área donde se desarrolló la revolución. Las protestas y manifestaciones se han vuelto esporádicas, pero muchos han transformado sus tiendas móviles en casas de ladrillo para mostrar su decisión de permanecer ahí hasta que se cumplan todas sus demandas. “No nos preocupa el tiempo. Mientras más largo sea, más conciencia va a adquirir la gente”, explica Ismail Hussein Alí, un granjero de 30 años proveniente de la norteña provincia de Saada y quien se asentó en la plaza hace casi un año. Aunque la salida de Saleh fue una buena noticia para él, no es suficiente para celebrar. “Esta revolución tiene raíces profundas y no se trata de personas sino de objetivos”. Los pensamientos de Alí son compartidos por muchos otros manifestantes. Aunque la remoción del antiguo hombre fuerte es un logro notable, todavía falta mucho por hacer para conducir a Yemen por la senda de la democracia, la libertad y el desarrollo económico, como piden los revolucionarios. El gobierno de unidad nacional, surgido del acuerdo del CCG e integrado por miembros del antiguo partido gobernante y la oposición, todavía no ha abordado el principal reclamo de los rebeldes: reformar al ejército, la verdadera fuente de poder en Yemen. Divididas entre los leales que se mantuvieron del lado de Saleh y los disidentes que se unieron a la revolución, parte de las fuerzas armadas permanece todavía firmemente en manos de la familia del presidente: el hijo de Saleh, Ahmed Alí, encabeza la Guardia Republicana entrenada por Estados Unidos, mientras que su medio hermano Mohamed comanda la Fuerza Aérea. Peticiones recientes de su remoción, hechas por miembros de sus propias filas, todavía no han sido escuchadas por Hadi, el presidente en funciones. “Queremos que se enjuicie a los responsables de las matanzas del año pasado y un auténtico ejército nacional, no uno que defienda sólo los intereses de unas cuantas familias”, confirma Mohamed Mojalli, un manifestante de 35 años. El asunto, incluido en el acuerdo del CCG, tendrá que tratarse durante el periodo de transición en curso, que se iniciará con las elecciones presidenciales del martes 21 y en las que Hadi es el único candidato y seguro ganador. Se espera que la elaboración de una nueva Constitución y las consultas democráticas se realicen en el transcurso de dos años, un periodo relativamente largo que los jóvenes revolucionarios temen pueda vaciar de contenido a su movimiento. “Creo que la revolución ha muerto. Nosotros no queríamos esta elección y yo no iré a votar a menos que pongan candidatos serios”, afirma Hafsa Aobal, un activista de 24 años proveniente de Dhamar. “Extraño las sensaciones que experimenté en la plaza durante las protestas. Ahí todos éramos como hermanos”.   Oportunismo   Una parte de los revolucionarios ha acusado a los partidos políticos de apropiarse de los ideales y las causas de las protestas en beneficio propio. Desde mediados de marzo, sostienen, políticos y líderes tribales y militares se sumaron a las manifestaciones para luego obtener beneficios en la mesa de negociaciones. Ahora que forman parte del gobierno de unidad nacional que supuestamente debe sacar al país de la crisis, muy bien podrían parar las reformas. “Los partidos políticos firmaron el acuerdo del CCG sin siquiera consultar al CNR”, se queja Amal Basha y agrega que el Consejo ni siquiera se reunió el mes pasado, una señal clara de su creciente debilidad. “Los partidos políticos eran parte de la revolución. Hasta marzo había armonía entre políticos y revolucionarios”, revira Abdul Walid al Sakkaf, un funcionario de 52 años del área de cultura del Partido Unionista Nasserista. “Fue el CCG el que empezó a tratar con los partidos, excluyendo a los rebeldes, lo que permitió a los políticos apropiarse de la situación”. Cualquiera que sea el análisis de la revolución, el resultado parece claro: los principales beneficiarios de la nueva situación son los islamistas del partido Islah, la versión local de la Hermandad Musulmana, ampliamente reconocido como la formación política más fuerte. Constituye un movimiento heterogéneo, que lo mismo incluye a empresarios moderados que a clérigos controvertidos como Abdul Majeed al Zindani, fundador de la universidad local Al-Iman. Zindani era amigo cercano de Anwar al-Awlaki, el yemenita vinculado con los ataques del 11 de septiembre de 2001 a Estados Unidos y quien en septiembre pasado fue aniquilado por un avión teledirigido de Estados Unidos. Desde 2004 Zindani ha sido clasificado por las autoridades estadunidenses como un “terrorista global”. Hace algunos días él y Abd Al-Wahab Al-Dailami, otro prominente clérigo afiliado al partido Islah, emitieron una fatwa que acusaba a cuatro periodistas yemenitas de apostasía, poniendo potencialmente en riesgo sus vidas. Peor aún, jóvenes milicianos adeptos al partido Islah fueron acusados de golpear en la plaza a manifestantes rivales y opositores políticos, poniendo en tela de juicio el carácter democrático de este movimiento. La ministra de Derechos Humanos, Hooria Mashhour, no coincide con esta visión, ya que destaca los avances hechos por Islah en los pasados seis años, como la inclusión de mujeres en el Consejo de la Shura, su principal órgano ejecutivo. “Los moderados en el partido han ido aumentando, mientras que los líderes tribales y radicales se vuelven cada vez menos importantes”, explica. “No queremos etiquetarlos como radicales. Entre ellos hay jóvenes con ideas fantásticas”. Hasta Karman, la Premio Nobel, es miembro de ese partido. Pero no sólo la política es lo que preocupa a los yemenitas. Los pasados meses de agitación tuvieron un enorme impacto en la economía de un país ya de por sí pobre. Desde enero los precios se han duplicado, principalmente por los altos costos de los combustibles y la caída de la moneda local, el rial yemenita, al tiempo que sectores tradicionalmente fuertes –petróleo y turismo– han tenido pérdidas significativas a causa de la inseguridad y el sabotaje de los ductos durante los disturbios. “Este sitio solía estar lleno de turistas occidentales”, explica el gerente de un hotel de Sanaa, señalando hacia el amplio y vacío vestíbulo. “Ahora no hay nadie”. En este país de 24 millones de habitantes, casi un tercio vive por debajo de la línea de la pobreza, dice Amin Mohie al-Din, profesor de economía en la Universidad de Sanaa. “Tenemos 7 millones de pobres, particularmente en la áreas rurales”, explica. “Carecemos de una visión estratégica y de un plan de desarrollo a largo plazo; y la inestabilidad política no ayuda”.   El factor tribal   La situación de seguridad es todavía más apremiante. El norte y el sur son asolados respectivamente por la rebelión de la secta chiita de los zaydíes (también conocidos como houthis) y los separatistas del Movimiento del Sur. Por otro lado, combatientes de la organización Al Qaeda en la Península Arábiga (AQPA) controlan la franja costera de Abiyán y realizan frecuentes incursiones a las ciudades cercanas, obligando a las autoridades a hacer concesiones para poder retomar el control. Aprovechándose de la división dentro del ejército y del gobierno, todos los grupos rebeldes ganan terreno continuamente, incrementando los temores de una guerra civil generalizada. Los ataques de AQPA se vuelven cada día más descarados, algo que muchos aquí imputan al anterior régimen. Aliado oficialmente con Estados Unidos en la “guerra contra el terror”, se cree que Saleh apoyó durante años a Al Qaeda con el fin de presentarse ante Occidente como el único gobernante capaz de mantener unido al país. “No negamos la existencia del grupo, pero Al Qaeda se crece o se calla de acuerdo con la voluntad de Saleh”, dice el periodista y activista Samia al-Aghbary. “Al iniciarse la revolución Abiyán fue prácticamente dejado en sus manos. De otro modo, ¿cómo pudieron escapar de prisión tantos de sus combatientes sin ser detenidos por las fuerzas de seguridad?”. Las potencias extranjeras, lejos de jugar un papel positivo, están haciendo la crisis yemenita mucho más difícil, consideran analistas locales. Además Estados Unidos, Irán y Arabia Saudita libran aquí otro de los capítulos de su larga batalla por el poder en Medio Oriente. Pero en tanto que la influencia del primero es relativamente reciente y se limita a apoyar a los houthis, la estrategia de Riad ha sido mucho más profunda y sabia. Juega un papel significativo en la crisis reciente como el miembro más prominentes del CCG. Además, los sauditas siempre han intervenido en la política de Yemen. “Desde hace 40 años empezaron a establecer aquí centros religiosos, enrolando a cientos de jóvenes”, explica el jefe de una ONG local, quien pide que por lo delicado del tema su nombre se reserve. “Se extendieron de manera sorprendente al explotar la pobreza de la gente, dándole dinero y trabajo, predicando al mismo tiempo teorías salfistas radicales”. Plagado de rebeliones internas y divisiones tribales, Yemen ya está resintiendo los efectos de esta lucha por el poder. Choques cada vez más frecuentes entre houthis y salafistas son reportados en la plaza del Cambio, donde ambos grupos sostienen un intercambio recíproco de golpizas y quema de tiendas de campaña. “Lo que realmente tememos es un conflicto sectario apoyado por potencias extranjeras”, continúa el jefe de la ONG. “Realmente espero que Irán y Arabia Saudita no vayan a combatir aquí en nombre de la religión. Ésta es una guerra fría y la víctima es Yemen”. No es de sorprender, por lo tanto, que en un momento de tanta dificultad para el gobierno central, los políticos y militares vuelvan sus ojos hacia la miríada de tribus y subtribus para consolidar su poder. Los más numerosos e influyentes –como la Confederación Hashid, cuyos líderes apoyaron la revolución del año pasado– siempre han sido cuidadosamente cortejados por el régimen y por cualquiera deseoso de derribarlo. “En nuestra historia nadie ha sido capaz de gobernar Yemen sin el consentimiento de las tribus”, explica el jeque Mohsin al-Nini de la tribu Khalan. Los jeques y los dirigentes tribales actúan como jueces dentro de sus comunidades y como sus representantes frente al poder político. En un país donde hay alrededor de 50 millones de armas, de acuerdo con estimaciones oficiales, cada tribu tiene sus propios combatientes y su propio arsenal. Controlar el país sin su consentimiento es simplemente imposible. Sabedor de ello Saleh compró su apoyo mediante dinero, distribución de tierras y la concesión de posiciones políticas. Esto provocó una alteración de las normas tribales y una creciente falta de confianza en el papel de los jeques, lo que no se tradujo necesariamente en la disminución de su poder político. “Acabamos por no tener ni un sistema civil ni uno tribal”, explica Abdulrahman al-Marwani, jefe de una asociación local que se dedica a la mediación entre conflictos tribales. “Para solucionar nuestros problemas requerimos de un gobierno central más fuerte, algo que los jeques tribales han tratado de impedir durante muchos años”. Al-Nini opina distinto: “La verdad es que las leyes y los sistemas tribales funcionan mejor que el Estado. Hemos logrado mantener a nuestras comunidades en paz y estables”, sostiene. Esto no ha ocurrido en ciudades grandes como Taiz, Adén y Sanaa, destaca, lamentando el desenlace de una revolución que, piensa, ha traicionado las expectativas de la gente. “La economía está en mal estado y ya no hay seguridad… Yemen necesitaba una revolución, pero ahora estamos mucho peor que hace un año”. (Traducción: Lucía Luna)

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