Egipto: La "mano invisible" de la violencia

domingo, 5 de febrero de 2012
La violencia en el estadio de Port Said –cuyo saldo fue de 74 muertos y más de mil heridos– fue provocada, o al menos permitida, por las fuerzas de seguridad con el propósito de “castigar” a los seguidores del equipo de futbol Ahly, quienes han tenido una importante participación en las manifestaciones en contra del depuesto régimen de Hosni Mubarak y de la actual junta militar que gobierna al país. Tal es la tesis de la organización Hermanos Musulmanes, que domina el Parlamento, y de activistas de la Plaza Tahrir. Pero la “provocación” resultó en apariencia contraproducente: reavivó las protestas antigubernamentales y desató una nueva crisis política. EL CAIRO (Proceso).- La tragedia del miércoles 1 en el estadio de futbol de Port Said, donde tuvo lugar una violenta refriega que se saldó con 74 víctimas mortales y más de mil heridos, reabrió las costuras de la turbulenta transición egipcia. En una caldeada sesión parlamentaria varios diputados pidieron el jueves 2 la dimisión del ministro del Interior, Mohamed Ibrahim, y responsabilizaron de los hechos a la Junta Militar. La tensión se palpaba esa noche en el centro de El Cairo, donde miles de manifestantes se enfrentaron a las fuerzas del orden, en lo que podría ser el anticipo de una nueva ola revolucionaria. El Ministerio de Sanidad egipcio estimó en más de 388 los heridos en los choques ocurridos esa noche. El primer ministro, Kamal Ganzuri, intervino en el Parlamento para expresar su dolor por lo ocurrido y dar explicaciones de la actuación gubernamental. “Estoy dispuesto a rendir cuentas ante cualquier institución porque sé que tengo una responsabilidad política por los hechos”, dijo Ganzuri, quien acudió al hemiciclo acompañado por el ministro del Interior. En su breve discurso, Ganzuri informó que el gobierno había actuado con celeridad la noche anterior y había aceptado las dimisiones del gobernador de Port Said, del responsable de las fuerzas de seguridad de la región, así como de toda la junta directiva de la Asociación de Futbol Egipcia. Como en otros episodios violentos de los meses anteriores, el gobierno culpó de la matanza a un misterioso complot “que pretende desestabilizar el país”, una herramienta discursiva que los actuales líderes del país parecen haber tomado prestada del manual del régimen anterior. La noche del miércoles 1, el mariscal Hussein Tantawi, presidente de la Junta Militar, había recurrido a la otra medida habitual: la apertura de una comisión de investigación. “Los culpables serán castigados”, aseguró en declaraciones a la prensa. Sin embargo, las promesas de Tantawi y Ganzuri no inspiran ya ninguna confianza en la mayoría de los diputados electos en las primeras elecciones democráticas, por lo que la institución decidió realizar su propia investigación de los hechos. Varios legisladores lanzaron en sus discursos en la cámara afilados dardos contra la cúpula castrense. “No es aceptable para el director de la seguridad de Port Said, al que no absuelvo de ninguna responsabilidad, convertirse en un chivo expiatorio. Queremos una limpieza a fondo del ministerio del Interior”, afirmó Hussein Mohamed Ibrahim, diputado del Partido de la Libertad y la Justicia, organización política con la que los Hermanos Musulmanes se presentaron en las recientes elecciones. Precisamente, la restructuración del sistema de seguridad, al que las organizaciones de derechos humanos acusan de perpetrar numerosos abusos, es una de las principales demandas insatisfechas de la Revolución del 25 de enero. El histórico movimiento islamista emitió un comunicado público en el que atribuyó la violencia a “facciones internas con fuertes relaciones con el antiguo régimen”, y que tendrían como objetivo “bloquear una transición pacífica”. Más directo y contundente fue Mohamed Abu Hamid, del partido laico Egipcios Libres. “Lo que sucedió ayer (miércoles 1) no lo podemos llamar un incidente. Es una conspiración de la que la Junta Militar debe responder. La Junta debe caer. ¡La Junta debe caer!”, remachó el diputado ante las cámaras de televisión, que transmitieron en directo la sesión. Los legisladores se hicieron eco en el hemiciclo de una indignación compartida por la mayoría de los egipcios, sobre todo por los miles de personas que se concentraron el jueves 2 en la estación de tren de Ramsés para recibir a los aficionados del Ahly provenientes de Port Said. En un país proclive a las teorías de la conspiración, no sólo algunos diputados ven la mano negra de la Junta Militar detrás de una masacre inédita en la historia del futbol egipcio. “Los militares quieren crear el caos para justificar su permanencia en el poder. Es mucha casualidad que todo esto suceda justo después de levantar la ley de emergencia”, apuntaba Ahmed Ismail, un veterano ingeniero que se sumó a las marchas de protesta. Una de las más multitudinarias pretendió culminar el jueves 2 frente a la sede del Parlamento. Sin embargo, sus zonas aledañas, y buena parte del centro de El Cairo, estaban completamente selladas por la policía con alambradas y muros. Se desató una batalla campal con las fuerzas de seguridad, que utilizaron gases lacrimógenos para dispersar a los manifestantes, con un saldo de casi 400 heridos. El mismo jueves un halo de incertidumbre envolvía los incidentes, que constituyen el más violento de los espasmos que han sacudido al Egipto pos Mubarak. Varios testigos aseguran que la presencia policial en el estadio de Port Said era mucho menor de lo habitual y que los agentes desplegados no hicieron nada para evitar que miles de personas invadieran el terreno de juego para linchar a los jugadores y aficionados del Ahly, el equipo visitante. En un comunicado en su página de Facebook, las Águilas Verdes, el grupo de seguidores fanáticos del club Masri, afirmaron “no tener nada que ver con lo sucedido” y denunciaron que “grupos de vándalos” se infiltraron en sus filas.   “El mismo equipo”   Las banderas de los clubes de futbol Ahly y Zamalek, los dos más populares y laureados de Egipto, presidieron las diversas marchas de duelo y protesta que el jueves 2 organizaron en el centro de El Cairo “los ultras”, los aficionados más fanáticos del Ahly. A pesar de la tradicional inquina que existe entre los seguidores de ambos equipos cairotas, se hermanaron en sus sentimientos de dolor y rabia por la tragedia del miércoles en Port Said. “Estoy destrozado, ayer perdí a dos amigos en el estadio”, dijo con los ojos acuosos Atif Abdel Aziz, un joven de 19 años y cabeza rasurada que se declara miembro de los ultras. “Pero hoy no estamos aquí como seguidores del Ahly o del Zamalek. Todos somos de un mismo equipo: Egipto”, añadió, mientras señalaba la bandera de Egipto dibujada en su frente. La tarde del mismo jueves, frente a la sede de la Asociación Egipcia de Futbol, situada en el exclusivo barrio de Zamalek, se concentraron a primera miles de personas para pedirle cuentas a ese organismo. Los jóvenes gritaban consignas de homenaje a los caídos en Port Said, aderezados con referencias religiosas como “¡Dios ama a los mártires!” y “¡Con nuestra alma, con nuestra sangre, moriremos por vosotros, mártires!” “Yo soy un fan del Zamalek de toda la vida y me siento realmente conmocionado. Todos somos hermanos. Todos somos egipcios”, aseguró Samih Alí, rodeado de aficionados del Ahly que asentían con la cabeza. En el grupo había incluso un aficionado del Masri, el equipo en cuyo estadio tuvo lugar la masacre. “Quienes asesinaron a más de 70 personas no son seguidores del Masri. Vinieron de fuera, y se infiltraron entre nuestros aficionados. Todo estaba planeado”, afirmó Ahmed Fathy, ataviado con una bufanda con los colores de Egipto. A causa de su trabajo, Fathy tuvo que viajar el martes a El Cairo, y no pudo asistir al trágico encuentro que disputaba su club. Pero sí lo hicieron su tío y su primo. “Ellos me han dicho que vieron seis vehículos llegar al estadio. Aunque llevaban banderas del Masri, nadie los conocía. Ellos fueron los responsables”, asegura. Todos los presentes coincidieron en que fue una carnicería planeada, y culparon a la Junta Militar de ser la “mano negra” que orquestó los incidentes. “Incluso en las escaramuzas entre aficionados del Zamalek y del Ahly, es impensable algo así. Su excitación deportiva los lleva a pelearse, pero nunca hay la intención de asesinar al rival”, sostiene Alí. Había numerosas pancartas que incriminaban a la cúpula castrense. Una de ellas, sostenida por un veterano seguidor del Ahly, rezaba: “La Junta Militar y el caos van siempre unidos”. De pronto, un adolescente con la cabeza y la pierna izquierda vendadas se abrió paso entre la multitud. Vestido con una cazadora del Ahly, caminaba renqueando y se apoyaba en los hombros de dos compañeros. Uno de ellos confirmó que el joven, tan débil que no quería realizar declaraciones ni posar para los fotógrafos, resultó herido en el estadio de Port Said. Mientras se acercaba a la concentración, otro joven que caminaba a su lado, visiblemente exaltado, intentó arrebatar una bandera del Zamalek a un seguidor de este equipo, pero el adolescente herido le sujetó el brazo y le indicó que no con el dedo. No necesitó ni abrir la boca para atajar de inmediato el único conato de enfrenamiento. Nadie entre los asistentes lanzó críticas contra los aficionados del Masri, el equipo de Port Said. Todo lo contrario: incluso en algunos cánticos, los seguidores del Ahly quisieron lanzar un guiño a sus adversarios para mostrar la unidad del mundo del futbol: “¡Dios es grande y ama a Port Said!” Las consecuencias políticas de esta tragedia aún son inciertas, pero ya se ha conseguido todo un hito en Egipto: hermanar bajo una misma enseña a antiguos enemigos irreconciliables. l   *Fragmentos de textos publicados por el diario El País, con cuya autorización se reproducen.

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