Comicios en Francia: Los invisibles

sábado, 21 de abril de 2012
En Francia –donde habrá elecciones este domingo 22– millones de personas se hunden en la pobreza o su situación laboral y social es tan precaria que están al borde de ella. Son ciudadanos que a mitad del mes se quedan sin dinero pero son “invisibles” para la clase política, la élite económica, la justicia y la prensa, y fueron los grandes ausentes de los discursos de los principales candidatos presidenciales, Nicolas Sarkozy y François Hollande, de quienes desconfían. Se sienten despreciados, discriminados y estigmatizados. PARÍS (Proceso).- A unos días de la primera vuelta de las elecciones presidenciales francesas –este domingo 22–, politólogos, observadores y analistas reconocen que los resultados son imprevisibles. Si bien todos notaron el descenso del presidente Nicolas Sarkozy en las preferencias electorales, nadie se atrevió a hacer pronósticos sobre los votos de protesta que captarían el Frente Nacional encabezado por Marine Le Pen (de ultraderecha) o el Frente de Izquierda (coalición del Partido Comunista, el Partido de Izquierda y organizaciones anticapitalistas y ecologistas) liderado por Jean Luc Mélenchon. Tomaron una distancia prudente de las encuestas que mencionan entre 14% y 17% de intención de voto para el primero y entre 13% y 15% para el segundo. No se arriesgaron a hablar de un eventual récord del abstencionismo, que hasta el último momento era la gran incógnita de los comicios. Rehusaron manifestarse respecto de las cifras de 20% y 30% de abstención manejadas por los sondeos. Se quedaron perplejos ante otros que señalaban que 25% de los encuestados en vísperas de las elecciones no sabían por quién iban a votar. ¿Por qué tanta incertidumbre? En gran parte por el escepticismo y la desconfianza que despertaron las campañas. Siempre según los sondeos, 76% de los franceses consideró que los candidatos no se enfocaron en los problemas que los ciudadanos enfrentan a diario: el auge de la pobreza y la precariedad laboral y social que flagela o amenaza a millones. El jueves 12 los presidentes de siete organizaciones cristianas –consideradas referencias incuestionables en Francia– confrontaron directamente a los candidatos presidenciales al calificar sus campañas de “inquietantes”. En una declaración pública enfatizaron: “Un catálogo de medidas no puede sustituir la elaboración de un verdadero proyecto de sociedad. ¿Qué sociedad queremos? ¿Acaso debemos tomar en cuenta sólo los indicadores macroeconómicos como criterios para determinar lo que es bueno para Francia? Entre los firmantes del “llamado urgente a favor de una sociedad solidaria” destacan organizaciones como Le Secours Catholique y La Cimade, de gran solidez en Francia. La primera, creada en 1946, actúa contra los estragos de la pobreza. La segunda, fundada en 1939, protege a los indocumentados sobre todo en los centros donde miles de ellos permanecen retenidos semanas o meses antes de ser expulsados del país. Ambas publican además informes anuales muy bien documentados que exhiben el rostro escondido de la sociedad francesa. Su grito de alarma retoma advertencias urgentes lanzadas por ONG, algunas de larga trayectoria, como la Fondation Abbé Pierre, y otras más recientes, como los Restos du Coeur (Restaurantes del Corazón) abiertos en 1985 o la Red de Tiendas Solidarias de Alimentos, fundada en 2000 por la Agencia Nacional de Desarrollo de las Tiendas Solidarias de Alimentos (ANDES, por sus siglas en francés). Los datos compilados por estas asociaciones confirman y completan las investigaciones del Observatorio Nacional de la Evolución de la Pobreza y de la Exclusión Social, organismo gubernamental creado en 1998. Y dichas cifras no fueron mencionadas por los dos principales candidatos a la Presidencia: Nicolas Sarkozy, de la Unión por un Movimiento Popular (UMP), y François Hollande, del Partido Socialista (PS). Evasivos, se limitaron a hablar de “los franceses silenciosos” o de “los franceses que sufren”. Precariedad Francia –uno de los 10 países más ricos– tiene 64 millones 700 mil habitantes, de los cuales 8.2 millones (13.5% de la población) viven abajo del umbral de la pobreza. La degradación del nivel de vida que afecta a las clases populares y a sectores de la clase media se agudizó desde la crisis bancaria y financiera de 2008 y contrasta con el enriquecimiento acelerado de una élite empresarial abiertamente protegida por Sarkozy a lo largo de su quinquenio. La pobreza afecta a 1 millón 600 mil familias monoparentales, la mayoría de las cuales constan de madres con sus hijos. En 2009, por la presión de las asociaciones de la sociedad civil, el gobierno creó el Ingreso de Solidaridad Activa (RSA, por sus siglas en francés), que salvó de la miseria a 1 millón 380 mil personas. Poco más de 6 millones de franceses sobreviven gracias a la asistencia del Estado y a la ayuda de asociaciones civiles. Los Restos du Coeur son una de ellas. El balance de su actividad en los últimos meses es elocuente. En sólo un año –de 2010 a 2011– sus 60 mil voluntarios se movilizaron en 2 mil 55 centros en toda Francia para entregar 109 millones de bolsas con alimentos a 860 mil personas. Unos 104 camiones distribuyeron comidas calientes en distintos barrios de las grandes ciudades. Existen ahora 62 Restos Bébés du Coeur que reparten leche y artículos de primera necesidad para 30 mil menores de un año. Igual que otros dirigentes de ONG, Olivier Berthe, presidente de los Restos du Coeur, confiesa que está rebasado por la situación. Sus equipos de voluntarios mencionan un aumento de 10% de solicitudes de ayuda en los últimos meses. La pobreza abarca a 29.8% de los jóvenes menores de 18 años y a 10.9% de los que están entre 18 y 29 años: en Francia 40% de los pobres tienen menos de 30 años. Las estadísticas sobre el mundo laboral también son preocupantes: 25.6 millones de franceses trabajan (22.7 millones son asalariados y 2.9 millones, independientes). El desempleo azota a 9.8% de la población económicamente activa mientras 13% de los trabajadores tiene un empleo precario. La crisis amenaza cada vez más los trabajos estables. Perderlo y caer en la espiral de la miseria es la pesadilla de 85% de los ciudadanos. El tema de la vivienda no es mejor: 3 millones 651 mil 79 personas tienen graves problemas en este rubro: de ellos, 2 millones 778 mil se amontonan en casas pequeñas y muchas veces insalubres. Unas 85 mil personas viven en cabañas o campers, 133 mil en la calle, 411 mil con familiares o amigos y 18 mil 116 en albergues provisionales. Y la situación va a empeorar. Según el informe publicado en junio pasado por la Fondation Abbé Pierre, el costo creciente de la vida, el aumento de las rentas, la precariedad galopante del empleo y la disminución de las prestaciones sociales amenazan con hundir a 10 millones de franceses más en esa crisis habitacional. Las familias pobres o modestas dedican 50% de su presupuesto al pago de vivienda. A unas 500 mil personas no les alcanza para pagar el alquiler y 70 mil propietarios no pueden cubrir su crédito hipotecario. Crece el número de personas que ya no tienen dinero para pagar la energía eléctrica. Últimamente empezaron a darse casos de empleados de la compañía de luz que se niegan a cortar el servicio a familias necesitadas. Se estima que 21% de las personas que vive abajo del umbral de pobreza dejó de asistir a consultas de medicina general y que 53% ni sueña con ver a un especialista cuando enferma. Otro dato: en Francia, uno de los países más atractivos para millones de turistas del mundo, 32.3% de las familias no pueden tomar ni una semana de vacaciones. Discriminación social Todos los voluntarios de las ONG coinciden: hace tan sólo 10 años atendían esencialmente a una población marginal o de inmigrantes. Hoy son trabajadores pobres los que requieren ayuda, jubilados cuya pensión no les permite vivir, jóvenes con empleos temporales o de medio tiempo, madres solas con hijos y desempleados… Son franceses de “pura cepa” que a mitad del mes se quedan sin recursos y se repliegan sobre sí mismos. Franceses invisibles. Tan invisibles que fueron los grandes ausentes de los discursos políticos de los principales candidatos presidenciales. Desconfían de todo: de los dos “grandes” partidos políticos –UMP y PS–, de la sociedad, de la prensa, de la justicia, de los poderosos. Una parte de ellos se siente atraída por el Frente Nacional, sobre todo los jóvenes. Otra se reconoce en las reivindicaciones que lanza el Frente de Izquierda. Muchos ya no creen en las elecciones. Se sienten despreciados, disminuidos, discriminados, estigmatizados. “Y lo son realmente”, dice a la corresponsal Pierre Yves Madignier, presidente de ATD Quart Monde, asociación caritativa de gran renombre que de 1964 a 2001 fue dirigida por Geneviève Anthonioz De Gaulle, sobrina del general. Madignier supervisó la redacción de un informe de 45 páginas que fue entregado a los candidatos. El documento empieza por una radiografía implacable de la pobreza en Francia y presenta 64 propuestas para luchar contra ella. Madignier insiste en una de ellas: la necesidad imperiosa de combatir la discriminación social por todos los medios, inclusive ante los tribunales, como se hace en el caso de la discriminación racial. En el informe enfatiza: “En Francia se ejerce una violencia contra los pobres que no está reconocida como tal: están relegados en guetos urbanos y viviendas deterioradas, carecen de buenos servicios públicos, son objeto de todo tipo de sospechas. Se les acusa de ser responsables de su situación, de aprovecharse de las prestaciones sociales y de generar inseguridad. Poco a poco se identifica a los pobres como delincuentes. “Esa discriminación social se manifiesta también en el acceso de los más desfavorecidos al trabajo: su origen, su dirección, su historia escolar juega en su contra cuando se presentan para solicitar un empleo. En Canadá y Bélgica la ley castiga semejante discriminación. Exigimos lo mismo en Francia.” Ningún candidato aludió a esa propuesta durante la campaña electoral. Ni a esa ni a las otras 63. Luchar contra la humillación que genera la pobreza, brindar a quienes la padecen comida y mucho más: escucharlos, estimularlos, darles posibilidades de reinserción social y de recuperación de la autoestima son metas de la organización ANDES que promueve la creación de Tiendas Solidarias de Alimentación en toda Francia. “En realidad nunca hubiéramos debido existir”, enfatiza Agathe Cousin, responsable de comunicación de la asociación y de sus programas de colaboración con los sectores privado y estatal. “Es inadmisible que en Francia tantas personas se encuentren totalmente desamparadas a mediados del mes. Creamos la primera Tienda Solidaria hace 12 años. Hoy nuestra red cuenta con 260 tiendas en el país. Y cada día recibimos nuevas solicitudes para abrir más”. El concepto Tienda Solidaria involucra a un número de personas relativamente reducido, a la inversa de los Restos du Coeur o de otras ONG que distribuyen a diario miles de bolsas con alimentos y cuyos beneficiarios hacen largas colas para ser servidos, a veces en la calle y a la vista de todo el mundo. Una Tienda Solidaria está concebida como un modesto supermercado: ofrece frutas y legumbres frescas, comida enlatada y carne congelada. Sus “clientes” –seleccionados por trabajadoras sociales– escogen lo que quieren, como lo harían en cualquier comercio, y pagan entre 10% y 20% del precio normal de los productos. Sólo tienen acceso a las tiendas durante un tiempo limitado: tres, seis, nueve meses, según los casos. “A diferencia de otras asociaciones, sólo ofrecemos ayuda temporal. Los beneficiarios tienen que presentar un proyecto concreto: pagar deudas atrasadas, realizar una compra indispensable para el hogar, reparar un vehículo que usan para ir a trabajar… La Tienda Solidaria los libera de los gastos de alimentación y les permite resolver un problema urgente.” Además de administrar las tiendas, los responsables de ANDES animan talleres de todo tipo: cocina, asesoría jurídica, consejos para resolver problemas administrativos, ayuda para buscar empleo, deportes, cuidados de belleza para estimular la autoestima de las mujeres. Lágrimas y risas La Tienda Solidaria más pequeña del país es la de Doullens, un municipio del norte de Francia que tiene 700 habitantes. Está dentro de una austera fábrica de textiles que cerró sus puertas hace décadas. Junto a ella se encuentran los Restos du Coeur y locales de la Cruz Roja donde se vende ropa de segunda mano. Además de los pobladores desfavorecidos de Doullens, los responsables de estos centros atienden a todos los habitantes necesitados de los alrededores. A mediados del siglo XX no había desempleo en Doullens. Las minas de carbón y las fábricas textiles empleaban toda la mano de obra de la región. Cerraron las minas y los textiles de Asia acabaron con los manufacturados en Francia. El jueves 12, sentados en una pequeña sala, unos clientes de la tienda –cinco mujeres y un hombre– aceptaron hablar con la corresponsal. La inhibición duró poco. Cada cual contó su historia ante los demás y luego se armó una intensa discusión. Hubo lágrimas, risas, chistes y coraje. De común acuerdo decidieron cancelar el taller de cocina para seguir platicando. Se habló mucho y de todo. Mientras más pasaba el tiempo más obvia era la emoción de sentirse escuchados, de sentirse simplemente dignos de interés. Habló Andrée, viuda y jubilada que vive sola y trabajó 36 años en una fábrica de contenedores de plástico. La fábrica despidió personal. Ella aceptó “prejubilarse” a cambio de una indemnización. Hoy su pensión no le alcanza para vivir. La Tienda Solidaria le brinda comida y compañía. Un embrión de vida social que la estimula. Volvió a cultivar su jardín y a cocinar. A su lado estaba Gwenola, su hija, de 33 años, recién divorciada, quien durante 17 años fue vendedora en una panadería. Dejó de trabajar hace dos años cuando tuvo su tercer hijo. Su salario no le hubiera alcanzado para pagar una nana. Sobrevive con prestaciones sociales. Su exesposo no le paga pensión. Acaba de ganar un concurso para ser asistente de maestra de primaria. Kandi tiene 32 años y tres hijos. Su esposo es camionero “interino”. Sólo trabaja cuando se enferma o se ausenta un colega. Kandi padece epilepsia parcial, lo que la incapacita para conseguir empleo. Uno de sus hijos tiene dislexia y requiere cuidados específicos. Por si fuera poco, su suegra adquirió deudas y comprometió a su hijo a pagarlas. La vida de Angélique, de 36 años, tampoco es envidiable. Casada y con cuatro hijos, fue despedida hace un año de la fábrica donde tenía un trabajo temporal. Bernard Tempez, carismático presidente de la Tienda Solidaria de Doullens, la ayudó a conseguir un empleo de medio tiempo como empleada de limpieza. Su esposo lleva meses desempleado. Nadie pensaba que Josyane, de 50 años, con rostro esculpido por los golpes de la vida, aceptaría hablar en público. Pero lo hizo. Contó su infancia de niña abandonada confiada por la Dirección Departamental de Asuntos de Salud y Sociales –equivalente al DIF de México– a familias que la maltrataban. Habló también de sus fugas, su desesperanza, de los hombres que fueron sus parejas y la golpeaban… Hoy vive con dos de sus cuatro hijos que le reprochan su destino caótico. El único hombre del grupo, François, es un gabonés casado con una francesa con la que tiene dos hijos. Su esposa es auxiliar de enfermería en un hospital. François cumplió 37 años. Tiene diplomas de contabilidad. Habla inglés y español. Tuvo su propia empresa de teléfonos en Gabón, pero regresó a Francia en 2004 por razones que no explicó y desde entonces sólo consigue trabajos temporales que nada tienen que ver con su preparación. Las mujeres confiesan que tomaban antidepresivos. Comentan sin embargo que la Tienda Solidaria les levanta la moral. Escoger los productos que necesitan como lo harían en un verdadero supermercado y pagar, aunque sea una suma módica, es digno. Formarse en una fila en espera de comida es violento. Tener tiempo para hablar con los responsables de la tienda es capital. Convivir durante los talleres de cocina o gimnasia lo es aún más, explican. Callan cuando la reportera les pregunta si tienen proyectos o sueños. François rompe el silencio. Habla de su anhelo: crear una pequeña empresa de exportación de consolas de videojuegos a África. Luego retoman la palabra las mujeres. Angélique sólo dice que quiere irse lejos, muy lejos para siempre. Josyane confía que ya había renunciado a tener sueños propios. Sólo espera que sus hijos no sufran tanto como ella. Kandi, Andrée y Gwenola comparten el mismo deseo: salir del hoyo para poder brindar un porvenir a sus hijos. ¿La primera vuelta de las elecciones presidenciales? Una farsa. Promesas vanas. Discursos vacíos. Un abismo entre “ellos” (los políticos, los poderosos) y ellas, dicen. Andrée y Gwenola consideran el voto como un deber cívico. Josyanne, Kandi y Angélique no. De repente Kandi explota: “¡Cómo quisiera ver a Sarkozy debatirse durante un mes entero en la mierda en la que vivimos todos!”, grita con rabia. Después de un momento de silencio, una trabajadora social que asiste a la plática confiesa: “Cuando me escogieron para asumir el puesto que hoy tengo en la administración departamental decidí vivir dos meses sólo con el RMI (ingreso mínimo de inserción). Me pareció honesto hacerlo para ser capaz de entender a las personas que iba a atender. Muy pronto tuve que tirar la toalla. Es imposible vivir con eso. Absolutamente imposible. Nadie entiende lo que sufre una madre cuando le toca negarle todo a sus hijos… Es demasiado violento”.

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