Antes de la batalla

martes, 24 de abril de 2012
MÉXICO, D.F. (Proceso).- El 5 de mayo es la gran celebración mexicana en los Estados Unidos, más importante allá que la Independencia y la Revolución. Puede ser porque Zaragoza nació en Goliad, entonces Bahía del Espíritu Santo y se le considera méxico-americano aunque en aquel momento Texas era parte de Coahuila. O quizá porque son tan grandes la discriminación y el desprecio de ayer y hoy que una victoria como la de Puebla da una imagen muy diferente del país y de nosotros mismos. Como descubrió Emilio García Riera, en la primera película de Hollywood que contó una historia nacional los protagonistas se llaman ¡Zorra Gomorra y Pancho Bandido! Esa imagen está más presente que nunca. En consecuencia no puede ser más oportuna una recordación como la de este sesquicentenario. El 5 de mayo niega tanto el México de Viva mi desgracia como a don Santos Degollado, El Héroe de las Derrotas, en tanto deidad laica e inspiración negativa de nuestras vidas. Todas las ciudades mexicanas tienen una calle que recuerda la gran fecha, pero la conmemoración no alcanza las dimensiones de otros días de guardar en el calendario republicano. Una posible respuesta: no se quiere incurrir en la exaltación del joven Porfirio Díaz, tres veces presente en Puebla por estar al lado de Zaragoza en 1862, de González Ortega en el sitio heroico de 1863 y por su gran victoria del 2 de abril de 1867 que selló el destino de Maximiliano en Querétaro. El Vietnam del XIX En los libros extranjeros de esa historia que todavía nos empeñamos en llamar “universal”, rara vez figura el 5 de mayo. Sin embargo, su significación va más allá de las efemérides locales. Cuando a principios de 1862 Charles Ferdinand Latrille, conde de Lorencez, desembarcó en Veracruz al frente del cuerpo expedicionario enviado por Napoleón III, se apresuró a comunicarle por el telégrafo submarino que, como los mexicanos eran los últimos de los hombres, su majestad podía considerarse ya dueño del país. Lorencez nunca se recuperó de la sorpresa que lo aguardaba en Puebla. Luis Bonaparte lo cesó y lo sustituyó por el mariscal Forey. A partir de entonces Lorencez insistió en que la intervención estaba condenada a muerte. En efecto, la presencia francesa exigió el envío de cada vez más hombres y recursos y convirtió a México en el Vietnam del siglo XIX. Sería absurdo afirmar que fue la causa de la derrota de 1870, el surgimiento de Alemania unificada por Prusia, la Comuna, la Guerra 1914-1918, la Revolución soviética… pero tampoco puede negarse que alguna influencia tuvo en el desastre de Napoleón III en Sedán y en todo lo que siguió. El conde Lorencez no era ningún inepto. Graduado en la Academia de Saint-Cyr, destacó en la guerra de Crimea y en la entonces reciente batalla de Solferino (1859) en que Napoleón III y Víctor Emmanuel II derrotaron al ejército austriaco al mando de Francisco José. Casi medio millón de soldados participaron en esta carnicería, tan cruenta que a ella le debemos el establecimiento de la Cruz Roja. Su fundador, Henri Dunant, quedó horrorizado al ver a tantos hombres que agonizaban malheridos junto a los cadáveres sin que nadie se preocupara por atenderlos. Lorencez también padeció en 1870 la gran derrota de Luis Bonaparte y murió tristísimo por la humillación sufrida en Puebla y por las perdurables secuelas de la fiebre amarilla que contrajo en Veracruz. El General Invierno ?y Malaria La Guerrillera Es un lugar común decir que junto a sus grandes estrategas como Kutusov en 1812 y Zhukov en 1943, Rusia contó con el General Invierno para derrotar a Napoleón y a Hitler. México no fue tan afortunado pero, a falta de hielo y nieve, tuvo también su muro de contención en la fiebre amarilla. Bien se puede entender como aliada del Tercer Mundo a esta enfermedad atroz. De modo que también podríamos designarla como Malaria la Guerrillera. De no ser por el vómito negro, quién sabe cuántos invasores nos hubieran sojuzgado. La fiebre amarilla permaneció invencible hasta la ocupación norteamericana de Cuba. Los invasores morían por centenares. No bastaba reducir a cenizas sus cuarteles, ropas y catres. Se pensaba que el vómito negro era producto de los miasmas en lugares calurosos y sin agua corriente. Nadie le hacía caso al doctor Carlos Finlay. El médico cubano afirmaba ante la burla general que un mosquito, el Aedes Aegypti, era el culpable de todo. Los oficiales del ejército norteamericano sí tomaron en serio a Finlay, enviaron los mosquitos a la Universidad de Johns Hopkins de Baltimore y a partir de entonces pudo combatirse la malaria. Mucha gente se pregunta si hubiera sido posible abrir el Canal de Panamá sin el gran descubrimiento del médico cubano. No fue la única contribución de la guerra del 98 a la vida cotidiana. A un militar estadunidense se le ocurrió ponerle a su ron un hielo, una rodaja de limón y una bebida de cola que había dejado de ser tónico en las farmacias para venderse como refresco en todas partes. De este modo un héroe desconocido inventó la Cuba libre. El general Giap y los tres imperios Pobre México que en cuarenta años (1822-1862) fue de una decepción a otra y de un golpe a otro. El cuerno de la abundancia, el superpaís que iba de Oregón a Panamá, fue un sueño que pronto se desmoronó en polvo y ceniza. El suelo estaba lleno de riquezas pero todas se iban a los países dominantes. Estados Unidos y Francia, las dos naciones que México eligió como ejemplo y modelo inalcanzables, le pagaron con invasiones y desprecio. Al trauma de la derrota en 1848, la nueva generación respondió con el intento de librarse del peso colonial significado por el ejército y el clero. Por su parte los grandes propietarios criollos quisieron volver al orden de la Colonia. En 1842 José María Gutiérrez de Estrada observa desde su casa tres semanas de luchas callejeras y duelo de artillería entre el Palacio Nacional y la Ciudadela. Decide que el país es ingobernable, sólo se puede frenar el caos bajo el dominio de un rey europeo. Mientras tanto, ocupan los sucesivos gobiernos los antiguos oficiales del ejército realista y los sobrevivientes de la insurgencia. En 1853 el ministro de Relaciones José Ramón Pacheco considera que México no tiene remedio y le ruega a Napoleón III que intervenga para salvarlo. Luis Bonaparte ve la oportunidad de oro para recuperar y extender el sueño imperial de su tío Napoleón: un imperio latinocatólico que frene el avance de los Estados Unidos, un imperio africano en Argelia, un imperio asiático en Conchinchina. El sueño africano termina en 1962 con la pesadilla de la guerra de Argel. Conchinchina se transforma en Vietnam. Allí dos veces ocurre elevada al cuadrado la batalla del 5 de Mayo: en 1953 la derrota francesa en Dien Bien Phu, en 1965 la victoria sobre los Estados Unidos. En ambas ocasiones el artífice de la lucha del pueblo vietnamita es Vo Nguyen Giap, quien se convierte así en el más grande general del siglo XX. Con su discreción y su humildad habituales el general Giap sigue vivo a los 101 años. Pro y contra Luis Bonaparte Una tradición liberal en el buen sentido de la palabra impide a muchos mexicanos llamar “Napoleón III” a Luis Bonaparte, “emperador” al archiduque Maximiliano de Austria y “segundo imperio” a su gobierno apuntalado por las bayonetas francesas. Con sus inmensas pretensiones de igualar a Napoleón, el hermano de su padre y el tutor de su madre, Hortensia de Beauharnais, Luis Bonaparte pasa a la historia como rey de la farsa y el fracaso. No en vano tiene los dos enemigos más formidables que puedan imaginarse: Karl Marx (El 18 Brumario de Luis Bonaparte) y Víctor Hugo (Napoleón el pequeño). No obstante, en su política europea fue el protector de las naciones oprimidas y los países más débiles. Bajo su imperio Francia alcanzó el mayor desarrollo lo mismo en las letras y en las artes que en la industria y el comercio, y sobre todo, con el barón de Haussman como prefecto del Sena, París se convirtió en la capital del siglo XIX y en la ciudad que hoy seguimos admirando. Además, entre otras cosas, como técnico militar Luis Bonaparte fue el inventor de la primitiva ametralladora que marcó un antes y un después en el arte siniestro de la guerra. El imperio de la novela En la gran época de la novela todo se vuelve más novelesco que lo novelístico. Así, nadie ha podido suprimir los rumores tan imposibles de acallar como de refutar de que Luis Bonaparte primero embarcó y luego abandonó a Maximiliano porque el austriaco era el verdadero nieto de Napoleón y el auténtico Bonaparte. El hijo del desdichado Napoleón II, rey de Roma y duque de Reichstadt, L’Aiglon, “El Aguilucho”, pasó su breve vida (1811-1832) en la Viena de su madre y en el palacio de Schoenbrunn al lado de su tía política Sofía. Siempre temeroso de que en algún momento pudieran quitarle su legitimidad, Luis Bonaparte quiso apropiarse de México y sus riquísimas minas por intermedio de un archiduque a quien también odiaba su medio hermano, el emperador Francisco José. Eugenia de Montijo, la emperatriz española de Francia, la amiga y benefactora de Prosper Mérimée, contribuyó a la ambición mexicana de Bonaparte pues quería recuperar la que fue la joya de la corona del imperio habsbúrgico. La desdicha que persigue a las casas reales se ensañó con ellos. Su historia se parece a la de los Kennedy. Si Francisco Fernando vio a Maximiliano fusilado en Querétaro, a la hermosa emperatriz Elizabeth (“Sissy”) apuñalada por un anarquista, a su hijo Rodolfo suicida en Mayerling y a su heredero Francisco Fernando acribillado en Sarajevo, también Luis Bonaparte sufrió al final de su vida la derrota, la prisión y el exilio. Su hijo el príncipe imperial sucumbió en África alanceado por los zulúes. Eugenia murió octogenaria en 1920. Carlota vivió hasta 1927 tras medio siglo de locura y con la certeza de que Maximiliano iba a entrar en el castillo de Bouchot de un momento a otro. En medio de tanta sangre, tanta sombra y tanto dolor, el 5 de mayo de 1862 es para nosotros una fecha luminosa. Siglo y medio después su resplandor nos sigue iluminando.

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