Viaje por las tierras del cáncer

sábado, 19 de mayo de 2012
MÉXICO, D.F. (Proceso).- Eduardo Valle Espinoza, El Búho –quien colaboraba eventualmente en este semanario– murió el pasado jueves 3. Personaje ligado a la historia reciente de México, su sobrenombre empezó a ser conocido en el turbulento 1968, cuando formó parte del Consejo Nacional de Huelga. Pasó los siguientes tres años encarcelado, como muchos de los dirigentes estudiantiles. Su vida dio después varios giros: estudió economía y dio clases en la UNAM, fue cofundador del Partido Mexicano de los Trabajadores (que dirigió durante 12 años) y legislador, trabajó en la burocracia federal y desde fines de los ochenta se dedicó al periodismo. También laboró en la Procuraduría General de la República, donde investigó las ligas del narcotráfico colombiano con el Cártel del Golfo. Hace tiempo El Búho hizo llegar a Proceso el dramático relato que ahora publicamos en estas páginas –y que habíamos mantenido inédito– de las experiencias en su lucha contra el cáncer que finalmente terminó con su vida. I.- La búsqueda comenzó buscando algo llamado psoriasis artrítica. Tenía meses de perder peso en forma cotidiana; vomitaba jugos gástricos todas las mañanas; se presentaron síntomas agudos de apnea (apenas podía dormir); con pérdida casi total del apetito, fatiga y diarrea. Y, lo peor, una especie de parálisis progresiva. Ya afectaba las manos y hasta la capacidad de caminar. Cada día me parecía más al narrador de Cuentos desde la cripta. Ahora redactar mis artículos y columnas era un juego rudo de capacidades y voluntad. Casi siempre ganaba, pero los costos en dolor e inquietud eran cada vez mayores. Eso convirtió la situación en algo insoportable. Vivo de mi trabajo y ello significa una columna semanal para El Universal, dos artícu-los para El Mañana de Nuevo Laredo y otros dos para la Agencia Nacional de Noticias. Eso quiere decir: escribir, cumplir con los editores y el corrector. Ya los lectores llegarán por sí mismos; y si no, pues no. Los síntomas tenían largos meses de estar ahí. Pero uno es macho y todo se compensaba con vino blanco. Todos los días, cada vez en mayor cantidad y desde más temprana hora. Vino para el macho y no pasa nada; sigamos adelante, y al demonio con los doctores y los laboratorios. Y las medicinas. Además, no tengo seguro médico y tampoco dinero. Más vino, blanco y barato. Porque en mi casa los licores están prohi-bidos por Carmen, mi esposa, desde hace cuatro años. Lo que más dolió fue la despedida al tequila y al ron. A cambio: vino, blanco y barato, comprado por galón. Así, además, ahorraba dinero. En algún momento, en las escaleras (trece escalones) ya no podía girar en forma rápida. Perdía casi por completo el equilibrio. Caramba: de tanto ahorro ya podía caerme solo. La prima Lety, con pena, en una pequeña reunión familiar, llamó la atención hacia mi delgadez. Cuando los invitados se fueron, sin camisa, me coloqué frente al espejo: al fin, ahora sí parecía judío soviético en campo de concentración. Tiempo de tomar en serio los hechos mostrados en el espejo. II.- La doctora T. resultó una estupenda internista. Egresada de la UNAM, había trabajado mucho tiempo en hospitales de California. Una impresionante memoria; parecía no diferenciar nada durante el diálogo. En realidad estaba evaluando cada palabra o síntoma en función de su experiencia. Fuerte bebedor durante 10 años. ¿Sólo 10 años o más? Realizó un rápido examen físico. No, no era psoriasis ni nada parecido. Hay un problema serio en el hígado; eso es definitivo. Hay que examinarlo con cuidado, ordenó. Vamos a preguntar; primero, por cirrosis. Ah, carajo: cirrosis. La enfermedad profesional; la maldición en las redacciones. Uno come con los amigos o con un político, o con alguien más. Y en medio de la mesa está la botella de licor. Cuatro o cinco días a la semana. Casi siempre uno no paga; a menos que se comparta la cuenta con los colegas. Buen licor, gratis. Cirrosis; de largo, una antigua conocida. Al menos de oídas. Aquél y éste se murieron de cirrosis. Otros pasaron largas temporadas en hospitales públicos, o en su casa bajo tratamiento. Los menos, la libraron. Los otros se fueron. Cantemos Las Golondrinas; y vámonos ya a la cantina más afamada para recordar sus maravillosas aventuras. Conste: al día de hoy nada tengo en contra de una copa. De dos o tres copas. O más, si el cuerpo aguanta; hay muy diversos grados de tolerancia. Pero nosotros, reporteros y columnistas, periodistas, somos radicales: nos vamos al extremo. “La última y nos vamos compadre”. Ahí se habla de la última botella. Aquí es donde la puerca tuerce el rabo. Al regresar a la casa, Carmen de inmediato tiró a la basura casi un galón de vino blanco, barato, sabroso, afrutado. Se acabó el alcohol digestivo en todas sus formas. No lloré, pero sabía lo que me esperaba con el síndrome de abstinencia. Pero: ¿soy o no macho? Pagué una parte de la primera cuenta con tarjeta de crédito. Como Zedillo, no traigo cash. El siguiente paso ordenado por la doctora T.: el laboratorio, para una tomografía de abdomen. Otra vez: pagué una porción del gasto con tarjeta. Diferente ésta de la primera, para no cargarle demasiado. Es cierto: no tengo seguro médico. Ni contado. Aun cuando entiendo que, siempre, “el efe es jefe”. Pero hasta aquí no había ningún obs-táculo insalvable en materia financiera. Deuda con la doctora T.; deuda con el laboratorio. Tengo crédito; este es el país del buen crédito. Así, le dimos la bienvenida hasta a una tercera deuda con otro doctor (el médico K.), pues resultaba conveniente una segunda opinión. Dos médicos y un laboratorio: sencillo: tres cuentas. No problema. Estaba a un paso de comenzar a sufrir reales pesadillas. Pero aún no lo sabía: la ignorancia es el paraíso de los pendejos. Vamos: hasta perdería amistades y algunos conocidos ya no recordarían mi nombre. Y otros, impensable, me patearían la cara, para luego insultarme y, a ver si entiendes bruto, se orinarían en ella. Pero en esos primeros preocupados días ni siquiera imaginaba que ello podía suceder. Ocurrió; cuando todavía me creía experto en la condición humana. Joy, joy. III.- La entrevista con el médico K. fue maravillosa. Costó menos de 300 dólares (la pagué de inmediato con la primera tarjeta y eso redujo las cuentas a sólo dos. Una mayor que la otra, pero en número de dos). Mejor; mucho mejor: “Oiga –afirmó con su lindo acento porteño, sazonado de mexicano norteño e inglés de la frontera– aquí no hay cirrosis. Estudié varias veces la lectura del doctor B. (un radiólogo de Corpus Christi, agregado a la cuenta del laboratorio), y, punto, no hay cirrosis”. Bravo: dos buenas noticias. “Pero debo decirle, con toda franqueza, usted tiene un problema serio con ese hígado: infección oportunista, un tumor benigno o, Maradona no lo quiera, ejem, un tumor canceroso en, al menos, el lóbulo derecho del hígado. De inmediato, hoy, busque una cita con el doctor S.”. Gracias, muchas gracias, Dr. K. Carmen y yo salimos contentos de la oficina del Dr. K. No había cirrosis; y ya conocíamos del prestigio del Dr. S. La doctora T. lo había mencionado por no dejar. Un indio de la India reconocido por su disciplina y energía. Además, el nombre del Dr. S. significa “buena suerte” en la tierra donde lo vieron nacer. Así llaman allá a un Dios bonachón y simpático. De aquí en adelante reconoceremos y hasta agradeceremos la ironía de la vida identificando al Dr. S. como el doctor Buena Suerte. IV.- ¿Bonachón y simpático? Pues el doctor Buena Suerte no se ríe y casi nunca sonríe. Con la clínica de Buena Suerte se abrió la tercera cuenta. Entraba, muy forzada, dentro de los planes. Ya era buena hora para comenzar a sudar. Por si fuera poco, éste sería el médico de planta. Adiós a T. y a K. Comenzó un detallado examen físico; el hombre tenía toda la documentación y las placas de la tomografía. De cuando en cuando preguntaba, en forma ligera, como si nada le preocupara. No era rudo o descortés; pero quería respuestas sin mediaciones ni trucos. Cuando terminó el examen y el interrogatorio, ordenó a un enfermero que hiciese una cita con el hospital más cercano y moderno para más tomografías y una biopsia. Gruñó algo a manera de despedida. Y se fue; salió del consultorio, luego de condenarme a pagar miles de dólares. Eso cuesta cualquier ingreso a un hospital sin seguro médico. La industria de la salud en Estados Unidos tiene muchos zopilotes planeando sobre cada paciente. Esperando su oportunidad. Y, sobre todo, volando encima, con singular paciencia, de los seguros públicos de salud (Medicaid y Medicare). ¿Bonachón y simpático?; quizás el Dios de la India. Este ser humano, no. Ray, el enfermero, hizo la cita. Tres seres intimidados, pues Celia nos acompañó, nos dirigimos al hospital, con temblor en cuatro piernas. Celia sólo tiene siete años; ella se maravillaba con el edificio. Los otros dos intuíamos lo que nos esperaba. ¡Bravo, nos sonreía el destino! Un “paquete”: todo, incluyendo una comida en el hospital, costaría nada más 5 mil dólares. Gulp y recontragulp. Regresamos a la casa con cara de: ¿y ahora qué? Ya era tiempo para dejar entrar en acción a la Caballería Blindada. Los pesos pesados. Hablé por teléfono con Ninfa de Ándar, la editora de El Mañana. De inmediato, por el mismo hecho, es decir, ipso facto, dio órdenes de depositar dinero en mi cuenta de cheques. Francisco Salinas, de ANT, ya había olido algo raro hacía semanas, y el dinero antes entregado a mis hijas Eréndira, Itzel o Imuris ahora lo depositaba en mi cuenta. Y hasta por obligación de empleado a jefe traté de hablar (mediados de diciembre, la peor época posible) con mi amigo de décadas, Juan Francisco Ealy Ortiz, el director general de El Universal. Buscaba, cierto, cínico de mí, ayuda. Vulgares dólares; dinero, sucio dinero. Cuando las amables compañeras de la dirección de El Universal informaron que Ignacio Ayala, secretario de Juan Francisco, respondería la llamada, supe, ahí mismo, en ese exacto momento, que se presentarían problemas serios. En efecto, Ayala disparó: “Que qué se te ofrece”. Le dije de mi condición de salud (tumor, infección o tumor canceroso). Le expliqué que me cobraban miles de dólares por doctores, análisis, la biopsia y el hospital. Yo podría cubrir una parte (usando, horror, la tarjeta Amex, la cual financia por un mes los gastos) pero, un gran pero, necesitaba 6 mil 500 dólares. ¿Podrían ayudarme? De inmediato, Ayala cambió el tono de voz; ya no contestaba como encabronado, sino con una enorme lástima hacia mi persona. “Déjame verlo, Eduardo. Luego te aviso”. El “luego” sonó como si alguien bailase zapateado (o un son abajeño) sobre mi tumba. La noticia de mi enfermedad se fue filtrando en la Ciudad de México. Llamó Joel- Ortega y, práctico, depositó dinero en la cuenta de cheques. Con el apoyo de Ninfa, Joel, Francisco y de mi exesposa (y con la Amex), ya podía ir al hospital. ¡Sorpresa!: la fracción de los diputados del PRD, encabezada por Pino Martínez y Pablo Gómez, se comunicó a mi casa en Texas por teléfono. Con gran amabilidad me propusieron trabajo en su fracción. E interceder ante autoridades mexicanas. Por supuesto, no acepté: no tengo esa clase de tratos con partidos reac-cionarios y paternalistas como el PRD. No se enojaron demasiado cuando se los dije; y, finalmente, ofrecieron toda una vida de lucha contra el neoliberalismo perverso y por la dignidad y la soberanía de México. Agradecí, en serio, la llamada. Caray: ¡toda una vida de lucha contra el neoliberalismo! Y ni medio dólar de ayuda. Bueno; así de complicada se presenta a veces la existencia. Fuimos al hospital; pagamos el paquete. Se realizaron los análisis y la biopsia. Ellos enviarían los resultados al doctor Buena Suerte. V.- ¡Guerra! Guerra, maldita sea; digo, ¡maldita guerra! Me habían declarado la guerra y yo sin saberlo. Buena Suerte, al confrontar frente a mí los análisis, sólo dijo: confirmo mi diagnóstico. Se trata de carcinoma hepatocelular. Cáncer en el hígado. Tiene que inyectarse esta medicina y tomar estas pastillas. Éstas debe comprarlas en México; aquí no están autorizadas. Nos vemos en 20 días y, luego, voy a necesitar más análisis. Gulp, gulp y recontragulp. Señores, exclamé: desde estos momentos me declaro en quiebra absoluta y total. Pero a nadie pareció importarle. El casero y las compañías de servicios se hacen presentes; las tarjetas de crédito hasta por teléfono exigen. En el supermercado ya no quieren recibirme. La agencia de automóviles y la compañía del seguro demandan el pago. Y mis amigos proveedores de internet cobran en forma religiosa. También en la escuela de mi niña y otros detalles. Pero no hay que desesperar; nada: llegó la ayuda eficaz y desinteresada. ¡Guerra! Malditas guerras. Se ganan con dinero, voluntad y capacidad estratégica. Es bien conocido. ¡Por fin!: una de las secretarias de El Universal me informó que Ayala (él ya no tomó el teléfono) y “un subdirector” de El Universal habían discutido el asunto. Me darían un adelanto de un mes (2 mil dólares) y los descontarían de mi sueldo en cuatro partidas de 500 dólares. Mareado por el fuego amigo, acepté el gesto. Pero cuando le informé a Carmen de la oferta, ella expresó una batería de razones que casi me derrumba. Tuve tiempo para hablar a El Universal y aclarar que mi mujer decía que siempre no. Vaya si tiene la mano pesada el buen Juan Francisco Ealy, o quienes en su nombre actúan. Pero, decía, la ayuda llegó para ganar la guerra. Raúl Álvarez Garín habló con mi exesposa Rosa María, y tomó contacto conmigo. El Brujodelujo, maravilloso doctor en medicina alternativa, ñero de la Jardín Balbuena –él no es gil y sí tatacha la lengua de la bella airosa, la Candelaria de los Patos– envió por correo tés, gotas y hasta un motor-bobina que algo tiene que ver con el Principio de Incertidumbre. Y con eliminar algo así como la electricidad negativa. Y este es el parte a todos los hombres y mujeres de buena voluntad (si hay): entre el indio de la India y su quimioterapia, el Brujodelujo, Carmen, Celia y yo, con la ayuda de todos ustedes, vamos ganando, por ahora, esta pinche y escandalosa guerra. Sí; mi viaje por las tierras del cáncer está resultando muy complicado. Pero ni el fuego amigo nos detendrá: los tés saben bien sabrosos con miel natural. Y la orina propia no es repulsiva cuando uno se acostumbra a tomarla en las mañanas. Y aunque el indio sólo me autorizó tres cigarrillos por día, en un gesto de comprensión y benevolencia, el Brujodelujo permite que alguna vez pueda comer cabrito, en otro gesto de la mayor solidaridad. Allá, en el futuro.

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