Fuentes: Páginas autobiográficas inéditas

domingo, 20 de mayo de 2012
En 1988 Carlos Fuentes publicó un libro bajo el sello de Farrar, Straus & Giroux titulado Myself with Others. Selected Essays, que, hasta la fecha, no ha sido publicado en español. En él, Fuentes reunió páginas escritas directamente en inglés, tanto evocaciones autobiográficas sobre sus inicios como escritor con ensayos sobre autores como Cervantes, Diderot, Gogol, Borges, García Márquez y Kundera. Del primer ensayo, “Cómo comencé a escribir”, se presentan algunas páginas de su adolescencia en Chile. (Nota y traducción de Rafael Vargas.) MÉXICO, D.F. (Proceso).- A comienzos de la década de 1940, por los mismos años en que Pablo Neruda se desempeña como Cónsul General de Chile en México, un niño mexicano de once años de edad, Carlos Fuentes, llega a Chile por motivos relacionados también con la diplomacia: su padre, Rafael Fuentes Boettiger, ha sido nombrado ministro de la Embajada de México en Chile, a cuya cabeza se encuentra Octavio Reyes Spíndola Prieto, un diplomático con amplia experiencia en América Latina. El niño ha vivido en un mundo angloparlante, porque la anterior asignación de su padre ha sido la Embajada de México en Washington. Ha realizado allí su educación primaria en la Henry Cooke Public School. Su español tiene, sin embargo, un marcado acento mexicano, porque su madre, Berta Macías, cuidó mientras vivieron en Estados Unidos que en su casa se hablara siempre en español. En Chile es presidente de la república Pedro Aguirre Cerda, “un jefe de Estado de inmensa probidad y decisión reformista, comparables a las de Franklin Roosevelt en los E.E.U.U. y Lázaro Cárdenas en México.”, escribirá Fuentes muchos años después.1 Fuentes prosigue una educación bilingüe, pero esta vez el inglés es la lengua minoritaria; en Chile encuentra la oportunidad de vivir el español a pleno pulmón y al hacerlo se acerca a su destino literario. Como él mismo lo ha contado, empieza a leer a Gabriela Mistral y a Pablo Neruda. Sus primeros profesores de literatura son Julio Durán Cerda y el español republicano Alejandro Tarragó. Publica algunos escritos en el Boletín del Instituto Nacional de Chile, fundado por Victorino Lastarria.2 Nadie mejor que Fuentes para definir lo que esos cuatro años de su vida significan: “Mis amigos, mis estudios, mi pasión inseparable por la vida pública y la vida literaria se confirmaron para siempre en Chile. Desde entonces, he seguido con pasión, jubilosa a veces, otras dolorosa, los acontecimientos de esa segunda patria mía, raíz de mi palabra y de mi conciencia.”3 Chile, raíz de mi palabra A raíz de la carrera diplomática de mi padre, viajé a Chile e ingresé de lleno en el universo de la lengua española, y de la política de América Latina y sus adversidades. El presidente Roosevelt había resistido enormes presiones de quienes querían castigar a México –e incluso invadirlo– por recuperar su riqueza. Y tampoco había buscado desestabilizar a los radicales, comunistas y socialistas chilenos que habían sido elegidos de manera democrática para gobernar Chile bajo las banderas del Frente Popular. A comienzos de los años cuarenta, el vigor de la vida política de Chile era contagioso: sindicatos fuertes, partidos fuertes, campañas electorales: todo hablaba de la salud de esa, la más democrática de las naciones hispanoamericanas. Chile era un país con una elevada expresión política. No era un azar que también fuera la patria de grandes poetas: Gabriela Mistral, Vicente Huidobro, Pablo Neruda. No fue entonces, sino años después, que conocí a Neruda y me hice su amigo. Rey Midas de la poesía, su testamento literario –rescatado de su casa saqueada y de su tumba sin nombre– es un hermoso canto a la lengua española. Los conquistadores, decía Neruda, se llevaron nuestro oro, pero nosotros nos quedamos con el suyo: sus palabras. En Chile aprendí que el oro de Neruda era propiedad de todos. Una tarde, en una playa del sur, en Lota, vi a los mineros que salían como topos tras terminar la dura faena que realizaban, cientos de metros bajo el mar, para extraer el carbón del Océano Pacífico. Se sentaron alrededor de una fogata y cantaron, acompañados por una guitarra, un poema del Canto general de Neruda. Les dije que el autor estaría encantado de saber que le habían puesto música a su poema. ¿Qué autor? Me preguntaron sorprendidos. Para ellos, la poesía de Neruda no tenía autor, venía de lejos y había sido cantada siempre, como la de Homero. Era la poesía, como Croce había dicho de la Ilíada, d’un popolo intero poetante, de todo un pueblo haciendo poesía. Era la prueba de la identidad original entre poesía e historia. En Chile descubrí que el español puede ser el idioma de los hombres libres. En el curso de mi vida también habría de descubrir, en el Chile de 1973, la fragilidad de nuestra lengua y de nuestra libertad: Richard Nixon, incapaz de destruir la democracia estadounidense, ayudó alegremente a destruir la democracia chilena, tal como Leonid Brezhnev había hecho en Checoslovaquia. Un idioma anónimo, un idioma que nos pertenece a todos –como el poema de Neruda pertenecía a aquellos mineros de la playa– es, sin embargo, un idioma que puede ser secuestrado, empobrecido, encarcelado a veces, a veces asesinado. Quisiera sintetizar esta paradoja: Chile nos brindó, a mí y a los otros escritores de mi generación en Santiago, tanto la fragilidad esencial de un idioma acorralado, el español, como la protección del latín de nuestros tiempos, la lingua franca del mundo moderno: el idioma inglés. En esa Gran Bretaña en miniatura que era la Grange School, bajo la belleza avasalladora de los Andes, José Donoso y Jorge Edwards, Roberto Torreti, el difunto Luis Alberto Heyremans y yo –todos convertidos, para ese entonces, en nacientes amateurs– escribimos nuestros primeros ejercicios literarios. Todos participábamos en agotadoras carreras a campo traviesa, a todos nos castigaban de cuando en cuando, y nos recuperábamos leyendo a Swinburne. También éramos sometidos a grandes dosis de rugby, Ruskin, avena en el desayuno, y rostros impasibles ante las derrotas militares. Pero cuando Montgomery se abrió paso en el Alamein, la escuela entera se reunió y arrojó sus gorras al aire y lanzó hurras hasta morir. En América del Sur los clubes eran bautizados en honor de George Canning y los equipos de futbol en honor de Lord Cochrane; no importaba que la ayuda inglesa para ganar la independencia condujera al imperialismo económico inglés, desde el petróleo en México hasta los ferrocarriles en Argentina. Nuestros corazones abrigaban una emoción oculta: nuestros conquistadores españoles habían sido derrotados por los ingleses; la derrota de la Armada Invencible de Felipe II compensaba los crímenes de Cortés, Pizarro y Valdivia. Si la Gran Bretaña era un imperio, por lo menos era un imperio democrático. En Washington había empezado a redactar en inglés una revista privada, con mis propios dibujos, mis propias reseñas de libros, y con fragmentos de noticias de la época. Su tiraje era de un solo ejemplar, hecho a lápiz e iluminado con crayones, y su circulación se limitaba al edificio en el que se hallaba nuestro departamento. Tiempo después, cuando tenía catorce años, en Chile, me embarqué, junto con Roberto Torreti, mi condiscípulo, en un proyecto más ambicioso: una vasta saga caribeña que habría de culminar en un palacio en la punta de una colina haitiana (¿Sans Souci?) donde un tirano negro mantenía encerrada en un granero a su enloquecida amante francesa. La acción se situaba a comienzos de siglo XIX y en la escena final (¡Sombras de Jane Eyre! ¡Reflejos de Rebecca! ¡Admiradores de Joan Fontaine!) el palacio se derrumbaba entre llamas, junto con el mundo de esclavitud. Pero, ¿por dónde empezar? Torreti y yo éramos, al igual que nuestra fraternidad literaria en Grange School, ávidos lectores de Alejandro Dumas padre. Desde nuestro punto de vista, una novela que se respetara tenía que comenzar en Marsella, con una vista plena del Castillo de If y el martirio de Edmundo Dantés. Pero escribíamos en español, no en francés, y nuestros personajes tenían que hablar en español. Pero, ¿qué español? ¿El de México o el de Chile? Llegamos a una especie de acuerdo: los personajes hablarían como andaluces. Un homenaje tácito, probablemente, a la tierra de la que zarparon las naves de Colón. Por ese entonces se encontraba en Chile el pintor mexicano David Alfaro Siqueiros, pintando los heroicos murales de una escuela en la ciudad de Chillán, arrasada hacía poco por uno de los periódicos terremotos de Chile. Siqueiros se había involucrado en un intento de asesinato contra Trotsky en la Ciudad de México y la comisión de pintar un mural en el Cono Sur era una especie de exilio honorario. Mi padre, como encargado de negocios en Santiago, donde su misión era presionar a los orgullosos e independientes chilenos para que rompieran relaciones con el eje Berlín-Roma, se ponía por encima de la política en nombre del arte, y recibía con regularidad a Siqueiros para almorzar juntos en la embajada mexicana, una delirante mansión, como salida de las fantasías de William Beckford, construida sobre la ancha avenida de Pedro de Valdivia por un enriquecido sastre italiano llamado Fallabella. El grotesco palacete gótico tenía una habitación de estilo chino decorada con Budas que asentían; una oficina con un estilo que llamábamos parlamentario Westminster, antesalas napoleónicas, comedores Luis XV, recámaras Art Deco, una logia florentina, muchos bustos de Dante y, por último, en la parte trasera, una vasta viña chilena. Fue allí, bajo aquellas henchidas uvas australes, que forcé a Siqueiros a sentarse a escuchar mi opus de 400 páginas después del almuerzo. Mientras él cabeceaba en la sombra, yo ganaba y perdía mi primer lector. También la novela se perdió; Torreti, que ahora da clases de Filosofía de la Ciencia en la Universidad de Puerto Rico, no tenía copia. Siqueiros está muerto y, además, se durmió durante la mayor parte de la lectura. Cuando pienso en ella me siento como el Barrabás de Marlowe respecto a la fornicación: ocurrió en otro país y, además, la moza ha muerto. Sin embargo, para mí, la experiencia de escribir ese melodrama abigarrado de imitaciones nunca se perdió. Esa búsqueda consciente de una lengua (o, más bien, lenguas) fue parte de la constante búsqueda de revelaciones que me ha acompañado en la vida. Mi crianza me enseñó que las culturas no están aisladas, y que perecen cuando se privan del contacto de la diferencia y el desafío. Leer, escribir, enseñar, aprender, son actividades que aspiran a presentar mutuamente civilizaciones. Desde entonces creía ya, aunque entonces no de manera tan consciente como hoy, que ninguna cultura mantiene su identidad si se aísla; al contrario: la identidad se alcanza cuando hay un contacto, un descubrimiento del otro. Retórica, dijo William Butler Yeats, es el idioma de nuestras disputas con los otros; poesía es el nombre de nuestra lucha con nosotros mismos. Mi paso del inglés al español determinó la expresión concreta de aquello que antes, en Washington, había sido la revelación de una identidad. Yo quería escribir y quería escribir para mostrarme a mí mismo que mi identidad y la de mi país eran reales: ahora aprendía, en Chile, conforme empezaba a garabatear mis primeros cuentos, e incluso a publicarlos en revistas escolares, que tenía que escribir en español. Después de todo, el inglés no necesitaba otro escritor. El inglés siempre había estado vivo y coleando, y si llegaba a adormilarse, siempre habría un irlandés... En Chile cobré conciencia de las posibilidades de nuestro idioma para dar alas a la libertad y a la poesía. La impresión fue perdurable; me ligará para siempre con esa tierra triste y maravillosa. Chile vive en mí; me transformó en un hombre que sabe cómo soñar, amar, insultar y escribir solamente en español. También me dejó abierto de par en par a una interrogación incesante: ¿qué ocurrió con este idioma universal, el español, que después del siglo XVII dejó de ser un idioma de vida, de creación, de insatisfacción y poder personal, y se convirtió –con frecuencia apabullante– en un idioma de duelo, esterilidad, aplauso retórico y poder abstracto? ¿Dónde estaban los hilos de mi tradición? ¿Dónde podía yo, un muchacho que escribía a mediados del siglo XX en América Latina, encontrar el vínculo directo con las grandes presencias vivientes que entonces comenzaba a leer, mi extraviado Cervantes, mi viejo Quevedo –muerto porque no podía tolerar un invierno más–, mi Góngora, abandonado en un abismo de soledad? Finalmente, a los dieciséis años, nos fuimos a México, y allí encontré la respuesta a mi búsqueda de identidad y lenguaje, en el aire transparente de ese altiplano de piedra y polvo que es como el negativo de otra meseta, la del centro de España. l 1 “Viva Chile, Mierda”, El País, 25 de noviembre de 1998. 2 Cronología personal, redactada en tercera persona por el propio Fuentes, en 1995. 3 “Viva Chile, Mierda”, El País, 25 de noviembre de 1998.

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