Germán Sánchez, del lavadero... a la fosa de clavados

lunes, 30 de julio de 2012
GUADALAJARA, JAL. (Proceso).- A Germán Sánchez el gusto por los clavados se le manifestó desde que tenía tres años. Durante un paseo familiar en Tenacatita, bahía de la costa del Pacífico ubicada a unos 300 kilómetros de esta ciudad, chapoteaba en un río cuando de pronto se subió a uno de los lavaderos de piedra donde las mujeres tallan la ropa y se lanzó al agua con los pies en punta perfecta. Su padre no podía creerlo. Le pidió que repitiera el salto y el chamaco lo hizo. En otra ocasión, en la alberca de la Unidad Deportiva López Mateos, Germán, entonces de seis años, le pidió a su papá que lo subiera en sus hombros para tirarse desde esa altura. La salvavidas se asombró cuando vio las piruetas del niño y sugirió que lo llevaran al Code (Consejo Estatal para el Fomento Deportivo), pues era evidente que tenía talento para los clavados. A Germán le fascina la lucha libre; su afición por las maromas y los saltos mortales nació porque admiraba lo que hacían en el cuadrilátero esos hombres con máscaras brillantes a quienes veía en la televisión. Cuenta que no le gustaba estar en la escuela y se la pasaba llorando todo el tiempo. Su padre le prometió que si dejaba de llorar lo llevaría a ver los entrenamientos de los luchadores. “Yo me imaginaba que iba a ver al Santo, a Blue Demon o a Emilio Charles, pero fue diferente porque los que luchan ahí no son famosos. Cuando entré a clavados todo se me facilitó. Dios me mandó un don que pocos tienen”, dice. Germán tenía papitis. Fue el único varón –tiene tres hermanas mayores– y desde que era bebé pasaba mucho tiempo con su papá. “Es que fue un chiripazo. No esperábamos que naciera y, cuando llegó, mis hijas no se despegaban de la cuna. Todos lo chiqueábamos mucho, pero por ser el único varón siempre andaba con el papá y no se le quería despegar”, explica Leticia Sánchez, mamá del deportista. Era tanto su apego al padre que el señor pasaba cerca de la escuela y sonaba un silbato para que el niño supiera que su papá estaba cerca. Él es un maestro de educación física que toda su vida ha dado clases en un colegio particular. Soñaba con que su hijo fuera futbolista como él, que a finales de los setenta jugó en las reservas profesionales de la UdeG. “Pero no quiso ser futbolista. Lo llevé a los toros, y un tiempo quiso ser torero. ‘Cómpreme mi trajecito, apá’. Y se lo compramos. Tenía su capote. Se soñaba torero. Salíamos mucho a acampar y hacíamos actividades de rapel. Fue sorprendente verlo escalar. Aprendió muy rápido a hacer los nudos. Se iba al parque y amarraba una soga de un árbol a otro y se aventaba como tirolesa. A la casa venían los niños de la colonia a preguntar: ‘¿está el niño de las sogas?’ El canijo les cobraba un peso por hacer los nudos para que ellos se tiraran. Agarraba las sogas de los tendederos, las amarraba a una pata de la cama y se descolgaba desde la recámara al patio. Así fue su niñez, hasta que por los clavados se tuvo que ir de la casa.” Para completar el ingreso familiar, el padre del clavadista dio clases de futbol por las tardes. Cuando por fin se decidió a inscribir a su hijo en clavados tuvo que dejar ese trabajo para llevarlo a los entrenamientos. En su casa se dejaron de hacer y de comprar cosas; se cambiaron los hábitos de alimentación y se hicieron sacrificios. Cuando los Sánchez llegaron al Code, las personas que daban informes les preguntaron si el muchacho ya había practicado cuatro años de gimnasia. Respondieron que no y que sólo deseaban que los maestros le hicieran una prueba para ver si lo aceptaban. Los dejaron pasar y llegaron a la fosa donde los entrenadores, un cubano y un mexicano, pusieron a Germán a tirarse al agua desde la orilla. Le dijeron que brincara y se tocara las rodillas. Después de examinarlo como una hora, sucedió lo improbable: fue aceptado en el grupo de unos 60 niños que ya iban muy avanzados, entre ellos Iván García, con quien en Londres hará pareja en la prueba de sincronizados.­ “Desde que vio a los otros, vi en sus ojos un brillo que decía: ‘puedo hacer lo que ellos hacen’. Al principio se le hacía difícil. Gritaba de miedo cuando se tiraba de los trampolines. Miles de veces tuvo que tirarse nomás del bordecito, hasta que unos dos años después la maestra Martha Lara nos dijo que querían que se fuera a vivir al Code; estudiaría ahí y ya no vendría a dormir a la casa. Lo querían de tiempo completo entrenando. Yo quería que fuera un hombre de bien, y si el deporte lo ayudaba qué bueno, pero ser un atleta profesional era otra cosa. No sabíamos hasta dónde podría llegar. ¿Cuántos pueden vivir de los clavados? Yo pensaba que sería muy difícil.” En Londres, Germán Sánchez participará en sus segundos Juegos Olímpicos. Con sólo 15 años clasificó a Beijing 2008, donde en la prueba de plataforma individual no pudo avanzar a la semifinal y terminó en la posición 22. Una lesión en el codo izquierdo no le permitió ejecutar sus saltos como hubiera querido. Ahora, aspira a subir al podio en sincronizados junto con Iván García, prueba en la que están rankeados en el cuarto lugar del mundo. “Mis papás me han enseñado que hay que ser humildes. Sé que ahorita no soy nada. Buenos son los medallistas olímpicos y los campeones mundiales. Cuando yo esté ahí, mis respetos, pero ahorita voy escalando para ser como ellos. Yo antes quería ser como Rommel Pacheco. La vida da muchas vueltas y yo le quité la posibilidad de ir a Londres. Soy muy feliz. Lo único que le pido a la vida es felicidad, y a Dios una medalla olímpica. Todos los días me levanto y le digo: ‘Dios, cuídame, dame la orientación para hacer bien mis clavados y ayúdame a ganar una medalla’.”

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