El cirquero y el trapecista que desafiaron al miedo

viernes, 14 de septiembre de 2012 · 20:14
MÉXICO, D.F. (apro).- El hecho sucedió un miércoles después de la primera función, hace un año, mientras el cirquero cambiaba el agua a los elefantes. Uno de los flacuchos paquidermos emitió su barrito de alerta y puso el hocico en los cabellos del hombre. El cirquero se salvó de ser devorado por un elefante. Héctor Manuel Monge luce muy elegante aunque sólo le cambie el agua a los elefantes: Tamy y Safari. Viste un saco rojo con botones amarillos. Los niños jurarían que es un domador de bestias aunque realmente hace de todo en el circo Atayde. “Demostrarle miedo a los animales es un error”, cuenta. Héctor tiene 53 años y se dedica a ser cirquero desde los 17 años. Se unió al circo en Ciudad Juárez. Él pregonaba las atracciones y maravillas desde una combi destartalada. Su voz se fundía con esa estridente y monótona canción del circo. Ahí presintió que todo había iniciado, como cuando una lluvia inicia y no para. Años después aprendió a montar el circo. Su mente es un inventario: dice que para montar una carpa se necesitan más de 100 estacas. Que tiene más de 35 años trabajando para el circo Atayde. Que hay tres temporadas al año y que los elefantes tienen entre 40 y 50 años. Tamy es una de las dos elefantes en el circo Atayde que dan vueltas en una sola pata encima de un banquito giratorio. En el intermedio de cada función, Héctor ayuda a los niños a treparse en los pliegues de los elefantes para tomarse una foto. Lo más importante es cuidar que la trompa del elefante no golpee a los niños. “Les gusta andar olfateando todo”, asegura. Tamy mira al público de reojo, indiferente. Además de su episodio con la elefante, Héctor rememora cuando estuvo a punto de caer desde 20 metros. “Lo más importante de estar allá arriba es decir si tienes miedo. Yo nunca he usado arnés. Mira: Yo una vez en la Arena México monté un carrusel en la parte superior de la carpa, una de las cadenas era muy larga y casi se me enreda, pero si me caigo, me mató.”. Ya con la mirada flaca, Héctor plantea una ecuación: “Si te quedas con el miedo dejas de hacer las cosas, así como aprendí a tenerle respeto a los animales, también lo hice con las alturas”. De cualquier forma, le gusta verse como un héroe del profesionalismo que encaneció por no tenerle miedo a los elefantes, ni a los arneses. Son las cinco de la tarde, hora de la función. Héctor camina deprisa por la alfombra roja raída, desaparece detrás de una cortina. Cabaret La carpa del circo Atayde encapsula el calor. Afuera, se escucha resoplar con furia a los caballos. Junto a ellos, un malabarista bate una docena de pinos, pero la mitad caen al suelo. Desde afuera de la carpa se ven las tribunas atestadas: zapatos con hebillas, de choclo, suelas desgastadas, pies de puntitas, pies inquietos que aplauden la destreza del trapecista. Sobre la pista, el caballo se abalanza sobre la comida regada por la pista. La voluntad del látigo flota en el aire. En su filo transparente. En su scuashhh. —Mamá, por qué los caballos no muerden al señor– pregunta un curioso. —Son sus amigos, hijo. En la tribuna se aplauden los latigazos. El domador se descubre prisionero con sus caballos. Más tarde se escucha música circense, pero en una mezcla con jazz: El humo anticipa la salida de un par de elefantes. Flacos, pellejudos. Junto a ellos media docena de mujeres bailan como en un espectáculo de cabaret. Otras cabalgan sus lomos. Lo que escapa a la vista se intuye en los contornos de las sombras. Cuerpos sensuales que deleitan a más de un padre de familia. Son imágenes que recuerdan un reportaje publicado en la revista Cine Mundial el 20 de febrero de 1956. El texto lo reproduce un especial sobre el circo de la revista Luna Córnea: “Don Andrés Atayde, en una fiesta en el maravilloso circo de su apellido, invitó a actuar como domadora a Gloria Mestre… Y Gloria, que no teme a esas reminiscencias prehistóricas de enorme trompa, aceptó gustosa la invitación… Invitación que más bien tenía aire de reto… Cabalgó sobre el tremendo animal. Jugueteó con sus orejotas. Hizo equilibrios sobre el dorso del elefante. Apuntó números de baile. Y, finalmente, como premiando al animal por su docilidad, le dio un sonoro beso en la trompa al que ya había conquistado como amigo… El elefante lloró… Todo un romance… Y Gloria, emocionada, no sabía qué agradecer más, si las lágrimas del trompudo o los aplausos del respetable.” Lección de vértigo Para Alain el mundo tiene forma de carpa. Allí creció y tuvo sus primeras lecciones de vértigo. Su padre Romeo Alegría lo inició en las alturas. Se subió a su primer trapecio a los 17 años. Ya no buscó otro trabajo. Tuvo demasiado éxito como para vender algodones. La agenda de Alain es tan apretada que mañana puede amanecer en París y al día siguiente en Italia. Dice que el circo es un viaje permanente, cuenta Alain: “Ésta es la séptima navidad que paso fuera de casa, solo. Ser trapecista es estar en la carretera, en aviones, en autobuses todo el tiempo. Una vez en las alturas, me transporto a otro lugar para relajar el cuerpo”. En la pista, la cal en sus manos exhibe su destreza: De un trapecio que se desprende del techo Alain se sostiene y sube poco a poco. En las tribunas un niño ajusta los sorbos de refresco al tamaño del abismo. Cada espectador consiente la posibilidad de un accidente: —Papá, por qué no se cae. —Flota en el aire– le responde, místico. —¿Cómo un plativolo volador? —Como un pájaro– contesta sin separar la mirada del trapecista. A Alain no lo llama el vuelo, sino el aterrizaje. “Arriba está oscuro. Es extraño. Hay voces, luces cegadoras, reflectores de mil 500 watts como si los faros de un auto estuvieran frente a ti. No puedes ver. Veo el trapecio y un punto de apoyo, las salidas de emergencia, esos son mis puntos de referencia”, cuenta. –¿Qué escuchas allá arriba?- se le pregunta. –Lo que más escucho es: “Se va a caer”, “¡Ay no!”, gritos y murmullos. Una mezcla entre la música y el barullo. Puedo estar cansado, pero al momento que cruzo la cortina y escucho la música, siento una adrenalina y allá arriba se olvida el cansancio y los sentimientos. A mi me llena ese acto, el circo es una magia, un arte. Alain logra que más de 200 almas babeen. La luz del tramoyista confirma el acto: En la pista Alain toma una silla plateada, casi de charol. La sostiene con una mano mientras que con la otra asciende en el trapecio. Cinco metros. Gira la silla. Diez metros. La coloca en el trapecio. Quince metros. Se sienta en ella. Veinte metros: en dos patas Alain hace equilibrio con la silla mientras estira los brazos. Desde las alturas Alain crea el mundo. El toque de su pie, al leve roce de la cuerda: intrincadas paralelas, como en una lección de perspectiva. –¿Cómo domas el vértigo? – La música me ayuda mucho. El suspenso del público. Puedo estar cansado, pero al momento de cruzar la cortina se dispara mi adrenalina. El truco de la silla en las alturas pertenece a su familia, su padre lo inventó por los años setenta. Después de eso, construyeron su fama y su linaje circense. –¿Cuál ha sido tu peor accidente? ­­–Tenía 18 años. Estaba en una gira por Centroamérica. Estando en el vuelo, me desvanecí. No me di cuenta que estaba cayendo, hasta tocar el suelo. Tenía fracturas en el tobillo, la columna y la muñeca. La gente estaba callada, era tal el silencio, que sólo escuchaba la voz de mi hermano: vas a estar bien, te caíste, pero vas a estar bien. Después de eso la gente comenzó a aplaudir y me sacaron rumbo al hospital. Si por él fuera, estaría en la estratósfera colgado de un alambre entre dos aviones en pleno vuelo. –¿Qué opinas de que en México se reconoce más a un futbolista que a un gimnasta? –El arte circense en México está devaluado, no hay esa tradición. Aunque hay circos como el Atayde de más de 125 años, no se le da el valor que merece. Hay circos en Europa donde la gente va con las mismas ganas que ir al cine, al teatro, a la ópera. La gente respeta de igual manera a los cirqueros, la gente aprecia la tradición. Los abuelos van con sus nietos. En México se ha perdido eso. El gobierno no le da el valor que merece. –¿Y el amor? –Lo primero que te dicen es que te vas a ir. No debes de mezclar el amor con el equilibrio porque siempre te puedes caer. Alain responde como un ángel de piedra. En la pista se escucha la canción del circo, la arenga del funambulismo repetida.

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