Lizalde valora los trabajos de Ernesto de la Peña

lunes, 17 de septiembre de 2012
El escritor y traductor Ernesto de la Peña, fallecido el lunes pasado a los 84 años, y el poeta Eduardo Lizalde se conocieron hace tantos años –más de sesenta– que el recuerdo preciso de la primera vez que se encontraron se ha difuminado con el tiempo. “Fueron tantas las reuniones de amigos y actividades en las que estuvimos juntos –dice Lizalde–, que hoy es imposible fijar ese momento en la memoria”. MÉXICO, D.F. (Proceso).- Tuvieron muchos amigos escritores en común: Salvador Elizondo, Jaime Labastida, Carlos Fuentes… Y también muchos intereses comunes. En la última década uno de ellos en particular –la pasión por la ópera– los llevó a realizar juntos un programa para la televisión universitaria y a encontrarse con gran frecuencia para preparar y grabar cada emisión. También solían coincidir en la Academia Mexicana de la Lengua (AML), a la que De la Peña ingresó en 1993 y Lizalde en 2007. Su admiración fue mutua. En los últimos treinta años se volvieron cada vez más cercanos, y a partir de que De la Peña decidió empezar a publicar libros, Lizalde no escatimó oportunidad para poner de relieve la importancia del trabajo de su amigo. El martes 11 Lizalde y otro poeta, Jaime Labastida, presidente de la AML, fueron los oradores en el homenaje de cuerpo presente en el Palacio de Bellas Artes. Se reproducen enseguida algunos fragmentos del “Prólogo” que Lizalde escribió para el tercer tomo de las Obras de Ernesto de la Peña (Conaculta 2007), en el que se reúnen sus libros de narrativa y poesía. E rnesto de la Peña nació constituido por naturaleza para la sabiduría, el conocimiento de las lenguas, las culturas antiguas y modernas y la capacidad para el aprecio inteligente de todas las manifestaciones artísticas, y eso lo percibieron desde su juventud todos los escritores e intelectuales de su generación. Pero acaso la modestia y la discreción –nunca la arrogancia– que caracterizaron al joven sabio desde el principio impidieron también adivinar todas las dotes críticas y creativas que Ernesto poseía y que, por fortuna, afloran hoy para nosotros, en la etapa de su madurez, con la aparición en letra impresa de sus libros conocidos, y su copioso acervo de escritos inéditos de lingüísta, de historiador del arte, de narrador, de pensador, de traductor, de poeta e inventor de ficciones nada ordinarias, personalísimas y sin precedente en el panorama de nuestra literatura. […] Conocido desde su juventud, ya lo he dicho, como persona de notable cultura y excéntrico políglota, Ernesto de la Peña no alardeó sino escasamente entonces, al menos por escrito, de sus grandes capacidades creativas. Y debido a esa extraña contención, propia acaso de un severo espíritu autocrítico y un temple de perfeccionismo insospechado, sus propios contemporáneos lo tuvieron por largos años precisamente como un superdotado y estéril erudito. El mismo Carlos Fuentes, que no parece haber leído ninguno de los libros hasta hoy publicados por Ernesto, en un reciente libro (Todas las familias felices) se refiere a él distraídamente en una irónica e instantánea memoria del mundo cultural mexicano del final de los cuarenta, al mencionar las reuniones (cito sus palabras): «[del] grupo basfumista, ardoroso y anárquico, en el que militaba un filósofo rubio y delgado, Ernesto de la Peña, que sabía veintitrés lenguas, incluyendo la de Cristo». Oportuno es anotar aquí que los complejos textos del «estéril erudito» Ernesto de la Peña, que muy poco han sido leídos y comentados, pues no son fáciles para comentaristas y gacetilleros ordinarios, no son tan pocos ni son todos tan recientes, sin contar las numerosas conferencias, cursos, exposiciones radiofónicas sobre múltiples temas de su especialidad que ocuparían, si se editaran, tal vez algunos miles de páginas. Los libros publicados por el autor en los últimos veinte años, un rápido recuento, son los que siguen: 1988 Las estratagemas de Dios (cuentos, Premio Xavier Villaurrutia) 1991 Las máquinas espirituales 1991 La novela El indeleble caso de Borelli 1993 Mineralogía para intrusos 1997 El centro sin orilla (ensayos) 1997 Las controversias de la fe 1997 Los textos apócrifos de Santo Tomás (traducción directa del griego editada por segunda vez tras recibir el Premio Nacional de Lingüística y Literatura) y en 2005 Palabras para el desencuentro (poemas). No sólo para los cronistas habituales, sino también para algunos de sus amigos escritores, que con obligada prudencia lo hemos acompañado en la presentación de algún libro, resulta arduo el acceso ernestino, pero disfrutar de su amistad durante ya varias décadas es un privilegio. Vasto y desordenado lector de toda clase de libros, lo mismo que melómano enfermizo como soy, convivo siempre con placer con el sabio De la Peña, pero siempre en declarada desventaja cultural y como un mediano conocedor en casi todas las materias literarias, filosóficas, históricas y artísticas cuya afición compartimos. Al leer las páginas de este volumen de ficciones y poemas y redactar el breve prólogo para su edición, y al pensar lo que muchos de los prójimos intelectuales de Ernesto experimentamos con su siempre generoso trato, me vino a la memoria un librito, leído hace medio siglo, y cuyo ejemplar ya no poseo: Si yo fuera usted (Si’étais vous) del excelente escritor Julien Green, autor de lengua tanto francesa como inglesa. Cuento de memoria la anécdota de ese curioso Fausto de Green. El personaje, Fabien, pacta con el diablo y éste le concede la facultad de trasladar su alma a otros cuerpos mediante ciertas palabras mágicas que debe pronunciar frente a la persona cuya humanidad desea habitar. Emprende con ese recurso un largo viaje a través de varios cuerpos a los que ingresa y padece diversas, dramáticas, placenteras o desconcertantes experiencias. Se traslada, tras vivir dentro del cuerpo de un tonto o un asesino, al cuerpo del sabio profesor Emmanuel Frugges (o algo así) y por su mente se pasea maravillado, decía Green, como por los pasillos y la estantería de «una gran biblioteca», leída y asimilada. Ésa es la sensación que suelo experimentar en conversaciones y encuentros con Ernesto, sin conseguir, por supuesto, más que pasear superficialmente por la ‘estantería y las colecciones del acervo bibliotecario mental del que es poseedor el memorioso maestro. […] Casi innecesario resulta advertir que aun muchos lectores cultos de la buena literatura, aunque podrán disfrutar de los sorprendentes hallazgos, alucinantes relatos y descripciones de personajes, atmósferas, historias y fantásticas aventuras, con pericia e imaginación admirables pergeñadas por el autor, tendrán que conformarse con el mero disfrute literario de estos escritos, pues pretender penetrar en el inextricable trasfondo erudito de las referencias históricas, mitológicas, científicas, religiosas, lingüísticas y metafísicas que son el contexto y la espesa referencia mental de nuestro autor, sería tarea inalcanzable, salvo en el caso de estudiosos y lectores especializados en las abstrusas materias que son del dominio de Ernesto de la Peña. Por lo pronto, el autor de este prólogo, animado por las musas y nornas germánicas, helénicas o latinas de la ignorancia, ha leído con fruición las estéticamente estimulantes páginas de estos libros y gozado frecuentemente con las monumentales incursiones caricaturales que De la Peña emprende al glosar facetas no exploradas de grandes científicos de la historia. Ése es el caso de las páginas dedicadas, verbigracia, al fundador Isaac Newton (en Las máquinas espirituales), al comentar sus poco frecuentados, y nada matemáticos, sino más bien metafísicos ensayos sobre el Apocalipsis, en los que el descubridor grandioso de las leyes de la gravitación universal, señala De la Peña, trazaba un extraño paralelo entre el término malum manzana, y malum, el mal, para vagamente relacionar el fenómeno con la simbólica y bíblica manzana pecaminosa y, por lo tanto, la probable procliviter fecit (maldad, maleficio intencional) cometida bien por la bestia legendaria (a cuyo número emblemático se refiere de paso) o bien por el Creador mismo, que instituye el principio del mal, como se dice también en la Cábala cuya acción es consumada por una tríada divina, tal como se anuncia en el citado epígrafe del Midrash katán in Genesim (tres dioses unidos en proyecto malévolo), cuyos originales hebreos, como sabemos, ha compulsado sin duda el incansable inquisidor de textos antiguos que es Ernesto. […] De la literatura accesible y de la inaccesible se ha hablado en todos los tiempos y hay, por supuesto, en la gran literatura del mundo, territorios, facetas, de asuntos que son de fácil comprensión y lectura para personas de nivel cultural ínfimo, incluso. Leer Crimen y castigo, del ruso egregio, o Romeo y ]ulieta del histórico cisne, es cosa que puede fascinar a todo lector primerizo. Pero entender el arte, la perfección del habla literaria, la asimilación y la superación de la antigua experiencia poética y novelística, que esas obras expresan, es otro asunto. Nada hay más prodigioso que la simpleza en las manos de un genio, y nada más patético que la verborrea o la aparente suntuosidad en manos de un redicho o de un derviche mediocre (me abstengo de señalar deprimentes paradigmas a la vista). Las mayores obras de la literatura universal (sobre todo de narrativa o dramaturgia) son, por fortuna, inagotables universos, continentes magníficos, para gustadores, videoaficionados y lectores de todos los niveles culturales y sociales. No es el caso de la poesía, simple milagro y Ave Fénix de las edades. Lo popular de la poesía son los peores poemas de los liridas, padres y maestros mágicos de todas las generaciones. Si alguien pone música a Waste Land o Muerte sin .fin, es dudoso que esos poemas se vuelvan del consumo popular. ¿Fáciles de leer son Musil (El hombre sin atributos), Joyce (Finnegan’s Wake) y su máxima obra, Kafka, Kant, Hegel, Wittgenstein, Husserl, etc., etc.? ¿Son populares? No: son iconos, ídolos nacionales, figuras históricas eminentes. Pasear por las páginas de sus libros para los iniciados es maravilloso, y para los inteligentes primerizos como echar las redes en un banco marino que ofrece beneficios insospechados. La facilidad, la lectura confortable, sedante. Gran tema. Falso tema. Cualquier alumno atrasado de la secundaria, incluidos algunos funcionarios analfabetos funcionales, puede apreciar el sentido, pongamos el caso, de dos versos de Bécquer:   No digáis que agotado su tesoro, de asuntos falta, enmudeció la lira ...   Algo entenderá el lector menos avisado, sin tiempo, sin perspectiva, porque detrás de esos dos sencillos versos hay varios siglos, tal vez milenios de hallazgos luminiscentes de investigación, de oído, de frustración y de genios poéticos incontables. […] La compacta mole de alusiones históricas, literarias, religiosas, mitológicas, científicas, alquímicas, se mezcla en todas las ficciones a la vista con un discurso de riqueza verbal avasalladora, donde no escasean los hallazgos poéticos y las fabulaciones de factura maestra ni falta el empleo experto de los regocijantes toques humorísticos, la hiriente comedia y la sátira histórica de gran formato, propia de los narradores a cuya rara estirpe el autor pertenece.

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