La Muralla china, trascendida por la red de redes

jueves, 3 de enero de 2013
Internet, la herramienta de comunicación e interacción social que envuelve al mundo, ha hecho que el poder monolítico del Partido Comunista se cimbre. El gigante reacciona y trata desesperadamente de controlar el ciberespacio, pero no hay recursos humanos, técnicos ni económicos capaces de frenar el flujo de información con el que los jóvenes chinos dan a conocer lo que pasa en su país. Gracias a las redes sociales la burda propaganda gubernamental queda expuesta y ridiculizada y varios funcionarios prepotentes y corruptos han sido defenestrados. Parece que en China no hay muralla capaz de detener a la red. BEIJING (Proceso).- “Soy intocable”, le gritó Lin Jiaxing, secretario del Partido Comunista de China (PCCh) en Shenzhen, a un ciudadano después de que intentó abusar de la hija de éste en el baño de un restaurante de esa ciudad del este de China. Como representante del poder local se sentía impune. En general los cuadros del PCCh heredaron de los mandarines el autoritarismo y la corrupción, pero Lin descuidó un detalle: La escena quedó grabada, saltó a internet, indignó al país y días después el funcionario fue despedido. Sin internet tampoco hubieran sido castigados los funcionarios que forzaron un aborto sietemesino en junio pasado, los habitantes de Beijing no hubieran compartido información durante la inundación que azotó la capital en julio pasado ni se hubiera frenado la apertura de una fábrica de productos químicos contaminantes en Zhejiang el pasado octubre. Xi Jinping presidirá un país con 540 millones de internautas, 10 veces más de los que una década atrás heredó su predecesor, Hu Jintao. Más de 200 millones de chinos utilizan las redes de servicios de mensajes cortos, como Weibo, sistema creado en 2009 como réplica al censurado Twitter. Internet se desarrolla en China a un ritmo vertiginoso y sirve para reflexiones profundas y para la frivolidad, para los cotilleos de famosos y las críticas al gobierno, para informarse y desinformar. La ausencia de una prensa libre empuja a los chinos hacia la red y la configura como un flujo de información incontrolada. China es hoy más libre y plural gracias a internet. Un vistazo a la red descubre una sociedad compleja, rica y dinámica, muy alejada de esa masa uniforme y teledirigida que a menudo dibuja Occidente. La revolución de la red es una de las noticias más saludables y globalmente ignoradas de China. Ahí desembocan la cultura y el arte o las críticas al sistema. A veces ambas convergen, como en el caso de Ai Weiwei, el famoso artista y disidente que utiliza las redes sociales como altavoz de sus mensajes. “Deberían nombrar personaje del año a los internautas chinos; nadie ha hecho más para empujar hacia adelante este país. Si quieres saber cómo respira China, conéctate”, opina Zhang Bingjian, un artista que ha convertido la crítica social en el eje de su obra. En internet han germinado fenómenos sociales. Es el caso del irreverente Han Han. Su biografía sugiere velocidad: es piloto de carreras, autor de best sellers y el bloguero más exitoso del mundo: tiene 580 millones de seguidores. Apenas rebasa los 30 años y es una celebridad entre la juventud china que espera con avidez sus análisis sobre la sociedad. Han Han dejó los estudios a los 17 años para dedicarse a escribir y dos después había vendido 20 millones de ejemplares de su primera novela. Sólo fracasó en 2010 con el lanzamiento de una revista que recogía sus comentarios más provocadores. Fue censurada y el bloguero regresó a su refugio en internet. Habla de la cotidianidad, de la inutilidad de muchos funcionarios, de las fallas del sistema. Y ya hizo enojar a todos. Primero a los defensores de la esencia comunista: Sus críticas le valieron la admiración de Ai Weiwei. Pero en los meses recientes, cuando se metió de lleno al análisis de temas políticos, decepcionó hasta a los más reformistas. Han Han dejó en claro que China no está preparada para una democracia súbita, sino que requiere un proceso más sosegado. Aunque es la opinión mayoritaria en China, Ai lo acusó de venderse al PCCh. El fin de la verticalidad Internet puede esparcir información falsa y rumores, lo que a veces es inocuo pero que en ocasiones llega a ser peligroso. En julio de 2009 una colección de medias verdades sobre una pelea en una fábrica de Cantón entre uigures –la etnia musulmana– y han –la etnia mayoritaria china– desató en Xinjiang, en la otra punta del país, una revuelta que dejó 200 muertos. Y en abril varios internautas retransmitieron en directo un supuesto golpe de Estado en Beijing, con imágenes de tanques en las calles y disparos de ametralladoras. China sabe que cualquier potencia económica debe confiar en internet y ha destinado más de 50 mil millones de dólares en telecomunicaciones y hardware de procesamiento de datos. La banda ancha aumenta rápidamente mientras el gobierno confía en el comercio electrónico para estimular una demanda interna que compense la caída de las exportaciones. Incluso existe una red de información interna entre los miembros del PCCh, que se han sumergido en las nuevas tecnologías después de que el gobierno subrayara su importancia. Docenas de delegados tuitearon el reciente discurso de despedida de Hu Jintao en el Congreso del PCCh. “El pensamiento de Mao Zedong siempre será la guía”, colgó en la red su nieto y delegado Mao Xinyu, confirmando la compatibilidad entre tecnologías nuevas e ideologías en desuso. Beijing alienta el uso de internet como forma de control democrático ante los excesos del poder, pero también teme el fin de su milenario monopolio informativo. El PCCh tiene un sistema vertical de canales y ha evitado el flujo horizontal que ahora permite la red. La Academia Nacional de Ciencias Sociales concluyó en 2009 que internet y los mensajes de celular eran ya los más poderosos formadores de opinión pública. La red es demasiado importante para que Beijing permita su libre gestión. Es sabido que paga a personas para que escriban comentarios favorables en los foros de discusión en la red. Entre la población ha surgido la expresión el “partido de los 50 céntimos”, en referencia a lo que paga el gobierno por cada comentario. Al mismo tiempo, miles de incansables policías rastrean la red las 24 horas con la tecnología más avanzada para imponer la censura. Pero un comentario en Weibo puede ser reenviado miles de veces en segundos a otros usuarios, así que a la censura le faltan tiempo y manos para tapar agujeros. Ante un nombre censurado, los chinos utilizan caracteres de fonética parecida para encontrarlo. Y cualquier joven conoce media docena de programas para entrar en las páginas prohibidas, la mayoría de las cuales son de pornografía y menos de temas políticos. El escándalo que en 2008 involucró al actor y cantante Edison Chen certificó la ineficacia censora. Un internauta filtró centenares de fotos que mostraban a Chen en la cama con varias celebridades femeninas de Hong Kong. El gobierno destinó un refuerzo ciberpolicial para cortar el tránsito de ese material pornográfico, pero los vendedores ambulantes ofrecían los DVD con la colección completa al día siguiente en las principales avenidas de Beijing. Cuesta encontrar a un chino que no las haya visto. Contra la corrupción La explosión de internet impide gobernar como hace una década. Los escándalos sobre los líderes han perturbado la transición tranquila de poder porque no se han podido esconder bajo la alfombra como antaño. Ling Yihua, mano derecha del entonces presidente Hu en los asuntos internos del PCCh, se cayó de las quinielas para entrar en el Comité Permanente del Partido –máxima instancia de poder en China– cuando por internet circularon las fotos del accidente mortal de su hijo con un Ferrari, ocurrido en marzo pasado. “Al gobierno le es cada vez más difícil controlar la información”, afirma Anthony Saich, catedrático de la Escuela Kennedy de la Universidad de Harvard y experto en la comunicación social en China, entrevistado vía correo electrónico. “Tratar a los chinos como niños que necesitan escuchar sólo lo bueno ya no es viable cuando las élites urbanas integran la comunidad internauta. No puedes tener un sistema doméstico diciendo que no pasa nada cuando el ciberespacio te dice lo contrario. Ya no es una cuestión de quién dice la verdad, sino de disfuncionalidad. Es peligroso para la estabilidad que busca Beijing. Negar la realidad y encubrir lo que pasa sólo puede ser negativo a largo plazo para el gobierno”, dice. Las inundaciones en Beijing el pasado julio pusieron en evidencia una especie de esquizofrenia: las cadenas de televisión y los diarios subrayaban los heroicos salvamentos, la ayuda desinteresada entre vecinos y otras historias positivas, mientras la red recogía la ira de los ciudadanos por la infraestructura tercermundista del sistema de drenaje y la falta de previsión gubernamental ante la contingencia. El protocolo censor no evitó una nueva victoria de los cibernautas: El gobierno admitió que hubo 77 muertos, el doble de los 37 que había reportado originalmente, y destituyó al alcalde de la capital, Guo Jinlong. La red también fiscaliza la corrupción. Cai Bin, un funcionario del área de obras públicas de Guangdong –con un sueldo mensual de 10 mil yuanes (unos 20 mil pesos)–, fue destituido en octubre después de que los internautas subieron a la red fotos de 22 inmuebles de su propiedad. En septiembre fue cesado Yang Dacai, funcionario de Seguridad Laboral de la provincia de Shaanxi, luego de que circularon fotos de sus relojes de lujo. Se le encontraron 11 de las marcas Omega y Rolex. El costo de uno de ellos se calculó en 400 mil yuanes (más de 800 mil pesos). La censura ha provocado que los medios tradicionales pierdan la batalla de la credibilidad ante la red. Quizá por ello en los últimos años ya asoman críticas al gobierno en diarios oficiales. Manel Ollé, profesor de historia y cultura china en la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, no cree que se avance mucho más: “El control de los medios tradicionales seguirá siendo necesario al ser los más influyentes y más políticamente sensibles sobre los sectores clave en la estabilidad, entre estos los propios miembros y cuadros del PCCh (…) “Mientras en estas capas se mantenga el consenso y se propague y acepte el discurso oficial, será digerible y aceptable que en los márgenes circulen mensajes alternativos o disidencias relativas. La carta de la credibilidad la tienen perdida y recuperarla puede ser la única estrategia para la incidencia de los medios corporativos más o menos cercanos al partido”, dice Ollé a Proceso vía correo electrónico. La composición del nuevo Comité Permanente, el órgano de siete miembros que gobierna por consenso el país, anticipa unas reformas lentas. Se quedó fuera de esa instancia Wang Yang, el jefe del PCCh en Guangdong, defensor de más libertades civiles, entre ellas la de expresión. Y entró Liu Yunshan, el férreo ministro de Propaganda, quien ha mantenido una constante presión sobre los administradores de sitios web para que borren los contenidos sensibles, con amenazas de revocarles la licencia. También ha lamentado la costumbre de millones de chinos de volcar sus opiniones en internet. La habitual paranoia ante cualquier cónclave político explica que el número de palabras censuradas y los filtros aumentaran durante el último Congreso del PCCh, en noviembre pasado. El único efecto tangible fueron los lamentos de miles de cibernautas por la brutal desaceleración de la red. “Debemos reforzar la gestión social de internet y promover un uso ordenado”, dijo en la inauguración el presidente saliente Hu. Los buscadores han dejado de censurar los nombres de los principales líderes del país después de meses, lo que indica una aparente relajación. “Es demasiado pronto para saber si el nuevo gobierno cambiará algo en la política de la información, pero en mi opinión no es razonable esperar nada fundamental. El PCCh sigue considerando esencial el control informativo para mantener la estabilidad social y política”, opina vía correo electrónico desde Hong Kong David Bandurski, director de China Media Project y estudioso de la red en China.

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