Greenwald, el depositario de los secretos

El espionaje de Washington a México no tiene que ver con terrorismo, drogas ni armas, sino “con petróleo, energía e intereses económicos”, dice Glenn Greenwald, el periodista de The Guardian que tiene en su poder los documentos filtrados por el exanalista de inteligencia Edward Snowden, los cuales revelan las intercepciones ilegales del gobierno estadunidense en todo el mundo. En entrevista con Proceso, Greenwald señala que la reacción del presidente Peña Nieto ante las revelaciones de espionaje “no tiene comparación” con la dura respuesta de la mandataria brasileña Dilma Rousseff, pues México depende “mucho” de Estados Unidos.   RÍO DE JANEIRO.- Son la seis de la tarde del martes 1 y Glenn Greenwald se ve relajado, sentado a una mesa del bar del hotel Royal Tulip de esta ciudad. Calza chanclas y viste un pantalón corto y una playera. Parece un turista dispuesto a disfrutar del Río tropical y no uno de los hombres más espiados y acosados del planeta. Entre sus piernas aprieta una mochila en cuyo interior hay un disco duro. En éste hay más de 20 mil documentos que han puesto en jaque la seguridad mundial, han colocado en la mira a Facebook, Microsoft, Apple y Google y han tensado las relaciones de Estados Unidos con varios países, entre ellos México. El pasado 2 de septiembre en el programa de televisión Fantástico, de la cadena brasileña Globo, Greenwald reveló que la Agencia de Seguridad Nacional de Estados Unidos (NSA, por sus siglas en inglés) espió a Enrique Peña Nieto cuando éste era candidato a la Presidencia y supo antes que los mexicanos los nombres de los miembros del gabinete de este personaje. Durante la entrevista con Proceso, Greenwald refiere que esta información la descubrió por “accidente” cuando revisaba los documentos sobre el espionaje a Brasil y su presidenta, Dilma Rousseff. La NSA no sólo espió a millones de brasileños y a la empresa estatal de petróleos, Petrobras, sino también el teléfono y el correo electrónico personales de la presidenta lo cual provocó un escándalo: Rousseff canceló una cena de Estado en la Casa Blanca con Barack Obama. Fue una reacción muy diferente a la de Peña Nieto quien –acosado por preguntas de periodistas– declaró que había solicitado explicaciones al gobierno estadunidense y éste le prometió una investigación al respecto. –¿Cómo valora la respuesta de México? –No se puede comparar –responde Greenwald. Y refiere que su residencia en Brasil –donde publica en el diario O Globo, participa en programas de televisión y hasta ha acudido a sesiones del Senado– ha ayudado a posicionar el tema en la agenda pública. Además, “México depende mucho de Estados Unidos y aquí en Brasil se piensa distinto”, dice. Comenta luego un hecho digno de atención: el espionaje de Estados Unidos a México no tiene que ver con terrorismo –argumento de Washington para justificar esa práctica a escala mundial–, ni siquiera con drogas o armas sino “con petróleo, energía y con intereses económicos”. Explica a grandes rasgos cómo funciona el espionaje sobre el país: “Ellos (los estadunidenses) tienen la posibilidad de entrar en el sistema de telecomunicaciones en México”. Por ejemplo “si tú estás en el DF y mandas un correo electrónico a alguien en Guadalajara, eso pasa por un servidor de Estados Unidos. Y si es un mensaje telefónico, va por canales de comunicación donde Estados Unidos está entrando. Ellos utilizan empresas estadunidenses que acceden a estos canales y por tanto tienen la capacidad para guardar y analizar todas las comunicaciones”. El recurso del método   Greenwald recuerda el día de mayo cuando recibió los primeros documentos que le envío el exanalista de la NSA, Edward Snowden. “Abrí un archivo y quedé impresionado. Cuando abrí el segundo me di cuenta de que estaba ante algo fuera de lo normal”, comenta. “Yo había trabajado antes con documentos secretos pero esto era un escándalo global porque estábamos hablando de empresas como Skype, Google, Facebook y Apple que son utilizadas para la comunicación mundial.” Todos esos documentos están ahora en la mochila que resguarda entre las piernas mientras come frutos secos. “Siempre la llevo conmigo, aunque tengo varias copias”, dice. “La información está cifrada, así que si un ladrón me la roba no tendrá nada”. Hasta junio pasado Greenwald apenas era conocido en Estados Unidos como experto en leyes y autor de libros y columnas sobre derechos civiles y privacidad en las comunicaciones. Pero saltó a la palestra internacional cuando Snowden robó decenas de miles de documentos secretos de la NSA y lo contactó, antes de ponerse a salvo en Hong Kong, para difundir esa información. Pero Snowden no sólo buscó al periodista por su trayectoria sino también por su método. Una forma de trabajar tan lenta como rigurosa que le impide dar más detalles sobre México: “No puedo hablar de documentos antes de hacer la investigación periodística. Antes de publicar nada yo pregunto al gobierno de Estados Unidos por qué no debo sacar esos papeles. Entonces escucho sus argumentos y tomo mi decisión. Debo asegurarme de entender lo que estoy revelando y no sólo entregarlos así no más. Por eso no puedo decir más sobre México”, afirma y corta de forma tajante la conversación sobre este tema.   Costos personales   Greenwald trabaja desde junio pasado con la documentalista estadunidense afincada en Alemania Laura Poitras y gota a gota han ido publicando el material que recibieron de Snowden. Estados Unidos podría arrestar a Greenwald en cualquier momento si pone un pie en su país y Gran Bretaña lo sentenció el miércoles 9 al decir que sus revelaciones “han sido un regalo para los terroristas”. –¿Ustedes son vistos como traidores? –Sí, claro y eso es inevitable porque en Estados Unidos cuando tú publicas algo que el gobierno no quiere te llaman terrorista y más después del 11 de septiembre de 2001. Pero no ha sido muy eficaz. Todo el mundo sabe que estamos contando cómo personas inocentes, gente normal, está siendo espiada; por eso no ha sido muy eficaz la campaña de decirnos traidores. Greenwald dice que mantiene contacto casi a diario con Snowden. En los últimos meses la vida del exanalista de la NSA parece sacada de una novela de Tom Clancy. En mayo se fugó de Estados Unidos y se escondió en Hong Kong. Un mes después huyó a Rusia para no ser extraditado y, después de tres semanas de permanecer en el aeropuerto de Moscú, finalmente se quedó en esa ciudad con el estatus de refugiado. “Snowden guardó todos los documentos y los archivó extremadamente bien. Había 15 carpetas, dentro de cada una de ellas había otras 25 y en cada una de ellas otras 10. Todo ordenado por temas. Sabía exactamente lo que había y su importancia, pero nos dio libertad absoluta para elegir lo que publicamos”, comenta Greenwald. –¿Y por qué no usar Wikileaks? –Snowden podía haber subido todo a internet o ir a Wikileaks, pero vio lo ocurrido con Bradley Manning y pensó que la mejor estrategia era hacer las publicaciones en medios convencionales. No quería que pensaran en nosotros como terroristas o irresponsables y nada más dejar la información en internet. Quería recurrir a los periódicos tradicionales porque son medios en los cuales los estadunidenses confían. Quiere que se publiquen bajo criterios periodísticos. Durante más de una hora de entrevista Greenwald habla con el tono de quien intuye las preguntas que le van a hacer. No en balde ha pasado varios meses ofreciendo explicaciones al mundo. Sin embargo, su voz se apasiona a medida que detalla los abusos de Estados Unidos. “Barack Obama dijo que Estados Unidos recopilaba toda esa información (de la compañías telefónicas y servidores de internet) para luchar contra el terrorismo, pero la gente se ha dado cuenta de que están mintiendo a todo el mundo y detrás del espionaje hay intereses políticos y económicos. Ahora hay conciencia sobre el peligro de conceder a Estados Unidos una posición dominante en el mundo”, dice. Pero tanta pasión se quebró el pasado 18 de agosto. Ese día David Miranda, novio de Greenwald, fue detenido en el aeropuerto de Heathrow, Londres. Miranda viajaba a Río después de reunirse con Poitras. Las autoridades británicas le aplicaron la Ley Antiterrorista, confiscaron su computadora portátil y su teléfono celular y lo retuvieron nueve horas. “Por primera vez me sentí impotente ante lo que le estaban haciendo a la persona que más quiero en el mundo. En ese momento me di cuenta de que se trata de una consecuencia lógica de mi trabajo. Hemos desafiado e irritado a grandes líderes del mundo y hemos publicado sus documentos secretos”, comenta. “La situación es de mucho estrés y tensión”, dice. “Todos los días debo tomar decisiones difíciles, decidir muy cuidadosamente qué cosas publicar y cómo van a involucrar a la gente. Creo en lo que estoy haciendo y eso es lo positivo; tengo el respaldo de una plataforma global de medios y lo que estoy revelando está teniendo un impacto grande en el mundo. El balance general es: estoy contento, pero sí, tiene muchos costos desde el punto de vista personal”. –¿Ha sufrido amenazas o ha sido acosado?­ –Hubo un incidente en Hong Kong. Snowden me había dicho lo importante que era tener otra copia de los documentos en manos de alguien de confianza. Entonces hablé con David por Skype para decirle que le mandaría una copia encriptada de los documentos. Finalmente nunca lo hice porque no sabía bien cómo hacerlo y 48 horas después le robaron su laptop de la casa.   El valor de la privacidad   Greenwald afirma que gracias a su trabajo “se ha logrado mucho”. Explica: “Hay un cambio radical en la forma en la cual los estadunidenses piensan de la vigilancia y la privacidad. Desde los ataques del 11 de septiembre 2001, 80% de los estadunidenses estaban más preocupados por la amenaza del terrorismo que por los recortes del gobierno a las libertades individuales. Este año bajó a 40%, y eso es resultado directo de nuestro trabajo. Paralelamente hay varias iniciativas del Congreso para reducir los fondos a la NSA gracias a que conservadores y liberales, quienes nunca están de acuerdo en nada, casi lo logran”. Además, dice, “nuestras revelaciones han conseguido, por ejemplo, que en Alemania la gente deje de usar Facebook o empiece a utilizar sólo servidores alemanes”. También refiere lo que su trabajo ha provocado en Brasil. “Un mes antes de publicar sobre el espionaje a Rousseff, yo fui a O Globo y publiqué tres artículos sobre cómo la NSA espió la comunicación de millones de brasileños”. Comenta que luego “fue satisfactorio ver cómo Rousseff­ ocupó 15 minutos en la ONU hablando mal de Obama, criticando el espionaje de Estados Unidos y en defensa de la libertad en internet”. “Y todo eso fue posible gracias al periodismo que estamos haciendo”, sostiene. Según su información, Greenwald divide a los países en tres grupos: Uno integrado por naciones que colaboran con el gobierno de Estados Unidos, pero éste no espía a sus ciudadanos. Es el caso de Canadá, Gran Bretaña, Nueva Zelanda o Australia. Otro en el cual Estados Unidos no trabaja con los gobiernos, pero sí los espía: Venezuela, Irán, Corea del Norte o China. Y un tercero en el cual se encuentra la mayoría de los países. En este grupo, Brasil, por ejemplo, coopera aunque sea poco; en cambio, Francia, España o India colaboran con Washington en diferentes niveles. Durante la entrevista, Greenwald sólo deja de hablar cuando el mesero se acerca para rellenar las copas. Se nota que ni él ni los reporteros saben de espionaje profesional. Ni siquiera son capaces de cambiar de tema con rapidez y un silencio espeso se apodera de la mesa mientras el mesero llena las copas. Pero en cuanto éste se aleja, Greenwald ataca de nuevo: “Tengo los instrumentos en mis manos para que la gente vea qué está pasando. Pero después de la indignación del momento, la gente volverá a su vida anterior. Lo peor sería que las personas aceptaran que internet no es libre y accedan a ser espiados todo el tiempo”, expresa. –Pero hay mucha gente a la cual no le importa que la espíen porque dice no tener nada que esconder. –No es cierto y la prueba de ello es que todo mundo tiene una clave secreta (pass­word) para acceder a su correo o a Facebook y también pone cerrojos en sus puertas. La gente entiende el valor de tener privacidad y una sociedad que acepta el espionaje respira conformidad. “La vigilancia mata el alma de la gente”, afirma. Y añade una cita de Rosa de Luxemburgo: “El que no se mueve no se da cuenta de las cadenas que arrastra”.

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