Black Sabbath: diabólicamente inmortales

domingo, 27 de octubre de 2013
MÉXICO, D.F. (proceso.com.mx).- Todos sabían que sería la primera y, seguramente, la última vez en que la alineación original de Black Sabbath se presentaría en México. A principios de año el inexplicablemente vivo Ozzy Osbourne, vocalista del grupo, había recaído una vez más en las drogas; el guitarrista Tony Iommi fue diagnosticado con cáncer linfático; el baterista Bill Ward fue excluido por su sobrepeso y dos infartos previos. Y el bajista Geezer Butler lo reconoció ante el Chicago Sun: “Probablemente esta será la última gira. Me resulta realmente difícil tocar todas las noches, no quiero subir al escenario por dinero”. Este año el grupo tomó la decisión de salir de gira para celebrar su 45 aniversario. También grabó el álbum “13”, el primer disco de estudio de la alineación original desde 1978. Tal furor provocó el regreso de Black Sabbath en todo el mundo que en tan sólo diez minutos vendieron los boletos para su concierto preparatorio, celebrado el 19 de mayo pasado en la Academia de Birmingham. Lo mismo ha ocurrido en el resto del globo: en cuestión de días agotaron las entradas para conciertos masivos en Latinoamérica y Europa. No todas las agrupaciones de su generación pueden presumirlo. De hecho muchas jamás tocarán de nuevo debido a que la mayoría de sus miembros ha fallecido, otras tantas apenas convocan a pequeños grupos de seguidores. No es el caso de Sabbath. Están vigentes. Aún impactan a los adolescentes. En sus inicios, en 1968, el grupo se hacía llamar Earth e interpretaba canciones rocanroleras de Chuck Berry y Buddy Holly. No tenían un quinto y estaban muy lejos del éxito, pero formar una banda de rock era su única salvación. Los cuatro miembros originales, Ozzy Osbourne, Tonny Iommi, Geezer Butler y Bill Ward nacieron en Birmingham, Inglaterra, una ciudad pobre bombardeada durante la Segunda Guerra Mundial. Todos eran hijos de obreros que laboraban jornadas interminables a cambio de un pago que apenas les permitía sobrevivir. Nunca conocieron las vacaciones ni la playa, narra en su autobiografía Ozzy Osbourne. No querían ese futuro. Inspirados en The Beatles, pensaron que con la música podrían salir de la miseria. Earth jamás despegó. Un día el guitarrista Tony Iommi vio que el pueblo, a pesar de su pobreza, atiborró una sala de cine para presenciar una película de terror. Si las personas pagan por asustarse, escribamos música de miedo, pensó. Y esa fue la idea artística que catapultó al grupo. A esta característica sonora se debe añadir que Tony perdió la punta de dos de sus dedos cuando trabajaba en una fábrica, por lo cual afinó la guitarra de manera más grave y se colocó pedazos de botellas de plástico con el fin de seguir tocando. El bajista, Geezer Butler, era un lector empedernido de literatura fantástica y terror, que conjuntó esos elementos para escribir las letras de las canciones. Estos ingredientes conjuntados con la intimidante demencia de Ozzy Osbourne los llevaron al rango del grupo más malo, tenebroso y satánico que jamás haya existido. Fueron acusados de ser diabólicos y practicar la magia negra. El 19 de marzo de 1971 un fanático religioso intentó asesinar en el escenario a Iommy. Ellos, mientras tanto, en pocos años perdieron la cabeza; de ser unos jóvenes pobres pasaron a categoría de celebridad, con todo incluido: puños de cocaína, limosinas, sexo fácil, borracheras de semanas y absoluta pérdida de control. Todos estaban metidos en ese barco, pero Ozzy Osbourne naufragó primero. Dejaba de llegar a los conciertos, se le olvidaban las letras de las canciones, no asistía a los ensayos. El grupo lo echó en 1979, reemplazándolo por el extinto Ronnie James Dio, exvocalista de Rainbow. Ozzy continuó con su vida de desenfreno, siendo una figura pública que siempre sorprendía por sus cada vez más frecuentes transgresiones. Mordió a una paloma mientras intentaba negociar la grabación de un disco, mordió la cabeza de un murciélago durante un concierto, fue detenido por orinar El Álamo, intoxicó a un sacerdote con hachís… El grupo siguió sin Ozzy, aunque reuniéndose esporádicamente las décadas siguientes para presentaciones especiales y giras pequeñas. Lejos de ser arrojados al baúl de los recuerdos, su popularidad creció desenfrenadamente por el mundo. Influenciaron a muchos músicos que posteriormente consolidaron el movimiento iniciado por Sabbath: el heavy metal. A la fecha, el género continúa vigente con nuevas bandas, festivales y convenciones. Y con un tema constante en sus letras: una furia inamovible contra la guerra y la clase política. Las canciones de Black Sabbath, escritas primordialmente por el bajista, fueron comparadas con las de Bob Dylan. Hablaban de los parias, los excluidos, los excesos de la guerra, las drogas, la podrida ambición de los políticos. Jamás creyeron en la generación hippie. “No vimos el amor y la paz”, declaró Tonny Iommi al canal Bio. “Es genial estar aquí, en la Ciudad de México. Nos tomó mucho tiempo venir, pero finalmente llegamos”, se justificó Ozzy después de que el grupo interpretó ayer en el Foro Sol la primera canción de la noche, War Pigs, un verdadero himno antibélico. Todos los roqueros están de acuerdo en asumir que Tony Iommy es uno de los mejores guitarristas del mundo, el número uno del mundo según la mítica marca de guitarras Gibson. Una cosa son las clasificaciones, pero otra escucharlo en vivo. Sus solos eran como relámpagos, puntiagudos calambres que se metían hasta los huesos. Si la intención de Black Sabbath es asustar, lo siguen haciendo muy bien. Ozzy se comporta como lo que es: un maniático presto para volver real su próximo delirio. En ocasiones gateó por el escenario y se arrodilló en él. Emitía un recurrente “Cu-cú”, como dando a entender que todos comprendemos su locura. Pero lo más impactante es su rostro: el de un anciano que puede poner los ojos casi en blanco, arrugar toda la cara y parecer un brujo dispuesto a cometer el más fatídico de los hechizos. En muchas ocasiones en el concierto Ozzy pedía aplausos para su amigo de la infancia, Tony Iommy. “He’s Iron Man”, gritó Osbourne en una clara referencia a la fortaleza de su compañero, quien se toma descansos de la gira para ser atendido del cáncer que padece. El público mexicano, mientras tanto, estaba compacto en el abarrotadísimo Foro Sol. Apretados cuerpos que sacudían con furia sus puños y movían la cabeza al ritmo del rock más pesado. La mayoría canta cada párrafo de las letras de Black Sabbath, que casi interpretó la lista completa de sus clásicas canciones más tres temas de su nuevo disco: War Pigs, Into the Void, Under The Sun/Every Day Comes and Goes, Snowblind, Age of Reason, Black Sabbath, Behind The Wall of Sleep, N.I.B., End of the Beginning, Fairies Wear Boots, Rat Salad, Iron Man, God is Dead?, Dirty Women, Children of the Grave y Paranoid. Ozzy Osbourne, de 64 años, ya no llega a los tonos más altos de las canciones y su voz suena mermada; sin embargo, aún da batalla. Incluso en un momento del concierto ofreció que Black Sabbath haría el intento de regresar a México. El comentario cayó como la más alentadora de las profecías para los feligreses del heavy metal. Megadeth, uno de los grupos pilar del movimiento thrash metal y liderado por el legendario guitarrista Dave Mustaine, abrió el concierto celebrado la noche de ayer sábado. La presentación fue la última de Latinoamérica. Ambas bandas viajarán a Europa, donde concluirán su gira. Si esta es o no la última gira de Black Sabbath es una respuesta que será echada en un volado del destino. Lo cierto es que el de ayer fue un concierto histórico e imborrable para quienes han hecho del metal su declaración de principios. Con todas las frivolidades que expuso en MTV al desnudar su vida en el reality show Los Osbourne, Ozzy sigue siendo una de los mitos más simbólicos del rock: el pobre que se hizo famoso con la música, transgredió todas las normas, practicó todos los excesos y aún sigue vivo, imponiéndose a toda la lógica moralina. Tony Iommi sigue siendo el sonido del género, el obispo de los guitarristas pesados, la roca inamovible. Butler registró las letras más violentas que el género haya escrito contra la guerra. Y lo mejor de todo: su impecable sonido aún provoca pesadillas.  Regresen o no a los escenarios: ya son diabólicamente inmortales.      

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