"¿Qué le hicieron a mi niña?"

jueves, 7 de febrero de 2013
XALAPA, Ver. (apro).- El día en que mataron de seis balazos a su hija Irene Méndez, el Diario de una madre mutilada comenzó a escribirse en una libreta negra de pasta dura. La obra poético-literaria se fraguó de manera ininterrumpida durante 29 días. Las únicas pausas y espacios para la escritura fueron las lágrimas y el desasosiego de los recuerdos. Mientras Irene Méndez era velada por familiares y amigos, en un rincón Esther Hernández Palacios, su madre, no cesaba de repetir: “¿Qué le hicieron a mi niña?”. En momentos en que eso ocurría, Fouad Hakim, el esposo de Irene, aparecía sin vida en un muladar, con el cuello cercenado. La autopsia reveló que lo dejaron desangrarse. El 8 de junio de 2010 se convirtió en un parteaguas para la sociedad de esta capital veracruzana, que a lo lejos y de forma dispersa escuchaba de balaceras, ejecutados, cercenados, “levantones” y enfrentamientos en el norte del estado –que hace frontera con Tamaulipas–, en los Tuxtlas y en el sur, pero nunca aquí. La noticia de la ejecución de la pareja sacudió a Xalapa. Después la cosa se puso peor. Al iniciar 2011 se contabilizaron 14 muertes en la colonia Casa Blanca, al norte de la capital. También se desataron balaceras afuera del centro comercial Plaza Cristal y en el estacionamiento de Wall Mart, y hombres armados rafaguearon el Palacio de Justicia Federal. El crimen organizado le perdió el respeto a la “Atenas Veracruzana”. En el resto del estado circulaban noticias de embolsados en el sur, decapitados en el norte, enfrentamientos y abatidos en el centro, extorsiones y secuestros desde Panuco hasta Las Choapas. Hace 30 meses, el matrimonio Hakim Méndez fue arteramente asesinado. Irene y Fouad ya descansan en un panteón de Bosques del Recuerdo, pero Esther Hernández Palacios, la académica y exdirectora del Instituto Veracruzano de Cultura en el sexenio de Fidel Herrera Beltrán sigue clamando justicia, igual que lo hacen cientos de miles de mexicanos en todo el país. Diario de una madre mutilada –Premio Bellas Artes de Testimonio, “Carlos Montemayor”– es un grito de vida y resistencia en tiempos de guerra. Su autora, la madre de Irene, lo escribió con dos únicos objetivos: “Para seguir viva y para que ella (Irene) no se olvide”. Esther Hernández sólo encontró refugió y consuelo en ese libro, cuyas 104 páginas fueron sus pilares para poder salir adelante. Lo hizo, dice, “para poder seguir viva, aunque no tenga resignación y no tenga silencio. Lo que me pasó ha cambiado mi PH, pues antes tenía un sueño de piedra y ahora es frágil, despierto al menor ruido. Antes se me dificultaba llorar y desde ese 8 de junio lloro todas las noches”. El viacrucis de dolor En 28 meses los días han pasado lentos, tortuosos y flagelantes para Esther Hernández, desde que su suegra le dio el aviso: “hirieron a tu hija”. Luego vino el reconocimiento del cadáver, la cremación y posterior entrega de cenizas de Irene, hasta el trance final de recoger, de propia mano, los cuadernos fotográficos, ropa y perfumes del departamento donde su hija comenzaba a construir su propia familia. “Uno nunca piensa en la muerte de una hija. Yo, cuando pienso en la mía, me imagino en mi cama, rodeada de mis hijas y nietos, que rezan para ayudarme en el trance final. Así murió mi madre, así rezamos juntas alrededor de su lecho, para ayudarla a cruzar el umbral. “Uno nunca piensa que a su hija de 26 años, en tratamiento para embarazarse, la van a asesinar una noche, haciéndole 6 agujeros en su cuerpo. Uno nunca se imagina reconociendo su cadáver. Nunca esperando en el crematorio sus cenizas. “Quiero llorar hasta formar un lago en el que tu cuerpo ardiendo se apague. Yo no quería quemarte, yo no quería que las llamas te extinguieran. Después de unas horas, tengo en las manos una caja de madera. Esto queda de ti: polvo, cenizas. Son tu juventud, tu inteligencia, tu fuerza y tu belleza. ¿También cenizas se volvió tu amor? ¿Dónde estás realmente mi pequeña?”, reflexiona Esther Hernández en unos fragmentos del libro, que Apro reproduce con permiso de la autora. Esther Hernández admite que en esos días aciagos no cejó en la tentación de revisar los periódicos, las esquelas, las agencias de prensa, los noticieros de televisión. Todos, sin excepción, aludían al cruento asesinato de una joven pareja, hija ella de un empresario y una maestra en literatura. Tantos espacios, fotos y tinta regada, que la adolorida madre llegó a pensar: “Si pudieran vivir un poco más, cada vez que mencionan sus nombres, cada vez que los escriben”. En la prensa también, Esther también encontró cosas desagradables: el lucro del dolor, con sabor a raja política. En aquel entonces el PAN protestó por el asesinato de Fouad Hakim, y hasta el entonces candidato a gobernador de ese partido, Miguel Ángel Yunes Linares, organizó una marcha para exigir seguridad. “Fouad, mi yerno, no estaba afiliado ni a éste ni a ningún partido político, pero para los políticos mexicanos no existen límites ni barreras de ninguna especie. Todo puede entrar en su juego: incluso una cabeza cercenada puede servirles de balón”, dice. Más desagradable aún fue obligar a Esther Hernández a participar en las reuniones del gabinete de seguridad del entonces gobernador, Fidel Herrera Beltrán, sentada entre gendarmes, mandos navales, policías y burócratas en traje de alta costura. La exdirectora del IVEC escuchó a lo lejos –según narra en su libro– que el doble asesinato perpetrado por el crimen organizado no quedaría impune. Oración vacua que contrastaría después con un regaño del propio Herrera Beltrán a todos los artistas, empresarios, académicos e intelectuales que firmaron un desplegado recriminando al gobierno de Veracruz la falta de seguridad en el estado, así como la exigencia de justicia. El gobierno fidelista aplicaría la retórica política de “estás conmigo o estás contra mí”. Colectivo por la Paz, el refugió Desde la muerte de Irene Méndez, y pasado el tiempo de lamer heridas que no han sanado, Esther Hernández encontró refugió en el Colectivo por la Paz, del poeta Javier Sicilia. También se convirtió en seguidora de la causa del cura Alejandro Solalinde y de toda aquella protesta, marcha o acción que sirva para gritar “no más sangre” y “queremos paz”. Hernández Palacios participó en la última protesta del 2 de noviembre pasado en esta capital. El pañuelo bordado, tendido en el primer cuadro de la ciudad, con el nombre de Irene Méndez, quedó muy cerca del de la corresponsal de Proceso en Veracruz, Regina Martínez. La poeta justifica así su presencia en el colectivo: “No podemos cruzarnos de brazos. No puedo estar tranquila. No, mientras sigan matando en las calles”. Añade: “No he dejado de llorar, pero por eso sigo viva. Seguimos en esta lucha por la justicia y por el cese a la violencia, pero unidos, con el colectivo, con otras madres, solos no valemos nada, tenemos que seguir alzando la voz, y cuando los de la fila de adelante se cansen, vendrá la de atrás. Queremos, quiero un mundo mejor para mis nietos”. En una parte de su libro y en la entrevista con este reportero, la exdirectora del IVEC admite que le molesta e incomoda cuando la palabra “asesinato” se quiere matizar en la muerte de su hija. “Irene no murió en forma accidental. No hay por qué ocultarlo. Fue asesinada, porque nuestro país, nuestro estado, nuestra región, están en guerra, y ella ha sido una víctima más”. El de Esther Hernández es un libro terapéutico, intimista, visceral, caótico, abridor de heridas, que a su vez sirvió para cocerlas. “El mundo se podía caer a mi alrededor, pero llegaba a mi casa y veía a mis tres hijas y había felicidad y tranquilidad. Hoy ya no tengo nada de eso. Yo era una Esther Hernández antes del 8 de junio y una Esther después de esa fecha. Mi vida cambio 360 grados”. Durante los 40 días posteriores al asesinato de la joven pareja Hakim-Méndez, a la propia Esther Hernández le asignaron unos “ángeles empistolados” con arma automática al cinto, lista en todo momento para ser desenfundada y accionada por una mano diestra. Son “ángeles” entrenados para repeler cualquier ataque del crimen organizado. “Mis ángeles empistolados me dan información sobre los códigos que funcionan en esta guerra, me enseñan a sobrevivir: ‘Después de 40 días, usted ya no peligrará’. Cuarenta días me cuidé después de parirte, cuarenta días debo cuidarme después de tu muerte” (…) “Mi maestra, si oye balas tírese debajo, por si acaso, le voy a enseñar a protegerse, porque vivimos tiempos difíciles. Ellos (nunca los nombra en su libro, siempre dice “ellos” cuando se refiere “a los otros”, al “enemigo”) no tienen corazón, pero es peor aún que nos encuentren con miedo. Si oye balazos o se nos cierra un vehículo, tírese al suelo del coche y no se levante por ningún motivo”. En el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad que encabeza Sicilia, dice, ha tenido la oportunidad de conocer a madres, padres, esposos, esposas, familiares, pues, de personas asesinadas o desaparecidas: “Hemos llorado juntas, nos hemos abrazado y reconfortado, aunque ya nada es igual”. “No hay varita mágica para la inseguridad”, subraya. Para Esther Hernández Palacios, algún día la ola de inseguridad terminará. Su tesis es ésta: “No hay mal que dure mil años, ni estado que lo resista”. Fueron muchos años de corrupción, agrega, los que permitieron la formación y asentamiento de cárteles de la droga en el país, en el estado, en la región, razón por la que es tonto pensar que la inseguridad se va a terminar por arte de magia o por una decisión emanada de una oficina gubernamental”. La autora de Diario de una madre mutilada asegura que piensa seguir en esta ciudad y en Veracruz, y que no va a claudicar,, pues sería abandonar la lucha y el recuerdo de su hija, asegura. “Espero poder reconstruir mi corazón con los fragmentos que le quedan. Nunca será el mismo, lo sé, pero servirá si consigo que siga latiendo. Uno se las ingenia para caminar con un solo pie o vestirse con una sola mano, para abrazar a dos hijas y nietos con un solo brazo. Aunque dicen que nunca deja de doler un miembro mutilado”, reseña en su libro. Hoy el principal soporte son sus nietos. Uno de ellos lee el título y le recrimina: “Qué feo titulo, ¿por qué le pusiste así?”. Ella: “Porque así me siento”. El nieto responde: “No te preocupes, mi hermana y yo te lo vamos a volver a coser”.

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