La arquitectura de México para el mundo

martes, 23 de abril de 2013
Hacia mediados del siglo XX, la arquitectura mexicana vivió momentos supremos en los cuales uno de sus artífices fue Pedro Ramírez Vázquez, fallecido el 16 de abril a los 94 años. Dos días antes aun se hallaba corrigiendo los textos que recogerán sus memorias en una próxima edición que revisa su hijo Javier Ramírez Campuzano, quien entregó a Proceso algunas páginas para nuestros lectores. En recuadro aparte, se presenta la entrevista intitulada “La escuela rural mexicana” que realizara Armando Ponce para el libro de este semanario, México: Su apuesta por la cultura... en 2003. MÉXICO, D.F. (Proceso).- Sereno, cordial, Javier Ramírez Campuzano recibe a Proceso con ligera sonrisa en el saloncito que mira al jardín posterior de la amplia casa estudio “Pedro Ramírez Vázquez y Asociados” en el Pedregal de San Ángel, donde la figura de su padre dibujada en tamaño natural abre las puertas cual preludio de hondas evocaciones por el genial arquitecto mexicano tras su partida. “Ya pude dormir un poco, me siento mejor –dice Ramírez Campuzano, también arquitecto–, pero como hay tantos amigos que me están pidiendo otra misa en honor a mi papá, creo que le ofrendaremos una más la semana entrante.” Brinda un café matutino al reportero quien saca la grabadora. Su voz suena gentil: “No sé si lo que diga tenga un valor auténtico, testimonial, pues soy orgullosamente su hijo.” Por doquier emergen los recuerdos de su padre: en las estatuillas de barro que reproducen caritas sonrientes de “ídolos” prehispánicos; en los carteles y tomos de la XIX Olimpiada México’68, en las estatuas de cristal que diseñó, y hasta en el boceto a lápiz de un campesino firmado por Diego Rivera. “Mi padre tuvo una relación muy cercana con Guadalupe y Ruth Rivera Marín, entre miles de cartas que escribió guardo una nota enviada por Diego agradeciendo a papá haber externado sus respetos a la muerte de Frida, es un acervo bárbaro de correspondencia que sostuvo con un mundo de personajes que conoció en su larga vida. “La primera vez que me impactó fue cuando como presidente del Comité Organizador de los Juegos Olímpicos vi mostrándole al general Charles De Gaulle, quien organizaba los de invierno en Grenoble por febrero de 1968 una exposición de arte precolombino mexicano que papá llevó a Francia. Me tocó su convivencia fraterna con personalidades de aquellos años: jeques y miembros de la Academia de Marruecos, Henry Kissinger, Jacques Soustelle, Neil Armstrong o celebridades de México como sus grandes amigas Dolores del Río y Silvia Pinal, uno de los últimos íconos que existen” e insiste: “Mi testimonio no puede ser objetivo pues como hijo sobredimensiono a mi papá, me tocó vivir con él experiencias impresionantes y justo en la iglesia de Santa María en el Pedregal me permití decir que él fue… –duda– fue mucho, o sea, hay muchas facetas para un hombre que sin hacer deporte le organiza una Olimpiada y proyecta su sede al COI de Suiza, un ser preocupado por la educación…” Ramírez Campuzano refiere que cuando lo conoció José Vasconcelos, “ya mayor”, le dijo: “Veo, muchacho que te interesa la educación, te obsequio mi libro De Robinson a Odiseo (1953) ahí vas a encontrar muchas cosas”, y mi papá lo leyó, y se interesó tanto en la realidad del país que concibió el aula casa-rural prefabricada con apoyos de don Jaime Torres Bodet (ver recuadro), o de “un presidente culto y visionario, Alfonso López Mateos, y del secretario de Hacienda, Antonio Ortiz Mena y creó las obras para la Ciudad de México con un regente como Uruchurtu, o del arqueólogo Ignacio Bernal, con gente de esa estatura no había manera que nada le saliera mal, así que no puedo ser objetivo”. Y, sin embargo: “No podemos olvidar que mi papá fue un ser humano; pero supo observar, concebir, integrar equipos y crear, siempre ávido de aprendizaje y de enseñanza, para transmitir conocimientos. Fue un maestro. Lo capto en dualidad. Yo pienso que el estudiante fue maestro desde el pupitre y alumno desde el estrado. Fíjese, él aprendía desde la posición elevada y enseñaba desde abajo, concebía los museos no como sitios de exhibición sino de complementos necesarios para la educación extra escolar. Las grandes obras de nuestro pasado prehispánico eran ‘ídolos’ antes del Museo de Antropología e Historia, y con él adquirieron otra dimensión inmensa.” Es la faceta que a su muerte se ha destacado, opina, “y luego, su humanismo”, si bien “poca gente dice que él presidió el Comité de la Minoría Judía en la Unión Soviética contra todas las injusticias e incluso nosotros sus hijos llegamos a ser socios del Club Deportivo Israelita, donde tenemos vínculos muy profundos, y el plano urbanístico no lo veía simplemente como retículos para dar cabida a la gente para que los habite y pernocte, no, pues él creaba el espacio donde las personas construyeran su vida para dignificar la existencia del mexicano.”   Era su sentir, su visión, su deseo.   “En el plano de la organización, el presidente Gustavo Díaz Ordaz lo llamó para la Olimpiada y mi padre le dijo: ‘Pero yo no sé nada de deporte’ y Díaz Ordaz respondió: ‘Señor arquitecto, ya tendrá asesores, quiero una imagen de eficiencia para posicionar México en el mundo’, y mi padre en 27 meses organizó las Olimpiadas que hoy se planean con siete años de antelación, porque en julio de 1966 no se había hecho nada y él realizó en octubre del 68 también la Olimpiada cultural, inspirado en los juegos deportivos y culturales de la antigua Grecia que se celebraban al término de un ciclo. Decía: ‘Los países ganan medallas, pero invitaremos a que cada una de las naciones participantes traiga sus expresiones artísticas cual tribuna, que se conozcan y se entiendan los pueblos. Si como evento los representan sus hazañas deportivas, como encuentro cultural registrarán su huella al paso del tiempo’. “Así lo manifestó y fue tan exitoso que hermanó a los atletas de la República Árabe Unida (Egipto) con los de Israel, y a raíz de eso el nombre de mi papá se colocó en el Libro de oro del Estado Israelita. España no podía participar pues el gobierno republicano en el exilio tenía su sede en México pero mi papá convenció a su presidente acá para acceder a ‘tomarse unas vacaciones’, y logró que las dos Alemanias desfilaran bajo el mismo himno y bandera. Su habilidad extraordinaria supo unir internacionalmente y esto sería tema de un libro entero, aparte conseguir que no se invitara al gobierno racista de Sudáfrica por su política del apartheid.” Son cosas de su padre que nadie menciona, supone, “como cuando no cabía de orgullo por su creación de la segunda universidad pública descentralizada más importante de México, la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM). Hasta hoy comprendo que su anhelo de ser arquitecto no lo logró, pero conquistó algo más: ser Pedro Ramírez Vázquez.” El tono se quiebra: “Y fíjese, la obra más trascendental que él pudo edificar fue su familia pues lo motivó a crear; su estímulo fue México, y el humanismo la razón de sus obras. Así resumiría la estatura de mi papá porque de repente ahora te topas con funcionarios enanos que no captan el compromiso trascendental con la enorme estatura que es construir obras magníficas para nuestro gran país.” En palabras expresadas a Javier Ramírez Campuzano por Guillermo Tovar de Teresa: “Tu padre no es un arquitecto nacional sino mundial, no trae soluciones de fuera sino hace soluciones de aquí y las lleva hacia fuera”. Aquel espíritu de convivencia humana “cristalizó en proyectos para el Museo de Arte Negro en el Senegal o el de Egipto, y asimismo, “religando doctrinas religiosas como cuando el alcalde de Jerusalén lo buscó para crear un comité que armonizara en la capital israelita, Patrimonio de la Humanidad, a los cuatro barrios conflictivos de judíos, musulmanes, cristianos y católicos”. Ramírez Vázquez fue cuestionado por el entonces priista Porfirio Muñoz Ledo por recibir a Juan Pablo II en el hangar de Asentamientos Humanos y Obras Públicas que dirigía, al tiempo que proyectaba la nueva Basílica de Guadalupe, así: “¿Cómo es que usted encuentra compatible ser priista y guadalupano?”, a lo que “mi padre le respondió: ‘Muy fácil. En ambos sitios se ofrece esperanza’. Me gusta pensar que más allá de las formas, mi papá penetró el alma humana en toda su universalidad”. Hace entrada al saloncito de la entrevista Josué Pascoe Koch, “amigo y colaborador” del arquitecto, portando el ahora raro volumen de conversaciones del arquitecto con José Antonio Aguilar Narváez Ramírez Vázquez en el urbanismo (IMAU/Studio Beatrice Turnblood, 1995, 160 págs.) Nuevamente, la voz de Javier Ramírez Campuzano declina: “Estuvo ocupado hasta el final de sus días, por eso tuvo una larga vida. Un día antes de irse, en el hospital le releíamos textos que durante dos años nos compartía a Josué y a mí para las memorias de su vida que publicaremos próximamente; se carcajeaba con el montón de historias agradables ahí, y apenas entraba la enfermera para tomarle los signos vitales, se rebelaba: ‘¡Ya, ya, síganme leyendo!’. “Por cierto que hará un par de días me dijo cuánto le emocionaba y alegraba haber solicitado al archivo fotográfico de ‘nuestros amigos de Proceso’ imágenes que acompañarán este libro biográfico que revisamos. En base a dichas reflexiones que enriquecerán sus charlas con Aguilar, me atrevo a adelantarle para su revista el siguiente ideario suyo:” Las ciudades son testimonio del paso del hombre. La distribución del espacio que observamos en ellas es consecuencia de sus formas de vida familiar y colectiva de las sociedades que las han creado. Por lo tanto, es responsabilidad de la sociedad el mejorar su calidad de vida y esto se logra enriqueciendo y dirigiendo los espacios públicos. Y para eso tenemos que pensar en cuatro aspectos: lo útil, lo lógico, lo social y, en consecuencia, lo estético. Cuando un grupo humano desarrolla una cultura perdurable, ésta se refleja en los espacios que tal sociedad crea. Entonces, el propósito es armonizar el espacio físico con el social, y la comprensión del lugar y de lo que necesitan aquellos que van a vivirlo. Y por eso los proyectos urbanos y los arquitectónicos insertados en el urbanismo deben juzgarse y analizarse como un fenómeno social que representan en su contexto histórico y sus implicaciones de desarrollo económico, ambiental y cultural para la sociedad a la que va a servir. Entrega al reportero el libro de Aguilar con copias de otros textos “para que sea Proceso y no yo quien reproduzca y elija, ustedes son los periodistas”. Oculta su mirada: “Perdone, pero esto me conmueve...” Y se aleja. Fragmento del reportaje que se publica en la edición 1903 de la revista Proceso, ya en circulación.

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