"A ratos me da la lloradera, pero algo me dice que están vivos": madre de desaparecido

jueves, 27 de noviembre de 2014
TIXTLA, Gro. (apro-cimac).- Cada día que pasa es una oportunidad de 24 horas para que aparezcan con vida los 43 estudiantes de Ayotzinapa desaparecidos en Iguala, Guerrero. Pero a veces la desesperación le gana a la madre de Martín Getsemany Sánchez García, quien a 61 días de que se llevaron a su hijo no ha visto avance alguno en las investigaciones. De 57 años y ama de casa, la mujer prefiere reservarse su nombre. Cuenta que tiene ocho hijos y que para darles de comer ella y su esposo cultivan limones y alfalfa y los vende a casas particulares y a una escuela. Tiene un gesto muy serio, la boca seca y, como ella misma acepta, es desconfiada. Como las otras madres, camina por el patio de la Normal Rural Raúl Isidro Burgos con el retrato de su hijo en una mano y en la otra una bolsa de asa donde guarda un suéter, un periódico y algunos papeles. “Ha sido una desesperación muy grande”, dice. Contrario a otras madres que prefieren no ver noticias, la mamá de Martín está al tanto de las noticias con la esperanza de encontrar algún indicio sobre el paradero de su hijo de 20 años. Todo lo que sus ojos leen o ven y sus oídos escuchan lo registra puntualmente en su memoria. Desde hace dos meses no hay día en que se pregunte qué será de su hijo, si le dan de comer o si lo maltratan, y se cuestiona: “Esas personas que los tienen… ¿Qué los mueve para hacer esas cosas? ¿No tendrán hijos? ¿No tendrán mamá?”. Como el resto de las mujeres que se mantienen en resistencia, la madre de Martín conserva la esperanza de que su hijo esté vivo e increpa a Jesús Murillo Karam, titular de la Procuraduría General de la República (PGR), por sus declaraciones. “Nos quiere convencer de que nuestros hijos están muertos en lugar de buscarlos vivos”, le responde. Primero, cuenta, las quiso convencer de que sus hijos podrían estar entre los 28 cuerpos encontrados el pasado 5 de octubre en seis fosas en Iguala, y luego de que sus restos fueron incinerados y esparcidos en un río, pero sin probar hasta ahora ninguna de estas versiones. “Aquí estamos en una espera; pongo mi fe en que van a regresar, pero no se vale que nos digan que nuestros hijos ya están muertos, que los quemaron, que los echaron al río”, critica. “Ese día –refiriéndose al pasado 7 de noviembre cuando la PGR informó que los restos de los estudiantes habrían sido triturados, quemados y arrojados al río San Juan– sí nos llegó muy feo la noticia y nos dolió mucho, pero pues no, hay cosas que no dan con lo que dicen ellos (la PGR), porque el día que según los quemaron llovió muy fuerte; todavía amaneció lloviendo ahí en mi pueblo (Zumpango del Río). ¿Cómo va a ser una quemadera si estaba lloviendo?”, cuestiona la madre. “Francamente no confío en las autoridades, ya no sabemos quién nos va a ayudar o quién nos va a decir mentiras. Con las cosas que están pasando, ¿usted cree que va uno a confiar?”, revira. Intuición “El viernes 26 de septiembre, cuando los estudiantes fueron agredidos por policías municipales y puestos en manos del grupo criminal Guerreros Unidos, todo el día estuve bien desesperada, no sabía ni qué tenía, tenía ganas de llorar. Ni yo misma me entendí. El sábado en la mañana supimos por las noticias que había habido un enfrentamiento en Iguala, y nos venimos para acá”, relata la mujer de apellido García. “No encontré a mi hijo. Se siente muy feo. Usted llega y están ahí todos los muchachos peloncitos porque a todos los de primero los rapan, y uno que no ve a su hijo pues se desespera”, prosigue. Tras la noticia, los del comité de estudiantes advirtieron a las madres y padres que no se preocuparan: “Esto así es (que policías municipales detengan a los normalistas por salir a ‘botear’), pero mañana los regresan”. La mamá de Martín cuenta que en su angustia por no ver a su hijo cuestionó a un estudiante: “Me dijo ‘no, tía (como llaman los normalistas a las madres de sus compañeros), es que a los chamacos se los llevaron la patrulla, pero mañana o en dos días los sueltan’, y es la hora que no tenemos nada, ni comunicación ni nada”. Recuerda que en julio pasado acompañó a Martín hasta la Normal para ver si podía entrar; le dieron su ficha, hizo su examen y lo pasó. “Aquí son muy estrictos, les hacen pruebas muy difíciles, y el que aguantó se quedó, por eso Martín estaba muy contento. Mi hijo había pasado la prueba y aguantado los trabajos. Quería salir adelante y no quedarse sin estudiar”, destaca. Antes de su desaparición, Martín contó a su madre que iban (él y sus compañeros) a México a la marcha del 2 de octubre (en la conmemoración de la matanza de Tlatelolco en 1968), y necesitaban “botear” para tener los medios para ello. “Después del 26 de septiembre me he dedicado a estar aquí”, dice la madre de Martín, quien ya no cultiva y ya no vende. “Vamos a las marchas o estamos aquí en las reuniones”, advierte. “Todas (las madres) nos conocemos, estamos unidas y nos apoyamos. Al rato nos da la lloradera porque es natural que una se desespere, pero platicamos y algo de nosotras (como el viernes que ella tuvo la intuición de que algo le pasó a Martín) nos dice que nuestros hijos están vivos”. A decir de la señora García, ver a la gente en las marchas les da muchos ánimos y confianza de que sus hijos van a regresar, y de que se hará justicia. Ella se siente muy agradecida con toda la gente que las apoya, que son incluso (como ella reconoce) otras madres de personas desaparecidas. “Sí sé que va a seguir algo grande para que los chamacos aparezcan, y aquí vamos a estar hasta que veamos lo último, lo bueno o lo malo”, concluye la mamá de Martín.