Artículo de fe*

miércoles, 3 de diciembre de 2014

Para Estela

MÉXICO, D.F. (Proceso).- En los años cincuenta, incluso a fines de los años cincuenta, antes del Concilio, vivo todavía el terrible Pío XII, no era fácil en México, para un católico, ser novelista. Al menos así lo entendía yo desde una óptica que trataba de considerar religiosa pero que en realidad podía definirse como fanática, es decir, derivada de un fanatismo inoculado desde la infancia más por las instituciones de enseñanza escolar que por nuestros padres en el ámbito de la familia. Educado por los religiosos lasallistas bajo el precepto de que los libros son, sí, muy importantes, pero muy peligrosos cuando se trata de obras de ficción. La literatura se me presentó desde la edad primaria como un terreno minado. Se podía y se debía transitar por ella –según nos entusiasmaban en la secundaria los maestros de literatura– pero era preciso tener mucho cuidado de no pisar como quien pisa un excremento callejero cuando no una bomba de las de a deveras, las trampas pecaminosas de los libros prohibidos. Era enorme el inventario de los libros prohibidos. Y no sólo los que figuraban en el vetusto Índice del Santo Oficio (Dumas no, Víctor Hugo no, Maquiavelo no, Zolá no...) sino también todo escrito narrativo donde se contara ''de manera vívida" la comisión de los pecados. o se "hiciera la apología" de existencias erradas y de ideas contrarias a los principios de la moral y la teología cristianas. La literatura no era para observar el mal ni para regodearse con el error, la literatura de ficción debería servir o servía –si es que servía– para mostrar caminos de salvación a los lectores, para enderezar destinos, para llevar mensajes de optimismo a una humanidad siempre considerada como objeto pasivo de redención. Los libros, la literatura, la novela debían transformarnos en mejores cristianos de acuerdo con los moldes de una dogmática ortodoxa al margen de la cual no existía la salvación eterna. Transcurrida la adolescencia y agotados los libros de aventuras (Verne, Salgari, Twain), las vidas ejemplares (Staurofila, Quo Vadis, El divino impaciente), las novelitas rosas (Rafael Pérez y Pérez) y los primeros clásicos que tanto trabajo costaba entender, el futuro libresco parecía flaco en oportunidades. Ya se habían dejado atrás a los religiosos lasallistas, pero su mentalidad cerrada encontraba prolongación en el súper ego de la mentalidad no menos cerrada de las organizaciones de la acción católica. Desde el conflicto religioso de los años veinte –resucitado fugazmente en los treinta– los ideólogos de la acción católica seguían entendiendo la literatura narrativa como un terrible peligro moral –en el peor de los casos–, o como una frivolidad de la que se podía prescindir o rescatar –en el mejor de los casos– si se enderezaba en vistas al mejoramiento del alma y a su consecuente salvación. Ser lector, dentro de un marco así y bajo estas condiciones, representaba emprender un viaje por lugares extremadamente seguros y con la vigilancia de un guía de turistas pronto a indicarnos por dónde caminar, qué paisajes ver, qué pensar, qué sentir. Si hasta para un católico militante de la acción católica estos condicionamientos hacían poco excitante el oficio de leer, qué se podría decir de lo lejano que se volvía, lo terriblemente ajeno que se planteaba el surgimiento de una vocación literaria. Se hablaba mucho en aquellos tiempos de vocación. En realidad yo me había pasado la infancia, la adolescencia y el principio de la juventud, escuchando a mis maestros religiosos y luego a mis asesores eclesiásticos exaltar ese fenómeno extraordinario, milagroso de origen definitivamente divino que se denominaba vocación. Desde luego, vocación era siempre sinónimo de vocación religiosa, y las interminables exposiciones, peroratas y panegíricos tenían, por objeto justificar o enaltecer la propia actividad del ponente –con el escandaloso narcisismo que ha caracterizado siempre a la clase clerical– e intentar, al mismo tiempo encaminar muchachos hacia los seminarios que ya desde entonces se adelgazaban de novicios. Oía yo hablar de vocación y me conmocionaba. Oía definirla como un arrebato, como una pasión, como un repentino intenso deseo de consagrarse por entero al ejercicio de un proyecto de vida, y comprendía muy bien el entusiasmo de quien trataba de entusiasmarnos. Comprendía muy bien la aventura de Pablo en el caminos de Damasco, y estaba convencido de que a mi también me caía un rayo del cielo a mi también me derribaba del caballo, a mi también me instaba una voz a dejarlo todo para consagrarme a la recién descubierta vocación. Sólo que yo no pensaba en términos de vida religiosa sino en términos de vida literaria. Pero era lo mismo. Yo no quería ser sacerdote, quería ser novelista. Pero era lo mismo. Y quería ser novelista –ahí el problema– bajo la convicción de que por medio de la literatura se podía ejercer alguna especie de sacerdocio social. Después de tantos años de endoctrinamiento, mi vocación literaria emergía contaminada por los catecismos y saturada de un afán redentor sin el cual –se me había dicho desde la infancia– no tenía caso pisar esta tierra ni ejercer la profesión de hombre. Ser novelista debía significar ser apóstol: arrancar almas del fango, rescatar mentes de la ignorancia religiosa, liberar espíritus de su cárcel moral y conducirlos a Dios. Sólo en función de realizar una actividad que resultara grata y "útil" a Dios, tenia sentido pensar en la vocación de escritor. Enredado en estas telarañas intenté escribir. Comencé a escribir. Lo más expedito eran los caminos del ensayo o los caminos del periodismo. Escribiendo prosa editorial, breves artículos moralizantes en alguna revista universitaria, cumplía muy bien con las exigencias que debía cumplir un escritor católico: conducir almas a Dios. También resultaba apostólicamente atractivo el "periodismo católico". Bastaba con capacitarse y ejercitarse luego para cubrir reporterilmente las actividades religiosas emprendidas por la jerarquía eclesiástica o sus voceros laicos o dar voz en entrevistas a nuestros líderes aptos para señalar a la opinión pública los caminos de la justicia, de la verdad. Entonces se era escritor católico, y uno se sentía muy bien. Yo me sentía muy bien. Mi pluma ayudaba, aunque fuera un poquitito, en el plan de la salvación eterna. Mi pluma permitía que se hablara de Dios, que se defendiera a sus representantes en la tierra, que se propagara a los cuatro vientos el mensaje evangélico. Ideológicamente no era difícil ser reportero católico, ensayista católico. Incluso no lo era ser poeta católico. La poesía era de suyo semejante a la oración: sublimaba deseos, orientaba sentimientos, permitía elevarse por encima del fango de este mundo. Escribir poesía significaba punto menos que realizar un rito religioso. Las dificultades comenzaban. Mis dificultades ideológicas comenzaron cuando traté de escribir narrativa que era al fin de cuentas –lo fui descubriendo poco a poco– mi verdadera vocación. Un día se lo confié a don Alonso Junco, con quien había llegado a entablar una buena relación de alumno a maestro después de tantas entrevistas que me mandaban a hacerle de la revista Señal. Le confié que mi verdadero interés era dedicarme a la novela, y don Alfonso Junco me puso en guardia. "Para un católico es lo más difícil –me dijo–. Por lo peligroso." No creo haberlo entendido esa tarde, pero si al día siguiente. Mi mentalidad confesional, que de algún modo copiaba en joven y en precario la mentalidad de "el escritor católico por antonomasia" iba a entrar muy pronto en conflicto con la materia misma del propio género: el mundo que se vive y el mundo que se sueña. En cualquiera de los dos no es la virtud, ni en el bien, ni el ansia de virtud o de bien lo que priva como realidad, como temática. La realidad de la novela hacia repelar de entrada los propósitos apologéticos y proselitistas que animaban mi corazón de muchachito bueno. No es cosa de ponerme a detallar mi itinerario de aprendiz de novelista católico. Yo mismo me pasmo ahora al recordar mis absurdos prejuicios ante el bisturí que no me atrevía a clavar y a deslizar sobre la vida. No me atrevía con nada. No me atrevía con el lenguaje, porque el lenguaje que mis primeras historias exigían estaba cargado de palabrotas, irreverencias, blasfemias, obscenidades. No me atrevía con las situaciones, porque en la reproducción de cualquier situación verosímil salían a pedir su lugar las pasiones, el sexo, la maldad. Ciertamente el padre Coloma, el padre Heredia, José María Pereda, José María Pemán y el mismísimo Chesterton –mis modelos de entonces– sabían asomarse de pronto a aquellos inframundos y, aunque fuera de ladito, tocaban su problemática, pero se escapaban lo más pronto posible y en finales estentóreos hacían relucir siempre el mensaje esperanzador: sello inequívoco de todo escritor católico. "Un novelista católico no puede ser pesimista –me aleccionaba don Alfonso Junco–, porque la esencia misma del católico es el optimismo, que deriva de la fe. Un católico sin fe no es un católico, y un escritor pesimista no podrá considerarse jamás un escritor católico." Yo escuchaba boquiabierto a don Alfonso Junco y le respondía que si, que sí, que tenia él toda la razón: convencido siempre de esa misión apostólica a desarrollar mediante la literatura. Así, en mis primeros cuentos, proclives no sé por qué a la desesperanza o a la tragedia, intentaba introducir el mensaje alentador, la enseñanza trascendente, el final definitivamente optimista que harían de esos cuentos y de mi literatura toda la literatura inconfundible, y por ello mismo originalísima, de un novelista creyente. Pero el resultado era malo. Los tropiezos, muy grandes. Las dificultades, insalvables. Descubrí entonces, de pronto, el hilo negro. Como de golpe se me vinieron encima las novelas de dos escritores que en un abrir y cerrar de ojos –es un decir– me resolvieron mi falso problema. En la obra de Francois Mauriac y de Graham Greene se me aclaró el horizonte y se me iluminó un camino a seguir que andando el tiempo daría sentido y rumbo a mi propia carrera, cursada un poco a contrapelo de las normas imperantes en la vida literaria mexicana de los sesenta. En Francois Mauriac, digo, aprendí a degustar el mal, como plato fuerte del fenómeno novelístico. Pero no el mal entendido desde la perspectiva psicológica o social, si no el mal sufrido y asumido desde una convicción teológica. Es muy probable que la teología novelística de Mauriac no resista en nuestros días un análisis severo, pero quiero entender que en sus novelas, en las novelas que yo leí entonces entre fascinado y escandalizado: El beso del leproso. Therese Desqueyroux, Genitrix, Nudo de víboras, El desierto del amor... lo católico del novelista no se manifestaba en la piedad, ni en la posibilidad de redención, ni desde luego en el costumbrismo religioso, sino el drama del pecado como desbarrancamiento existencial, en la maldad asumida desde una conciencia de fe, en la vuelta de espaldas a un Dios que no da cauce a la redención porque la debilidad humana obstruye el camino de la gracia. Creo recordar que en Mauriac el sentimiento de lo cristiano se desangra en el fracaso ideológico del cristiano. Los llamados "valores católicos" fallan, y no sólo por la hipocresía de sus personajes, por la doble cara de sus católicos de salón, por los intereses clericales de sus sacerdotes y sus acólitos, sino también, sobre todo, por una debilidad del alma o por una telúrica pasión que no obedece a la vocación de grandeza que debería alentar a los creyentes. Además y más que este Mauriac analista a fondo de la fe y del pecado de la burguesía francesa, quien me sacudió como un trapo fue el inglés Graham Greene. Empecé leyendo su trilogía de la gracia, El poder y la gloria, El fin de la aventura. El revés de la trama, y desde entonces hasta la fecha –ahora ya sin entusiasmo enajenado– he seguido libro a libro toda su trayectoria. Importante el Greene católico. Significativa –yo diría que única en la literatura del siglo veinte– su aplicación del thriller como género de aventuras al fenómeno del pecado y la gracia: la gracia de Dios, la que llamábamos gracia santificante, representando el papel de un personaje persecutor: en ocasiones una forma de detective o de inspector privado, muchas veces un obcecado redentor: más bien una conciencia redentora que acosa, vigila, persigue, acorrala y termina atrapando al pecador. Nadie como Greene para ilustrar, sobre el clásico esquema de la novela policial, la infatigable búsqueda que realiza Dios para levantar de su caída a la criatura humana. El hombre vuelve las espaldas a Dios, se hunde en sus miserias morales e intelectuales, echa a correr para dejar atrás la fe, pero Dios sale de inmediato a correr tras el, a perseguirlo. a cazarlo de manera implacable, se diría que cruel porque el resultado desde la óptica terrena, es definitivamente trágico, al menos triste, siempre doloroso. Leyendo a este Greene entendí lo que al cabo de los años se habría de convertir en mi metáfora privada de novelista. Entre más hacia a un lado los escrúpulos y los prejuicios para encajarme en la realidad, entre más cuestionaba un pensamiento religioso no sólo por lo que hace a sus rituales y a sus desviaciones manifiestas, sino por lo que apunta a los postulados mismos de mi fe de adulto, más se enriquecía y se fortalecían de manera extrañísima mis convicciones de hombre cristiano. Greene y Mauriac me enseñaron que la pintura del mal, con todo y su pesimismo y su crudeza y su desgarramiento, alude más a Dios y a su gracia que las pinturas apologéticas de la novelística piadosa. No era verdad que el escritor cristiano estuviera expulsado de la literatura universal ni tuviera prohibido el ejercicio de la novela; desde siempre estaba llamado a ella, pero no en su dudosa calidad de apóstol, sino en el papel de testigo, incluso de profeta. La capacidad del cristiano como observador imparcial de la realidad, merced justamente a su innata posición de corresponsable, le permite mejor a muchos otros acometer la realidad sin temores, sin aspavientos, sin falsos intentos para mejorar lo que está fuera de su alcance. El no juzgaras del cristianismo, el mandamiento del amor por delante de la búsqueda de la justicia, esa profunda libertad para decir, para pensar, para escribir, que proporciona el sentimiento de filiación con Dios, son todas características –se podría decir exigencias– de cualquier preceptiva novelística. El cristiano tiene como ley moral de su condición, la misma ley moral que rige al novelista en su oficio. Esto lo fui descubriendo al leer a Greene, a Mauriac y a todos lo católicos que vinieron después o simultáneamente: Evelyn Waugh. León Bloy, Bruce Marshall, George Bernanos, Heinrich Boll... Se podía ser hombre de fe y buen novelista, descubrí entonces. Es más, el ser hombre de fe en este siglo veinte facilitaba la tarea narrativa porque el hombre de fe, entendido como yo lo quería entender entonces, parece abocado por la propia naturaleza de su creencia a interesarse más –sin juicios de por medio, con absoluta generosidad–, por la realidad que lo circunda, por el estallido del fenómeno humano. Treinta años después no me preocupa más el tema, así. Ni siquiera me esforzaría en demostrar mi condición de creyente o de cristiano en relación directa con la literatura. La realidad de mi trabajo me la impuso como temática de toda mi novelística y toda mi dramaturgia, pero no me interesaría mantenerme fiel a ella. Fue una obsesión, pero ya pasó, tal vez; ya está pasando quizá. Me interesa analizarla porque el tema de la fe se constituyó, desde mi primer libro en un centro de gravedad vital, usé la narrativa, usé la dramaturgia y he usado con frecuencia el periodismo para cuestionar convicciones de mi propia constitución religiosa y de la constitución religiosa de mi ambiente, de mi historia, de mi país. Lo mismo cuando traté de hacer de Jesucristo un velador depravado, miserable, asqueroso, que cuando lo inventé como un proletario acelerado de nuestros barrios. Siempre encontré que mis intenciones blasfemas y mis propósitos exploradores y demoledores se desmoronaban ante una fe que a la manera de una fuente brotaba con más fuerza del corazón mismo del escrito. Quería de algún modo oprimir a Dios su nariz de payaso, y Dios me devolvía no un castigo a mi atrevimiento a mi falta de respeto. a mi herejía, sino la bondadosa sonrisa de una persona que se quita la máscara, se desprende incluso de su nariz esférica y me entrega dentro de un paquete envuelto para regalo una buena dosis de fe renovada, depurada, incluso un poquito más madura. Me la he pasado haciendo maldades a la religión en mis novelas y obras de teatro, travesuras a mis creencias: he pergeñado paráfrasis radicales, panfletos anticlericales, burlas privadamente irreverentes, indecencias de todo tipo, y no he recibido a cambio la resequedad del corazón que me auguraban los moralistas como castigo. Ningún Dios me ha castigado jamás en la intimidad de mi conciencia. En lugar de castigos he recibido consuelos y tranquilidad de alma. Mi obstinación por ver el mundo como es me ha hecho querer más a ese mundo. Mi pesimismo novelístico me ha hecho un hombre fundamentalmente optimista. No soy feliz porque soy un neurótico irremediable, pero podría asegurar que la oportunidad de haber respondido con absoluta entrega al llamado de mi vocación, me posibilitó para ser un hombre cabal. Quiero decir: un hombre de fe. Soy un hombre de fe. Gané la fe a fuerza de impugnarla y pienso que una de las grandes funciones que le compete cumplir a la literatura es la de esta impugnación. No sólo a una fe religiosa o a un esquema ideológico, sino al concepto mismo de nuestra realidad. La puesta a prueba de la realidad. El novelista de hoy parece invitado a suspender su reflexión intima sobre el mundo y el hombre, para ponerse a dar testimonio de ese mundo y de ese hombre. A decir cómo es y qué le ocurre. A describirlo, no a juzgarlo. A desentrañarlo, no a modificarlo. A amarlo incondicionalmente. si se puede; un poquito a la manera en que suponemos nos mira y nos ama Dios. *Texto publicado en la edición 738 de la revista Proceso, del 24 de diciembre de 1990.

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