De "Claudia" a la "Revista de la Universidad": Solares

sábado, 6 de diciembre de 2014
El mundo literario en México se viste de luto nuevamente. Este funesto año de 2014 dio inicio con las sensibles partidas de escritores de la talla de José Emilio Pacheco, Federico Campbell, Emmanuel Carballo, así como Juan Gelman y Gabriel García Márquez. Ignacio Solares, también narrador, dramaturgo, periodista y editor recuerda emocionado a Vicente Leñero el amigo, al maestro, al compañero de batallas desde los 60 en la revista Claudia, y de quien es aún editor en la Revista de la Universidad de México. Para Estela Franco, por lo compartido MÉXICO, D.F. (Proceso).- ¿Quién fue, para Ignacio Solares, Vicente Leñero? -Primero y ante todo, uno de los más grandes escritores que he leído. Yo creo que con su muerte se pierde a una de las figuras más relevantes de la literatura mexicana desde siempre. Su estilo es único, sus temas lo son también y, algo fundamental, le dio voz a personajes -como en Los albañiles- que antes no existían literariamente en tanto que no tenían voz. Creo que el novelista, cuando está a la altura de un Vicente Leñero, logra dar dar vida y hacer presentes a personajes que antes estaban en la sombra. -¿Cómo nace tu relación con Leñero? -Tuve la fortuna de haber sido su amigo, su discípulo y su editor con el antecedente fundamental de que leí Los albañiles antes de conocerlo. Fue un libro que me marcó, un parteaguas en mi visión de la literatura mexicana. Yo recuerdo la emoción con la que terminé Los albañiles y la profunda admiración que sentí por su autor a quien, repito, aún no conocía. De hecho, ya en mis primeros escarceos literarios -muy fallidos por cierto- se nota la influencia de su literatura. “Luego, a finales de la década de los sesenta tuve la suerte de tratarlo y trabajar con él en la revista Claudia. Era de una generosidad demoledora. Esa facultad que tenía para escuchar a su prójimo habla de su excepcionalidad como ser humano. Ahí veo una clara muestra de su cristianismo, o sea, no era un cristianismo solamente en lo interior, sino muy especialmente hacia el exterior en tanto que relacionaba su creencia directamente con una actitud de generosidad hacia el prójimo. Para Leñero en cada ser humano había un hermano al que había que escuchar, atender y, en algún caso, consolar. En la revista Claudia coincidimos con él José Agustín, Gustavo Sáinz, Juan Tovar y luego algunos otros escritores que empezaban también a hacer sus escarceos a la sombra de Leñero. Él era jefe de redacción y el director era Ernesto Spota, quien al poco tiempo murió y Vicente pasó a ser el director de la revista. “El aprendizaje de esos años para mí es absoluta y totalmente determinante. Yo tenía alrededor de 24 años y Vicente descubrió en mí la preocupación religiosa que compartíamos, puesto que yo había estudiado con jesuitas y siempre me he considerado cristiano -que no católico, aclaro-. Entonces nuestra amistad, aparte de lo personal, se cimentó en compartir a algunos autores que Vicente me descubrió como Graham Greene, Françoise Mauriac, Bernanos, Chesterton. Recuerdo muy vivamente que, en algún momento, escribí un pequeño ensayo sobre Vicente que publiqué bajo el título de ‘El Graham Greene mexicano’ quien ya había publicado, además de Los albañiles, La voz adolorida, Estudio Q y una de sus novelas que más me gustan, El garabato”. (Fragmento del reportaje que se publica en la revista Proceso 1988, ya en circulación)