Georges Braque, ayer y hoy, por siempre

sábado, 1 de febrero de 2014
Del 18 de octubre al 6 de enero más de 470 mil personas visitaron la descomunal retrospectiva de 238 obras de Georges Braque en el Museo del Grand Palais de París, acaso la exposición más trascendente de 2014. Aunque a su muerte en 1963, a los 81 años, el artista mereció un homenaje del Estado francés, la última recolección de su trabajo se realizó en 1973. Esta es una crónica que combina las entrevistas con los organizadores sala por sala así como la trayectoria biográfica del inventor del collage y los testimonios incuestionables de la crítica. PARÍS, Francia (Proceso).- En el crepúsculo de su vida Georges Braque confió a su amigo Georges Vernet: “En mis obras de hoy me encuentro con un conocido de años: el Braque de antes.Tracé mi surco y avancé con lentitud en la misma búsqueda… Una línea de continuidad… Sin duda hubo rupturas. Cuando me arriesgué lo hice tomando mis precauciones. Pero la búsqueda no excluye la renovación. La expresión de una misma sensibilidad exploradora, de una misma tenacidad es en realidad el lazo que une esa marina de hoy con las obras del periodo cubista. En mi pintura soy un terco, me obstino hasta encontrar el eco sordo de la cosa…” A lo largo de casi cuatro meses, del 16 de septiembre de 2013 al pasado 6 de enero, el Grand Palais vibró con el eco poético y a menudo metafísico de las obras de Georges Braque. Hacía cuarenta años que Francia no rendía homenaje al iniciador –junto con Pablo Picasso– de la revolución cubista. La última gran retrospectiva de la obra de Braque en París se realizó en 1973, una década después de la muerte del pintor, acaecida el 31 de agosto de 1963. Resulta difícil entender ese largo olvido. Menos aún después de haber contemplado los cuadros, dibujos, grabados y esculturas –238 obras en total– reunidas por Brigitte Leal, curadora general de la muestra y que el artista realizó a lo largo de casi seis décadas ¿Fue la gloria mundial de Pablo Picasso y su tendencia a apropiarse de las ocurrencias de sus amigos pintores las que opacaron la fama póstuma de Braque en su país de origen? Es lo que parecen pensar críticos e historiadores de arte. Sea como sea, gracias a esta apasionante retrospectiva, que ocupó 12 salas y dos pisos del Grand Palais, poco más de 470 mil visitantes franceses y extranjeros pudieron descubrir o redescubrir a uno de los más grandes artistas del siglo XX, el incuestionable pionero del arte moderno. [gallery type="rectangular" ids="363768"] * * * Braque nació el 13 de mayo de 1882 en Argenteuil (alrededores de París) de una familia de artesanos con gustos artísticos. Su abuelo y su padre dirigieron una empresa de pintura decorativa. A éste, además, le gustaba pintar en sus ratos libres y varias de sus obras fueron expuestas en el afamado Salon des Artistes Français. En 1890 la familia se mudó a Normandía. Poco atraído por los estudios, Braque dejó el colegio antes de entrar al bachillerato y siguió las huellas paternas familiarizándose con la pintura decorativa. En 1900 se fue a vivir a París para perfeccionarse en el oficio. El recuerdo de estos años de aprendizaje y del manejo de materiales decorativos resurgió a principios de los años 1910, cuando el joven pintor, ansioso de romper con el academicismo y de repensar la representación del espacio y de los objetos, tomó la muy atrevida iniciativa de integrar papel tapiz en sus pinturas. Apenas cumplidos los 20 años Braque renunció a suceder a su padre en la empresa familiar y se dedicó exclusivamente a la pintura. Se instaló en Montmartre en 1902, frecuentó la bohemia, siguió clases de pintura en la Academia Humbert, se enamoró de su condiscípula Marie Laurencin y tejió lazos de amistad con Francis Picabia, otro condiscípulo. Se interesó brevemente en el impresionismo, pintó algunas telas en ese estilo y las rompió todas. En 1904 visitó el Salón de Otoño y pasó horas en la sala asignada a Paul Cézanne contemplando uno por uno los 31 cuadros del maestro. Un año más tarde descubrió las telas de Henri Matisse, André Derain, Maurice Vlaminck y Albert Marquet. Lo deslumbraron. Ese primer contacto con los pintores fauvistas fue una experiencia determinante. Le fascinaron su libertad en el uso del color puro y su manera tan iconoclasta de “definir el objeto, indicar el espacio y recrear la luz”. En una entrevista con Dora Vallier publicada en octubre de 1954 en Cahiers d’Art, Braque recordó: “La pintura fauvista me impresionó por novedosa y eso me convenía. Era una pintura muy entusiasta y convenía a mi edad, tenía 23 años. No me gustaba el romanticismo, en cambio esa pintura física me atrajo.” Entre 1906 y 1907 Braque pasó cuatro temporadas en el pequeño municipio de La Ciotat y en l’Estaque, un barrio de Marsella, ambos ubicados a la orilla del mar Mediterráneo. Pintó sin descanso, casi con febrilidad paisajes desbordantes de colores experimentando al mismo tiempo nuevos enfoques del espacio. Expuso algunos cuadros en París, otros en Le Havre. Tuvieron éxito y se vendieron. Años más tarde Braque destruyó muchas obras de su “época fauvista”. Pero nunca renegó de ella. En los años cincuenta inclusive volvió a comprar La Petite Baie de la Ciotat. Contó: “Después de su venta sentí una gran tristeza, un profundo arrepentimiento. La añoraba. A veces pensaba en ella como se recuerda a un ser amado que se encuentra lejos.” Con ese cuadro casi puntillista Braque se despidió del fauvismo. Y fue con 15 paisajes y dos desnudos fauvistas poco conocidos del público que Brigitte Leal decidió abrir la retrospectiva del Grand Palais y sorprender a los visitantes. [gallery type="rectangular" ids="363773"] * * * “¿Sintió Braque que el fauvismo no podía ser un fin en sí y que iba a ser más bien una etapa indispensable para conquistar su libertad personal, un medio que le permitiría buscarse y encontrarse, una transición que lo llevaría a explorar formas, líneas y colores?”, se pregunta la historiadora del arte Dominique Dupuis-Labbé en uno de los textos de presentacion de la muestra. Y de inmediato recalca: “Al final del verano y al principio del otoño de 1907 el color puro se esfuma en sus obras. Braque privilegia la construcción, subraya claramente cada forma y es con esa voluntad de organización geométrica que se despide del fauvismo”. Según Dupuis-Labbé tres acontecimientos casi simultáneos aceleraron la evolución del arte del joven pintor: el impacto que le causó el cuadro de Picasso Les Demoiselles d’Avignon, la carta de Paul Cézanne a Emile Bernard publicada por la revista Le Mercure de France en la que el maestro aconsejaba “tratar el tema de la naturaleza con el cilindro, la esfera y el cono”, y la retrospectiva de la obra del mismo Cézane en el Salón de Otoño. Los paisajes pintados en L’Estaque y expuestos en la segunda sala de la retrospectiva del Grand Palais dedicada al nacimiento del cubismo contrastaban con los de la época fauvista: se desvanecieron los colores exuberantes en favor de grises discretos, ocres apagados, siena quemada y verde olivo, despareció la perspectiva tradicional, se sintetizaron los elementos del paisaje convertidos en figuras geométricas. Algunas de estas telas expuestas en 1908 en la galeria parisina de Daniel-Henrri Kahnweiler causaron sensación. Louis Vauxcelles, crítico de arte del diario Gil Blas, exclamó: “Braque desprecia la forma, lo convierte todo –lugares, figuras y casas– en esquemas geométricos, en cubos. No nos burlemos de él, actúa con buena fe. Vamos a esperar.” ¿Fue esa reflexión la que dio nacimiento a la palabra cubismo? Quién sabe. Los historiadores del arte llevan cien años enfrascados en una polémica que parece inacabable. Muchos afirman que fue Matisse quien calificó con tono despreciativo de “pequeños cubos” las casas pintadas por Braque en Les Maisons à L’Estaque cuando descubrió la obra en el Salón de Otoño de 1908. Por su parte Braque, a quien la recuperación del cubismo por seguidores poco talentuosos y bastante pretenciosos exasperaba, escribió en una carta dirigida al galerista Léonce Rosenberg en 1918: “Es sin embargo bueno recordar de vez en cuando que la palabra cubista fue pronunciada por primera vez ante los óleos que expuse en el Salón de Otoño, y que si después de eso nos tocó asistir a un diluvio de mandolinas y de naturalezas muertas con instrumentos de música, fue porque todo partió de mi taller.” Con el filo del tiempo el mismo Pablo Picasso no resistió la tentacion de afirmar que él había inventado el cubismo y que Braque se había limitado a imitarlo. Reivindicó inclusive la paternidad de los “papeles pegados”. Recalcó el crítico de arte Olivier Cena: “Cuarenta años después del surgimiento del cubismo, Picasso no quiso dejarle nada a Braque, ni el cubismo analítico ni el cubismo sintético.” A principios de la segunda década del siglo XX Braque y Picasso distaban de sospechar que algún dia iban a distanciarse tanto. Por el contrario, vivían en total ósmosis. [gallery type="rectangular" ids="363774"] * * * Los dos pintores se conocieron en 1907. Fue el poeta Guillaume Apollinaire quien los presentó. Picasso estaba trabajando sobre Les Demoiselles d’Avignon, óleo que provocó el estupor de Braque. “Es como si alguien tragara petróleo para escupir fuego”, comentó. La obra le inspiró un cuadro asombroso, Le Grand Nu, en el que aparece un cuerpo femenino desnudo pintado con curvas y líneas geométricas. La mujer está acostada en una cama más geométrica aún, pero en lugar de ser horizontal la obra es vertical. Esa inversión de perspectiva resulta sumamente perturbadora. Le Grand Nu volvió a causar impacto en la retrospectiva del Grand Palais. A lo largo de siete años Braque y Picasso fueron casi inseparables. Se veían diariamente en París, pasaban largas temporadas juntos en Céret y en Sorgues, dos pequeñas ciudades del sur de Francia. Trabajaban juntos. Se decían, en inglés, “pards” (cuates). Hablaban horas. Divergían a menudo. Les gustaba confrontar sus ideas y luego armonizar sus diferencias. Mucho tiempo después, Braque contó: “Los dos trabajábamos mucho (…) Los museos ya no nos interesaban. Íbamos a ver exposiciones pero no tanto como se cree. Más que todo estábamos concentrados.” Y nostálgico, recordó: “En estos años con Picasso nos dijimos cosas que nadie más se volverá a decir, cosas que nadie más sabría decirse, que nadie más podría entender… cosas que serían incomprensibles y que nos procuraron tantas alegrías… Eso desaparecerá con nosotros”. Fue durante el verano de 1911 en Céret que Georges Braque empezó a introducir caracteres tipográficos en sus cuadros. En agosto del año siguiente usó arena y aserrín mezclándolos con aceite. Y en la primavera de 1912 Pablo Picasso realizó su primer collage integrando un pedazo de hule en su pintura, Nature Morte à la Chaise Cannée. Inmediatamente después Braque inventó el papel pegado (collage), integrando en sus cuadros recortes de papel tapiz. En 1913 pegó recortes de periódicos, de anuncios, cartas de la baraja. Y siguió con nuevas experiencias: insertó cuerdas de guitarra, de violín, cartón corrugado en sus obras. Tanta osadía entusiasmó a Picasso, quien escribió a su amigo a finales de noviembre de 1912 en un francés bastante aproximativo: “Mi querido Braque, uso tus últimos procesos papelísticos y polvorosos. Me estoy imaginando a una guitarra y uso un poco de polvo en nuestra horrible tela…” Estos siete años de convivencia total, de búsqueda insaciable, de colaboración intensa y de audacia extrema fue una aventura única y el punto de partida de una auténtica revolución en la historia del arte occidental. Explica Brigitte Leal: “Al usar objetos y materiales pobres y sucios, cotidianos o industriales en forma insólita para ‘disgustar a todo el mundo’, Braque y Picasso acabaron con siglos de veneración ‘del bello oficio’ y del ‘artista poderoso y solitario’.” Por su parte, el poeta Pierre Reverdy, amigo cercano de ambos artistas, subrayó en varias oportunidades que el gran aporte de estos “compañeros de cordada” fue haber roto todos los lazos con la representación del mundo exterior. Esa radicalidad los llevó a redefinir el arte y a cambiar por completo el estatus del cuadro. Las obras del periodo cubista analítico y del cubismo sintético expuestas en las amplias salas del Grand Palais atestiguaron esa revolución. Llegó el fatídico 2 de agosto de 1914, fecha de la movilización general de todos los franceses en edad de combatir. Pablo Picasso acompañó a Georges Braque y André Derain a la estación de tren de Avignon. Apenas llegados a la ciudad de Lyon, los dos pintores se enteraron de que la guerra entre Francia y Alemania acababa de ser declarada. Braque salió al frente de combate en noviembre y el 11 de mayo de 1915 cayó en el campo de batalla herido en la cabeza. Sus compañeros lo dejaron por muerto y fue sólo al día siguiente que unos camilleros se percataron de que siguía respirando. Hospitalizado, sufrió una trepanación craneal. Se demoró dos años en recobrar una vida normal y regresar a su taller. Con su estilo a menudo brusco Picasso solía decir: “Llevé a Braque a la estación en 1914 y desde entonces no lo volví a ver.” Esa fórmula es demasiado simplista. En realidad los dos artistas no se volvieron a buscar. Se cruzaban casualmente, se saludaban cordialmente, pero su complicidad había muerto. De vez en cuando se daban el lujo de hacer comentarios sarcásticos el uno sobre el otro. Algunos son de antología. Al salir de una muestra de las obras de Braque, lacónico, Picasso declaró: “Los cuadros están bien colgados”. Braque no se quedó atrás después de haber visitado una exposición de cerámica de su excómplice, y sólo dijo: “Están bien cocidas”. Los biógrafos de los pintores, sin embargo, son categóricos: a pesar de su alejamiento, Braque y Picasso nunca dejaron de respetarse ni de amarse. Prueba de ello fue su denso reencuentro en 1945. Braque acababa de ser operado de dos graves úlceras estomacales y había escapado a la muerte de milagro. Estaba encerrado en su casa sin poder moverse ni pintar. A lo largo de varias semanas Picasso lo visitó diariamente. Fue a partir de 1920 cuando sus caminos se bifurcaron. Introvertido, atraído por la filosofía, la poesía y la reflexión, Braque se aplicó a profundizar su “surco”. Tomó distancia con sus experiencias cubistas conservando de ellas esencialmente la supresión de la perspectiva, la inversión del espacio y el arte de combinar simultáneamente en la misma obra varios enfoques distintos. [gallery type="rectangular" ids="363770"] * * * A lo largo del atormentado periodo que separó el fin de la Primera Guerra Mundial del inicio de la Segunda, Braque exploró cada vez con mayor intensidad el tema de la naturaleza muerta deconstruyendo objetos y espacio con un rigor que algunos críticos calificaron de clásico. Revisitó tambien la escultura de la antigüedad greco-romana y se lanzó en 1931 a una hermosa aventura pictórica al ilustrar la Teogonía de Hesiodo, uno de sus textos predilectos. Brigitte Leal dedicó la tercera parte de las salas del Grand Palais a las obras realizadas por Braque entre 1919 y 1939, arrojando luz sobre un periodo creativo poco valorado hasta la fecha. Esa iniciativa fue sin duda uno de los grandes logros de la muestra. La dureza de los años de la Segunda Guerra Mundial se refleja en telas lóbregas pintadas en Varengeville-sur-Me, modesto pueblo de Normandía ubicado a la orilla del océano en el que Braque había mandado construir una casa en 1930. Durante la Segunda Guerra Mundial Braque rompió relaciones con André Derain, su amigo de tantos años. No le perdonó haber aceptado viajar a Berlín en 1941 con un grupo de artistas franceses invitados por Hitler con fines propagandísticos. Ese mismo año las fuerzas de ocupación nazis confiscaron todas las obras que el pintor había intentado salvaguardar escondiéndolas en un banco de la ciudad de Libourne, al suroeste de Francia. Peor aún, Hermann Goering, uno de los más cruentos líderes nazis, intentó negociar con Braque la restitución de sus obras a cambio de un cuadro de Lucas Cranach que el artista veneraba y que guardaba en su casa. Braque no dio seguimiento a esa propuesta. Una sala entera de la retrospectiva del Grand Palais estuvo dedicada a las obras que pintó Braque durante la Segunda Guerra Mundial. El pintor vivía recluido en su casa de Varengeville y sobre todo en su taller. Ese encierro es palpable en los grandes interiores austeros, de tonos oscuros, casi sofocantes que realizó entonces. [gallery type="rectangular" ids="363771"] * * * Después de la liberación de Francia, Braque compartió su tiempo entre París y Varengeville, dedicándose cada vez más a su trabajo. Fue a partir de 1944, pero sobre todo después de su larga convalescencia de 1945, que abordó un tema pictórico insólito: los billares. Realizó una serie de siete Billards que sólo acabó en 1949. Cuatro de ellos fueron presentados en el Grand Palais y se convirtieron en unas de sus obras faro. Comenta al respecto Brigitte Leal: “Estas pinturas nos vuelven a hundir en el impresionante virtuosismo del espacio-tiempo inventado por el artista. Los Billards retoman con maestría el espacio visual cubista y los juegos homotéticos entre formas, signos y colores.” El Billard prestado por el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas causó sensación en el recinto. En esa obra vertiginosa la mesa de juego vista desde arriba parece convertirse en un inmenso pájaro verde a punto de emprender el vuelo, mientras que bolas amarillas y rojas dan vueltas en su superficie inclinada y desafían la ley de gravedad… En la parte superior del cuadro seis palomas blancas desplegan sus alas y se aprestan a acompañar el vuelo del billar. Contigua a esa sala se encontraba otra, también muy vistosa, en la que Brigitte Leal logró juntar la famosa serie de los Ateliers realizada entre 1949 y 1956: ocho obras de gran tamaño en las que Braque pintó el mismo tema –su taller– en forma cada vez única. “¿Cómo no ver en ese conjunto excepcional de grandes telas, cada una de la cual inspiró largas meditaciones a Braque, una forma de balance y de apoteosis de toda su obra? Obra pensada desde el principio como una reflexión sobre el espacio, sobre la relación fluctuante entre las cosas animadas e inanimadas, y dominada por un ideal estético y espiritual?” pregunta Brigitte Leal. Contesta Dominique Dupuis-Labbé: “La serie de los Ateliers es una dádiva que nos hace Braque, y su taller es un lugar que inspira respeto porque es a la vez lugar de vida, pensamiento y amor.” Al igual que en la serie de los Billards, misteriosos pájaros surgen en casi todos los Ateliers. El tema de los pájaros se volvió omnipresente en los diez últimos años de la vida de Braque. En 1953, apoyado por André Malraux, entonces Ministro de la Cultura, Georges Salles, director de los Museos de Francia, solicitó a Braque que pintara el techo de la sala Henri II de Le Louvre, dedicada al arte etrusco. A pesar de sus 70 años y de frecuentes problemas de salud, el artista trabajó día tras día durante tres meses para realizar una obra a la vez poderosa y delicada: dos grandes pájaros resplandescientes pintados en tonos azul oscuro y negro sobre un fondo azul un poco más claro y brillante. Nunca antes el Museo del Louvre había abierto sus puertas a un artista vivo. A partir de 1933 la fama de Braque rebasó las fronteras francesas y se pierde la cuenta de las exposiciones de sus obras presentadas en los más importantes museos de Europa y Estados Unidos: Palacio de Bellas Artes de Bruselas, Museo de Arte Moderno de Nueva York, Museo de Arte de Cleveland, y también de Cincinatti, Royal Scottish Academy de Edimburgo, Tate Gallery de Londres, Kunshalle de Berna, Kunsthaus de Zurich… Braque tuvo también el dudoso “privilegio” de tener varias telas suyas expuestas en la siniestra exposicion de «arte degenerado», organizada en Munich en 1937. En esa muestra los nazis exhibieron las creaciones de las vanguardias europeas presentándolas como “obras de enfermos mentales, judíos y bolcheviques”. [gallery type="rectangular" ids="363772"] * * * Fue con diez grandes pájaros que Brigitte Leal decidió cerrar la retrospectiva del Grand Palais. Recalca: “El extraordinario conjunto de pinturas de pájaros reunidos para esa muestra permite tomar conciencia de la importancia del tema, vuelto arquetípico en la última parte de la obra de Braque, pero también de la vitalidad del artista que, hasta el final, siguió dispuesto a dejarse sorprender, abierto a la búsqueda y a la novedad.” Refiriéndose a dos cuadros pintados entre 1956 y 1961, Les Oiseaux Noirs y A Tire d’Aile, Leal comenta: “Estos pájaros negros se convierten de repente en fuerzas poderosas e inquietantes, son pájaros nocturnos, signos de muerte. En un cuadernito de apuntes a la vez sublimes y dramáticos, titulado también A Tire d’Aile, Braque escribió simplemente: ‘Sin tregua todos corremos detrás de nuestro destino’.” Georges Braque murió en París a los 81 años, el 31 de agosto de 1963. El 3 de septiembre el Estado francés le rindió homenaje con una ceremonia oficial celebrada en la Cour Carrée del Museo del Louvre. Fue André Malraux quien pronunció sus honras fúnebres. Luego su familia y sus amigos más cercanos lo enterraron en el pequeño cementerio de Varengeville.

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