La cara política de Bergoglio

sábado, 8 de marzo de 2014
El Papa se ha colocado en el centro de la tribuna internacional. “Creo que la imagen de Francisco está por encima de la imagen de la Iglesia”, considera Marcelo Larraquy, biógrafo del pontífice, quien en su libro Recen por él –de próxima aparición– detalla el significado político de los gestos que han hecho tan popular al prelado y relata las batallas que se viven en el seno del Vaticano.   BUENOS AIRES (Proceso).– “Rece por mí”. Con estas tres palabras se despedía Jorge Mario Bergoglio de cada interlocutor que lo visitaba en la sede del Arzobispado de Buenos Aires. Recen por él es el título de la biografía del Papa Francisco escrita por el historiador y periodista argentino Marcelo Larraquy. Verá la luz este marzo en México, cinco meses después de su publicación por Sudamericana en la capital argentina. “El título tiene dos lecturas”, dice el autor a Proceso en la cafetería del diario Clarín, donde se desempeña como editor. “Una es que yo no puedo rezar porque no soy católico, la otra tiene que ver con la naturaleza de los desafíos que para el mundo católico, que quiere a este Papa, enfrenta Francisco”, sostiene Larraquy. El autor dice haber tomado al nuevo pontífice como “una biografía política y a la Iglesia como un gobierno. Él es un pastor político. Mi idea es más entender que creer: en el libro no tengo por qué creer, yo tengo que entender cómo funcionan los mecanismos internos de la Iglesia para que Bergoglio llegue a ser Papa”. Y define su obra como “una biografía política de un cardenal prácticamente jubilado que llega inesperadamente al gobierno de la Iglesia en un momento en que los fieles perdían la fe en la institución”. En un libro de 2011 –¿Tiene salvación la Iglesia?– el teólogo Hans Küng trazaba un panorama sombrío dentro del catolicismo. Veía una institución moribunda, retrógrada, creyéndose la única dueña de la verdad, arrinconada por los casos de corrupción y pederastia en todo el mundo. La Santa Sede retiró a Küng la licencia para enseñar en 1979, pero hoy, el teólogo crítico de Benedicto XVI sostiene que la Iglesia vive una “primavera” desde la asunción de Francisco, en marzo de 2013. También Leonardo Boff –destacado exponente de la Teología de la Liberación– halaga al Papa. Silenciado por la Iglesia, de la que finalmente se apartó en 1992, Boff festeja la forma colegiada, no monárquica, que Francisco impulsa para dirigir la institución. –¿Puede el cambio que Francisco encarna revitalizar la fe y revertir el drenaje de fieles que la Iglesia católica sufre en todo el mundo? –se le inquiere a su biógrafo. –Lo que él hizo fue construir una imagen: creo que la imagen de Francisco está por encima de la imagen de la Iglesia. “Hablo de la Iglesia de Ratzinger y de Bertone. A diferencia de Ratzinger, él no se dejó atrapar por la curia. Construyó imagen externa y así construyó poder interno”, explica. –¿La imagen es un golpe inicial, de efecto, para construir poder y plantarse desde un lugar fuerte y diferenciado o, también y al mismo tiempo, cumple con el propósito de salir de esa agenda en la que estaba la Iglesia de Ratzinger, acosada por las denuncias? –Esa es justamente la mayor virtud política de este Papa –responde Larraquy–. Está haciendo las reformas internas de manera quirúrgica, ejecutiva, de manera colegiada. El reporte de esas colegiaturas va directamente a Francisco, no a la Secretaría de Estado. Ésta ha dejado de ser el filtro de todo lo que sucede en Roma. Francisco busca el cambio desde las propias diócesis. Bergoglio como cardenal sobrevivió al poder de los obispos conservadores en Roma. La elección de cardenales de la periferia para las colegiaturas es un mensaje claro.   Oponentes   Marcelo Larraquy compara la decisión de Francisco de no gobernar desde el Palacio pontificio –sino desde el hotel Santa Marta, donde se hospedan obispos y sacerdotes en tránsito– con una decisión tomada en 2003, cuando Néstor Kirchner acababa de asumir la Presidencia de Argentina. Bergoglio declinó entonces la invitación del mandatario a Casa de Gobierno y propuso que la reunión se hiciera en el Arzobispado. “Esa es su autonomía política”, dice Larraquy. “Él maneja muy bien la praxis del poder. Negarse a ir a la Casa Rosada fue también un gesto de audacia. No ir a vivir al Palacio pontificio no es un gesto de sencillez, es un gesto de autonomía. Así como Ratzinger dio con su renuncia un grito de impotencia frente al manejo del poder, a partir de ahí la Curia Romana queda señalada y Bergoglio no hace nada para salvarla”. Kirchner consideraba a Jorge Mario Bergoglio jefe de la oposición. Cuando el entonces arzobispo de Buenos Aires denunciaba la pobreza, el gobierno recordaba la complicidad de la jerarquía eclesiástica con los dos gobiernos que más habían contribuido al derrumbe de la sociedad argentina: la dictadura (1976-1983) y el menemismo (1989-1999). Cristina Kirchner pasó del distanciamiento frío a la visita cordial en el Vaticano tras el nombramiento de Francisco en marzo de 2013. No quería “regalarle el Papa” a la oposición. Francisco, por su parte, llamó a la presidenta en reiteradas ocasiones tras la operación a la que fue sometida en octubre pasado. El Papa enfrenta ahora a un oponente mucho más oscuro y poderoso. La Curia Romana es el grupo de órganos que ejercen las funciones ejecutiva, legislativa y judicial del Vaticano. Opera, según el libro de Marcelo Larraquy, como un grupo de “embalsamadores” que intenta mantener contento al pontífice para preservar así el poder y el gobierno efectivo de la Santa Sede. A la burocracia vaticana se le ve desconcertada y con temor por su influencia futura. “Había un gran interés de sectores conservadores de la Curia de dejar caminar a Bergoglio y resaltar sus errores doctrinarios”, dice Larraquy. “Pero frente a la construcción de imagen y poder del Papa han quedado a la defensiva y con sus voces apagadas. Dentro de la Curia él empodera a determinados hombres y los otros quedan descolocados. Es un gran articulador de poder interno y un gran constructor de poder externo. Este año es decisivo, en cuanto a la organización de la Curia y frente a temas como la familia y los fieles.” “¿Quién soy yo para juzgar a los gays?”, soltó Francisco en julio último. “Es un mensaje que pone en primer plano la Iglesia de la misericordia antes que la Iglesia de la condena”, sostiene el autor. “No es posible castigar a quien se quiere volver a convertir al credo”. Francisco también aseveró que existe un lobby gay dentro de la Santa Sede, especie que luego el Vaticano desmintió. Tras recibir el informe de la comisión de prelados encargada de evaluar los negocios del Instituto para las Obras de Religión, Francisco decidió crear la Secretaría de Economía del Vaticano con 15 consejeros, de los cuales siete serán laicos. La banca vaticana fue durante años un instrumento de lavado de dinero de grupos mafiosos o millonarios italianos que buscan un banco off shore para realizar maniobras fuera del control de sus autoridades. “Tiene poco tiempo para fijar reformas de la Iglesia, construir aliados y poder en un lugar donde es visto como un extraño”, delinea Larraquy. El actual Papa, acostumbrado a dejar que las decisiones maduren, debe ahora decidir desde la inmediatez. “Necesita plasmar estos cambios”, dice el periodista. “Su papado es de transición. Está marcando un camino.” A poco de asumir el papado Francisco llamó a propiciar “una Iglesia pobre, para los pobres”. “En la confrontación con una Iglesia de reyes, él sube al carro del papamóvil a un sacerdote argentino, Fabián Báez, que corre 50 metros, de jeans, y lo hace subir y lo muestra al mundo”, grafica Larraquy. “Ésta es la Iglesia que él quiere. Es un gesto político”. Francisco lidera una renovación eclesiástica. Se ha convertido en un nuevo líder planetario. En algunos periódicos como el inglés The Guardian se le ubica como un líder de la centroizquierda mundial. Sus críticas al “capitalismo salvaje” lograron molestar a Ken Langone, multimillonario estadunidense y primer donante mundial de la Iglesia católica. “El valor ético y el valor político que da el Papa están por encima del valor de los donantes. Su discurso hace volver a los fieles a la Iglesia mucho más que el dinero de donaciones que va a la jerarquía eclesiástica de distintos países”, explica el escritor. En Argentina, por otra parte, la militancia de Bergoglio contra el aborto, el matrimonio homosexual, la obra del artista plástico León Ferrari –crítica de la Iglesia– dejan entrever también un sesgo conservador e incluso reaccionario.   Sombras   El general (jefe mundial) de la Compañía de Jesús entre 1965 y 1981, Pedro Arrupe, guió a la orden hacia la doctrina emanada del Concilio Vaticano II. Bergoglio se formó en la corriente llamada Teología del Pueblo que, para los sacerdotes influidos por la Teología de la Liberación, implicaba un compromiso testimonial pero no “en los hechos”. Algunos sacerdotes jesuitas, como Orlando Yorio y Francisco Jalics, pugnaban por dejar los claustros e irse a vivir a las villas (colonias miserables). Allí habían formado comunidades de base. Yorio y Jalics habían optado por la pobreza y el compromiso político, lo que Bergoglio, como jefe provincial, desalentaba. Ambos dijeron que Bergoglio esparció rumores de que estaban con la guerrilla, lo que constituía una sentencia de muerte en aquella Argentina, gobernada por una dictadura militar. “Bergoglio era un moderado, era peronista, más cercano a la derecha peronista que a la izquierda peronista”, sostiene el autor. “Él no promovía ese enfrentamiento que cruzaba teológicamente a la Argentina, y políticamente también. Su enfrentamiento con Yorio y Jalics era ideológico y podía ser también de liderazgo, ya que se estaba partiendo la Compañía de Jesús en Argentina. Los llamó a dejar las villas y volver al claustro, que es casi un procedimiento preconciliar. La lectura posconciliar en América Latina era, en la práctica, la lucha revolucionaria. Muchos sacerdotes estaban a un paso de la lucha revolucionaria. Cosa que la Iglesia no era y Bergoglio tampoco.” En 1976, ante la inminencia del golpe de Estado, ambos curas quedaron fuera de la orden jesuita y tampoco fueron aceptados por otras diócesis, debido –según sostuvieron– a los informes que elevó Bergoglio. Éste, por su parte, decía recibir presiones de Roma para eliminar las comunidades de base. “Él tiene una posición zigzagueante frente a ellos, resbaladiza, que la cuenta Yorio, y yo lo sigo narrativamente”, dice Larraquy. “Creo que tuvo una postura de soltarles la mano, pero después de habérselas tendido. En términos humanitarios el comportamiento de Bergoglio es inobjetable, porque él guarda y protege gente en el Colegio Máximo. Él podía proteger a sacerdotes tercermundistas, pero no para hacer militancia en las villas. Él no es un cómplice de la dictadura. Tampoco busca ser un mártir. En cambio Yorio y Jalics, sabiendo los riesgos que corren, los quieren correr. Para que se demuestre que ese es su verdadero compromiso y que su compromiso con los pobres es irreversible”. Ambos sacerdotes fueron secuestrados y torturados por la Marina. Larraquy cree que el gobierno de Bergoglio al frente de la Compañía de Jesús estaba a contramano del progresismo de los jesuitas en América Latina. “Era un moderado que, ante la posibilidad de posiciones revolucionarias en los años setenta, actuaba como un conservador”, expresa. Bergoglio fue el encargado de adaptar la Compañía de Jesús al oscurantismo de la dictadura, acabando con las comunidades de base y con todo signo de debate y apertura. Al Colegio Máximo de los jesuitas volvieron la sotana y el latín. Casi la mitad de los sacerdotes que tenía la Compañía de Jesús en Argentina la abandonaron durante el provincialato de Bergoglio. Larraquy cree que los motivos hay que buscarlos en “la radicalización política que existía en el país, de la cual muchos sacerdotes no eran indiferentes. Participaban de ella. Bergoglio era de otro barrio político: la Teología del Pueblo”. El libro sugiere otra clave para entender al Papa. En los ochenta, en Alemania, Bergoglio estudió la obra del doctor en teología italiano-germano Romano Guardini (1885-1968). “La cuestión de los contrastes fue para Guardini una preocupación intelectual y un motivo de inspiración constante: un factor de equilibrio interior dada su convicción de que la verdad es compleja porque las realidades del mundo son ‘polifónicas’”, escribe Larraquy. Y Bergoglio, que había desalentado a la Iglesia que va a las villas, comienza a auspiciarla en los noventa. “Cambia el mundo, cae el Muro de Berlín, termina la radicalización política; entonces él rescata el mensaje evangelizador, no el mensaje revolucionario de cambio de estructuras políticas y sociales”, define Larraquy. “Francisco es crítico del capitalismo salvaje pero no promotor del compromiso revolucionario de los setenta”.

Comentarios