"Octavio Paz en su siglo"

A solicitud de Proceso, el crítico literario Christopher Domíngez Michael entregó un avance de la biografía que prepara para la editorial Aguilar: El efecto Gulag y del que a continuación reproducimos un fragmento. MÉXICO, D.F. (Proceso).- Releo El archipiélago Gulag, de Alexander Solzhenitzin, en busca de aquello que los franceses llaman “el efecto Gulag”. ¿Por qué ese libro fue la pieza decisiva ya no en el desencanto sino en la execración final del bolchevismo por tantos intelectuales occidentales, como Octavio Paz? La relatoría histórica es evidente, partiendo (para ya no insistir en Trotski, los procesos de Moscú o las denuncias de la hambruna genocida en Ucrania tras la colectivización de la tierra) del XX Congreso del partido soviético en 1956 y su denuncia a puerta cerrada de los crímenes de Stalin; Budapest en aquel año y Praga en 68; Pasternak y El doctor Zivago; la internación psiquiátrica de los disidentes; el fracaso de la ilusión rival, la China, cuyo maoísmo resultó, en la estadística del genocidio aun más devastador que la soviética; el caso Padilla en Cuba; la suerte del trotskismo, que como la Reforma, se dispersó en decenas de sectas, algunas de ellas preocupadas en la correlación entre la Revolución mundial y los extraterrestres (no es broma); la disipación de los sueños del 68 francés ignorados en las urnas por el elector de a pie; la huida desesperada, hacia 1980, de miles y miles de personas de los paraísos victoriosos de Vietnam y Cuba, y un largo etcétera que termina donde comienza, en El archipiélago Gulag. Ese testimonio, quizá, a diferencia de las doctas disquisiciones heterodoxas que Paz devoraba en Partisan Review o escuchaba a través de Víctor Serge o Kostas Papaioannu, escapaba a “la cárcel de conceptos” del marxismo. Solzhenitsyn no explicaba por qué había fracasado el comunismo ni discutía qué clase de sociedad era aquella según la patrología marxista. Sólo detallaba el horror sufrido por millones desde que los comisarios tocaban la puerta en la madrugada, un horror que no perdonó a nadie, empezando por los propios verdugos y terminando con los héroes, que como Solzhenitsyn mismo venían de derrotar a los nazis. Tras despedirse de Lenin (a quien le dice adiós con un extravagante elogio de El Estado y la Revolución que juzga anarquizante) y de Trotski (muerto en contrición, nos dice, por haber destruido a los partidos revolucionarios no bolcheviques), Paz examina, en El ogro filantrópico (1979), la tradición cristiana eslava, antigua pero no primitiva como Rusia misma, de Lev Shestov y Vladimir Soloviev a Czeslaw Milosz y Joseph Brodsky, comparando la excentridad acrítica de los mundos ruso e hispanoamericano, hermanos en la ausencia de la Ilustración. Todo ello para discrepar del cristiano Solzhenitsyn, prefiriendo entre los disidentes soviéticos al socialdemócrata Roy Medvedev y al liberal Andrei Sarajov, ambos presentes en la revista Plural tanto como Howe, lector neoyorkino de El archipiélago Gulag: estos tres últimos más cercanos a la tradición en la cual Paz acabó por reconocerse, la de Herzen... Leer el texto completo en la edición 1952 de la revista Proceso, actualmente en circulación.