Memorias que me contaron

MÉXICO, D.F. (apro).- Menos mal que las dictaduras --como el sufrimiento en general-- dejen algo bueno. Menos mal que el arte nos ayude a curar. Lástima que los tiempos no cambian. En Memorias que me contaron (A Memória que me Contam, 2012), de Lúcia Murat, la trama se construye alrededor de un personaje que no está físicamente: la guapísima Ana (Simone Spoladore). Sus amigos, un grupo de exguerrilleros, se encuentran reunidos en la sala del hospital donde ella,  encarnación ideal de la lucha y la solidaridad, está a punto de morir. A estos personajes los une el pasado, el temor al futuro y una certeza: todos han matado. Sin embargo, Ana está presente: en recuerdos, en sueños y en la vida misma. Se apoyan tanto en ella que la imaginan en la escena, opinando junto a ellos. La coproducción Chile-Argentina-Brasil se sitúa en este último país recordando la dictadura que abarcó de 1964 a 1985. La cinta muestra los puntos de vista --muy bien argumentados--tanto de activistas como de gobernadores. Siembra la duda en un espectador que se pierde un laberinto de argumentos, ideologías y razones. La historia, los personajes, el pasado, el presente y el futuro se tejen a partir de lo que Ana era, fue y no será. Nos llevan al lugar que Ana habitaba en el mundo y en sus vidas, y nos muestran el vacío que su ausencia empieza a dejar. Con esto, Murat (Casi HermanosUn largo viaje) muestra piezas de un histórico rompecabezas de recuerdos amorosos, fotografías arrumbadas y paredes sin sentido. La estructura del filme salta sin ton ni son en el tiempo, las cosas se vuelven confusas. Como las luchas. Un rompecabezas poético cuyas piezas cuesta armar. Cuenta Murat --quien vivió la época que retrata: “Mi película parte de hechos y situaciones reales vividas o atestiguadas por nosotros, pero en el proceso de recrearlas hay una entera libertad.” Toca de forma abierta temas delicados, como lo son las acciones revolucionarias, donde se preguntan qué tipo de violencia es justificable en cada situación; el arte abstracto, como forma de crítica social; y la homosexualidad, donde uno de los personajes reflexiona con su madre acerca de su preferencia sexual --los dos con aire tranquilo-- e inmediatamente después lo vemos en su cuarto tener relaciones con su pareja. Memorias que me contaron es un filme con una tremenda carga nostálgica. Bello, lento, tranquilo. Un relato que embona a la perfección con  aquella intraducible palabra en portugués que se parece a una gozosa y triste añoranza: Saudade. El filme está proyectándose durante ésta, la última semana de la 56 Muestra Internacional en la Cineteca Nacional.

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