El Centenario de Salvador Nava

MÉXICO, D.F. (apro).- Durante cuatro décadas, el médico Salvador Nava Martínez enfrentó a los demonios posrevolucionarios: al cacique violento y afrentoso, Gonzalo N. Santos; al cacique magisterial –predecesor de Elba Esther Gordillo—Carlos Jongitud Barrios; al influyente echeverrista Fausto Zapata, a la postre salinista… con él y sus luchas surgió el navismo, un movimiento social que detonó una prolongada lucha por la democracia desde tierras potosina. Tiempos de hegemonía. Gonzalo N. Santos decretó para los opositores la “Ley de los Tres Ierros”: encierro, destierro o entierro. Una ley que, con altisonancias más o menos, prevaleció en un país donde gobierno y partido se expresaban en una misma fórmula: el PRI. Escribiría Carlos Monsiváis: “El navismo es una, y muy destacada, de las pruebas que marcan el fin de la provincia dócil”. Era 1991 y la exigencia de democracia empezaba a permear en el ánimo de una población sojuzgada por el régimen autoritario. La cita es del prólogo que el escritor hizo al libro “Salvador Nava. Las últimas batallas”, escrito por el periodista Alejandro Caballero –actual coordinador del portal informativo de Proceso-- quien cubrió las desventuras de una de las más inspiradores luchas por la democracia con un permanente sustrato ciudadano: en San Luis Potosí la oposición real no era un partido, sino el navismo. Desconfiado de todo, en especial de los periodistas, las últimas batallas de Salvador Nava transcurrieron en el auge salinista. El campo de batalla fue San Luis Potosí, la tierra donde, escribió Caballero, realizó sus luchas cívicas, conoció la cárcel y sufrió torturas. Aun frente a la muerte, diagnosticado el cáncer que habrá de consumirlo, Nava decidió dar una última muestra de su congruencia y, en 1991, contendió por la gubernatura provocando una crisis en el sistema político que derivaría en la imposición de Fausto Zapata, cuyo mandato duraría apenas 13 días. Un año después, el oftalmólogo potosino moriría dejando un legado que familiares, amigos, intelectuales y aliados políticos, recordarán en estos días a propósito de que este lunes 7 de abril se cumple el centenario de su natalicio. El camino de la democracia La trayectoria política de Salvador Nava se remonta a la década de los cuarenta, cuando sus inquietudes los llevaron a militar brevemente en el PRI. Su presencia política se consolidó pronto. Quiso contender por la alcaldía de la capital potosina pero el cacique Gonzalo N. Santos lo relegó. En 1958, creó la Unión Cívica Potosina, un movimiento ciudadano que le permitió contender y ganar la elección. Los apuntes corresponden al libro de Alejandro Caballero, que, a punto de concluir su período como alcalde, decidió competir por la gubernatura en 1961. Las presiones para hacerlo desistir vinieron, entre otros del general Alfonso Corona del Rosal, a la sazón, presidente nacional del PRI. Nava no desistió y, la derrota de una elección viciada, derivó en su reclusión en el Campo Militar Número Uno, mientras el ejército mantuvo tomada por meses la entidad. Con su represión y la de sus simpatizantes, Salvador Nava se retiró de la política durante veinte años, hasta que en 1983 volvió a ganar las elecciones postulado por el PAN, el PDM y el Frente Cívico Potosino. Su ejercicio se dificultó por el escamoteo presupuestal impuesto por Carlos Jonguitud Barrios. Nava no se postuló a la gubernatura en 1985, pero decidió apoyar a Guillermo Pizzuto. La historia de hostilidades, agresiones físicas, detenciones arbitrarias y el incendio de la Presidencia Municipal que el gobierno atribuyó a Nava, pero que, grabado por la televisión local, se comprobó que fue una operación del gobierno. En 1988, Pizzuto regresó a la alcaldía potosina y desde entonces, se empezó a mencionar el nombre de Salvador Nava como candidato a gobernador en 1991. La marcha de la dignidad Enfermo de cáncer, Salvador Nava se planteó no participar. En el libro de Alejandro Caballero, los tironeos entre los partidos de oposición que se planteaban postularlo son descritos de manera magistral y reflejan la gran habilidad de maniobra y conciliación para que, el reticente PAN que no aceptaba ir en coalición con el PRD, terminara cediendo. Para ello, Salvador Nava condicionó su postulación a que dos partidos fueran juntos. El PRD, el PDM y el PAN potosino ya habían aceptado. Pero la dirigencia nacional de ese partido, encabezada por Luis H. Álvarez y Diego Fernández de Cevallos, intentaron por todos los medios evitar que su partido apoyara al médico de 76 años. Sin embargo, Alejandro Caballero apunta a un hecho: en esos días, San Luis Potosí no era panista sino navista, de tal suerte que forzados por la determinación del médico, el PAN terminó aceptando lo que por entonces parecía imposible: la alianza PRD-PAN que junto con el marginal PDM y el Frente Cívico Potosino, lo postuló a gobernador. La derrota previsible detonó nuevas movilizaciones navistas en San Luis. El más alto nivel de la elite salinista intentó apaciguar los reclamos. “Si no pudimos impedir que el delincuente entrara, vamos a conseguir que el delincuente se vaya”, dijo Nava a sus simpatizantes. Y lo logró. Con una memorable marcha que se proponía ir de San Luis Potosí al Zócalo de la Ciudad de México, el médico, minado en su salud pero con una voluntad inquebrantable inició la caminata, mientras sus simpatizantes mantenían un plantón frente a Palacio de Gobierno. Épica la lucha. Testigo de los hechos, cronista para el registro histórico, Alejandro Caballero narró paso a paso el recorrido, con las muestras de apoyo que iban engrosando el contingente a cada pueblo que llegaba y las agresiones que, a base de compra de voluntades, intentaban violentar el movimiento. A 145 kilómetros de distancia y 13 días del atropellado gobierno de Fausto Zapata, el gobierno federal hizo la oferta: Zapata saldría del gobierno y su lugar sería ocupado por Gonzalo Martínez Corbalá. Los días de la Marcha de la Dignidad, entre septiembre y octubre de 1991, quedaron rápidamente atrás. Cuenta Caballero en el primer capítulo del libro: “Salvador Nava Martínez supo dieciocho días antes que se iba a morir. No hubo autoconduelo. Lo contó en privado y en la plaza pública. A la sociedad le anticipó su retiro y dejó entrever, para evitar dramatismos, que quizá esa sería la última vez que estaría en la calle”. El hombre, diagnosticado de cáncer y aquejado por terribles dolencias había decidido pasar sus días de enfermedad confeccionando un legado ejemplar, enfrentando la muerte en la consecución del ideal democrático. Murió el 18 de mayo de 1992.