García Márquez: sus huellas en París

jueves, 1 de mayo de 2014
Se hospedaba en una buhardilla del destartalado Hotel de Flandre; comía en los restaurantes Acropole o Capoulade, atestados de estudiantes pobres; caminaba por las calles del Barrio Latino, pasando de largo por vitrinas llenas de libros que no podía comprar; recalaba en el bar L‘Escale, a cuyo escenario subía a cantar boleros, vallenatos y rancheras. Las penurias no apaciguaron la intensidad con la cual Gabriel García Márquez vivió en París en la segunda mitad de los cincuenta y aún se palpan sus huellas en esta ciudad. PARÍS.- Enero de 1956. Plinio Apuleyo Mendoza sale del muy modesto Grand Hotel Saint Michel. Un frío despiadado lo abofetea. Es mediodía y sin embargo la capital francesa está envuelta en una luz casi crepuscular. Cruza la calle y entra de prisa al Hotel de Flandre, aún más destartalado que el Saint Michel. Saluda a madame Lacroix, la dueña, y sube las escaleras hasta llegar a la habitación de Gabriel García Márquez. Gabo todavía no vive en el sexto piso, el de las buhardillas heladas reservadas a los clientes insolventes, con un solo baño para todos los huéspedes. Pero muy pronto le tocará mudarse ahí. El dictador colombiano Gustavo Rojas Pinilla acaba de cerrar El Espectador diario en el que Gabo colabora. Le quedan pocos ahorros; no tardarán en esfumarse. El cuarto que ocupa es minúsculo y huele a tabaco. Mendoza echa una mirada a su mesa de trabajo: una máquina de escribir, papeles, cuartillas atiborradas, un cenicero lleno de colillas. –Nunca sé cómo es la vaina en invierno. Apenas se levanta uno, ya está anocheciendo –dice Gabo. –¿A qué hora te acostaste? –pregunta Plinio. –No sé. Cuando terminé de escribir oí en la calle los camiones de la basura. Los dos deciden ir a comer juntos. Vacilan entre el Capoulade y el Acropole, dos restaurantes muy baratos del Barrio Latino. Optan por el segundo. Caminan unas cuadras por el bulevar Saint Michel sin echar una sola mirada a las vitrinas de las múltiples librerías que se codean a lo largo de esa arteria. Tiritan. Un hombre tan flagelado como ellos por el viento glacial cruza el bulevar. –Mira, allá va el negro Nicolás. Está verde del frío. ¿Lo conoces? –pregunta Plinio. –¿Al poeta Guillén? ¡Hombre, claro que sí! –Vive en mi mismo hotel. Si quieres después le hacemos una visita. Vamos a ver lo que nos dice de Cuba. Llegan al número 3 de la rue de l’Ecole Médecine y entran al Acropole, pequeño restaurante griego cuyo dueño, el señor Anastadiades, suele llenar hasta el borde los platos de sus insaciables clientes estudiantiles. Después de la comida visitan a Nicolás Guillén. El poeta se exilió en París en 1952 y no regresó a Cuba sino en 1959, después del triunfo de la revolución. Toman café, fuman mucho y platican más. Hablan de poesía, de la Cuba de Batista y del mundo sacudido por la Guerra Fría: la Unión Soviética acaba de firmar el Pacto de Varsovia con las repúblicas populares de Hungría, Rumania, Albania y la República Democrática Alemana como réplica a los acuerdos de París, que integra a la República Federal Alemana a la OTAN. Egipto, dirigido por Gamal Abdel Nasser, se acerca cada vez más a Moscú. Está a punto de estallar la crisis del canal de Suez. García Márquez, Guillén y Mendoza se apasionan. Se sienten a gusto juntos en la humilde habitación del poeta cubano. El calor humano compensa la deficiente calefacción. Hotel de Nobeles Hoy el Hotel de Flandre se llama Des Trois Colleges. Cambió de nombre y de categoría: ahora es de cuatro estrellas y los precios de sus habitaciones van de 100 a 200 euros por noche. Las más caras son ahora las buhardillas, convertidas en cuartos románticos y ultramodernos: techos adornados con vigas de madera oscura, amplia cama, internet, pantalla de plasma y una vista inmejorable sobre los hermosos techos y la cúpula de la Sorbona. Esa vista era el único lujo que disfrutaba García Márquez mientras redactaba El coronel no tiene quien le escriba a finales de 1956. El cuarto que ocupaba entonces lleva hoy el número 63. En el siglo XIX el Hotel de Flandre, que había sido el Colegio de Cluny antes de la Revolución y donde el poeta Arthur Rimbaud se hospedó en 1872, tenía un patio al aire libre en medio del cual había un pozo. Hoy el patio está cubierto por un techo de vidrio y es una sala de lectura. Los huéspedes tienen a su disposición una pequeña biblioteca en la que encuentran El coronel no tiene quien le escriba, El general en su laberinto y El otoño del patriarca, en su versión original en español, y la versión en polaco de Vivir para contarla. También pueden hojear libros de Raoul Ponchon, a quien Guillaume Apollinaire consideraba “el último de los poetas dionisiacos franceses”. Ponchon pasó los últimos años de su vida en el Hotel de Flandre, de 1911 a 1937. Quizás alcanzó a conocer a Miklós Radnoti, uno de los grandes escritores húngaros que se hospedó ahí en 1937 y 1939. Poeta visionario, amante de la literatura francesa –tradujo al húngaro a Arthur Rimbaud, Paul Eluard, Stéphane Mallarmé, Blaise Cendrars y Guillaume Apollinaire– Radnoti fue ejecutado por los nazis en 1944. No hay libros de Mario Vargas Llosa, quien vivió en una de las buhardillas del Hotel de Flandre pocos meses después de que García Márquez dejara París; tampoco novelas del nigeriano Wole Soyinka, primer escritor africano galardonado con el Nobel (en 1986), quien se hospedó ahí varias veces. “¡Se da cuenta: acogimos a tres premios Nobel!”, advierte con orgullo la recepcionista antes de confiar a la reportera que el establecimiento sigue en manos de los descendientes de la generosa madame Lacroix, quien fio el alquiler a García Márquez durante meses. La fachada del hotel –idéntica a la de los cincuenta, pero perfectamente restaurada, insiste la recepcionista–, está decorada con dos placas conmemorativas, una rinde homenaje a Miklós Radnoti, otra a García Márquez. El viernes 18 el rostro de bronce de Gabo, realizado por el escultor franco-colombiano Milthon, amaneció adornado con un geranio rojo. A la mañana siguiente aparecieron rosas y margaritas amarillas. Conforme pasan los días surgen más flores, mensajes de despedida escritos a mano en hojas blancas, grandes mariposas amarillas de papel... La fachada del Grand Hotel Saint Michel tampoco cambió. Sigue tan austera como en los cincuenta, con su mármol verde oscuro y su arquitectura de las primeras décadas del siglo XX. En cambio el hotel se transformó en un lujoso establecimiento de cinco estrellas, con spa, jacuzzi, piscina y precios estratosféricos. No queda traza alguna de Nicolás Guillén ni de Jorge Amado, quien allí vivió durante su estadía en París entre 1947 y 1950; tampoco del novelista chileno Francisco Coloane (1910-2002), fiel cliente del establecimiento hasta 1995. No hay mención de la escritora, periodista y feminista portuguesa María Lamas (1893-1983), quien siempre se hospedaba en el Grand Hotel Saint Michel cuando pasaba por París. “Nos contactaron las embajadas de Cuba y Portugal para buscar una forma de inmortalizar el paso de Nicolás Guillén y María Lamas en el hotel. Pero todo se quedó en veremos”, deplora la administradora del local. Noches en L’Escale Buscar las huellas de Gabo y Plinio Apuleyo Mendoza por el Barrio Latino de la mitad del siglo XX en el París de 2014 aprieta el corazón. En la esquina de la rue Soufflot y del bulevar Saint Michel un Quick Burger ocupa el lugar del Capoulade, aquel restaurante donde los dos colombianos se abrían paso a codazos entre estudiantes de Senegal y Costa de Marfil para encontrar una mesa libre, según recuerda Mendoza en Aquellos tiempos con Gabo. Sobrevive el Acropole. Los hijos de Anastadiades sucedieron a su padre. Se conservó la fachada del restaurante pero el decorado de la sala ya no es el mismo. Fue “modernizado” en 1963 y ha quedado tal cual hasta ahora, estancado en el tiempo. Con el curso de los años se convirtió en uno de los mejores restaurantes griegos de París, a juicio de un cronista gastronómico de Le Monde. También sigue existiendo L’Escale, el bar donde Gabo se ganaba unos francos cantando boleros cubanos, vallenatos y rancheras. En la calle Monsieur le Prince, a 10 minutos a pie de la Sorbona y a dos pasos del teatro del Odéon, L’Escale nunca fue el “cabaret de mala muerte” que algunos describen cuando reseñan la estadía de García Márquez en Francia. Se trataba en realidad de una peña creada en 1947 en un antiguo hotel de paso por una pareja franco-española enamorada de la música latinoamericana. Muy pronto el bar se convirtió en el principal lugar de encuentro de los estudiantes, intelectuales y artistas latinoamericanos en París. El ambiente era informal: cualquiera podía agarrar una guitara y cantar una canción que los asistentes acababan entonando al unísono. Se bailaba hasta altas horas de la noche en ese oasis latino de la Ciudad Luz. A mediados de los cincuenta apareció una pequeña tarima a la que subieron cantantes y músicos. Unos cayeron en el olvido y otros se volvieron legendarios, entre ellos Violeta Parra, quien animó las noches de la peña entre 1954 y 1956. La cantante chilena era amiga de Tachia Quintanar, actriz vasca con quien García Márquez tuvo una apasionada relación en 1956. La pareja pasó muchas veladas alegres en el bar. Fue después de su ruptura con Tachia cuando Gabo venció su timidez para subirse a la tarima. Nunca se supo si Violeta Parra y García Márquez alcanzaron a ser amigos. Plinio Apuleyo Mendoza y Gerald Martin, sus “biógrafos oficiales”, sólo aluden brevemente a las noches de Gabo en L’Escale sin precisar con quienes se relacionaba. Nos otorgan libertad para imaginarlo simpatizando con el joven guitarrista Paco Ibáñez, quien se presentó por primera vez en público en esa modesta peña en 1952; o divirtiéndose con la exuberancia de Alejandro Jodorowsky, amigo de Violeta Parra y pilar de L’Escale; o inclusive escuchando cantar al maestro Atahualpa Yupanqui. Exiliado en Francia desde 1950 el cantante argentino se presentaba en salas de concierto y teatros parisinos y multiplicaba giras por el mundo, pero de vez en cuando le gustaba compartir veladas con sus hermanos latinoamericanos en el ambiente íntimo de L’Escale. Ambos biógrafos recuerdan en cambio el “dúo artístico” que formaban Gabo y Jesús Rafael Soto, pintor venezolano que corría de bar en bar tocando la guitarra para sobrevivir. Soto, quien falleció en París en 2005, alcanzó fama internacional no como músico, sino como uno de los principales pintores del arte cinético. Hoy el ambiente del lugar nada tiene que ver con la frescura latina de sus años pioneros. Es sólo un cabaret-discoteca ecléctico que privilegia ritmos cubanos, salsa y samba, pero también abre espacio al jazz, al punk y a la música electrónica. El bulevar Saint Michel que tanto recorrieron Gabo, Mendoza y sus amigos de la bohemia latina perdió su alma para siempre. Cerraron una tras otra las hermosas librerías y los acogedores cafés que le daban encanto. Ahora el “boul’mich” no es más que un arbolada arteria comercial con tiendas de ropa, zapatos, bolsas, teléfonos celulares, recuerdos de París hechos en China, bancos y restaurantes de comida rápida. Distancia prudente Más elegante pero demasiado sofisticado y turístico se ha vuelto el barrio de Saint Germain des Pres, el de las grandes casas editoriales y los cafés míticos como El Flore, donde Simone de Beauvoir pasaba horas escribiendo, y Les Deux Magots, en el que la escritora se reunía con Jean Paul Sartre y sus amigos. ¿Se sentó algún día Gabo, periodista desempleado y aspirante a escritor, en Les Deux Magots, donde solían juntarse los surrealistas en los treinta y que en 1956 llevaba más de 10 años como feudo de los existencialistas? ¿Entrevió en unos de estos cafés a Albert Camus, tan apasionado como él por el periodismo, que acababa de publicar La caída y no sospechaba que un año después, en 1957, recibiría el Nobel? Según cuenta Mendoza, Gabo mantenía una distancia prudente con los intelectuales franceses cuyo cartesianismo lo incomodaba. Solía repetir que se sentía cercano a Rabelais y muy alejado del rigor de Descartes. Pese a las buenas relaciones que tuvo con los traductores de su obra al francés, García Márquez siempre consideró que sus novelas –en particular Cien años de soledad– no sonaban bien en la lengua de Moliere. Se negó a viajar a París en 1970 para recibir el premio a la mejor novela extranjera de 1969 con el cual galardonaron a Cien años de soledad, porque lo habían desilusionado las cifras de venta de la novela en Francia. En el mismo bulevar Saint Germain hay otros dos cafés: Le Mabillon –donde Mendoza y Gabo se reunían a menudo– y el Old Navy. Este último –pequeño y aún con la misma decoración sencilla de fines de los cincuenta– era el favorito de Julio Cortázar, quien durante temporadas solía sentarse hasta el fondo y escribía sin preocuparse de los demás clientes. Cortázar vivía exiliado en Francia desde 1951. Había publicado Los reyes en 1949 y Bestiario en 1951 y se aprestaba a publicar Final de juego. García Márquez había quedado deslumbrado por Bestiario. “Desde la primera página me di cuenta de que aquel era un gran escritor como el que yo hubiera querido ser cuando fuera grande”, confesó. Cuando se enteró de la posible presencia de Cortázar en el Old Navy, Gabo empezó a frecuentar el café. Lo esperó tardes enteras. Un día apareció el escritor argentino. García Márquez quedó petrificado y, según les contaba a sus amigos, se la pasó observando a Cortázar de reojo, sin atreverse a abordarlo. Lo vio escribir más de una hora sin parar, tomando sorbitos de un vaso de agua. Cuando comenzó a oscurecer lo vio guardar la pluma y salir del café con el cuaderno escolar bajo el brazo. Fue sólo un poco más tarde cuando los dos escritores se conocieron y entablaron una amistad que duró hasta la muerte de Cortázar, en 1984. El autor de Rayuela no era el único escritor atraído por el Old Navy. En los mismos cincuenta y sesenta también se sentaba a escribir en el minúsculo café el dramaturgo Arthur Adamov, quien junto con Eugene Ionesco, Samuel Beckett y en cierta medida Jean Genet y Harold Pinter, creó el llamado Teatro del Absurdo. Inspirados por el surrealismo y el dadaísmo, estos autores estaban profundamente marcados por el trauma de la Segunda Guerra Mundial, la barbarie del Holocausto y por Hiroshima y Nagasaki, que los llevaron a interrogarse en sus obras sobre el sinsentido de la vida. En 1956 se estrenaron dos obras teatrales que sacudieron al culto público parisino: La improvisación del alma, de Ionesco, y El balcón, de Genet. El “juicio del siglo” Densa época la que vivió García Márquez en París. Sólo había pasado una década después del fin de la Segunda Guerra Mundial y faltaba una antes de la revuelta de 1968. La situación política francesa era efervescente. Derrotada en 1954 en Indochina, Francia se lanzó el mismo año en la cruenta guerra de Argelia. En 1956 Túnez y Marruecos, colonias francesas, lograron la independencia mientras se recrudecían los combates en Argelia. En mayo del mismo año el gobierno decretó la movilización de 50 mil reservistas. Se multiplicaron las manifestaciones contra la guerra, se endureció la represión contra los opositores y contra los argelinos radicados en Francia sospechosos de ayudar o pertenecer al Frente de Liberación Nacional. Con su pelo rizado, piel morena y ropa desgastada, García Márquez vivió en carne propia esa represión: controles agresivos de identidad, brutales redadas policiacas, detenciones arbitrarias. Le contó a Gerald Martin que una noche, al salir de un cine fue detenido por policías que le escupieron la cara y lo subieron a una camioneta blindada donde estaban encerrados argelinos silenciosos que habían sido golpeados y humillados en los cafés de los alrededores. Concluyó Gabo: “Los policías que me detuvieron me confundieron con un argelino”. En ese entonces Francois Mitterrand era ministro de Justicia. ¿Le relató ese episodio de su vida en Francia cuando dos décadas más tarde ambos tejieron lazos de amistad? No se sabe. Tampoco se sabe si a García Márquez se le ocurrió regalar a Mitterrand copias de la serie de reportajes que había escrito sobre el famoso juicio de la Fuga de Informaciones para el efímero diario colombiano El Independiente, que reemplazó a El Espectador durante dos meses, del 15 de febrero al 15 de abril de 1956. Con su característica tendencia al énfasis, Gabo presentó ese juicio a sus lectores colombianos como “el juicio del siglo”. Aun si no era para tanto, el caso ciertamente apasionó a la opinión pública francesa. Todo había empezado en 1953 con un complot urdido por la ultraderecha francesa contra Mitterrand, entonces ministro del Interior y considerado favorable a las luchas independentistas que desafiaban al imperio colonial galo. Los conspiradores, que buscaban también desestabilizar al gobierno de Pierre Mendés-France, acusaron a Mitterrand de haber entregado secretos militares sobre la guerra de Indochina a Jacques Duclos, entonces primer secretario del Partido Comunista. En el tenso clima de la Guerra Fría semejante acusación “de traición a la patria” era grave. Mitterrand usó todo su poder como ministro del Interior para contratacar: demandó por difamación a los periódicos que habían difundo esos rumores y persiguió sin piedad a sus adversarios, multiplicando investigaciones y pesquisas en su contra. Logró demostrar su inocencia y en marzo de 1956 empezó el juicio a sus adversarios. García Márquez se entusiasmó con el caso. Siguió el proceso día a día y redactó un reportaje en 17 entregas. Desafortunadamente, con el cierre del Independiente, el 15 de abril de 1956, sus lectores nunca se enteraron del desenlace del “juicio del siglo”.

Comentarios