Llevar el mismo nombre de un estafador lo tiene en prisión desde hace 15 meses

viernes, 23 de mayo de 2014
COLIMA, Col. (apro).- Llevar el mismo nombre de un estafador ha tenido un alto costo para Aarón Hernández Martínez: además de perder su libertad –se encuentra recluido desde hace casi 15 meses en el penal de Tlapa, Guerrero–, no ha tenido contacto con sus dos hijos y tampoco pudo dar el último adiós a tres familiares que perdieron la vida en un accidente. Originario de Manzanillo, Aarón fue detenido por elementos de la Policía Federal el 25 de febrero de 2013 en el aeropuerto de Tijuana, Baja California, adonde había volado desde Guadalajara, Jalisco, para encontrarse con su hermano Juan. El plan era acompañarlo en el trayecto de regreso a su ciudad natal, a bordo de una camioneta que aquel compró en la frontera norte. El vehículo sería utilizado para el traslado de mercancía dentro del negocio de compra-venta de frutas y verduras que tiene la familia de Aarón en Manzanillo. El joven, actualmente con 27 años de edad, fue detenido por llamarse igual a uno de los falsos curanderos que en 2006 estafaron con más de un millón de pesos a un grupo de habitantes de Tlapa, a quienes pidieron altas sumas de dinero para “bendecir” las ganancias y curarlos de enfermedades, que en algunos casos ellos mismos les diagnosticaron. Como consecuencia de las denuncias derivadas de ese fraude se iniciaron los juicios 85/2008-III y 88/2008-III, promovidos por Leónidas Hernández González, Conrado Gómez Rodríguez, Enrique Eulogio Flores Cruz, Amado Gómez Balbuena y Florentino Ortiz Maldonado, quienes cayeron en el engaño de los supuestos hermanos videntes: Santos, Johan y Aarón Hernández Martínez. De acuerdo con el expediente, para retener a Aarón la juez María Leonor Arroyo Mojica se apoyó en buena medida en los señalamientos en su contra que se realizaron en los careos, siete años después del fraude, por parte de los afectados. Los familiares del detenido aseguran que el supuesto reconocimiento fue prácticamente inducido, porque no se sometió a un proceso de identificación entre varias personas. Entre otras anomalías, la juez no tomó en cuenta las declaraciones de una extrabajadora de los falsos curanderos y del propietario del inmueble –rentado como consultorio–, quienes testificaron que el detenido no es la misma persona que ellos conocieron. Otra de las irregularidades tiene que ver con la edad del detenido. En la fecha en que se cometió la estafa, Aarón tenía 19 años. No obstante, en las primeras declaraciones los denunciantes dijeron que el defraudador tenía, en 2006, entre 35 y 40 años. Tampoco coinciden los rasgos físicos, pues a diferencia de las características de la víctima, en su querella inicial los afectados describieron a los estafadores como individuos de piel negra, con acento extranjero, de presunta nacionalidad puertorriqueña, y de estatura alta. A casi 15 meses de permanecer recluido en una celda de cinco metros de largo por cuatro de ancho, misma que comparte con 17 presos más —algunos de ellos acusados de violación, secuestro o asesinato—, Aarón Hernández continúa sujeto a un juicio en el que no se le dictado sentencia. Y no puede enfrentar el proceso en libertad porque su familia no logró reunir la cifra de un millón 200 mil pesos que la juez fijó como fianza. En entrevista con Apro realizada vía telefónica, Aarón Hernández asegura que recientemente tuvo un nuevo careo con los denunciantes y sus testigos, en el que éstos últimos cayeron en varias contradicciones. Por ejemplo, dice, algunos lo llamaron Johan. “Yo les proponía que se acercaran y me describieran físicamente, que dijeran cómo soy, pero no quisieron hacerlo, sólo insistían en que yo soy el que cometió el fraude. Ellos bien saben que no soy esa persona, pero por el simple y sencillo hecho de tener el mismo nombre quieren que pague algo que no hice”, agrega. Luego de asegurar que nunca ha estado en Guerrero y mucho menos conocía a sus acusadores, pregunta: “¿Por qué se ponen en ese plan de querer recuperar su dinero a como dé lugar, aunque dañen a una persona inocente? A ellos no les importa, decían que sólo quieren que les pague, pero cómo les voy a pagar algo que yo nunca agarré, ellos están mal, yo no tengo la culpa de que hayan sido unos hombres imprudentes al entregar así el dinero y dejarse engañar de esa forma”. Aarón tiene confianza en que después de ese careo, en el que “ellos mintieron otra vez, me tienen que resolver a favor, que salga la verdad, que la justicia sea imparcial. Yo tengo que salir de aquí. Primeramente Dios tengo esperanza de que esto se arregle pronto”. El acusado dice que no conoce a la juez y tampoco ha hablado con ella, pero “quisiera que fuera imparcial, que no se ponga del lado mío ni del de ellos, que revise bien las pruebas, que lea bien lo que están diciendo en su declaración, sus mentiras, que analice a fondo las pruebas y va a ver que no soy yo el que cometió el delito”. Aarón califica como “muy triste y desesperante” la vida en la cárcel, y asegura que se ha mantenido en pie por su familia. “Ellos dicen que confíe en que todo tiene que salir positivo, porque uno está hablando nada más con la verdad”. El joven dice que una de sus mayores preocupaciones es la situación de sus padres. Para ellos, apunta, “ha sido muy pesado pasar por esto. Mi familia no tiene dinero y no sé cómo han hecho para cubrir todos los gastos que se han generado. Créeme, se siente una impotencia muy fuerte que frustra de no poder hacer nada”. Cuenta que en una llamada telefónica reciente le comentó a su madre que se siente mal porque la familia está gastando dinero que no tiene. “Le dije llorando a mi mamá que si ya no pueden venir desde Manzanillo, no vengan ya, que me dejen aquí a ver cómo se soluciona esto, pero que ya no gasten, y hay que esperar que Dios obre a ver cómo se hacen las cosas. Ella me dijo que no me preocupe, que me van a seguir ayudando”. Luego se pregunta: “¿Cómo es posible que por esa gente que me está calumniando con sus mentiras, mi familia esté pasando por tantas cosas? Y las autoridades de aquí se prestan para eso. Yo escucho a muchos presos que dicen: ‘nomás con que te señalen, así vulgarmente, ya mamaste y te sentencian’. A veces me siento mal, pero mi familia me dice que no haga caso de lo que oiga, porque yo soy inocente y la verdad tiene que salir a flote”. Prosigue: “Dentro de la prisión se siente uno mal, se desgasta mental y moralmente, a mí se me hacen las horas eternas, siento que pasa muy lento el tiempo aquí, no sé si esto es porque en el trabajo de venta de frutas y verduras con mi papás, no me alcanzaba el día, quería más tiempo, y aquí se me hace muy largo”. Para distraerse, Aarón hace ejercicio diariamente hasta cansarse: camina, corre y practica abdominales y lagartijas con el propósito de caer rendido y poder dormir en las noches. —¿Tienen oportunidad de trabajar dentro de la prisión? —Un trabajo como uno estaba acostumbrado, no, porque realmente aquí, como el penal es muy chico, el trabajo es muy escaso. A veces hay cosas temporales, como hacer una puerta, unas sillas, una mesa, pero cuando se terminan se vuelve a quedar uno sin trabajo. —¿Tiene algún ingreso económico? —No, no, es muy aparte. Si a la persona que le ayudo me invita un refresco, pues sí lo acepto, porque le estoy ayudando. Lo que yo gasto aquí es porque mi familia me manda recursos, que son mil o mil 500 cada semana o cada 15 días. Y dice que para deprimirse menos, desde que fue recluido ha tratado de borrar de su memoria las fechas especiales. “Haga de cuenta como que yo quiero tener mi mente en blanco, como si no pasara la Navidad, como si no tuviera cumpleaños, no quiero recordar porque se entristece uno aquí”. El 12 de febrero pasado, cuando cumplió 27 años, fue como un día cualquiera. “No dije nada porque no se siente uno a gusto aquí, ni mis compañeros de celda se enteraron. No hay nada que festejar, nomás yo supe que cumplí años, le di gracias a Dios porque me deja estar con vida y ya”. Desde su detención, Aarón no ha visto a sus hijos: un niño de cuatro años y una niña de siete. Cuando habla por teléfono con ellos, narra, “les digo que se porten bien, que se cuiden. Mi hijo el más chiquito no sabe lo que ocurre. Me dice: ‘papi, dónde estás’. Yo le digo que estoy trabajando, por no contarle, pero se siente uno muy mal. Mi hija la más grandecita sí sabe. Le digo que se porte bien, que se cuide, que haga caso a su mamá y a su abuelita. Una vez me dijo que ella cree que voy a salir pronto”. El 23 de marzo de 2013, su hermano Juan y sus tíos Gabriel Martínez y Rosa Villanueva perdieron la vida en un accidente automovilístico en la carretera Colima-Guadalajara. Aarón se enteró del hecho hasta julio, de manera accidental, cuando leyó un documento del expediente. Para no causarle más dolor, cuando preguntaba por su hermano Juan, sus familiares decían a Aarón que andaba de viaje o trabajando. “Pero como que uno presiente. Yo sentía que algo le había pasado a mi hermano, con él me llevaba muy bien, yo lo veía como a mi papá, y se me hacía algo muy raro que no se comunicara conmigo. Cuando me confirmaron que falleció fue un golpe muy fuerte para mí, me sentía impotente, muy mal, se me fueron las ganas de comer. Había días que yo pensaba: ‘me quiero dormir y ya no quiero despertar’. Se siente uno mal, las cosas que uno oye que están pasando en la familia perjudican mucho”. Cuando una de sus hermanas le platicó cómo había sido el accidente en el que murió su hermano, justo en la camioneta que había comprado en la frontera, se preguntó: “Cómo, ¿por qué pasa esto en mi familia? ¿Por qué me está pasando esto? Le daba vueltas y vueltas al asunto, no caía en la razón y a veces todavía no me hago a la idea de que voy a salir y ya no voy a ver a mi hermano”, dice entristecido. Aarón ya no pudo encontrarse con Juan cuando compró la unidad porque fue detenido. “Yo quería acompañarlo, andar con él. Me dijo: ‘vente, nos vamos de aquí (Tijuana) a Manzanillo manejando, tú me ayudas’. La ilusión mía y de él era llegar a Mazatlán, porque él ya había ido tiempo atrás de vacaciones con su familia y me dijo que está bonito. Pensábamos llegar de pasada y quedarnos unos dos días de vacaciones, pero no, ahora resulta que mis vacaciones siguen aquí injustamente preso”. Dos años antes, Aarón ya había sido detenido por la Policía Municipal de Manzanillo, que lo puso a disposición de la Procuraduría General de Justicia del estado. Lo dejaron libre después de que las autoridades policiacas se dieron cuenta de que sus rasgos fisonómicos y la edad eran distintos a los falsos curanderos. “Está muy mal la forma como las autoridades investigan”, pues “antes de detener a la persona deben hacer una averiguación muy exhausta. Yo les digo desde aquí: investíguenme, chequen mi casa, yo vivo humildemente, no tengo nada que puedan decir que me involucra, soy humilde, el trabajo que tengo es para estar al día, no para tener lujos, están equivocados”, reclama Aarón. —¿Qué piensas hacer cuando regreses a Manzanillo? —Ver a mis hijos y a mi familia, volver a trabajar. Ayudar a mi familia a pagar lo que se deba, lo que ellos han pagado (por mi encierro). Ayudar a mi papá y a mi mamá. Me dicen que está muy cambiado todo. No sé a qué se refieren. En la lucha por la liberación de Aarón, sus familiares han recurrido a diversas autoridades. Se han reunido con diputados federales y con el gobernador Mario Anguiano Moreno, y al propio presidente de la República, Enrique Peña Nieto, la madre del joven le entregó una carta en una de sus visitas a la entidad, el año pasado. Los legisladores y el mandatario estatal han apoyado a la familia con abogados, pero el Ejecutivo federal de plano se deslindó del asunto a través de una carta. Se trata de un tema que corresponde exclusivamente a las autoridades de Guerrero, dijo. La madre de Aarón, María Concepción Martínez Reyes, buscó de nueva cuenta a Anguiano Moreno, a quien abordó en una visita que en días pasados hizo a Manzanillo. Éste le ofreció realizar nuevas gestiones. “La familia está confiando en el respaldo del gobernador de Colima para lograr la liberación de mi hijo, como se comprometió cuando platicamos con él en el Mercado 5 de Mayo”, dice la mujer.

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