Batalla de Puebla: una fiesta dantesca en un peñón

lunes, 5 de mayo de 2014
MÉXICO, D.F. (apro).- En medio de las detonaciones, Jano Rodríguez Nolasco –con la cara negra de maquillaje– camina con dos fusiles. Se quita el puro de los labios y explica que utiliza el primero, como muchos de los pobladores de la colonia Peñón de los Baños, para disparar --haciendo grandes ruidos– sus reservas de pólvora. El otro fusil queda en su bandolera, quieto; sobre su gatillo de hierro están grabadas: “Haston&Co, 1825”. “Es la primer arma que llegó al Peñón de los Baños”, asevera. Pertenecía a Timoteo Rodríguez, el primer organizador del simulacro de la Batalla de Puebla en el Peñón de los Baños, en 1930. Después de un tiempo, Timoteo pasó el fusil a Luis Rodríguez Damián, el abuelo de Jano. “Simbólicamente le entregó la fiesta y su significado”, explica éste. Cuando falleció su abuelo, el arma quedó en las manos de su padre, Fidel Rodríguez –quien organizó la fiesta durante más de 19 años— para terminar desde 2010 descansando en la bandolera de Jano. “Es una trascendencia de generaciones, mi abuelo, mi padre y ahora yo llevamos más de 60 años organizando la fiesta”, dice Jano con orgullo. La gran mayoría de los 5 mil pobladores del Peñón de los Baños que participó hoy en la recreación de la Batalla de Puebla heredó sus trajes –y entonces sus predios– de sus padres. Aun así “suele haber traiciones en las familias”, asevera un “zuavo francés” arrullando a una niña de nueve meses vestida de zacapoaxtla. “Yo retomé el traje de mi padre y, aunque me cueste, grito ‘Viva la Francia’”, dice con una sonrisa. José Antonio Arista heredó de su papá el papel del general Ignacio Zaragoza, mientras que tres integrantes de la familia Monsalvo representan a los generales franceses. Uno de ellos, Emmanuel, cumplió hoy sus 15 años, este 5 de mayo, y tampoco está orgulloso de la coincidencia de fechas. Los ancianos que asisten al desfile de las tropas recuerdan su juventud, cuando la antena del aeropuerto de la Ciudad de México no había invadido el cerro, ya que el Peñón de los Baños todavía era un páramo y el Circuito Interior ni siquiera llegaba a proyecto urbano. “Antes el Circuito Interior era un camellón de pura tierra proveniente de la laguna. La batalla original la hacíamos encima del cerro, que era un desierto. La batalla era más auténtica”, recuerda uno de los ancianos, anteriormente general de los dragones mexicanos. Los militares que resguardan el cerro sólo dejan subir a los aledaños durante el 5 de mayo y en Semana Santa. Encima de éste, pegado a la antena del aeropuerto, se encuentra un almacén de agua. “Pero nos hace falta agua por abajo: la que se encuentra en el cerro la venden a otras partes de la ciudad”, remarca Israel Zedillo, un soldado republicano. Para José Luis Rodríguez, el tío de Jano, la reconstrucción de la batalla nunca perdió su esencia, ya que permite a los lugareños reapropiarse de tierras ahora federales, como el cerro o el aeropuerto. No obstante, insiste en que los habitantes del Peñón de los Baños son pueblos originarios. “Salimos a la calle con nuestras escopetas y hacemos las calles nuestras, el aeropuerto, el cerro, todo. Es un día muy emotivo para el Peñón de los Baños”, explica Rodríguez. “La fiesta se ha vuelto una parte de mí, de mi identidad. Aquí están mi juventud, mi barrio, mi gente”, dice con entusiasmo Israel. A su lado, una abuela mira con admiración a su nieta, quien lleva con toda seriedad la bandera de México, la misma que portaba ella hace 30 años. [gallery type="rectangular" ids="371499,371500,371498,371497"] Los “desordenados” La familia Rodríguez viene planeando el evento desde enero pasado. José Luis, uno de sus integrantes, afirma que el financiamiento proviene de los propios lugareños. Juntaron sólo 10 mil de los 70 mil pesos que les costó la fiesta, la mayor parte para el pago de la renta de bandas musicales. La delegación Venustiano Carranza sólo aporta el apoyo logístico: policías y fuerzas ciudadanas, Protección Civil y algunas ambulancias. “No tenemos el respaldo de las autoridades porque nos consideran muy desordenados”, asevera Rodríguez. Hace unos años, no se acuerda precisamente cuál, el jefe de la delegación buscó arrebatar a los organizadores su derecho a quemar pólvora. “Nos valió madres: acudimos al presidente Vicente Fox, quien obligó a la Secretaría de Defensa a entregarnos el permiso”, subraya José Luis al recordar que “la tradición se hace ley en México”. Pero admite que la fiesta implica un cierto riesgo. “Se han volado dedos, manos e incluso ha habido muertos, aunque recientemente sólo se nos han ido dedos”, rememora. Y es que la detonación de los fusiles genera una fuerza de retroceso bastante fuerte. Existen dos técnicas para disparar: la mayoría de los “soldados” dispara hacia arriba, por lo que la explosión empuja el fusil hacia abajo. Pero otros disparan hacia delante, o hacia abajo –con lo que el sonido rebota en el suelo y se vuelve más impresionante–. Con este método, los “soldados” disparan sin recargar la culata en el hombro. Durante un enfrentamiento, la detonación salió tan seca que sorprendió al propio soldado que disparó. Soltó su fusil y éste voló cinco metros hacia atrás, “aterrizando” en la cara de una espectadora. “¡Que siga!”, gritaron los otros al ver que lo ocurrido no provocó heridas graves. En 1957 y 1958, recuerda Jano, los habitantes del Peñón de los Baños no salieron a festejar la Batalla de Puebla. Lo anterior debido a que en 1956 una chispa quemó a un soldado. “Se encendió su pólvora. La explosión provocó quemaduras en más de 500 personas. Fue una explosión tan fuerte que se dejó de celebrar durante dos años”, asevera. Hoy compran la pólvora en Puebla. La guardan en trozos de periódico por un costo de aproximadamente 50 pesos por detonación, estima Rodríguez. [gallery type="rectangular" ids="371494,371496,371495,371493"] El baile de la guerra Estimulados por la marcha de 10 kilómetros que emprendieron durante la mañana bajo un sol a plomo, y un poco ebrios debido a los diferentes brebajes tomados para calmar su sed (cerveza, mezcal, tequila y pulque), los “ejércitos” se enfrentaron una primera vez en las orillas del kiosco que se encuentra por debajo del cerro, ante el azoro de centenares de espectadores. Los cañones, dispuestos por delante de soldados amontonados de ambos campos, detonaron uno tras otro, activando las alarmas de los vehículos estacionados en la calle Colón. Un ingeniero del Ejército diseñó y mandó a forjar a Veracruz uno de los cañones franceses, particularmente impresionante. Su concepción tardó un mes, según los soldados galos, pero valió la pena: el ruido fue tan asombroso que todos se cubrieron los oídos. Durante el tiempo en el que ambos campos recargaban su artillería, los soldados se lanzaban unos contra otros. Detrás de la vanguardia, las bandas de música de viento producían el ritmo de los pasos de baile que emprendían las reservas. Los soldados de enfrente solían volver hacia atrás no para recargar parque… más bien inflamaban sus ánimos con pulque. Desde atrás también salían volando cebollas, rábanos y patas de pollo de un lado, y pedazos de baguette del otro. Tras una batalla dantesca, a los desgraciados soldados capturados les cortaron el cabello. Al terminar su vandalismo estético, un soldado francés con modernos lentes de sol, aparentemente satisfecho, abrazó a su víctima. Era su primo. Más tarde se dio una batalla en el cerro, que consistió en furiosos pasos de baile. En el fragor del combate, a unos cientos de metros, aterrizaba un aparato en el Aeropuerto Internacional Benito Juárez: un Airbus de la compañía Air France. Después de poco tiempo arriba del peñón, la masa descendió de nuevo hacia el kiosco. Ahí, tras otro enfrentamiento épico, los zacapoaxtlas sellaron, por 84 ocasión, el destino de los franceses, quienes terminaron “fusilados”, como ocurre cada año.

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