China: Ahora, el ciberespionaje económico

viernes, 25 de julio de 2014

Mai Jia, ampliamente reconocido en su China natal pero prácticamente desconocido en el resto del mundo, promueve en México su primera novela, escrita hace 12 años, El don, donde retrata la vida de un criptógrafo militar. El escritor conoce por dentro ese mundo de la inteligencia castrense y habla de los tiempos en los cuales la Guerra Fría la libraban genios, que ahora son reclutados por los grandes emporios pues, afirma, “la guerra económica sustituyó a la guerra militar y las empresas privadas sustituyeron a la fuerza del gobierno”.

MÉXICO, D.F. (Proceso).- Escritor superestrella en China, donde vendió más de 15 millones de ejemplares, recibió cinco premios literarios prestigiosos y vio todas sus obras adaptadas al cine, el nombre de Mai Jia apenas empieza a correr en Occidente, donde se acaba de traducir su primer libro, El don, 12 años después de su publicación china.

Mai Jia es el seudónimo detrás del cual se esconde Jiang Benhu, hombre delgado, de rasgos finos y anteojos cuadrados. Su nombre de pluma significa “trigo” y “familia”.

De visita en México para presentar su libro, revela en entrevista con Proceso que su seudónimo tiene un sentido especial: “Me permite recordar siempre mi punto de partida, porque mi familia se dedicaba a cultivar trigo y arroz”.

Mai Jia tenía dos años en 1966, cuando Mao lanzó la Revolución Cultural. Su padre, campesino, fue considerado contrarrevolucionario. Su abuelo materno poseía tierras y su abuelo paterno era cristiano.

Fueron perseguidos políticamente. Mai Jia pasó su infancia aislado, ultrajado y humillado por los demás niños. “Al ser abandonado, el aislamiento y el autismo me dejaron en la sombra de mi carácter”, recuerda, pero “uno siempre conserva una fuerza explosiva para conquistar al mundo y luchar contra sus condiciones negativas”.

El escritor entró en un instituto militar a los 17 años para “corregir” sus antecedentes familiares y gozar de un estatus “más glorioso”. Tras estudiar radio en el colegio militar, Mai Jia se dedicó a trabajos de propaganda para la institución castrense. En 1986 ingresó en la Academia de Bellas Artes del ejército, donde se apasionó por la literatura y empezó a escribir novelas.

Volvió a la vida civil en 1997. Según su biografía, vivió tres años en Tíbet, durante los cuales sólo leyó un libro.

Durante su carrera militar desempeñó un “trabajo periférico” de apoyo técnico a un equipo de criptógrafos. “Era un mundo con alto nivel de inteligencia”, recuerda.

Al mezclar esa experiencia con las dificultades de su infancia, Mai Jia imaginó el personaje principal de su primera novela, Rong Jinzhen, un autista dotado de una inteligencia extraordinaria en el campo de las matemáticas, pero de una personalidad muy frágil.

Entonces empezó a tejer el hilo de la historia de El don, cuya redacción le ocupó 11 años: la vida de un genio de las matemáticas durante la Guerra Fría, recuperado por los militares para romper los códigos de los adversarios –Estados Unidos e Israel– en una batalla internacional de cerebros.

En la novela, el genio Rong Jinzhen logra desencriptar Púrpura, el código más complejo utilizado por Estados Unidos, en sólo un año. Convertido en la estrella del secreto “centro 701” y héroe de la Revolución, Rong Jinzhen hereda entonces otra misión: descifrar el misterio del nuevo código, llamado Negro. Pero la criptografía lo llevará a la locura.

El escritor deja muy claro que ambientó su novela durante la Guerra Fría por una razón sencilla: representó el auge de la importancia del matemático y del criptógrafo. Niega firmemente que su obra tenga carácter político.

“La literatura es superior a la política”, sentencia, al precisar que su libro es “una obra de ficción sobre el destino trágico de un genio”. Y añade: “Mi carácter carece de pasión por la política”.

Absurdo

“El humano puede ser muy absurdo: al mismo tiempo que busca la comunicación, elabora códigos secretos para obstaculizarla”, observa. Según el autor un código “representa el mal dentro del carácter humano, una medida de autodefensa basada en la desconfianza”.

“Durante la Guerra Fría los genios eran reclutados para el uso militar, ahora están en el mundo comercial, construyendo modelos matemáticos para bolsas de valores”, puntualiza. “La guerra económica sustituyó a la guerra militar y las empresas privadas sustituyeron a la fuerza del gobierno a través de la competencia económica o en el sector financiero”.

Y lamenta: “Representa un desgaste muy grande de la inteligencia humana”.

El 13 de marzo de 2013, durante una entrevista con la cadena de televisión ABC, el presidente estadunidense Barack Obama acusó al gobierno chino de haber apoyado varios ataques cibernéticos contra empresas e instituciones de ese país.

El pasado 19 de mayo, el gobierno estadunidense inició persecuciones judiciales contra cinco oficiales del ejército chino ubicados en Shangai, por su presunta implicación en ciberataques. Pequín, por su lado, desmintió categóricamente cualquier responsabilidad en los actos de piratería.

“Quizá en la naturaleza del trabajo, los hackers y los criptógrafos son similares. Pero durante la Guerra Fría el trabajo de codificación dependía mucho de la inteligencia, la sabiduría, el esfuerzo y un poco de la suerte”, recuerda Mai Jia y sentencia: “Ahora la capacidad de codificación de un país depende de su superioridad tecnológica”.

Su mayor interés, asevera, recae en descubrir el secreto de la condición humana, la profundidad de los sentimientos en el mundo interior de sus pares.

“No se me hizo tan difícil entender a un genio. A fin y a cabo son personas normales que destacan en unos aspectos en los que tienen una capacidad extraordinaria. Pero en otros terrenos a los mejor son idiotas, incluso inútiles”, comenta.

En El don, Mai Jia explora la delicada línea que separa a la genialidad innata de su personaje de la locura a la cual lo condenan su autismo y su carácter obsesivo. “El genio tiene limitaciones. En general la vida le hace una trampa y su destino se vuelve trágico”.

Muchas veces los extremos se reúnen, explica. “En el caso del genio y del loco también: mire por ejemplo a Dalí o Picasso”, geniales en su arte, locos en su vida.

Explica que debido al tema sensible del libro, El don fue rechazado por 17 editoriales en China. Pero, insiste, no fueron las autoridades quienes prohibieron su difusión: “La censura en China no es tan estricta y cruel como se piensa en Occidente”, subraya.

–Pero, ¿existe la censura? –se le pregunta.

–Sí, pero no conozco precisamente su proceso, ya que no formo parte del gobierno.

–¿Qué forma asume?

–Por ejemplo, entiendo que en Estados Unidos puedes decir, a través de las películas o los libros, que el presidente es malo. Pero en China, tanto por la política como por la idiosincrasia, la propia costumbre cultural, no puedes hacer una ficción tan directa sobre un personaje famoso o un dirigente del país.

Opina que hace 30 años, un libro como El don no hubiera salido al mercado. “Quizá es un ejemplo de que China está cambiando”.

Desequilibrio cultural

“Existe un fenómeno de desequilibrio en el intercambio cultural entre Occidente y China”, dice. “Durante los últimos 200 años el imperio cultural occidental ha sido totalmente superior: en China se han traducido todas las obras importantes de Occidente, pero las obras literarias chinas no encontraron el mismo eco en el mundo”.

Explica que la literatura china tiene amplia tradición y excelentes escritores, pero se le dificulta atravesar las fronteras del imperio del medio.

“Quizá la literatura está demasiado arraigada a una identidad nacional, local y cultural, que requieren del lector que sea experto en la sociedad china”, apunta.

Mai Jia revela que al redactar El don fusionó las tradiciones literarias chinas con técnicas inspiradas de autores occidentales, entre los cuales Borges, por lo que a su editorial en Estados Unidos, Farrar, Straus and Giroux, “le costó creer que un autor chino la escribió”.

La trama de El don toma la forma de una investigación periodística en la cual el protagonista trata de entender quién es el genio Rong Jinzhen. “Es un truco literario”, explica Mai Jia, “para percibir esta persona a través de un cristal, sin nunca poder acercarse a él”.

A pesar de los detalles muy precisos que hacen pensar que la novela es cierta, confiesa: “Un buen escritor debe saber construir una verosimilitud: estás mintiendo, pero la mentira crea una realidad más verosímil que la propia vida”.

Además admite que “hubiera sido demasiado sensible abordar este tema sin que fuera a través de una ficción”.

Después de México, Mai Jia presentó su libro en Argentina y Brasil. Ante su creciente fama mundial, no se atreve a calificarse como embajador de la literatura china. Pero espera que a través de la publicación de sus libros se traducirán más escritores chinos.

“Si bien hace falta una mayor comunicación entre China y el resto del mundo, creo que la literatura es un buen canal, muy accesible”, estima.

Según él, el código más complejo reside en las entrañas del ser humano. A diferencia de la literatura, sostiene, que es un código abierto.

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