Que tu amor me alcance en el camino

sábado, 10 de enero de 2015

MÉXICO, D.F. (Proceso).- Cada mañana llego a tu casa con angustia porque sé que uno de estos días se dará el último encuentro entre nosotros. Es hasta el primer instante en que nos miramos que renuevas mi esperanza, estirándola veinticuatro horas más.

Me esperas ya en tu reposet –sabes que llegaré en cualquier momento– y al aparecer me observas con tus ojos tristes para darme un regalo de bienvenida, siempre el mismo, en igualdad de condiciones para cada uno de tus hijos: una sonrisa dulce. Invariablemente nos besamos, en la frente, las mejillas, las manos. Nuestras caricias juntas responden a la única emoción posible, ternura.

Tu cuerpo, papá, se ha ido haciendo pequeño, delgado, frágil. Ese cuerpo fuerte y sólido, al que protegiste antaño con kilómetros de natación y caminata, ha perdido su tamaño, su tono muscular.

Estoy todos los días en tu casa para cuidar de ti. A veces me llamo Pablo y te hablo con la voz de Regina. En otras, te escucho con la profundidad de Pedro y te acaricio con las manos de María. Te estrecho entre mis brazos para oír de ti mi nombre, Susana, que es también el de mi madre. Así, reímos juntos Adriana, Gabriela y tú. Si te ofrezco mi brazo fuerte, pa, soy Julio y soy yo, Ana, para acompañarte.

Tus nueve hijos nos equivocamos... Fragmento del testimonio que se publica en la edición 1993 de la revista Proceso, ya en circulación

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