Scherer ante el asesinato de Regina

miércoles, 7 de enero de 2015
MEXICO, D.F. (proceso.com.mx).- Desde las escaleras que conducen a la dirección de Proceso, que él ocupó durante 20 años, Julio Scherer García habló a los trabajadores del semanario que nos reunimos en la Redacción, en la planta baja de Fresas 13, indignados y tristes por el asesinato atroz de nuestra compañera Regina Martínez. Con voz cansada pero firme, Scherer García recomendó cautela ante el crimen y sobre todo empeño en el trabajo periodístico: “Sin desafíos, sin alardes; absoluta sencillez. No saquemos de mala manera la furia y el dolor. No exageremos las cosas”. Era la noche del miércoles 1 de mayo de 2012 y nos reunía el agravio por el cobarde asesinato de Regina, nuestra compañera corresponsal en Veracruz, el sábado 28 de abril, en plena temporada electoral y moribundo el infecundo sexenio de Felipe Calderón. Junto a Scherer García estaba el subdirector fundador Vicente Leñero --fallecido hace un mes, el 3 de diciembre--, quien a su vez recomendó afrontar el crimen siendo “mejores periodistas”, y el director, Rafael Rodríguez Castañeda. Scherer García tenía un ojo hinchado. La madrugada de ese primero de mayo había caído de la cama, en medio de una pesadilla, a su regreso de Veracruz, donde se entrevistó con el gobernador priista Javier Duarte, acompañado de Rodríguez Castañeda, el subdirector Salvador Corro, el reportero Jorge Carrasco y el fotógrafo Germán Canseco. Lo que nos dijo esa noche a quienes trabajamos en Proceso, su obra, lo escribió Scherer García en su libro Vivir, su penúltimo libro, en circulación desde octubre de 2012: Sorprendidos, nos encontramos de pronto en el centro de una reunión extraña. La burocracia pesada del gobierno estaba presente. En una mesa ante la cual nos sentaríamos, conté dieciséis sillas, todas ocupadas. La batería de la autoridad hablaría con nosotros. El gobernador nos observó en silencio, vestía sin una arruga su guayabera blanca, igual a la de sus colaboradores. Su actitud me hizo entender que aguardaba a las primeras palabras de los periodistas. Salvador Corro y Jorge Carrasco inquirieron acerca de datos sobre el cadáver de Regina. Duarte de Ochoa los escuchó y tomó la palabra. Su discurso se disolvió en palabras rutinarias, abusivamente aburridas. Habló como los oradores, sin una idea original, igual que los de su clase. La investigación sería exhaustiva, las fuerzas del orden no se darían reposo hasta dar con los criminales. Agregó que Veracruz vivía en el cauce de un río que no alcanzaba la turbulencia. Prevalecía el Estado de derecho. No pude más y le dije al gobernador que no le creíamos, que su discurso estaba de más. Yo pretendía dejar claro que en palabras inequívocas que no siguiera por ahí. Rodríguez Castañeda intervino, rápido, directo. Dio cuenta del hostigamiento del que Proceso era objeto. La revista era confiscada en los números ingratos para el gobierno estatal y a nuestra Regina no se le había tratado de la mejor manera. El gobernador se mantuvo en silencio y dio la palabra a cada uno de sus colaboradores. A Duarte le siguieron los miembros de su gabinete. Uno a uno hablaron de las pesquisas que ya se habían iniciado para capturar a los criminales: ya contaban con datos de la agenda de Regina, ya sabían de algunos vecinos, ya habían recopilado los primeros datos acerca de la zona siniestra del asesinato. Me sentí obligado a intervenir. No se trataba sólo de esclarecer el homicidio—“Regina toca nuestro corazón”, dije--, sino de llegar a las aguas profundas en las que Veracruz se debatía en la zozobra, como el país. De las oficinas del gobierno nos trasladaríamos al hotel Marriot de Jalapa. Ahí reservaríamos una pequeña sala para redactar el comunicado a través del cual divulgaríamos nuestra posición frente al crimen. A la vez, entablaríamos relación con la familia de Regina, a fin de ponernos íntegros a su disposición. El gobernador, por su cuenta, había dispuesto para nosotros cinco recámaras con todos los servicios. Advertimos que no habíamos de utilizar los aposentos, que esa misma noche regresaríamos a la ciudad de México. También dijimos que no tenían las autoridades por qué hacerse cargo del alquiler de nuestra modesta sala de trabajo. La respuesta fue cortés: como fuera, el servicio estaba a nuestra disposición. Más aún, el gobernador había ordenado que un jet ejecutivo nos trasladara en vuelo directo a la ciudad de México. Rehusamos atenciones que no corresponden a nuestro modo de ser. Hablamos con Ángel, uno de los diez hermanos de nuestra compañera Regina Martínez Pérez. Para él y su familia habría todo lo que nosotros pudiéramos proporcionarle. La reunión terminó con un punto de acuerdo: al lado de la procuraduría estatal, Proceso participaría en la investigación del suceso brutal. Lo haría con las armas únicas del periodismo. Después de dieciocho horas, en el vértigo de acontecimientos inesperados, entré a mi casa a las doce de la noche. La excitación me dominaba. En Jalapa, cumplido nuestro trabajo, habríamos concurrido al mejor restaurante y caído en una disparatada alegría. Yo hacía bromas pueriles. El 29 de abril el Cruz Azul había perdido su clasificación para disputar el campeonato de futbol en la liguilla. Entre nosotros había partidarios del equipo cementero y yo repetía un cuento viejo de mi infancia:
Pájaros azules, pájaros bermejos, Mientras más azules, más… azules
En mi casa me acosté, pienso que con fiebre. De pronto me vi en el suelo. Me había caído de la cama y azotado la cara contra el piso de madera. Escuché un crujido. Pensé en un hueso roto. Había sucumbido a una pesadilla. Cuatro sujetos me secuestraban y yo me defendía con las fuerzas completas de mi cuerpo. Pateaba desesperado y desperté en el suelo. Me pesaba la cabeza igual que si fuera ajena a mi cuerpo. La cara acusaba el maltrato. Arriba del ojo izquierdo sentía una hinchazón que crecía. Me tendí boca abajo y esperé para saber de mí. Primero recorrí los nombres de las diez personas que más amo, de Susana a nuestra hija menor, María. Respiré. Pasé la prueba. Después me pregunté por el día: Primero de mayo. Una alegría extraña me conmovió de manera más extraña aún: me ubicaba en el tiempo. Enseguida me interrogué acerca del sitio en que me hallaba: Plateros 76. Me respondí: sabía del tiempo. Faltaba aún el conteo de uno al cien que me había impuesto para saber más del orden de las ideas. De la prueba salía satisfecho. Al parecer, no había motivos para una preocupación desusada. Estaba completo y, al parecer, lúcido. Finalmente me puse de pie. Sentí un mareo intenso que poco a poco se fue desvaneciendo. Fui al baño para mirarme en el espejo. Vi la hinchazón naciente en la cara, una rasgadura, los primeros signos del hematoma. A las diez de la mañana me comuniqué con Rafael Rodríguez Castañeda. Le conté sobre la pesadilla y le pregunté si creía conveniente contar a nuestros compañeros el episodio del que había sido protagonista. Respondió que me esperaba a las ocho de la noche. A esa hora había citado al personal de Proceso para contarles del suceso que nos estremecía.