Homenaje póstumo en la FIL: 'Perder la noticia, para Julio Scherer, era perder la vida”

martes, 1 de diciembre de 2015
¿Quién fue Julio Scherer? ¿Quién sigue siendo Julio Scherer?… Reportero de pensamiento y acción, conocedor y crítico de los hechos; referente, faro, guía, periodista por antonomasia; un cazador de asuntos a quien no le gustaba perder la noticia, pues eso era tanto como “perder la vida”; un hombre que con sus afiladas preguntas –síntesis de una vasta cultura y una agudeza periodística innata– sacó de sus casillas a sus interlocutores… Así fue recordado Julio Scherer García, fundador de Proceso, durante el emotivo homenaje que se le rindió el martes 1 en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. GUADALAJARA, JAL.- El periodismo nacional no puede entenderse sin la figura de Julio Scherer García, sin su mirada crítica y su pluma punzante. Estas y otras reflexiones sobre el fundador de Proceso se vertieron en el homenaje póstumo que le rindió la Universidad de Guadalajara el martes 1 en la Feria Internacional del Libro (FIL) de esta ciudad. En el podio, la escritora Elena Poniatowska; la periodista Carmen Aristegui; Juan Ramón de la Fuente, exrector de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM); el director de este semanario, Rafael Rodríguez Castañeda, y Julio Scherer Ibarra, hijo del periodista, lo recordaron, cada uno desde su óptica. “Suele decirse que Proceso nació para la estridencia; ciertamente no somos moderados, pero el país no está para la crítica prudente a la que muchos se acomodan; la impunidad tomó partido y la zozobra domina la vida cotidiana, los robos y los crímenes por la mañana, los asaltos y los secuestros por la tarde, los asaltos a mano armada por la noche y la corrupción a toda hora”. De esta manera citó Scherer Ibarra lo dicho por su padre hace 10 años, cuando recibió el doctorado honoris causa por parte de la propia Universidad de Guadalajara. Los recuerdos lo llevaron a remarcar la agonía de su madre como un factor determinante en la formación del carácter de su padre. “Mi madre, a quien no puedo dejar de mencionar esta tarde, joven aún, fue víctima del cáncer y conoció desde el diagnóstico inicial la gravedad de su sentencia. No le acobardó esa certeza. Nos dejó sin prisa, con la suavidad de la hoja que cae, viviendo el día a día con intensidad, regalándonos su mejor sonrisa, sufriendo en privado los estragos que la enfermedad dejaba a su cuerpo en agonía. Nunca vi a una mujer más frágil y más fuerte a la vez. “Susana, sólo Susana, siempre Susana, la única mujer posible en la vida de Julio Scherer García. Ella, la mujer detrás de su hombre, contribuyó a forjar el carácter de él y a fraguar con él un destino común que la incluyó en vida, más allá de la muerte. Susana fue sus ojos, sus oídos, sus labios y ocupó el centro mismo del corazón de Julio.” El hijo del fundador de este semanario mencionó también a quien fuera el gran amigo de su padre: “La historia de Julio Scherer tampoco podría explicarse sin Vicente Leñero, el amigo, el confidente, el compañero, ambos dueños de un carácter indómito que los hermanó en las diferencias y en las semejanzas. ‘No lo quiero menos que a mis hijos’, nos decía mi papá con inusitada frecuencia. “Ellos dos, hermanos por decisión compartida, fueron apasionados idealistas en búsqueda obsesiva de la verdad para ponerla al alcance de nosotros. Formaron el binomio perfecto que compone una vida y al momento de la muerte continuaron andando el uno al lado del otro, unidos hasta la eternidad. El tiempo que acompasó sus vidas fue el de dos seres urgidos casi hasta la angustia por la necesidad de escribir y contar, pero también la de vivir para y por los demás. Es ése el gran secreto de su oficio, el más lindo de todos, el de periodista.” Nutrida asistencia La mesa de homenaje a Scherer acaparó la atención de cientos de visitantes de la FIL, muchos de los cuales quedaron fuera del auditorio Juan Rulfo y, molestos, trataron de abrir la puerta a empujones. Fue tal el alboroto que los organizadores tuvieron que hacer entrar a reporteros, fotógrafos y camarógrafos por la misma puerta por la cual entraron los panelistas. Antes de que el panel empezara, el presidente de la FIL, Raúl Padilla López, hizo una breve semblanza de la carrera periodística del periodista: “Surgido de su propio esfuerzo, Julio Scherer se inició como mensajero en el diario Excélsior y poco a poco fue asumiendo mayores responsabilidades y en la década de los cincuenta se convirtió en reportero. Su posición y argumentos críticos desvelaban acontecimientos en cuyas sombras se escondían la corrupción, la discriminación y la mentira, al punto en que numerosas veces su trabajo resultó muy incómodo para el poder en turno”, dijo. Cada panelista lo recordó a su manera, con anécdotas y sucesos de su trayectoria profesional que cimbraron a personajes encumbrados en el poder, como Luis Echeverría y la autonombrada “pareja presidencial”: Vicente Fox y Martha Sahagún. Scherer Ibarra recordó la descripción que hizo su padre acerca de ese par: “‘El futuro pertenece a los dioses, pero es predecible una época dura de la que no podrán librarse el presidente de la República ni su esposa; las promesas incumplidas tienen el ácido sabor del engaño y la descarada deshonestidad en la casa los mancha’. Se refería a Vicente Fox y a Martha Sahagún. Sus palabras son perfectamente actuales si se aplicaran al presidente Enrique Peña Nieto y a su esposa, Angélica Rivera”, comentó. El jefe, el amigo Rafael Rodríguez Castañeda, director de Proceso, describió las singularísimas condiciones en las que evolucionó su amistad con Scherer: “Recuerdo en esta tribuna a mi propio Julio Scherer; al que conocí en su época de director de Excélsior y con el que establecí una relación que fue creciendo como se asciende a una cumbre escabrosa: al borde del abismo, subiendo y bajando hondonadas, deteniéndose para recuperar la respiración, escalando formaciones rocosas, sufriendo el pinchazo de arbustos espinosos, sudoroso el cuerpo por el cansancio y por la emoción, recibiendo los ardientes rayos del sol de las alturas o el golpe brutal del viento helado… Con la certeza de que, ya en la cúspide de la montaña o en la cima de la amistad, los incidentes y accidentes se vuelven anécdotas y, orgulloso de la conquista, uno puede ver con claridad el horizonte. “Esta es una pequeña parte de la esencia de la amistad que nos unió; por supuesto, la historia es mucho más larga que estos pequeños apuntes, pero sin duda es una historia que ocuparía varios tomos.” Recordó que las pláticas con Scherer García eran interminables, y ya retirado el fundador de Proceso de la dirección, nunca dejó de ir a la revista para conversar con los reporteros y hacerle a él entrega de breves textos escritos con “letra de receta médica” en tarjetas o cuartillas blancas con la leyenda “confidencial”. “Era un hombre riguroso y obsesivo”, puntualizó Rodríguez Castañeda, y expuso algunas de las frases lapidarias que llevaban la rúbrica de don Julio: “El verdadero periodismo no pasa por designios del Estado”… “El periodista no es enemigo del Estado. El Estado autoritario lo vuelve su enemigo”. Sobre la esencia periodística de Scherer, apuntó: “Periodista de pensamiento y acción, conocía y criticaba los hechos diarios: el presente estaba en su sangre misma. Y sabía que en el periodismo no hay profetas porque siempre debe estarse a la espera de lo que sucederá mañana; aun así el periodista tiene una responsabilidad con el mañana que equivale a decir la esperanza, como lo demostró con su vida de periodista Julio Scherer García.” Se refirió también al encuentro que, a los 83 años, tuvo Scherer con el narcotraficante Ismael El Mayo Zambada, trabajo que fue portada de Proceso el 4 de abril de 2010 y que provocó que periodistas leales al sistema lanzaran duras críticas: “En el crepúsculo de su vida, Scherer García decidió, una vez más, cruzar la línea que une y separa lo lícito de lo ilícito. Este tránsito es un derecho conferido expresamente al periodista. Según nos contó, atendió el llamado y acudió para internarse en la tierra de nadie y encontrar al Mayo Zambada, personaje señalado como una de las figuras más destacadas de la insurrección del crimen en el país. “En el mes de abril de 2010, Proceso publicó el reportaje. Los creyentes de las garantías legales encomiaron el respeto serio y consistente que el reportero Julio Scherer mostraba para su reserva profesional: la discreción es un derecho frente al Estado y un deber ante la fuente que origina la información. No percibieron nada más. En otros frentes, los reproches vinieron de los agentes gubernamentales y de algunos locutores que solamente pueden leer trabajos ajenos. “Lo que Julio Scherer demostró en este caso es que el periodista es el titular de derechos que encuentran su fundamento en las normas de cultura que reconoce y postula la sociedad como elemento integrante del orden jurídico general, de mayor valor que las garantías surgidas de la voluntad del legislador. “Este derecho le permite al periodista cruzar el plano fronterizo entre el bien y el mal, lo lícito y lo ilícito para buscar y obtener la información del rebelde, del dictador, de los criminales, de los hombres y mujeres sin libertad, sin tomar partido ni fracasar. Solamente los regímenes autoritarios impiden hablar con los cautivos o reprochan que se conozca la versión del perseguido o del delincuente presuntamente peligroso o nocivo. Julio Scherer ejerció ese derecho a plenitud y, para muestra abundante, están sus entrevistas y reportajes en las cárceles de alta seguridad. “Julio Scherer lo dejó en claro: el periodista no es el enemigo del Estado. El Estado autoritario lo vuelve su enemigo.” Y añadió: “La sociedad que se avizora acarreará tiempos difíciles. El periodismo tendrá en consecuencia responsabilidades mayores que le obligarán a abandonar la complacencia, la complicidad y los temores. Esta es la enseñanza de Julio Scherer para el futuro”. Para finalizar, Rodríguez Castañeda se refirió al final de las dos figuras emblemáticas de este semanario: “Dentro de poco más de un mes se cumple un año de la muerte de Julio Scherer García. Y pasado mañana es el primer aniversario de la muerte de Vicente Leñero, su amigo y colega entrañable en Proceso, a cuyo recuerdo pido desde aquí que le brindemos un aplauso.” Autor prolífico Carmen Aristegui, Elena Poniatowska y Juan Ramón de la Fuente recordaron el legado del fundador de Proceso. La autora de La noche de Tlatelolco y Premio Cervantes de Literatura reveló que la entrevista que Scherer siempre quiso hacer fue al expresidente de Sudáfrica Nelson Mandela, pero por distintos motivos nunca lo logró. Describió al periodista como un personaje cuya vida completa tenía que ver con el periodismo: “Aun sin grabadora, porque en 1947 no había grabadoras, una libreta y una pluma fueron sus armas y las blandió como un fusil”. Puntualizó que a Scherer no le gustaba perder la noticia, pues eso “era perder la vida”, y destacó que si bien fue un prolífico escritor de libros (22 en total) tenía una cualidad extraordinaria para hacer preguntas y pedía de sus entrevistados “las confesiones de un moribundo”, porque llegó a la conclusión de que todos mentían. “Quería que le dijeran lo que no nos decimos ni a nosotros mismos”. En ello coincidió Aristegui, quien recordó la entrevista a Fidel Castro poco después de que triunfara la Revolución Cubana. Scherer le preguntó si convocaría a elecciones, y como respuesta su interlocutor sólo sonrió… Poniatowska dijo que en un libro póstumo del periodista –Entrevistas para la historia, el cual se presentará este domingo 6 en la FIL– están las pinceladas de su ingenio como entrevistador. Se trata de un volumen que incluye 20 conversaciones con personajes como el Subcomandante Marcos, Fidel Castro, Augusto Pinochet, Pablo Neruda, Bibi Andersson y El Mayo Zambada. “Preciso, intenso, directo, Julio le caía encima como un águila a su interlocutor y no lo soltaba. Taladro o bisturí, nadie lo podía acusar de no reflejar con exactitud el contenido y espíritu de las respuestas que los entrevistados daban a su preguntas”, refirió la escritora. Galardonada con el doctorado honoris causa por la Universidad de Guadalajara el mismo día del homenaje –reconocimiento que también se entregó a De la Fuente y al propio don Julio– la autora de Hasta no verte Jesús mío indicó que Scherer vivió cada instante de su vida dentro del periodismo y para la noticia: “Nada lo distrajo nunca. Cualquier indicio podía ser noticia. La más inocua de las palabras, una pista, nada se le podía ir, y le era imposible dejar de cazar noticias, como lo haría una jauría detrás del zorro o del conejo.” Para el fundador de Proceso “todas las circunstancias de su vida tenían que ver con el periodismo”, y dentro de él no existía un solo rincón libre para algo que no fuera noticia. De la Fuente leyó un fragmento del libro de su autoría A quién le importa el futuro –que presentó el miércoles 2 en la FIL–, en el cual le dedica un capítulo a Scherer García como una de las personas que más influyó en su vida. “La independencia y autonomía de don Julio –dijo el exrector de la UNAM– no sólo fueron formas de realización individual, sino también un marco de resistencia al clientelismo, tan frecuente en nuestro país. “Scherer no concebía al periodismo sin la crítica, ni a la crítica sin la investigación rigurosa que le diera sustento.” Una anécdota: durante el rectorado de Juan Ramón de la Fuente, e incluso tiempo después de que concluyera su mandato, solían reunirse para comer él mismo, Ignacio Solares, Scherer y Gabriel García Márquez en el piso 11 de la Torre de Rectoría. “Una comida de altura, decía el Nobel colombiano”. Ahí, quien fuera director de Excélsior indagaba sobre los trabajos literarios de sus amigos o sobre la relación del académico con el entonces presidente Vicente Fox: “¿Cuando lo ve, lo hace como psicólogo o como rector?”, le preguntaba. El exrector subrayó que el rigor marcó las investigaciones del periodista y por tal precisión resultó incómodo a muchos de sus entrevistados, “irritó a otros y sacó de sus casillas a varios que yo conozco”, expresó, al grado de que sus críticas reflejaban la intolerancia de sus destinatarios, y “mientras más intolerantes, más demente, y más intensa era la reacción”. Recordó que alguna vez le mencionó a Scherer que bien podía ser investigador titular C en la UNAM, “pero nunca le interesó la academia”. Tampoco era afecto a los premios o condecoraciones. Dijo que el Premio Nacional de Periodismo lo aceptó a regañadientes, sólo hasta que la organización de esa condecoración logró ciudadanizarse. “La muerte de Don Julio deja un enorme vacío, no sólo en el periodismo nacional sino en la conciencia social de México, y para quienes tuvimos la oportunidad de convivir con él en alguna época de nuestras vidas, también nos deja un sentimiento de nostalgia, pero al mismo tiempo de fortaleza y de gratitud.” Al final del evento, Aristegui expresó su beneplácito por el homenaje y reveló que Scherer fue para ella “el referente, el faro, el guía, el deber ser”, y lo describió como el “periodista por antonomasia”. “La de Scherer es una figura emblemática, magnífica, al punto de convertirse en la leyenda que seguramente nunca hubiera querido ser”, indicó. Después recordó a Leñero y al periodista Miguel Ángel Granados Chapa –fallecido hace cuatro años–, cuyas ausencias, comentó, dejaron un “vacío que se siente, que se palpa, que se corta con cuchillo”. Aristegui dijo que la historia de Scherer está ineludiblemente asociada al golpe de censura de Luis Echeverría al diario Excélsior y a todo el equipo de reporteros que salió de ese medio “con la frente en alto” para continuar la batalla en el semanario Proceso. Añadió: “Arrancó Julio, a cada uno de sus personajes, pedazos de su historia. Describió detalles que podían parecer nimios y con las gratas revelaciones, con destreza, con inteligencia, con pasión por su oficio, Scherer fue bordeando todos los caminos. Siempre. Nunca paró. Aun cuando dejó la dirección de Proceso, su actividad y su garra por escribir lo llevaron a hacer varios libros. Fue a las cárceles, buscó a delincuentes, a niños sicarios. Escribió sobre los Fox, sobre Calderón, sobre el imperio de los Salinas”.

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