Alma Delia Fuentes, en el abandono

sábado, 26 de diciembre de 2015
Cuando contaba con 14 años, la actriz Alma Delia Fuentes fue elegida por Luis Buñuel para interpretar a la joven Meche en Los olvidados (1950), que la consagró. Retirada del cine desde 1970, su vida es un enigma. Ahora, la actriz de 78 años rompe el silencio y abre los rincones de la que fuera su elegante mansión en Naucalpan, hoy en ruinas, donde vive recluida en el garaje, entre la inmundicia. MÉXICO, DF (Proceso).- La piel de nube, los ojos de musgo cristalino y la trágica condición de abandono siguen intactos. El destino de Meche, la inquietante muchacha de la cinta Los olvidados, persigue con ominosa tenacidad a su intérprete, la actriz Alma Delia Fuentes, a más de seis décadas de distancia de su polémica irrupción en la memoria de la cinematografía universal. Su indigencia, que evoca a Meche en un dejo de irónica fatalidad, devuelve al presente la sabiduría profética de Octavio Paz, expuesta en Cannes, en abril de 1951, cuando promovió con ahínco entre el jurado y la intelectualidad europea la película de Luis Buñuel, al señalar que los personajes nos hablan de “un mundo cerrado sobre sí mismo, donde todos los actos son circulares y todos los pasos nos hacen volver a nuestro punto de partida. Nadie puede salir de allí, ni de sí mismo, sino por la calle larga de la muerte. El azar que en otros mundos abre puertas, aquí las cierra”. En este laberinto de profecías y espejos que se entreabren en el tiempo, Meche y el resto de los personajes buñuelianos dibujan una realidad tan atroz que termina por parecer temible, insoportable. Exactamente igual a la fatalidad y el horror que se ciñen sobre Alma Delia Susana Fuentes González, la última “olvidada”. Excepto que, como planteó Octavio Paz a propósito de la exhibición de la cinta en Cannes –donde obtuvo la Palma de Oro–: “Sin la complicidad humana, el azar y el destino no se cumplen y la tragedia resulta imposible”. En el caso de la actriz, la colaboración de otros y el infortunio propio se han ido entretejiendo con dolorosa causticidad. Alma Delia está sentada sobre una silla blanca, de plástico, cubierta de polvo y manchones pegajosos, a medio desvencijar. Toma a sorbitos un café y trata de comer el pequeño bocadillo que unos vecinos le han convidado. Sin dentadura, el proceso se dificulta, se eterniza… pero ella no se queja, lo agradece. Es el mes de noviembre. Son las 11:30 de la mañana y es su primer alimento, quizá el único que pruebe en todo el día. Por un instante, la vivacidad de su mirada revive la sensual, espontánea e inocente imagen de Meche, arrellanada sobre las piernas de don Carmelo (Miguel Inclán), el ciego libidinoso de la picaresca buñueliana. La escena, sin embargo, es distinta, aunque también cobra tintes de surrealismo. Mientras que Romina, su inseparable perra raza Pug y sus dos pequeños y cautelosos gatos, se afanan por obtener una pequeña ración de alimento, Alma Delia viaja al año 1951. Está ataviada con ropa sucia. Las zapatillas rotas, las mallas roídas parecen incrustadas en sus piernas. Bajo su asiento hay un churrete de excremento animal sobre el que se arremolina un grupo de moscas que acompaña su charla, su travesía por la Riviera francesa. Ensimismada, recuerda los llamados a maquillaje a las cinco de la mañana. Añora el rigor, la disciplina y el cuidado del genio aragonés sobre cada uno de sus personajes. “Disfruté mucho trabajar con él”, comenta al recordar el rodaje. Toma un sorbo más de café, por su piel de aguanieve ya no ruedan aquellas gotas lácteas de burra con las que se bañaba Meche. Alma Delia cruza la pierna izquierda de la que ahora escurre un líquido ambarino, y se transporta a la Costa Azul de Francia, donde pudo ver la película por vez primera. “Buñuel ha sido el mejor director con el que colaboré en mi carrera, y Los olvidados mi película más emblemática”, enfatiza al terminar su bocadillo, compartido con perra y gatos. Es la única actriz sobreviviente del filme. Cuando lo rodó tenía sólo 14 años y por él obtuvo su primera nominación al Ariel en la categoría de Mejor actuación infantil.

Luis Buñuel, Los olvidados, México, 1950 from Exilio Regreso on Vimeo.

Da el último trago a su bebida y la crudeza del entorno la devuelve de un latigazo a la realidad. El arrabal en el que se avecindó Meche hace 64 años, está incrustado dentro de la casa que hoy habita Alma Delia, en una exclusiva zona residencial del municipio de Naucalpan, en el Estado de México. Dentro de su propio hogar, la actriz ganadora de un Ariel por la película Historia de un corazón, de Julio Bracho, vive en medio de una lacerante soledad, en calidad de indigente y carcomida por la inmundicia. La fachada de la vivienda convive en aparente armonía con su entorno. A distancia, no desentona, pasa desapercibida, hasta que uno se acerca a la puerta de entrada. Entonces, los olores entremezclados a orines, excremento, humedad, ruina y abandono desolador, golpean brutalmente y nublan la visión. La bella Alma Delia Susana Fuentes González se casó a los 17 años con Julio Azcárraga, primo de Emilio Azcárraga Milmo. De ese matrimonio nacieron los cuatro hijos que procreó: Alma Delia, Ana Rosa, Bertha Eugenia y Julio Azcárraga Fuentes. El actor Rafael Armel Marcelo Luis Etienne Mazoyer, conocido en el medio artístico como Rafael del Río, fue su segundo y fugaz marido. La mujer que inició en la infancia una meteórica carrera dedicada a la actuación, se retiró de las pantallas cinematográficas y televisivas en 1970, a los 33 años, dejando tras de sí varias telenovelas, más de 50 películas, una estela de estrellas con las que compartió créditos, entre ellas Fernando Soler, Mario Moreno Cantinflas, Emilio Tuero, Miroslava y un largo y muy afortunado trayecto, según sus propias palabras, que comenzó a los cinco años en la compañía infantil Teatro de Bellas Artes. [gallery type="rectangular" ids="424371"] A partir de su retiro, la vida de la actriz se convirtió en un enigma. Dedicada a la crianza y educación de sus hijos, Alma Delia recuerda haber fundado una academia de baile que administró durante varios años al lado de una de sus hermanas. La intérprete de otras cintas como Las tres perfectas casadas, Allá en el rancho grande en su segunda versión, La mujer sin lágrimas y La loca, guarda silencio sobre el camino que la condujo hasta la devastación. Algunos vecinos aseguran que Arsenio Farell Cubillas, hombre del sistema durante varios sexenios priístas, fue su última pareja. Nada de ello confirma la actriz. Hoy está recluida en el garaje de lo que alguna vez fue su elegante residencia de cinco habitaciones, alberca techada, gran jardín y un despacho en el que solía encerrarse a estudiar los guiones de sus películas. De la vivienda construida en desniveles, aprovechando el declive del terreno, no quedan más que ruinas. El tiempo implacable y la aplastante soledad han arrasado todo a su paso. Quedan en pie, como en un guiño surrealista, unas cortinas con motivos infantiles, periódicos enmarcados con ilustraciones de los personajes mortuorios de José Guadalupe Posadas, alguna mesa, un par de cuadros. El resto de lo que fue su hogar yace carcomido por la humedad, las polillas, la podredumbre. Plantas silvestres y enormes telarañas se instalaron en su jardín; de su alberca con techo derruido, se apoderaron aguas negras y pestilentes; de sus alfombras, armarios y muebles, se han ocupado hongos, moho e insectos. Los rastros de cajas apiladas en las habitaciones, repletas de objetos putrefactos, parecieran dar cuenta de que a Alma Delia, en un afán frenético por rescatar parte de su historia sepultada en la ruina, le ganó el tiempo. La casa se la fue devorando, ella tuvo que emerger hacia la superficie, y optó por refugiarse en la parte más alta de la vivienda, el garaje. Al cerrar la puerta de su hogar, se llevó intacto el recuerdo de los días de esplendor de su hogar, aunque con frecuencia evoca escenas muy dolorosas ahí mismo. Alma Delia duerme hoy en la habitación que alguna vez fue de su chofer. Pilas de basura, ropa sucia, alguna manta, fotografías de familia, restos de comida para mascotas y recuerdos agolpados se esparcen sobre su colchón, forrado con plástico y costales vacíos que intentan repeler orines y brindarle calor en las frías noches de otoño e invierno. A unos metros, sobre el cofre de un auto Caprice de los años ochenta, que descansa inmóvil, cubierto por capas infinitas de polvo, la escena se repite: bolsas viejas rellenas de comida caduca, alimento para perros, platos de cartón, montones de desperdicios. Es una suerte de mesa, alacena y armario. [gallery type="rectangular" ids="424369"] Una pequeña puerta aledaña conduce a un estrecho baño, inservible, sucio, sepultado por trozos del plafón del techo que a diario se derrumba. Al lado, en otra habitación fétida y desaseada, se encuentra su refrigerador, muchas veces vacío. A un costado, una larga escalera que conduce al área de servicio, la menos destruida de la vivienda, aunque igual de sucia y descuidada. Ahí sorprende una nueva representación buñueliana… el sonido de un viejo radio que acompaña a un solitario perico que repite una y otra vez, desde su jaula, “burro”, “burro”. Se llama Güero, y no está disecado –como afirma un vigilante de la colonia–, y sorprendentemente su dueña, quien ya se desplaza con dificultad, se encarga diariamente de alimentarlo, de tapar su jaula para atajar el frío, asegura, de sacarlo al sol. Alma Delia, la hija mayor, y su esposo, son, al parecer, los únicos familiares que visitan a la actriz con esporádica asiduidad, le llevan alimento y algunos enseres y quienes se encargan, de vez en vez, de aliñar el exterior de la vivienda, donde todo parece normal, aunque en el interior la catástrofe sigue intacta. También son quienes se toparon semanas atrás con un vecino que, junto con otros más, acudió en su auxilio ante el hecho fortuito de que su casa se quedó sin luz y al salir a la calle a pedir ayuda la encontró. El descubrimiento de la condición de abandono en la que vive Alma Delia Fuentes ha originado solidaridad de personas que habitan en su colonia y otras zonas cercanas. Tiene nuevos aliados. El hecho no entusiasma a los familiares. La advertencia lanzada por el yerno a uno de los vecinos alcanza al resto: Meterse a la casa puede acarrear consecuencias legales. Se le puede llevar de comer, pero no pretender asear el entorno, adoptar medidas de higiene, atender sus carencias. Aun así, un par de reportes fueron enviados a las oficinas federales de Atención Ciudadana de la Secretaría de Desarrollo Social, que a su vez canalizó el asunto al Instituto Nacional para la Atención de Adultos Mayores (Inapam). Un correo más fue dirigido al sindicato de actores, la ANDA, sin que haya generado, hasta ahora, alguna respuesta. Los familiares justifican las ausencias prolongadas, el refrigerador vacío, todo… Dicen hacer lo que pueden y vuelven la mirada hacia Julio Azcárraga, el hijo que, aseguran, ha despojado a Alma Delia de dos viviendas, una de ellas en Acapulco. Desde aquel encuentro, las visitas familiares se han espaciado más. Pese a ello, Alma Delia repite hasta el hartazgo que ella tiene muy buenos hijos. Especialmente las tres mujeres, que jamás le han dado problemas, y que tiene un titipuchal de nietos que la adoran. [gallery type="rectangular" ids="424370"] La actriz, de maneras finas, de trato suave, parece estar convencida también de que abajo su casa se mantiene intacta. Educada, generosa, ofrece una habitación a quien lo necesite. Ha decidido cerrar los ojos al horror que la rodea. Alma Delia que se erige día a día con gran dignidad, a pesar de su circunstancia, tiene 78 años, pero parece mucho mayor. Se ve frágil, camina encorvada, se apoya en un bastón –como si fuera una geisha da pasos cortos– y se desplaza lentamente, arrastrando los pies. Sin embargo, es una mujer de una fortaleza apabullante. Diariamente riega sus plantas, alimenta a sus animales, sobrevive sola en medio de tal desolación y miseria. Dice que invita a los animales a su cuarto y habla con ellos, porque, a veces, la soledad, la abruma. A todo mundo que la escucha, le espeta decenas de veces que “mientras más conozco a las personas, más quiero a mis animales”. Alude entonces a una etapa en que, afirma, hubo personas que la hicieron sufrir mucho, pero el hermetismo sobre quién la dañó, por qué abandonó su ascendente carrera en cine y televisión, cómo fue que la devastación más absoluta alcanzó su vida y su casa, y por qué subsiste en el aislamiento y el olvido, es un asunto infranqueable. Alma Delia Fuentes necesita ayuda, pero tiene muy claro que no pretende abandonar el espacio inmundo en el que ahora habita confinada. Como a la Meche de Buñuel, a ella la han abandonado. Ella no hará lo mismo ni con sus animales ni con sus plantas, particularmente con un helecho que, afirma, es el espíritu de Eduviges González, su madre a la que evoca con adoración, como a Carlos Fuentes, su padre, todos los días de su vida. Su casa en ruinas, los recuerdos y sus películas forman parte del bagaje del que la exactriz no quiere desprenderse. Se ha convertido en la guardiana de su espacio, su memoria, su destino y el azar que invariablemente la remiten a su cinta emblemática, Los olvidados.

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