La noche en que ganó dos premios y se oyó gritar: ¡eso es una injusticia!

viernes, 4 de diciembre de 2015
MÉXICO, DF (apro).- Mientras buscaba en la Ese (Sainz, Seligson, Serna, Solares…) respingó del estante y cayó de canto un librito de Rubén Salazar Mallén publicado en 1937: Soledad. Lo levanté. Lo abrí. Me fui con los recuerdos hasta 1958. No terminaba aún mis estudios cuando una tarde me encontré en el vestíbulo del Palacio de Minería un gran cartel pegado en el muro: el Frente Estudiantil Universitario convocaba a un concurso de cuento a estudiantes latinoamericanos. Ofrecían tres premios con cantidades nada despreciables en ese entonces: 2 mil 500 pesos para el primer lugar, mil 500 para el segundo y 500 para el tercero. El jurado era de lujo: Juan Rulfo, Juan José Arreola, Guadalupe Dueñas y Henrique González Casanova. Decidí aventurarme y escribí dos cuentecillos en dos máquinas diferentes, para despistar: la Remington familiar de teclas como corcholatas y mi Smith Corona portátil de letra chiquitita. A uno de los textos lo suscribí con el seudónimo de Gregorio –con el que escribía mis artículos en un periódico del Cristóbal Colón– y al otro con el de Argudín. Se retardaron dos semanas para dar el veredicto y un sábado me telefonearon con urgencia. Debía presentarme esa misma tardenoche en la Sala Manuel M. Ponce de Bellas Artes porque yo era uno de los premiados. ¡Yupiii! Llegué un poco tarde. El rector Nabor Carrillo presidía la sencilla ceremonia en la que no estaban presentes Rulfo ni Arreola. Para mi sorpresa –que aún me emociona porque yo iba para ingeniero, no para escritor– había ganado el primero y también el segundo lugar. Así lo informaba Henrique González Casanova por el micrófono: que al abrir los sobres sellados de los favorecidos –decía– los seudónimos de Gregorio y Argudín pertenecían a la misma persona. El jurado decidió entonces –seguía diciendo don Henrique– que a mí me dieran únicamente el dinero del primer lugar; el del segundo sería para el tercero, Julio González Tejeda, que estudiaba filosofía y psicología en la UNAM, y el del tercero para una mención honorífica otorgada a Martín Reyes Vayssade,­ quien luego de participar en el Partido Comunista y en el espartaquismo llegaría a ser subsecretario de Cultura de la Secretaría de Educación. –¡Eso es una injusticia! –Se oyó gritar al fondo de la sala Ponce a una voz tronante, aguardentosa, que siguió protestando–, ¡injusticia!, ¡injusticia! –porque me habían despojado de una lana merecida. González Casanova no le hizo caso. Continuó hablando de la cultura en la UNAM, de los escritores jóvenes tan promisorios, de la gran labor del rector Carrillo. Después de recibir cheques y diplomas, cuando todos salíamos ya del recinto, el de la voz aguardentosa me detuvo del brazo. Traía tragos, evidentemente. Era Rubén Salazar Mallén, de quien nada sabía hasta el momento, y estaba acompañado del poeta Jesús Arellano. –Han cometido con usted una cabronada –me dijo. –Bueno, para mí… –Pero yo la remiendo ahora mismo –agregó mientras me tendía un cheque recién elaborado por los mil 500 pesos que desvió “el pinche Jenrique –así le decía– pasándose por los güevos las bases de la convocatoria”. Traté de rechazar el cheque porque me parecía excesiva su generosidad, pero él me lo encajó en el bolsillo superior del saco. Luego me invitó a celebrar mi triunfo con unos tragos. –¿A dónde lo llevamos, Chucho? –Aquí a La Ópera –respondió Jesús Arellano. Aplacé la celebración porque iba a ir con mi novia Estela al baile anual de Ingeniería. Para otro día –dije–: para los muchos cafés que nos tomamos a partir de entonces en su tertulia del Palermo donde conocí a Efraín Huerta, el poeta de Los hombres del alba; a Chucho Arellano, apestado por los alfonsorreyistas; a Juan Rulfo, contando cómo los boqueteros del Fondo de Cultura se robaban libros de las bodegas y los vendían a escondidas en El Monte de Piedad. Muchas historias compartí con Salazar Mallén, muchos viajes hice en el carro-tanque negro que manejaba a pesar de su cojera y de los tragos. Mucho aprendí de su intransigencia. Mucho le agradecí siempre el haberme conducido por las estepas de la literatura infestadas de lobos y coyotes.

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