Para Julio Scherer, libertad y felicidad eran sinónimos*

lunes, 23 de febrero de 2015
MÉXICO, D.F., (proceso.com.mx).- Agradezco su presencia en este evento que tiene una sola finalidad: unirnos en el recuerdo a un hombre que asumió el oficio periodístico como la pasión de su vida. Una persona excepcional que, muy a su pesar, se hizo notar dondequiera que se encontraba; que hablaba y miraba con la intensidad de quien posee autoridad moral y que, dueño absoluto de su vocación de reportero, honraría a su profesión y a su patria con los mejores atributos de un hombre cabal. Luego de años difíciles en la doble tarea de labrarse una personalidad y un destino, Julio Scherer García es digno representante del periodismo crítico. Don Julio Scherer forma parte de un grupo de hombres que vivieron prendidos del cambio de los días para conocer, narrar, explicar y enjuiciar, a fin de incorporar cada suceso, al diario patrimonio de la colectividad a la que se deben. Para él y sus compañeros de trabajo, el periodismo es y seguirá siendo, responsabilidad hacia los lectores. La permanencia de Proceso, el semanario de sus amores, su segunda casa, se explica en el rechazo a intereses creados, prebendas, improvisaciones o autoengaños. Semana tras semana, su revista, nuestra revista, parte del rigor y el compromiso de quienes la han forjado y mantienen vigente, indispensable, única. Ahora, más que nunca, Proceso lleva en cada una de las siete letras que forman su nombre, el espíritu de su fundador, Julio Scherer. Decía él que quien informa sabe que el minuto devora al minuto y el segundo al segundo. Que de tan veloces, los acontecimientos se atropellan y anudan, como las ramas, hojas y flores de todos los climas, de todos los mundos y apenas dejan una rendija para la reflexión, tan sencilla y tan ardua que no va más allá de estas palabras: pensar es verificarse en los demás, salir de uno para comprender y hacerse comprender de los otros. Ser periodista y tener el poder que la información presupone, significa, vivir enredado en una doble realidad, decía: la realidad del mundo ancho y ajeno y la del mundo estrecho y propio. Escribió pues, como hombre informado y deseoso de compartir esa información desde su circunstancia, desde su realidad, de la única que podía y debía partir siempre, incluso cuando asomaba a las cuestiones más generales. Sólo desde ahí se sentía autorizado, que es lo mismo que ser veraz. Sólo desde el cercado que habitó y lo habitó se explicó ante nosotros, sus lectores. La información parece ser a menudo un alto privilegio. Y ahí es donde estriba su fuerza porque se ejercita para los demás de modo tal que quien la da, corre el riesgo de acabar, en mucho, desposeído de sí mismo. Puede diluirnos, explicaba, hacernos desaparecer hasta convertirse, para el otro, en pura noticia, un aviso, una llamada de atención, un dato complementario, un panorama solamente y esto, rigurosamente, por voluntad propia. La noticia es privilegiada, asimismo, porque esa entrega se lleva a cabo en la medida en que se contempla a seres pensantes, ávidos de saber y por ellos se esfuerza. La información es, por esta razón, motor de acción en todas partes, al grado que, el ir y venir de las ideas que recoge y lanza por caminos y veredas, acabó por ser el único patrimonio de don Julio Scherer García. No estoy aquí para hablarles de los méritos innegables de mi padre, periodista y escritor, sino para compartir con ustedes someros trazos de su ideología y algunas enseñanzas de vida, que como su hijo, recibí a lo largo de nuestro tiempo juntos. Para mi padre, libertad y felicidad eran palabras sinónimas. Consideró a la vida como el bien supremo. Para él, mantenerse fiel al lenguaje prohibido por los medios adversos a la libertad de expresión era una consigna. Escribir significaba en su código, mantener el equilibrio entre los vivos y todos los muertos que llevamos dentro. Es así y sólo así, como se garantiza la permanencia en el recuerdo. Mi padre supo ser más fuerte que la adversidad que lo acompañó a lo largo de sus 88 luminosos años de vida. Triunfó sobre sí mismo, se hizo amar y respetar por quienes en realidad lo conocieron. Rasgó el presente y penetró el futuro. Bendito de la tierra, vivió la vida que quiso y alargó su existencia más allá del límite de su tiempo riguroso. Una vida así, la vida de todo privilegiado, sólo se concibe a partir de un desafío permanente, la existencia vivida como lucha y aventura. Julio Scherer García disfrutó y sufrió cada uno de sus textos, nunca estuvo satisfecho con una cuartilla. Para él no había profesión más ardua que la simple y llana de la hombría. Hoy se conocen la hora exacta, el día, el año de su nacimiento y de su muerte. Nada habrá de saberse acerca de su suerte en el infinito. Pero puedo asegurarles que vive en sus hijos, en sus amigos, en sus compañeros y se prolongará en los discípulos de sus discípulos. Y es ésta, en verdad, la única forma de inmortalidad posible. Su ejemplo y sus palabras me confortan y fortalecen. Proceden de un hombre que vivió de acuerdo a los valores más altos: la congruencia, la certeza de sus convicciones, la mirada obsesionada en los que nada poseen y esa misma mirada clavada en quienes llevan a nuestro México al despeñadero. Con el transcurrir de los días, voy sabiendo más de su condición humana excepcional. Lo extraño muchísimo, se los confieso, pero me he impuesto, al igual que mis hermanos, hacer de su ausencia, presencia en nuestras vidas. Para eso, creo, son también los encuentros como en el que esta noche participo conmovido y agradecido. *Palabras de Julio Scherer Ibarra durante el homenaje “Julio Scherer García, escritor”, organizado por la editorial Grijalbo en el marco de la Feria Internacional del Libro de Minería, el domingo 22.

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