Dana Rotberg y "Mentiras blancas", filmada en Nueva Zelanda

La cineasta mexicana Dana Rotberg habla acerca de su nueva película Mentiras blancas, rodada en Nueva Zelanda (país en el que ha residido los últimos 10 años), donde el proyecto fílmico fue un éxito taquillero en 2013, candidata al Oscar el año pasado y ahora se incluye en la Muestra de la Cineteca. Es una adaptación a la novela Medicine Woman, de Witi Ihimaera, retrato de la cultura maorí –grupo étnico guerrero, feroz y orgulloso– y su convivencia con los blancos de esa nación. MÉXICO, D.F. (Proceso).- Mentiras blancas (White lies) se intitula el filme de la cineasta Dana Rotberg, cinta aspirante por Nueva Zelanda al premio Oscar 2014 y que forma parte de la 58 Muestra Internacional de Cine de la Cineteca Nacional, iniciada el 27 de marzo y que finaliza el domingo 12 de abril. Desde el viernes 3, la cinta también recorre todas las salas del Distrito Federal y área metropolitana: Cinépolis, Cinemex, FES Aragón y Acatlán, Cinemanía Loreto, Casa del Cine, IPN Medicina y Zacatenco, Cinematógrafo del Chopo, CCU Tlatelolco y Centro Cultural Carranza, para luego proyectarse algunas ciudades más del país. Hablada en inglés y principalmente en maorí, la cinta refleja las costumbres sociales, el choque de culturas, la identidad, el colonialismo, el racismo, las clases sociales y la potencia femenina de ser madre. El relato se sitúa a comienzos del siglo XX en un pequeño pueblo de Nueva Zelanda. Allí, Paraiti (Whirimako Black) trata de una curandera y partera maorí (quien a pesar de que sus leyes se lo prohíben atiende a muchas mujeres, incluso a las pakeha o blancas). Ella busca un ama de llaves, otra mujer maorí, Maraea (Rachel House), para que atienda urgentemente a su patrona, Rebecca (Antonia Prebble), la consentida esposa de un adinerado hombre de negocios, con el fin de que la ayude a abortar pues su embarazo es producto de su infidelidad. La realizadora cuenta a Proceso que Mentiras blancas está basada en la novela Medicine Woman (Curandera) del escritor maorí Witi Ihimaera (Gisborne, 1944). Dana Rotberg realizó el guión: “Es una adaptación muy libre. Me fui a Nueva Zelanda con mi hija Rina cuando contaba con ocho años, sin ningún deseo ni proyecto de realizar cine. Me apetecía dedicarme de lleno a mi hija. El cine y la maternidad a veces se conflictúan. Me fui a esa nación para ofrecerle a mi niña paz, ya que veníamos de Sarajevo, y México ya se tornaba muy violento. El caso es que el productor John Barnett supo que yo vivía en Nueva Zelanda, ya llevaba allí cinco o seis años, y me buscó. Me ofreció un largometraje. “Le dije que no tenía intención de filmar porque estaba criando a mi hija, pero que si él estaba dispuesto a esperar hasta que mi hija estuviera lo suficientemente sólida y yo encontraba una historia que verdaderamente me rompiera el alma, entonces podríamos revisar la propuesta. Él dijo que me esperaba el tiempo que quisiera. Encontré esta historia y me conmovió.” Matiza que el principio de la novela tiene que ver con la identidad, “un asunto que me interesa mucho”. Así que le comunicó a Barnett que esa historia de Ihimaera le interesaba y el productor compró los derechos. “Cuando leí por primera vez Medicine Woman, me topé con una pieza perfecta de narrativa, poseedora de una estructura balanceada que contenía complejidad, drama humano y un delicado sentido del humor. La historia no me dejaba ni un momento, me visitaba intzempestivamente mientras manejaba, cocinaba o dormía. El relato de Ihimaera me hablaba desde lugares distintos. Era un llamado desde el corazón de mis orígenes para buscar respuestas, siendo yo misma una mujer mestiza, una madre y una descendiente de inmigrantes y personas cuyos pueblos fueron brutalmente colonizados; un mensaje proveniente de cada gota de sangre mexicana, judía, católica, polaca, indígena, italiana y rusa que corre por mis venas”, redondea la realizadora. Proyecto comunitario Por Mentirás blancas, Rotberg (nacida el 11 de agosto de 1960 en la Ciudad de México) recibió el reconocimiento de Inmigrante Distinguida que otorga el gobierno de Nueva Zelanda. Cursó estudios latinoamericanos –hasta el cuarto semestre– en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Luego ingresó al Centro de Capacitación Cinematográfica. Con Ana Díez Díaz codirigió el corto documental Elvira Luz Cruz, pena máxima. Con su largometraje de ficción Ángel de fuego abrió la prestigiosa Quincena de los Realizadores del Festival de Cannes de 1992. Otilia Ruada fue el último filme que dirigió en México. La palabra maorí quiere decir local u original. Según historiadores, con esos nativos de Nueva Zelanda no hubo colonización pasiva, ya que se defendían de cualquier invasor con mucha resistencia y sangrientas batallas, que muchas veces llevaron al enemigo a huir o negociar. Rotberg rueda en el territorio de los tuhoe (por cierto la única tribu maorí que todavía rechaza la soberanía del gobierno, 167 años después que los británicos colonizaron las islas), justo en el centro de la isla norte de Nueva Zelanda: “Es una tribu muy aguerrida, muy independiente. La única tribu que no firmó el convenio de sometimiento a la colonia inglesa. Esta población cuenta con una integridad y una dignidad espectaculares, con un celo profundo a sus tradiciones y un resguardo muy férreo de lo que es toda su cosmogonía. Ha sido un pueblo que ha resguardado y preservado su identidad, lenguaje y tradiciones de una manera extraordinaria. También han sido muy agredidos por el Estado inglés. Los tuhoe siempre han resistido con una enorme dignidad e integridad extraordinaria, y con un espíritu guerrero que a uno lo inspira. A mí me conmovieron profundamente.” –Cuando repasó la novela, ¿qué pasó? –Leo la historia y me doy cuenta de mi profunda ignorancia de la cultura maorí, la cual es muy compleja y muy profunda. Entonces me dediqué dos años exclusivamente a leer absolutamente todo lo publicado e investigué lo que pude. Primero fue trabajo de escritorio. Después me fui a perder a la sierra con los tuhoe y les pedí su permiso y sus bendiciones. Me fui sola con ellos. Tuve la fortuna de que una familia muy honorable y muy hermosa me recibiera, fueron mis padrinos, mis hermanos, y me guiaron, me abrieron las puertas, me presentaron a la comunidad y me asesoraron día con día a través de los siguientes tres años. Una vez que elaboró el guión, lo trabajó con la comunidad, “palabra por palabra, escena por escena, y se tradujo al maorí, esa es básicamente la génesis de la historia”. El guión se sometió al consejo de ancianos, lo leyeron, lo cuestionaron y lo ree­laboraron ellos mismos (“yo recibí todos sus cambios con gusto, sabía que era una película a través de la cual yo intentaba dentro de lo posible pasarles el micrófono, y afortunadamente se me abrió la puerta a un territorio muy sagrado, único, y el largometraje se hizo con la comunidad”). El productor estuvo “todo el tiempo atrás”, explica; “pero quien llevó el asunto delante de sus manos fui yo. Él me dijo: ‘Vete y tú te arreglas’, y eso fue lo que hice. Me fui y lo realicé a mi modo. Cuando todos los permisos sagrados fueron obtenidos, entonces, sólo entonces, llegué con el productor y le notifiqué: ‘Este es el guión’. Era la propuesta, que sin la autorización de la tribu jamás me hubiera atrevido a realizarla porque me parecería un abuso y un atropello brutal de reforzar los mecanismos de la colonia. De hecho hubiera sido una afrenta espantosa a mi identidad como mexicana y a la de ellos, a la hospitalidad con la que me recibieron y me abrieron las puertas por ser mexicana y por compartir una historia de colonizaje”. –Invitó a los tuhoe a actuar en Mentiras blancas, ¿verdad? –Son maorí todos los actores que están en la pantalla, salvo dos mujeres, la blanca (Antonia Prebble) y la mestiza (Rachel House). Ninguno de los tuhoe es actor, pero todos colaboraron con la historia cuando la aprobaron en comunidad. Se filmó en su territorio y bajo sus condiciones. Fueron ellos quienes estructuraron los mecanismos de producción, desde los actores hasta todo el equipo, en fin. Fue una película que, dentro de lo que era posible, se puso en manos de la comunidad. –¿Cómo encontró a los tuhoe adecuados para que participaran? –Como estuve en contacto con ellos durante mucho tiempo, terminé conociendo a muchos. Tuve una colaboradora excepcional de la tribu que entendió rápido y muy bien lo que es el cine, entonces fue un apoyo de logística extraordinaria. Se hizo un proceso de casting que de hecho ellos organizaron, y se aprendieron sus diálogos que a final de cuentas eran elaborados por ellos mismos. Fue un reciclaje creativo muy interesante. Fue como decir “esta película, dentro de lo posible, les corresponde”. –¿Qué le decían los tuhoe respecto a los tópicos que contiene la película, como el racismo? –Yo tenía una historia con dos trayectos paralelos, por un lado la identidad y por el otro la maternidad, los cuales me incumben. Son dos territorios que han sido fundamentales en mi vida y me era importante hablar de ellos en la pantalla. Por otro lado, la terrible y la tristísima ventaja de tener la referencia de la Colonia Novohispana, de la hispanoamericana y todas sus tragedias permitía un entendimiento de la realidad maorí que no necesitaba de mucho diálogo. La colonia se ejerció del mismo modo en la Nueva España como en las colonias antiguas inglesas y la colonia más moderna inglesa que es Nueva Zelanda. O como Iraq. “El fenómeno de la colonización, de la apropiación de la realidad de lo otro y desposeerlo de quien es, funciona igual desde hace siglos. Les comenté que si sentían que yo estaba haciendo algo inapropiado, algo equivoco, o una lectura errónea, que me lo hicieran saber. Luego, el proyecto pasó por el filtro devastador que es la realidad de producción, las concepciones de los productores, las limitaciones económicas, en fin. Entró en la maquinaria demoledora de la parte industrial de este fenómeno loco que es el cine.” –¿Qué reacciones causó la película en ese país? –En Nueva Zelanda existe una negación bastante evidente sobre el dialogo en torno al colonizaje. El agua del ojo está al borde del párpado en el territorio maorí cotidianamente, y la película abrió un espacio para curar heridas a la tribu. “Por primera vez nuestros dolores y nuestras tragedias están presentes y por primera vez tenemos voz”, decían. A mí me resultó un privilegio de vida, rebasó mi experiencia de cineasta, se volvió una experiencia humana, de inmigrante, de madre y mujer, de una dimensión inesperada. Acentúa que pudo agradecerle así a ese país “la enorme hospitalidad que nos dio a mi hija y a mí durante los últimos 10 años, la película ha sido para mí una labor sagrada”. –¿Qué le provoca que haya sido un éxito taquillero en Nueva Zelanda? –La gente llenó los cines. En un país de 4 millones de habitantes, el filme estuvo 12 o 13 semanas en la cartelera. Ese es el premio mayor. Que se proyecte en México, no podría ser mejor para mí, pero esa película yo la realicé para Nueva Zelanda. –Se ha publicado que la primera proyección fue para los tuhoe. –Sí, fue para los que habían trabajado en la cinta, como extras o asesores, en la ciudad más cercana a su población. Al final, un tohunga, el hombre más sagrado, empezó a cantar una bendición maorí, y todo el mundo en el teatro se puso de pie y cantaron con él. “Mi hija estaba allí, rodeada de la tribu. Ella dijo: ‘Veo a la mamá que conozco hace 18 años partiéndose la madre por mí y por lo que cree’. Esos son los premios que uno aprende que son los que valen. De verdad que ha sido una experiencia única, muy privilegiada”, finaliza compensada.

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