El siglo de Günter Grass

lunes, 13 de abril de 2015 · 15:34
La célebre columna “Inventario” en Proceso del 13 de diciembre de 1999, fue dedicada por el escritor José Emilio Pacheco –fallecido hace más de un año– al narrador alemán Günther Grass, quien ese año obtuvo el Premio Nobel de Literatura. Con ocasión de la muerte del autor de El tambor de hojalata, se reproduce ese texto:   Fernando Savater ha hecho las cuentas claras: si usted tiene 2000 pesos en monedas y paga 1999 a otra persona le queda un peso. El siglo XXI no comienza en el año cero sino en 2001. El principio de éste que aún vivimos fue celebrado en 1901 y no en 1900. Sin embargo, no hay nada qué hacer ante la seducción y el peso de los tres ceros rotundos. Aceptemos aunque sea a regañadientes que el siglo XX se acabó y, en palabras de Víctor Hugo acerca del suyo, “se hunde en la sombra eterna como los anteriores”. Lo que empezó con las guerras de los boxers (en China) y de los boers (en Sudáfrica) termina con la destrucción de Chechenia y la gran protesta en Seattle contra la globalización depredadora. El nuestro fue, a semejanza de sus antecesores, un siglo de guerra con algunos intermedios de paz. Como dice al final de Mi siglo la madre centenaria y resucitada, “me alegro del año 2000. Ya veremos qué pasa... Con tal de que no vuelva a haber guerra...”. El silencio y el ruido La literatura, por su parte, sobrevivió a todos los agoreros y aterradores que durante estos cien años anunciaron su fin. El viernes Günter Grass recibió el Premio Nobel y el martes anterior leyó ante la Academia Sueca su discurso silenciado por la prensa alemana. (Se puede consultar, traducido por Miguel Sáenz, en www.elpaís.es) A 40 años de El tambor de hojalata, Grass corona su trabajo narrativo con Mi siglo (Alfaguara, traducción de Sáenz y Grita Löbsack). El autor de novelas inmensas como El rodaballo, La ratesa, Malos presagios, Es cuento largo opta, para la reinvención imaginativa del siglo XX, por la flexibilidad del género cuento. En él cabe todo: la viñeta, el monólogo, la polifonía, los diálogos, las cartas. De Mi siglo están excluidos como hablantes los llamados “grandes”. Los verdaderos protagonistas de la historia son quienes la sufren inescapablemente. Aquí “historia” podría ser definida como todo aquello que moldeará y destruirá las vidas privadas sin que nuestra voluntad tenga casi parte en ello. Barcos, discos, zeppelines Para empezar por “1900” Grass escoge la rebelión de los tatchuei, “los que luchan con las manos”, es decir los boxers, los boxeadores. Harto de la explotación colonial y del opio que impone Inglaterra, un grupo se rebela en China y se adueña de Pekín. El káiser ve encarnado el “peligro amarillo” que denunció y se une a las otras grandes potencias para sofocar el alzamiento. La orden: no se deje a ningún prisionero. El novecientos es también la época en que los deportes se convierten en espectáculo. Se impone el futbol como sustituto y preparación para la guerra. Será el campo de batalla de los nacionalismos, los himnos y las banderas, ficción tanto más absurda cuanto que muchos de los jugadores en todos los equipos no nacieron en los países que se suponen representan y defienden. Los trasatlánticos, los dirigibles o zeppelines (por el nombre de su inventor) y los trenes elevados encarnaron el progreso y fueron devorados por él. El planeta se llenó de canotiers, sombreros de paja. En 1914 fueron cambiados en Alemania por el casco puntiagudo prusiano. A su vez lo sustituyó en 1916 el casco alemán que ahora llevan casi todos los ejércitos del mundo. Conan Doyle se anticipó a denunciar la amenaza que significaba para la hegemonía británica el desarrollo de los submarinos alemanes. Gracias a su relato de 1906, el imperio pudo prepararse para no sucumbir bajo esa nueva arma en la próxima guerra. Todo se movía entonces gracias a la hulla, el carbón mineral que no tardó en ser reemplazado por el petróleo. Aquellas minas fueron uno de los principales escenarios de las huelgas por las jornadas de ocho horas y la seguridad social que se desmanteló en la última década. Los discos de goma-laca y el gramófono cambiaron todo. Pronto las casas alemanas de prensado tuvieron sucursales en Barcelona y Calcuta. Empezó la universalización y la omnipresencia de la música. Mientras las fábricas Krupp producían sus grandes cañones, Karl Liebknecht predicaba contra el militarismo: “Quien tiene la juventud tiene el ejército”. En los velódromos aparecieron estimulantes como la estrictina y la cafeína para aumentar la resistencia de los ciclistas. Ya en 1911 Alemania disponía de acorazados más rápidos y más ágiles que los ingleses y con mayor potencia de fuego.” El triunfo de la muerte Los cuatro años de Mi siglo que se refieren a la primera Guerra Mundial Grass los resume en un diálogo imposible: Ernst Jünger y Erich María Remarque se reúnen a hablar en los sesenta de lo ocurrido medio siglo atrás. Sin novedad en el frente fue la novela del horror en las trincheras, el asesinato por orden, el embrutecimiento que no cancela el miedo a la muerte; el libro del pacificismo y la esperanza de que nunca más volvería a haber matanzas semejantes. Contra Remarque se levantó Jünger. En tormentas de acero fue el canto de “la alegría objetiva por el peligro, el impulso caballeresco de arrostrar el combate”, toda la retórica en fin con que Hitler movilizó de nuevo a la juventud alemana. La clave de esta conversación, que jamás tuvo lugar y es el privilegio imaginativo del novelista, radica en el empleo de la ciencia y la tecnología para multiplicar los poderes de la muerte. El mismo inventor de los fertilizantes que han permitido alimentar a la creciente humanidad puso los gases al servicio de la destrucción. El gas de cloruro corroe y quema los pulmones que son vomitados a pedazos. Le respondió el gas mostaza contra el que fueron inútiles las máscaras. Los ingleses encontraron un depósito de este gas y lo utilizaron contra los alemanes. Unas de sus víctimas fue “el cabo más importante de todos los tiempos”. En el hospital Adolf Hitler decidió ser político. Sin los gases de las trincheras, aún más aterradores que los lanzallamas y las minas antipersonales, no hubieran existido el Zylon B de las cámaras de exterminio ni el napalm ni el agente naranja. Larga noche de este siglo Siguieron la epidemia de gripe de 1918 que exterminó a tantas personas como la guerra, el brutal castigo a Alemania, la inflación en que un dólar llegó a costar 20 mil millones de marcos, el desempleo, el ejemplo de Mussolini, el movimiento popular con fondos del gran capital. A juicio de Ignacio Silone, el fascismo es la contrarrevolución contra una revolución que no ocurrió nunca. Entre el cine, los bailes norteamericanos, la radio de galena, el desempleo, el sistema Ford de echar a los obreros y contratar por poco tiempo mano de obra no calificada, el modelo de la cadena de montaje que fue el principio operativo tomado de los mataderos de Chicago y empleado en las fábricas de muerte en Auschwitz, Hitler llegó al poder. Hubo trabajo en las grandes autopistas. Hubo rearme que los aliados permitieron con la certeza de que Alemania era un valladar contra Stalin y la Unión Soviética. Hubo el sueño de un reich, un reino, un imperio, que duraría mil años e iba a ser impuesto al mundo entero. Hubo los grandes triunfos iniciales y después las retiradas (en el vocabulario de los informes oficiales, “rectificaciones de frentes”). Y hubo “la noche de los cristales rotos”, la persecución, los campos que primero concentraron y luego asesinaron en masa. Las ciudades alemanas fueron reducidas a escombros por los bombardeos. El sueño hitleriano terminó en las ruinas de Berlín, el suicidio en el búnker y luego la partición de Alemania. Auschwitz y después En vez del diálogo entre Remarque y Jünger, Grass habla de la Segunda Guerra Mundial en forma oblicua a través de la reunión en 1962 de antiguos corresponsales de guerra. Si Hitler hubiera destruido al ejército británico en Dunkerke, si la invasión a la URSS hubiera comenzado unas semanas antes, si hubiera estado lista la bomba atómica nazi... Las conversaciones prueban una sola cosa: En la historia no hay “sí hubiera”. Lo que pasó ha pasado y ya nada puede modificarlo. A partir de “1937”, cuando tenía diez años, Grass introduce entre sus narraciones algunas viñetas autobiográficas. Subraya así que no habla del mundo ni del siglo, tarea imposible, sino de su Alemania y de su propia vida. No hay concesión alguna para nosotros los no enterados. Así, “1956” es otro encuentro ficticio ante la tumba de Kleist entre dos poetas que pronto van a morir y representan a las dos Alemanias. En ningún momento se dice que uno es Bertolt Brecht y el otro Gottfried Benn. En cambio se identifica a los protagonistas de la entrevista entre Paul Celan, el gran poeta del Holocausto, y Martín Heidegger, el gran filósofo que nunca supo deslindarse del nazismo. La palabra violenta Por su empleo magistral de la alusión y la elipsis el novelista logra comunicar la experiencia de lo que fue vivir en Alemania y desde Alemania los 54 años transcurridos a partir de Hiroshima y Nagasaki. Los escombros, el hambre, el frío, la fundación de la otra Alemania, el triunfo de los países derrotados en 1945 que se convierten en grandes potencias industriales y tecnológicas, la rebelión de las piedras contra los tanques cuando nadie piensa que un día vencerán los que arrojaban las piedras, el Volkswagen, los productos Adidas, la jaula de Eichmann en Jerusalén... Y en el vértigo de los hechos y las historias, Vietnam, la protesta contra la guerra, el 68, la invasión de Checoslovaquia, el placer de usar la palabra violenta y los peligros de tener la razón o creer que se tiene la razón. Es 1969. Hay una guardería para hijos de obreras controlada por la izquierda antiautoritaria. Una niñita ve por televisión la llegada a la luna y hace un dibujo infantil con la bandera de las barras y estrellas. Los antiautoritarios exigen que sea borrada y la reemplace por una bandera roja. El canciller Brandt se arrodilla en el sitio en que estuvo el gueto de Varsovia, arrasado por los nazis. Una muchacha no puede liberarse de la liberación y de la inocente marihuana pasa a la heroína y de la heroína a la muerte. Los miembros de la Baaden-Meinhoff intentan derrocar al capitalismo alemán mediante la guerrilla urbana y son asesinados en la cárcel. Otros aman por sobre todas las cosas a los automóviles, grandes protagonistas de este siglo. Los gases del escape originan la muerte de los bosques. El terror de la Guerra Fría, la destrucción nuclear, no sucede, pero las emanaciones de Chernóbyl contaminan y envenenan los campos. Metamorfosis del horror El muro cae en 1989. El “socialismo real” se desploma. Y no sigue la libertad de la opresión policiaca, el miedo a los gulags, el torpe y a la postre ineficaz espionaje de la Stasi, la policía secreta, sino el horror económico, la entrada en la fortaleza europea de las víctimas del colonialismo, los ataques a los inmigrantes, los cabezas rapadas, la miseria más grave que nunca y la riqueza infinita de unos cuantos que se llevan al mundo entre las patas de sus ganancias y preparan quién sabe cuántas nuevas catástrofes. El terror se abre paso de nuevo y ahora está en todas partes. Los Balcanes y Chechenia muestran que no todas las guerras por venir serán fuegos artificiales de CNN para consumo y diversión en la sala o el dormitorio. Así como existen los medios para acabar con la miseria, hay también la forma de crear otra humanidad inhumana de clonados. Pero frente a Dolly y su descendencia, en los caminos devastados por la lluvia ácida y el efecto de invernadero, Grass ve que todavía se ven rebaños de corderos reales conducidos por una oveja real. Mi siglo demuestra en los hechos narrativos las palabras del discurso de Grass en Estocolmo: “En definitiva, la novela de todos nosotros debe continuar. E incluso aunque un día no se escriba o pueda escribirse o imprimirse ya, cuando no se disponga ya de libros como medios de supervivencia, habrá narradores que nos hablarán al oído, devanando otra vez las viejas historias: en voz alta o baja, jadeante o demorada, a veces próxima a la risa y a veces próxima al llanto”.

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