Fatoumata Diawara: magia tribal contemporánea

lunes, 6 de abril de 2015
MÉXICO, D.F. (proceso.com.mx).- Desde el corazón siempre convulso del continente africano, un canto tribal de paz se funde con guitarras eléctricas, amplificadores de bulbos y vivifica el sentir colectivo con su ardiente descarga percusiva. Ha llegado al Festival del Centro Histórico 2015 Fatoumata Diawara, la cantante del Mali, país amenazado lo mismo por fundamentalistas islámicos, que presionado por el neocolonialismo francés envuelto en cascos azules, incapaces de detener por ahora los conflictos sociales que ella refleja en su música. Fatoumata viene a insistir, a congregar con su intensidad eléctrica, la necesidad de construir la paz para los niños balseros migrantes del África amenazada, que cruzan el Mediterráneo aun con riesgo de perder la vida; la de las mujeres que en algunos lugares del continente negro, aún sufren de ablación y maltrato “cultural”, pero que también son capaces de reunir su fuerza en torno al cántico bravío y el amor a sus hijos y a su continente. Con una fuerza vocal que impresiona y lo expresa todo, llena con su danza descalza el escenario de un Teatro de la Ciudad “Esperanza Iris” que se le rinde y le acompaña en el coro y en el baile, durante dos noches de intensa música de fusión contemporánea. Acompañada de un trío de virtuosos, en el que la raíz de su folk Wassoulou, esgrime y evidencia con su mezcla eléctrica, las potencias fundacionales del blues, del funk, del jazz, del rock, el combo, utilizando hasta donde el ostinato lo permite y todavía más allá, convierte en lluvia el canto de Fatoumata, que no duda en reinventar el grito tribal hacia la vitalidad contemporánea, hacia la expresión jazzística y roquera. Ella misma combina su canto con los acordes en arpegio que arranca a su Fender Stratocaster de maple, y con un mínimo de reverberación envolvente, crea un voluminoso pero nítido grosor sonoro en su amplificador de bulbos. La celebración comienza con una concentración de luz asombrosa y la infinita alegría de su público devoto. El espíritu de Mandela Nayan, Boloko, Soncolo, Sowa, contenidos en su álbum Fatou (World Circuit/Corason), van generando un hipnótico ascenso hacia la espiritualidad de esta voz radical del pacifismo, de esta feminista de alcances mágicos, quien invoca a Mandela y dedica a los jóvenes de Kenya (asesinados la semana pasada) su concierto. La cantante y guitarrista alude al entendimiento, haciéndonos sentir esa decantación musical que une al África y al occidente: su música es un encuentro, debe serlo, es posible, es necesario provocarlo, ante el trágico desencuentro de la violencia en el mundo. Con Clandestin llora y grita por los niños transmediterráneos en su afán de alcanzar otras orillas, las europeas, llenas de contrastes y peligros. Kele, Bissa, Bakonoba continúan la travesía, pero enaltecen el espíritu alegre del África: en Mon Afrique le dice a su público con voz decidida que aún sin tener algo que comer, en África se escucha esa música que quieren prohibir los yijahidistas; que ahí se baila, se celebra en comunidad la alegría de estar vivos. Entonces invoca con fuerza y claridad al espíritu de Nelson Mandela: “Necesitamos más hombres y mujeres como Madiba. Es el amor el que debe guiarnos hacia la paz”. Su prédica es la de una sobreviviente: “Seamos instrumentos del amor, con nuestros cuerpos y nuestras almas”. Y así, con el público de pie, levanta los bulbos de los amplis, intensifica el beat de su impecable baterista, quien nos recuerda a Manou Katché, y dirige la coreografía colectiva de su público extasiado, con un silbato del que se usa en el samba brasileño, atenta a tonificar la alegría de bailar, con su belleza que refulge en el proscenio. La conjunción de los ritmos Todo se funde en el Teatro de la Ciudad, en el abrazo de música y público: puede identificarse en algunos momentos alusiones concretas al soca, punta-rock, al calypso, las contrarrítmicas descargas del samba, tonalidades y ritmos de la africanía pura: del Congo (como su bajista, Jean-Alain Hoy), de Nigeria (como su baterista, Jean-Baptiste Ekoué Gbadoé), del Mali como ella misma. Alama y Toukan transitan con esa fuerza que el wah wah y la distorsión de la Gibson 3G de Martin Grenier pueden alterar e intensificar para lograr el estilo Fatou. Ya entonces lo tribal se nos revela como propio, surte su impacto de cercanías percusivas y rituales, abraza a todos los presentes (todas las razas terminan sus divisiones en ese baile), y Fatoumata sonríe, sube gente del público al escenario. Y así desprende la última danza, Salimata, para terminar la noche con los corazones sorprendidos, entregados, sonrientes, pacificados, en un fin de semana de pascua en que la magia de Fatoumata Diawara, se queda a bailar para siempre en el ritmo y el cariño de su gente de México.

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