Joaquín Sabina en el México de su vida

sábado, 2 de mayo de 2015
MÉXICO, D.F. (proceso.com.mx).- Carrera larga la de Joaquín Sabina, un hombre que ha escogido México, como bien lo llama: su callejón sin salida. En ese México en el que le dan más de la 1 y las 2 y las 3, más de tres amaneceres, también invirtió casi tres horas anoche en su primer concierto en el Auditorio Nacional (y habrá otros tres), para acercarnos a esa medianoche tan suya y que comparte con total desfachatez en cada álbum, en sus conciertos y su vida misma. Genio y figura, el caballero de bombín (y frac, como termina sus conciertos), no viene solo a México: se trajo a su familia: esa banda indomable de virtuosos y cómplices, para que (como él mismo se define) este “perro andaluz”, no pare en su hedonismo, se siga en la marcha, en el elogio del trago y de la farra, para el olvido de desamores que incitan a apagarse entre faldas, bares y caricias, pero con buenas compañías: Jaime Asúa (ex guitarrista de Alarma), Pedro Barceló (batería), el multi instrumentista “aragonés cachirulero” Josemi Pérez Sagaste, la hermosa andaluza Marita Barros, otro multi instrumentista (piano, guitarras) de finura jazzística y corazón roquero, Antonio García de Diego, y su inseparable Pancho Varona (ya 33 años con él), el legendario bajista cómplice de su pandilla. Para esta serie de conciertos en México, como parte de la gira 500 noches para una crisis, Sabina no sólo ha sabido escoger las formas –incluso para romperlas e improvisar–, sino también los fondos. Aquí ha traído telones rojos de cabaret, pantallas de incendio, animaciones de noctívago, fondos de tránsfuga que se enlaza con el sexo de la noche y la mesita de los tragos para decir salud en pleno show. En esta presentación abarrota un Auditorio Nacional que se le rinde, que le corea, baila, chulea, le grita que lo ama; él le responde a un Méjico con jota y así también le enumera las deudas y honores que le tiene: dedica su concierto a Noemí Cabrales (“lo más hermoso que tenía Tijuana”), a Pablo Salazar (quien le mostró Chiapas) y a Ricardo Rocha, quien ha llegado temprano a la cita en primera fila, cerca del columnista deportivo y ex arquero del Atlante y la Selección Nacional Félix Fernández, quienes no paran de corear sus temas. La noche del tránsfuga, del vago que se va deshaciendo del amor a lo largo de su vida, y que es capaz de cantarle a la chilanga de ojos tristes: / yo lo que quiero es que mueras por mi, se va convirtiendo en un cántico colectivo, de pie, como si su público fuese una rondalla que sabe lo que le espera: frases decisivas: Amores que matan nunca mueren; si lo que quieres es vivir 100 años, no vivas como español. Y entona sus canciones guitarra en ristre, las deja a medio rasgueo, prosigue con sus sonetos, le da vuelo a su coro de diez mil almas. Casi tres horas intepretando “Barbi Superestar”, “Ése no soy yo”, “Donde habita el olvido”, “Viridiana” (su homenaje a Buñuel), y sus mariacheras “Noches de boda” e “Y nos dieron las diez”. Después de una pausa, continúan los dúos y termia con “Por el boulevard”, su celebración a la Chavela Vargas. Los címbalos que utiliza para que su trouppe se despida, después de “Pastillas para no soñar” ya de frac y sin guitarra, le hacen lucir como el dueño de un circo que se divierte al encaminar a su pequeña orquesta ante la algarabía del público: están ya todos en un callejón sin salida. Ha aprovechado antes para rendirle culto a Bob Dylan, para bromear sobre su eyaculación precoz, para admitir sin tapujos que le ha gustado el trago, la coca, la parranda y que ahí está: dispuesto a agradecer (y engrandecer con su música), la alegría de esa fiesta interminable, que tiene un eco especial en este México que se le entrega. Y como se termina una buena farra, después de sacarle jugo a su sexteto al que a lo largo de la noche reparte en dúos, tríos, versiones acústicas, solos desmedidos y enjundiosos, en que toquetea a su saxo-acordeo-clarinetista para el encanto de las mujeres; de tener episodios de foxtrot, de valses, de música ranchera con Varona en el guitarrón, y de pedirle a su público que por favor, que ya se vaya, termina con su grupo como los buenos borrachos lo harían al salir de un bar o una pachanga: cantando a capella “Los buenos borrachos”, no sin antes recibir, colgarse y agradecer la entrega que le hacen de una bandera de México. Sabina está de regreso y viene vestido de luces, a echarse a México en el corazón.