"El Rey de la ópera" en una noche de lluvia y lágrimas

viernes, 29 de mayo de 2015
MÉXICO, D.F. (apro).- Para la gala de ópera con que culminó su gira en México, anoche en el Auditorio Nacional y ante unos 6 mil 500 fervientes amantes del bel canto, Javier Camarena dispuso todo lo que pudiera confluir en una noche redonda, aunque lluviosa: una magnífica orquesta, un coro solvente, un repertorio de lucimiento con énfasis en la temática del amor, y un selecto grupo de solistas jóvenes y experimentados con el cual logró gratificar el oído de un público entregado. La Sinfónica de Minería (de algún modo orquesta-selección), bajo la batuta de José Areán, fue el complemento perfecto: resaltadas sus secciones de cuerdas y alientos con la producción de video que proyectaron las pantallas, permitió ver a un director quien, con quepí de cuello redondo (visible gracias a una cámara angular) disfrutaba al conducir, siempre en la serena discreción, acompañando voces soberbias. Desde el foso, Rossini fluyó energético y aunque no faltará quién diga siempre que la ópera debe ser acústica (y más al ver cómo Camarena y alguna cantante más sufrieron las diademas-micrófono), en realidad El barbero de Sevilla luce de manera majestuosa, con el tenor dando muestras de su registro, de su confección musical. Lo mismo en El barbero… que en La Cenicienta, la sobriedad rossiniana es ampliamente envuelta con ese timbre único de Camarena. Particularmente, en el aria “Si ritrovarla Io giuro…”, su interpretación es soberbia y le permite lucir toda la voz, definida en el video del interludio por Francisco Araiza como una voz instrumental. Ante la precisión de las cuerdas, con la concertino Shari Mason sublimando matices y arcadas, la voz de Javier Camarena tiene la cualidad de mezclarse: el suyo es un timbre de madera, logra adentrarnos en su bosque de sonidos, y se consagra con ese histrionismo que le ha valido el mote de Príncipe (si bien es ya un monarca de la ópera). La voz suya es una caja de resonancia de legato y trémolo impecables, que articula lo mismo en italiano, en alemán o en francés, con sus finales impactantes de sostenuto y elegancia gestual. Camarena tiene además de gracia, simpatía. Luce por tanto en sus solos como en su ensamble vocal, o con el coro. La sonámbula, a dúo con Rebeca Olvera, registra una deliciosa interpretación, contenida, nunca dispar, en que se alcanzan hasta el sentido beso belliniano, con una entrega única de ambos, celebrada entre el público con bravos y loas de excepción. [gallery type="rectangular" ids="405747,405748"] El coro complementa El rapto del Serrallo, y la plenitud mozartiana crece con la orquesta, entre las que está Sona Poshotyan en los chelos, Álvaro Porras entre los contrabajos, Manuel Hernández con los alientos madera y Gabriela Jiménez al frente de los percusionistas. Areán sabe cómo conducir ese selecto grupo de músicos y el resultado hacia el final de la gala, después de ejecutar las piezas de Donizetti Lucía de Lammermoor y La hija del regimiento, cuando El rey de la ópera Camarena y sus invitados reciben tremenda ovación de pie, es que también la orquesta aplaude y se lleva el triunfo. Con arcos y baquetas, el director a través de su batuta reconoce la altura de los cantantes. Javier Camarena ha triunfado. Su voz simpática, que fluye en un rango muy extenso, ha concertado a pesar del diluvio. Y le habla a sus fieles: “Este concierto tuvo un llamado muy especial para ustedes y les doy la gracias por asistir”. Menciona que es la culminación de una gira por Torreón, Tijuana, Guadalajara y Cuernavaca, entre otros recintos. Y como un acto de redención a la patria dolida, anuncia así cierre monarca: “Nuestro país necesita de esta parte que nos llena el corazón de sensibilidad en esta época. Necesita del arte. Y necesitamos todos sentir amor por lo que nos rodea.” Da tres veces las gracias y su encore no puede ser más emotivo: Va pensiero (“dedicado a nuestro México para hacerlo mejor”, concluye). Su público se conmueve hasta las lágrimas. Le despide de pie, le hace regresar para un segundo encore. Ha sido un triunfo conmovedor, en la difícil noche de la lluvia. Y ya con flores para todos sus solistas en proscenio con su grito: “¡Viva México!”  

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