"Marx en el Soho"

lunes, 14 de septiembre de 2015
MONTERREY, NL.- ¿Qué podría decirnos Marx en el presente? ¿Con qué mundo se encontraría? ¿Pensaría que sus planteamientos filosóficos del capitalismo ya no son aplicables y necesitan actualizarse? ¿Qué pensaría el espectador que lo observa y escucha en carne y hueso? “Marx ha vuelto”, nos dice al iniciar su monólogo en la obra Marx en el Soho, escrita por el politólogo y activista norteamericano Howard Zinn… Pero sólo por una hora. Tenerlo ante nosotros a través de la magia del teatro, emociona a los que estudiamos sus principios en la segunda mitad del siglo XX, y sorprende a los que descubren quién era y qué planteaba. Todo ha cambiado y nada ha cambiado. Marx ha muerto y no ha muerto –para seguir con la dialéctica de la que habla el personaje. El recurso teatral de tener a Marx frente a frente es una maravilla, pero no sólo porque sus fans pueden sentirlo, sino porque el texto de Zinn nos lo muestra de cuerpo entero, porque su vida y sus teorías se entrelazan, y los niveles de apreciación son múltiples. Habla de su teoría de la plusvalía, de los conceptos de mercancía, del trabajo asalariado y de muchos otros; y lo hace de una manera accesible y amena para aterrizarlos en el presente en el que está viviendo. Howard Zinn, a través de Marx, trabaja con lo evidente para darnos una visión amplia del capitalismo. El sentido del humor y la ironía son fundamentales para hacerlo ágil, pero sobre todo, la humanidad y las experiencias cotidianas del personaje es lo que lo engrandece y lo convierten en un personaje eminentemente teatral. Con gran cantidad de anécdotas y detalles nos acercamos a un Marx vivo y contradictorio, divertido y humilde, transgresor y cuestionador de cada cosa que pasa por su mente o su vida. Nos cuenta de la pobreza en que vivían; de cómo la familia de su mujer les regalaba sábanas de seda, cubiertos de plata, champán, y hasta una sirvienta, siendo que no tenían ni qué comer y todo lo empeñaban para obtener un poco de leña o alimento… De su relación con Bakunin o su afecto por Engels y, sobre todo, de la relación con su mujer, consejera, cómplice, amiga y cuestionadora de sus escritos buscando hacerlos accesibles a los trabajadores. Ella transcribió todo lo que él escribió porque la letra de éste era ilegible, y lo acompañó a París y al Soho de Londres que es donde quería llegar en el siglo XXI pero que por error llegó al Soho de Nueva York. Las situaciones y los acontecimientos están muy bien planteadas y los elementos escénicos son mínimos. En la puesta en escena que vimos en el espacio Theatron de esta ciudad –donde la semana pasada celebraron 50 representaciones y preparan una breve gira por diferentes lugares–, no requieren más que de una mesa, una silla y varios utensilios para contarnos estupendamente la historia. El director Javier Araiza, responsable también del espacio, junto con el actor Alfonso Teja Cunningham, ofrecen una puesta en escena redonda donde el trazo escénico es limpio y fluido y la actuación es brillante, destacando su naturalidad, su presencia escénica y la calidez que permite una gran empatía con el público. Esperemos que Marx en el Soho se apersone también en la Ciudad de México y contradiga el slogan de que Marx ha muerto.

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