Plácido entre Verdi, la lluvia y los fantasmas del sismo

sábado, 19 de septiembre de 2015
MÉXICO, D.F. (proceso.com.mx).- Hace treinta años los mexicanos dieron enorme, ejemplar muestra de solidaridad. Tláloc se mostró benigno y permitió que el concierto bajo la conducción de Plácido Domingo fuera, pero como buen Dios fiel a su naturaleza chingativa, no dejó de soltar el agua a cantaros a partir de las cinco de la tarde, empapando todo y a todos, con excepción (debe decirse) de músicos, cantantes, instrumentos y dos o tres funcionarios de la Secretaría de Cultura del D.F. que estuvieron cobijados por carpas-camerinos de lona. Pero fuera de ellos, hasta los VIP (empleados de la Secretaría de Cultura), que vaya que los hubo, se mojaron a más no poder. De esta suerte, y puesto que estábamos en un evento musical, de pronto me acordé de aquella canción de los años sesenta que hizo famosa Doménico Modugno y decía: “Piove e piove nella cittá”, o sea, llueve y llueve y llueve en la ciudad… Y de qué manera. Sin embargo, Tláloc se portó más o menos decente, y por allí de las 17:50 amainó bastante y para las 18:15 empezó el concierto programado para iniciar 15 minutos antes. Y ya prácticamente la lluvia había cesado. ¡Aleluya! El concierto organizado en memoria y honor de los caídos durante el terremoto de 1985 y de quienes constituyeron las brigadas de ayuda, estuvo a cargo de la Orquesta Filarmónica de la Ciudad de México (OFCM), el Coro Enharmonia Vocalis, la soprano María Katzarava, mandada a traer especialmente, la mezzosoprano Grace Echauri, el tenor Dante Alcalá, el bajo Rosendo Flores y todos bajo la dirección del plato fuerte de la noche pero que, para ser sinceros, es el plato fuerte de cualquier noche, día y lugar que se presente, el maestrazo Plácido Domingo. La obra escogida, el Requiem de Giuseppe Verdi, posiblemente la misa de difuntos más conocida que exista. El escenario, grandioso y enormemente significativo en lo histórico, la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco. Situada en un “Grand support” o sea, un escenario portátil pero con todas las de la ley, la OFCM desarrolló el concierto bajo la batuta de dos conductores: José Areán, que inició y dirigió una pequeña primera parte, causando desconcierto --debe decirse-- ya que el anunciado era el gran Plácido, pero no pasó a mayores porque se la cedió luego al maestro Domingo y éste se siguió hasta el final. Mil o quizás más sillas, todas ocupadas e incluso unas cuantas personas de pie llenaron la plaza; a quienes portaban gafete de “Invitado” o “Vip” les secaban la silla, y los que no tenían gafete debían arreglárselas como pudieran, y que, en la mayoría de los casos, fue sentarse en la silla empapada y secarla con su propio calor humano. Calor humano que, una vez más, se sintió y, así sea momentáneamente, volvió a hermanarnos a todos en la solidaridad. Acto musical e importante, cierto, oportuno por supuesto pero, como no podía evitarse, con sus tintes de protocolo oficial por lo que, previo al concierto, se hizo la presentación del secretario de Cultura del D.F., el poeta Eduardo Vázquez Martín, y de la entrañable Elenita Poniatowska quien emitió un breve, muy breve discurso recordando la tragedia pero también el enorme ejemplo dado por los habitantes de esta ciudad. Terminado el concierto, dirigentes de la asociación de residentes en Tlatelolco entregaron un reconocimiento a cada uno de los participantes en el mismo, mientras el público pedía y pedía y pedía que Plácido Domingo cantara, como si eso de cantar y hacerlo como él lo hace fuera cuestión de “enchílame otra”, ante lo cual el durante años gran tenor, ahora barítono, explicó que llegó hoy de los Ángeles en donde, anoche, jueves 17, dirigió y cantó, razón por la cual no se sentía en óptimas condiciones como para satisfacer el pedido. A cambio –prometió--, “un día no muy lejano organizaremos un acto en el que sí pueda hacerlo”. La gente empezó a despejar la plaza, el vapor del agua subía y daba un ambiente especial y cálido que se alumbraba por las luces de los edificios que rodean el sitio y que estaban atiborrados de los afortunados vecinos quienes, desde esos sus improvisados pero privilegiados palcos, disfrutaron de algo que, para decirlo a la manera lorquiana, fue “viva moneda que nunca se volverá a repetir”.

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