Cuando Peña Nieto solapaba al régimen egipcio

viernes, 25 de septiembre de 2015
El gobierno mexicano volteó para otro lado cuando el militar egipcio Abdelfatá al Sisi tomó el poder por las armas hace un par de años. Tampoco alzó la voz en agosto de 2013, cuando el ejército de Egipto asesinó a mil 400 civiles que protestaban pacíficamente en el templo cairota de Rabaa el Adawiya. Nada hizo cuando se dictó una condena a muerte contra el expresidente legítimo Morsi. Y todavía más: hace un año envió a un consejero del INE como observador de unos comicios cuestionados por todo mundo… menos por el mismo observador. MÉXICO, D.F. (Proceso).- La última semana de mayo de 2014, Arturo Sánchez Gutiérrez, entonces consejero del Instituto Nacional Electoral, acudió a Egipto como observador de los comicios que celebró ese país. De acuerdo con diversas organizaciones internacionales, dicho proceso electoral estuvo plagado de irregularidades. Pero Sánchez públicamente no aludió a ellas. Sólo emitió un par de twitts. En uno señaló que “la propaganda del candidato egipcio Sisi destaca sobre la de su contendiente”. En otro comentó: “Las sorpresas no ayudan a generar certidumbre en el elector”, en referencia a que la comisión electoral egipcia súbitamente añadió un día de votación a los dos ya establecidos. Las autoridades egipcias habían invitado a algunos observadores, de manera individual y sin un plan de trabajo. Los llevaron a donde estimaron conveniente. Los pusieron a charlar con jueces y funcionarios del régimen. Les era necesario tener testigos que le dieran a los comicios “una muy deseada certificación de legitimidad”, reportó el diario Los Angeles Times el 19 de mayo de ese año. Sánchez fue uno de ellos. Su actitud fue la opuesta a la de tres organizaciones de observación electoral: la Red Árabe de Monitores Electorales, el Instituto Electoral para la Democracia Sostenible en África y el Centro Carter. Todas con capacidad para desplegar personal sobre el terreno y encontrar anomalías. Diez días antes de las votaciones, esas organizaciones denunciaron que las autoridades egipcias les habían interpuesto tal cantidad de obstáculos, que les resultaría imposible cumplir con su trabajo, difundió la agencia Reuters. Pero el consejero Sánchez no vio o no reportó las condiciones en las que se desarrollaron las campañas electorales y las votaciones. Para empezar, pasó por alto que el general Abdelfatá al Sisi había dado un golpe de Estado casi un año antes, el 3 de julio de 2013, contra el único presidente de Egipto electo en comicios libres: Mohamed Morsi, del grupo Hermanos Musulmanes. El general lo arrestó, lo mantuvo incomunicado meses y detuvo tanto a sus simpatizantes como a muchos de los jóvenes que participaron en lo que se conoció como la Primavera Egipcia, iniciada en la plaza cairota de Tahrir el 25 de enero de 2011. El gobierno que organizaba las elecciones era de facto, dirigido por Sisi, quien se autodesignó presidente, cerró el Congreso, encarceló a buena parte de los legisladores y además era el candidato presidencial “favorito”. Cuando Sánchez estaba en Egipto, se estimaba en 16 mil el número de arrestados. En cuanto a ejecutados, había confusión en las autoridades judiciales, pues habían emitido tantas condenas a muerte que no se sabía bien quién iba camino al fusilamiento y quién no; calculaban el número en mil 200. La cantidad de personas asesinadas por la policía y el ejército fluctuaba: el semigubernamental Consejo Nacional para los Derechos Humanos la calculaba en 2 mil 600; los Hermanos Musulmanes, en 4 mil. Estos datos eran públicos y estaban a disposición de cualquier interesado. Igualmente eran muy conocidos los videos y las fotografías de dos matanzas realizadas, tropas de combate contra civiles desarmados, en julio y agosto de 2013. Luego, el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas, que encabezaba Sisi, emitió un pronunciamiento pidiendo el voto por un candidato presidencial: Sisi. Los miembros de los Hermanos Musulmanes, la fuerza electoral más importante del país, tenían prohibido participar como candidatos, realizar actos públicos o incluso expresarse en redes sociales. Y los llamados “jóvenes de la revolución”, protagonistas del movimiento de la plaza Tahrir de enero y febrero de 2011, eran igualmente perseguidos. Los recursos y la infraestructura del gobierno estaban al servicio de la campaña de Sisi y las declaraciones de funcionarios públicos en apoyo del candidato eran cotidianas. Fuerzas paramilitares mantenían el terror en las calles: las prisiones estaban llenas de periodistas (algunos extranjeros) y prácticamente la totalidad de los medios no alineados al gobierno habían sido cerrados. Sisi sólo enfrentó a un candidato opositor: Hamdin Sabahi. Lo venció con 96.9% de los votos. Las matanzas y Tutankamón A Sánchez Gutiérrez sólo le llamó la atención que, de última hora, los dos días de votaciones ya programados –el 26 y 27 de mayo– se ampliaran a tres. Los numerosos mecanismos de coerción electoral no habían servido para llevar a la mayor parte de los votantes a las urnas y las autoridades decidieron alargar el proceso 24 horas. No llegó ni a la mitad del padrón: votó 47%. Cuestionado por este reportero mediante twitts públicos, mientras Sánchez aún estaba en Egipto, el consejero electoral mexicano defendió el golpe de Estado de Sisi: “Los egipcios no ven traición, sino salvación”, pues Morsi “se radicalizó hacia el islamismo (no popular)” e “impulsó no vender bebidas alcohólicas, más límites al vestido femenino”. En ese momento, a Sánchez le pagaban 182 mil pesos mensuales más prestaciones para ser garante de la democracia en México. Pero no estaba fuera de sintonía con el gobierno mexicano. En contraste con anteriores presidentes de México que eran veloces al denunciar golpes y violaciones de derechos humanos, Enrique Peña Nieto se mantuvo callado cuando su colega Morsi fue puesto en incomunicación. Tampoco dijo nada el 14 de agosto de 2013, cuando tanques atacaron un plantón de civiles en el templo de Rabaa el Adawiya, en El Cairo, asesinando a unas mil 400 personas. Ni ha expresado una opinión respecto de las recientes condenas a muerte emitidas contra el expresidente Morsi y cientos de sus compañeros de medio y alto perfil. Por el contrario, cuando el gobierno golpista de Sisi (medio año antes de buscar legitimación electoral) envió a su embajador a México, Yasser Shabaan, Peña Nieto lo recibió en Palacio Nacional el 15 de diciembre de 2013, sólo cuatro meses después de la masacre de Rabaa al Adawiya. Shabaan le propuso a Peña hermanar las pirámides de Giza y de Teotihuacán, que, dijo, “están alineadas siguiendo la constelación de Orión, a pesar de estar a miles de kilómetros de distancia”, y traer a México una exposición del faraón ­Tutankamón. El 15 de abril de 2015 un comunicado oficial de la Secretaría de Relaciones Exteriores anunció que México y Egipto “buscan fortalecer los lazos de cooperación” después de que su entonces titular, José Antonio Meade, y Mohamed Farid Monib, asistente para las Américas del Ministerio egipcio de Asuntos Exteriores, se reunieron aquí para “ampliar el entendimiento mutuo y profundizar las relaciones económicas bilaterales”, con la firma de varios acuerdos. Y el jueves 10, tres días antes de la matanza de mexicanos en el desierto occidental egipcio, la Secretaría de Cultura del Estado de México invitó a Shabaan a dar una charla en la cual el diplomático reiteró su idea de traer a Tutankamón, ahora ofreciendo que llegara precisamente a esa entidad. Callar y obedecer “Imagina que en algún lugar de México el Ejército ataca por error a un grupo de turistas y los mata. ¿De qué tamaño sería el escándalo internacional?”, plantea Ibrahim, periodista egipcio desde un barrio del sur de El Cairo. “Aquí, ha tenido que pasar eso para que el mundo reconozca que los militares matan civiles frecuentemente y nadie asume responsabilidad por eso. Además, no nos permiten denunciarlo, porque vamos a la cárcel”. Actualmente Ibrahim escribe sobre deportes y espectáculos. De 2011 a 2013 fue un activo reportero que denunció los abusos, sucesivamente, de los regímenes de Hosni Mubarak, del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas y de los islamistas de Morsi. Pero tras el golpe de Estado de Sisi, se ha visto forzado a callar para poder vivir. “Me tuvieron dos meses preso en una celda hacinado con delincuentes comunes; a veces me sacaban para torturarme”, explica. “Nunca me presentaron ante un juez. Pensé que me iba a quedar ahí años, hasta morir de hambre y enfermedades, como tantos compañeros periodistas, pero me sacaron un día sin explicaciones. Un oficial que tenía mi expediente me dijo que la próxima vez me matarían. Así es que ahora sólo trato temas sin riesgo, sin compromiso.” El pasado 17 de agosto Sisi dictó la llamada “Ley Antiterrorismo”, cuyo artículo 8 establece que los miembros de las fuerzas armadas no pueden ser imputados por delitos cometidos durante operaciones contra el terrorismo. Además, dicha ley impone multas de 25 mil a 60 mil dólares a periodistas y personas en general que difundan “noticias falsas” sobre incidentes de seguridad: básicamente, todo aquello que difiera de las versiones oficiales sobre ataques terroristas u operaciones militares. Por ejemplo, en Egipto está prohibido presentar información sobre las muertes de los mexicanos distinta de la que difundió el ejército, la cual culpa a los organizadores del convoy porque éste se adentró en una zona prohibida. La agencia de viajes que ha mostrado pruebas de que cubrió los requisitos para hacer esta expedición, está violando esas normas. Para asegurar su cumplimiento, la Fiscalía General emitió un comunicado exigiendo a los medios no reproducir nada más que los boletines oficiales. En declaraciones al diario The New York Times, difundidas el miércoles 16, el general brigadier Mohamed Samir, portavoz de las fuerzas armadas egipcias, sostuvo: “Este incidente no tiene nada que ver con el ejército, incluso si el ejército y la policía llevaron a cabo la operación juntos (…) Éste es el sistema del país y usted no tiene derecho a cuestionarlo”. Para obtener los comentarios de Ibrahim, cuyo nombre real se omite, fue necesario utilizar complicados mecanismos de comunicación segura, vía un tercer país. “Los gobiernos de México y de Egipto son grandes clientes de Hacking Team”, recuerda, en referencia a la compañía que provee servicios de espionaje. “En Egipto no hay libertad de prensa, pero a Washington no le importa. No hay libertad de expresión, de reunión, ni siquiera de tránsito ni derechos políticos, pero a Washington no le importa y sigue regalándole al ejército más de mil millones de dólares cada año en ayuda militar”. Su país, admite, vive una creciente ofensiva terrorista por parte de grupos como el autodenominado Wilayat Sinaí (Provincia del Sinaí), el cual se asume como parte del Estado Islámico creado por Abu Bakr al Bagdadi en regiones de Irak y Siria. El ataque contra los turistas mexicanos fue realizado, asegura el ejército, durante una persecución contra miembros de esa organización que habían registrado actividad en la zona. Es parte de una guerra que fue comparada por el ministro egipcio de Asuntos Exteriores, Sameh Shoukry, con la que libra México contra el narcotráfico, en un esfuerzo de obtener la comprensión del pueblo mexicano. “Pero es el mismo régimen egipcio el que ha hecho crecer las filas de los yihadistas mediante la represión de la oposición pacífica”, señala Ibrahim. Aunque fue un feroz crítico del gobierno de Morsi y los Hermanos Musulmanes, considera que la corriente del presidente depuesto logró convencer a miles de jóvenes de que la democracia era el camino, y después fue traicionado “por las mismas potencias occidentales que le pidieron seguir esa ruta. Ahora que está condenado a muerte es visto como un idiota o incluso como un traidor, y después de las matanzas, el discurso del Estado Islámico se ha hecho más atractivo y le gana nuevos ­reclutas”. Muchos activistas e intelectuales egipcios, añade Ibrahim, se sienten “horriblemente heridos” por la complicidad con la dictadura que mantienen “Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia y otros países sin postura independiente, como México”, ya que esto “les ha permitido a los militares hacer lo que se les antoje bajo la justificación de combatir terroristas. Ahora vieron morder a la víbora que ellos criaron: mataron a los turistas y se sorprenden, pero siempre nos matan a nosotros y todos como si nada”.

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