Cachorros: el secreto contra los fantasmas

sábado, 29 de octubre de 2016
La Serie Mundial 2016 resultó un duelo de estadística, bases de datos e inversiones sesudas contra supersticiones, fantasmas y leyendas. La inteligencia más pulida y el trabajo más arduo se confabularon para acabar con la mala suerte de décadas y décadas: los Cachorros de Chicago –amparados en la brillantez de Theo Epstein– abatieron la llamada “Maldición de la Cabra” y ganaron su primer campeonato en más de un siglo, y los Indios de Cleveland pretendían cortar una racha de siete décadas sin conocer la gloria. Este reportaje se publicó originalmente en la edición 2087 de la revista Proceso del 30 de octubre. CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- El campeón de la Serie Mundial 2016 saldrá de entre los dos equipos con las temporadas más largas sin ganar un título. Los Cachorros de Chicago y los Indios de Cleveland, entre los dos acumulan 176 años sin ser campeones: los primeros, 108 años; los segundos, 68. Antes de esta temporada, los Cachorros habían jugado 10 series mundiales. Ganaron las de 1907 y 1908 ante los Tigres de Detroit. Perdieron ocho: 1906, 1910, 1918, 1929, 1932, 1935, 1938 y 1945. Hasta antes de este año, nunca disputaron un juego de Serie Mundial que haya sido transmitido por televisión. Y tampoco habían jugado de noche –la iluminación artificial en el Wrigley Field se instaló en 1988– ni con un jugador negro en su plantel. La última vez que los Indios de Cleveland se coronaron en la Serie Mundial fue en 1948. En sus filas contaban con Larry Doby y Satchel Paige, el mejor pícher de las Ligas Negras de todos los tiempos. El entonces dueño del equipo, Billy Veeck, pensaba que los jugadores afroamericanos merecían la oportunidad de competir en las Grandes Ligas y los contrató. Apenas un año antes, cuando los Dodgers de Brooklyn firmaron a Jackie Robinson, se rompió la barrera del color en el beisbol de Estados Unidos, que hasta entonces era privilegio de los jugadores blancos. La contratación permitió que Doby, de 23 años, y Paige, de 42, el novato más viejo que ha debutado en Grandes Ligas, se convirtieran en los primeros jugadores negros en ganar una Serie Mundial. Indios derrotó en seis juegos a los Bravos de Boston. Cleveland posee el mismo número de títulos de Serie Mundial que Chicago, dos: el de 1948 y el de 1920, que obtuvo ante los Robins de Brooklyn. Perdió en 1997 contra los Marlines de Florida, en 1995 ante los Bravos de Atlanta y en 1954 fue barrido por los Gigantes de Nueva York. En el line up de los Indios destacaba el veracruzano Beto Ávila, un segunda base de brazos poderosos que aquel año ganó el título de bateo de la Liga Americana, con .341. Los Indios de Cleveland no buscan en la magia explicaciones a sus resultados deportivos. Son capaces de ganar o no. Así de simple. En cambio, los Cachorros de Chicago tienen 71 años sufriendo la “maldición de Murphy”, la cabra que Billy Sianis llevó al estadio Wrigley el 6 de octubre de 1945 para el juego 4 de la Serie Mundial de aquel año. El hombre de origen griego, dueño de una taberna cercana al estadio, le había comprado un boleto a la cabra, pero los guardias no la dejaron entrar. Explicó que el animal era un amuleto que le daba suerte en su negocio. Pidió hablar con el dueño del equipo, Philip K. Wrigley, pero éste negó el acceso al animal “porque apesta”. Entonces Sianis maldijo a los Cachorros: no volverán a ganar la Serie Mundial. Aquel año, Chicago cayó en siete juegos ante los Tigres de Detroit. Comenzó la “Maldición de la Cabra”, que los Cachorros podrían romper este año. Sianis falleció el 23 de octubre de 1970, exactamente 46 años antes de que el equipo ganara el banderín de la Liga Nacional y consiguiera así su primer boleto a la Serie Mundial en siete décadas. El artífice El presidente de operaciones de beisbol de los Cachorros de Chicago es Theo Epstein, un neoyorquino de 42 años, doctor en derecho, graduado de la Escuela de Derecho de la Universidad de San Diego y que también cursó Estudios Americanos en la Universidad de Yale. Epstein se crió en Brookline, Massachussets, donde asistió a la preparatoria y jugó beisbol. Creció amando a los Medias Rojas de Boston. Soñaba con trabajar para el equipo. Mientras estudiaba en Yale pasó meses enviando cartas a distintos clubes de beisbol pidiendo una oportunidad de trabajo. El único que le contestó fue el vicepresidente de personal administrativo de los Orioles de Baltimore, Calvin Hill, cuyo padre también estudió en Yale y jugó en la NFL. Epstein cree que la conexión con la escuela le abrió la puerta. “En lugar de que mi carta terminara en el bote de la basura, Calvin terminó de leerla y me llamó. Me citó para una entrevista durante las vacaciones de primavera de mi primer año en la universidad. En lugar de irme con mis amigos a Cancún, me fui a Baltimore. Me entrevisté con Calvin y obtuve el trabajo (como asistente de relaciones públicas). Estuve con Baltimore los veranos de 1992, 1993 y 1994”, dijo Epstein en una entrevista con el portal www.baseballprospectus.com. Así llegó Theo Epstein al beisbol organizado. Cuando terminó la carrera se mudó a San Diego. Los Padres lo contrataron para trabajar con Larry Lucchino en el departamento de desarrollo de peloteros. Epstein trabajaba y estudiaba de tiempo completo. Fue invitado a participar en negociaciones de peloteros con Kevin Towers, el gerente general del equipo, responsable de la contratación de jugadores. Al poco tiempo se convirtió en el director de operaciones de beisbol. En varias entrevistas que ha concedido, Towers ha narrado que recuerda a Epstein siendo muy feliz por el simple hecho de sostener la pistola de radar y medir la velocidad de los lanzamientos de los pícheres, escribiendo los reportes de los scouts o viajando con ellos a ver a los jugadores de Ligas Menores. El muchacho elaboraba en cuestión de horas casos de arbitrajes y negociaciones con los agentes de los peloteros; y a gotas, como se construye una estalactita, aprendió el oficio: tener los ojos y el olfato para detectar el talento. “Nunca olvidaré la mañana que entró a mi oficina con la lista de waivers (jugadores disponibles para ser cambiados de equipo) y me dijo: ‘Tenemos que contratar a este chavo’. Era David Eckstein, que mide 1.70 y pesaba 70 kilos, sin poder. Pero Theo me dijo que era una máquina de embasarse. Le dije que no. Los Angelinos de Anaheim lo contrataron y, con ellos, Eckstein ganó la Serie Mundial de 2002. Pensé: ‘Tengo que empezar a escuchar a este muchacho’”, contó Towers en el Chicago Tribune. Towers dice que Epstein es un hombre que piensa en grande, con instintos increíbles. Lo define como la última mezcla de la labor de scouteo (buscar talentos) con el factor estadística. Es un practicante fiel de sabermetrics (sabermetría), es decir, de la medición del beisbol a través de evidencia objetiva, estadísticas: medir la producción individual y colectiva de los jugadores para traducirla en partidos ganados y perdidos. El término deriva de la sigla SABR (Society for American Baseball Research). Theo Epstein representa la posibilidad más real de que los Cachorros de Chicago ganen la Serie Mundial. Su historia lo avala. Medias Rojas de Boston lo contrató en 2007, cuando tenía 28 años. En 2001, Larry Lucchino se convirtió en el presidente ejecutivo de Medias Rojas y se lo llevó con él. Un año después, lo nombró gerente general. Fue la primera vez que Epstein se enfrentó a una maldición beisbolera, la “del Bambino”, la que Boston arrastró desde 1918 cuando se atrevió a vender a Babe Ruth a su acérrimo enemigo, los Yanquis de Nueva York. Epstein construyó, piedra por piedra, durante dos años, los cimientos en los que descansa el primer título de Serie Mundial que Boston ganó en 86 años. Derrotó por barrida a los Cardenales de San Luis. En 2007 Medias Rojas cosechó otro campeonato, ante los Rockies de Colorado. Ahí se mantuvo Epstein hasta octubre de 2011, cuando Cachorros de Chicago anunció que lo contrató como presidente de operaciones de beisbol por cinco años y 18.5 millones de dólares. Con él llegó Jed Hoyer, el vicepresidente ejecutivo y gerente general, quien ya había trabajado con Epstein en Boston. Juntos negociaron en 2003 que el lanzador derecho Curt Schilling se uniera al equipo. El jugador fue el artífice del título en 2004. Cuando Epstein llegó a Chicago, el equipo estaba en ruinas. Terminó esa temporada con apenas 71 victorias. En 2009 la familia Ricketts había adquirido el equipo con una única idea: ganar la Serie Mundial. La temporada 2013 fue la peor desde que Cachorros se fundó en 1874: 101 derrotas. El equipo no tenía jugadores talentosos en el roster y menos en sus sucursales de Ligas Menores. Fueron tres temporadas infernales. Epstein ya trabajaba en lo que sabe hacer. En 2015, Chicago ganó 97 juegos y llegó hasta la Serie de Campeonato de la Liga Nacional, que perdió con los Mets de Nueva York. No hay fórmulas mágicas. Epstein contrató al primera base Anthony Rizzo, al puertorriqueño Javier Báez y a los prospectos Kris Bryant y Addison Russell. En 2016, Cachorros tuvo el mejor récord de las Grandes Ligas, con 103 triunfos. Dos excelentes managers se enfrentan en la Serie Mundial 2016: Joe Maddon, uno de los primeros en echar mano del análisis estadístico avanzado, está haciendo su tercera aparición en un Clásico de Otoño. Estuvo con Anaheim en 2002 y con los Rays de Tampa Bay en 2008. Mientras tanto, Terry Francona, de Cleveland, ayudó a terminar con la Maldición del Bambino. Es un viejo conocido de Epstein. En temporada regular, la rotación de abridores de Chicago promedió 3.15 de carreras limpias: Kyle Hendricks (2.13) Jon Lester (2.44), Jake Arrieta (3.10) y John Lackey (3.35). En tres aperturas de playoff, Lester mantuvo 0.86 de efectividad. Pero el staff de picheo de Cleveland está lejos de pensar que Chicago exorcizará sus demonios. Con 3.84 de carreras limpias, Indios fue el séptimo mejor de las Mayores en la campaña regular. Y ha dominado la postemporada: permitió sólo 14 carreras limpias en ocho juegos (1.77 de efectividad). Indios derrotó a Boston en la Serie Divisional (por barrida en tres juegos) y a Azulejos de Toronto en la Serie de Campeonato de la Liga Americana (en cinco juegos), partidos en los que sus tres mejores lanzadores maximizaron su efectividad. El líder de la rotación de abridores, Corey Kluber, y los relevistas Andrew Miller y Cody Allen lanzaron más de la mitad de las 71 entradas de playoffs (37 2/3) y se combinaron para un microscópico 0.48 de efectividad. Filo contra filo Con mucho dinero, Epstein construyó a los Cachorros de Chicago. La nómina del equipo (25 jugadores) se cotiza en 144.5 millones de dólares. Los Indios son mucho más austeros: 59.2 millones. Es cierto que Epstein abrió la cartera para hacerse de un grupo de lanzadores que llegaron por la agencia libre, ante la falta de prospectos desarrollados en su granja. Con salarios de 25 millones de dólares y 16 millones, Jon Lester y John Lackey encabezan la lista. Jake Arrieta alcanza los 10.7 millones de dólares, pero el novato Kyle Hendricks sólo gana 541 mil dólares. Los pícheres más destacados de los Indios de Cleveland están a años luz de esas cantidades: Corey Kluber cobra 4.7 millones. Andres Miller, 3.1, y Cody Allen, 4.1. En resumen: los 11 pícheres de Cachorros acumulan salarios por 73.1 millones de dólares. Los 12 de Indios, 23.2. Y en los jugadores de posición no hay cambios. El jardinero Jason Heyward tiene un sueldo de 21.6 millones de dólares. Le sigue el cátcher Miguel Montero con 14 millones y Ben Zobrist que fue contratado este año por 10.5 millones. Dexter Fowler, 8 millones y Anthony Rizo, 5.2 millones. Para la Serie Mundial, Chicago recuperó a Kyle Schwarber, quien se rompió los ligamentos de la rodilla en el juego dos de la temporada. El pelotero de 23 años bateó, como novato, 16 carreras en 69 partidos en 2015. Su salario es de 522 mil dólares. Epstein le paga apenas lo justo a jugadores que han sido las bujías del equipo: Kris Bryant, 652 mil dólares; Javier Báez, 521 mil, y Addison Russel, 527 mil. En Cleveland, el parador en corto Francisco Lindor, que corre las bases como gacela, gana 540 mil dólares; el cátcher Roberto Pérez –que pegó dos home runs en el juego 1 de la Serie Mundial– 515 mil. Sueldos más jugosos son para Carlos Santana, 8.4 millones de dólares; Mike Napoli, 7 millones; Rajai Davis, 5.9, y el segunda base Jason Kipnis, 6.1. Kipnis es originario de Chicago. Su niñez la pasó en los estadios de esa ciudad viendo jugar a Medias Blancas y a los Cachorros. Un fan de este equipo. La simple insinuación en una pregunta sobre a quién elegiría como ganador –a Indios o a Cachorros– le pone los pelos de punta. Su equipo es en el que alinea. Años atrás, según publicó The New York Times, Kipnis asistió a la St. Norbert School, en Northbrook, Illinois, a unos kilómetros del Wringley Field. Muchos de los estudiantes eran fanáticos de Cachorros, incluido Steve Bartman, un compañero de salón de su hermana mayor. El 14 de octubre de 2003, Bartman se convirtió en el peor enemigo de los fanáticos de los Cachorros de Chicago. Fue acusado de ayudar a que la maldición de años sin ganar la Serie Mundial se extendiera. Durante el juego 6 de la Serie de Campeonato de la Liga Nacional que disputaron ante Marlines de Florida, Bartman se crucificó cuando intervino en una jugada para intentar quedarse con una pelota en terreno de foul. Los Cachorros ganaban 3-0 en la octava entrada con un out en la pizarra. Estaban a sólo cinco outs de llegar a una Serie Mundial por primera vez en 58 años. Bartman tenía un lugar en la primera fila de asientos del jardín izquierdo. Metió la mano para atrapar una pelota que el jardinero Moisés Alou tenía prácticamente en su guante. En lugar de que cayera el segundo out, comenzó una fiesta de batazos. Los Marlines anotaron ocho carreras en esa entrada. Ganaron el juego y la noche siguiente calificaron a la Serie Mundial en la que, a la postre, vencieron a los Yanquis de Nueva York. Desde entonces, Bartman jamás ha regresado al estadio. Vive prácticamente en el anonimato. Aquella noche fue agredido por fanáticos furiosos. Tuvo que esconderse y esperar que la gente saliera del Wrigley Field. Un triunfo de Chicago terminaría con la última maldición del beisbol de las Grandes Ligas y, quizá, dejaría claro que el simple trabajo de un ser terrenal llamado Theo Epstein es toda la lógica que se necesita para ahuyentar los fantasmas.

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