Neoliberalismo sexual: todo se puede comprar y vender… incluso el cuerpo

CIUDAD DE MÉXICO (apro-cimac).- Si el Estado normaliza la “prostitución” como un “trabajo”, eso derribaría los límites que las feministas han construido para acceder al cuerpo de las mujeres, afirmó la investigadora y profesora de la Universidad Rey Juan Carlos en España, Ana de Miguel Álvarez. En la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), donde impartió la conferencia sobre ‘neoliberalismo sexual’, la investigadora de Filosofía Moral y Política advirtió que reconocer la “prostitución” como un “trabajo sexual” sería una forma de difundir la idea de que las mujeres son cuerpos que están para el placer de los hombres que pueden pagar por ellos. La idea de legalizar y reconocer el “trabajo sexual” surge en el contexto del neoliberalismo, ideología que afirma que todo se puede comprar y vender, que el mercado no tiene por qué tener límites, y que la única condición es el consentimiento de las personas libres e individuales, apuntó la autora del libro “Neoliberalismo sexual. El mito de la libre elección”. Uno de los argumentos de quienes están a favor de reconocer, normalizar y legalizar la oferta de “servicios sexuales” como un “empleo”, añadió, es que se trata de una actividad de libre consentimiento entre quien ofrece “el servicio” y quien paga por él, por eso esta postura sostiene que quienes se oponen “son puritanos”, puntualizó. Para De Miguel Álvarez, la definición de “prostitución” como “el intercambio de dinero por servicios sexuales” es una falacia, porque si se analiza desde las teorías feminista y de género, en realidad se definiría como “una institución por la que la sociedad ofrece a los hombres, mujeres de libre acceso a sus cuerpos por un precio variable”. Analizar el tema de la “prostitución” desde la teoría feminista implica que no puede verse como un fenómeno alejado de la sociedad, porque es un tema donde se juzga quiénes somos y qué podemos hacer para ganarnos la vida, subrayó. El feminismo, dijo, analiza estructuras de poder, no preferencias de individuos, por eso cuando esta teoría estudió el derecho a votar, no se enfocó en quiénes querían ejercer el sufragio y quiénes decidieron no hacerlo, sino en las estructuras de poder y las razones de por qué hay poblaciones que decidían “sacar brillo a sus cadenas”. Al hablar sobre la idea de la “libre elección”, la académica señaló que esta idea no se puede ver de manera aislada, porque de ser así, quienes tienen poder podrían aplastar a los otros. Por ejemplo, si una persona decide pagar tres euros por un trabajo sin ningún derecho y otra decide aceptarlo, esto generaría una explotación laboral sin que el Estado intervenga, sostuvo. Desde la teoría de género –abundó– “la prostitución” se considera una institución como muchas otras (la Universidad, la sanidad pública, las bibliotecas), porque responde a una necesidad humana; incluso para grandes pensadores la “prostitución” es un “mal menor” porque remedia un mal peor: que un hombre no pueda acceder al cuerpo de una mujer cuando quiera. Por tanto, para la especialista, quien actualmente dirige un proyecto de investigación sobre “los debates teóricos en torno a la prostitución de las mujeres”, decir “trabajo sexual” tampoco es transgresor ni nuevo, porque ha existido siempre y en todas las sociedades, pero no como un trabajo de “libre elección”, sino como una decisión de los hombres de pagar por usar los cuerpos de las mujeres. Con este argumento, insistió, estos encuentros sexuales no son decisión de las mujeres que actúan en un acto de libertad, porque aunque todas dijeran “me quiero prostituir”, al final la decisión será de los hombres con dinero. La prostitución comienza con hombres con dinero que tienen voluntad de pagar. En ese momento ellos convierten a una mujer en “prostituta”. Bajo la apariencia de que las personas son libres para venderse, muchas mujeres que no quieran ejercer esta actividad van a perder el derecho de decir no, porque en la sociedad se va a difundir la idea de que la “prostitución” es tan normal, que quienes no lo hagan serán puritanas, resaltó. Es decir que lo que estaremos normalizando, apuntó, es que las chicas de las clases sociales con más bajos recursos económicos no tengan de “dónde agarrarse” para decir: “no me quiero prostituir”. En tiempos de la igualdad de género, cuando los Estados tienen leyes y políticas a favor de la igualad, cualquier joven podrá salir de la escuela, ver la “prostitución” y darse cuenta que la igualdad es que puede pagar dinero para acceder al cuerpo de una chica, dijo. Y remató con una pregunta: “¿Esto no corrompe la igualdad?”.

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