Los críticos ante el maestro Jorge Alberto Manrique

martes, 8 de noviembre de 2016
Tres figuras destacadas de la crítica de arte nacional valoran a una de las personalidades que conformó ese oficio, ese saber, esa enseñanza de manera óptima: Jorge Alberto Manrique, fallecido la mañana del miércoles 2 a los 80 años. Son Teresa del Conde, Renato González Mello y Luis Rius Caso. La evaluación no puede ser más elogiosa; el desaliento, total. Pero la obra del historiador se recuerda con alegría, y la UNAM prepara ya la edición póstuma de sus trabajos. CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Ni la edad, ni la enfermedad, ni siquiera la muerte que tomó al historiador, investigador y crítico de arte Jorge Alberto Manrique –el pasado 2 de noviembre a los 80 años de edad–, impidieron su labor para difundir apasionadamente las artes, pues la UNAM prepara la edición del último libro que entregó: La ciudad de México a través de los siglos. Le llevó la mitad de su vida y se presentará el próximo año. A decir del doctor en historia del arte y titular del Instituto de Investigaciones Estéticas (IIE) de la máxima casa de estudios, Renato González Mello, se trata de una obra que Manrique comenzó a trabajar en la década de los setenta y que recorre –con ojo agudo– los distintos monumentos artísticos de la Ciudad de México. Tendrá un aproximado de mil páginas, una “Biblia” de monumentos. Un trabajo complejo en términos de edición, pero exquisito y de una notable importancia para la historia de las artes, según comentó Renato González Tello: “Fue uno de sus proyectos de su vida con colaboración de muchos colegas, es un trabajo que venía haciendo desde los setenta, y resume sus ideales al hacer una revisión de los monumentos artísticos de la ciudad. De un gran nivel académico, como la mayor parte de su producción, pero también de interés general. “Le tomó mucho tiempo terminarlo, fue un largo proceso. Ocurre con los grandes proyectos ambiciosos que requieren una vasta coordinación, está en camino de edición y saldría para mediados del próximo año.”, comentó quien fuera su alumno, discípulo, y ahora su sucesor en la dirección del IIE (Manrique fue su titular de 1974 a 1980). Doctor en historia por la UNAM y posteriormente catedrático en la Facultad de Filosofía y Letras e investigador emérito en esa institución, asimismo profesor en la Universidad Veracruzana (1959-1962) –por la cual se consideraba “jalapeño por adopción”–, de El Colegio de México (1965-1970), fundador del Museo Nacional de Arte (Munal) que presidió entre 1982 y 1983, y titular del Museo de Arte Moderno (MAM) de 1987 y 1988. Autor de diversos volúmenes como Los dominicos y Azcapotzalco (1964), Historia del Arte mexicano (1982-1983), Una visión del arte y de la historia (2001) y Arte y artistas mexicanos del siglo XX (2001), entre muchos otros; fue miembro de la Academia Mexicana de Historia, la Academia de las Artes y del Comité Internacional de Museos (ICOMOS), y merecedor de diversos galardones, entre los que destacan la Orden al Mérito de la República Italia (1981), Premio Universidad Nacional (1992), y Premio Nacional de Artes (2005). Además de haber tenido múltiples reconocimientos como el que recibió con la exposición-homenaje Retratos y autorretratos en 2002 en donde expuso dos piezas de barro de su autoría, según dio a conocer Proceso edición 1329, y la que recibió en septiembre pasado por la UNAM. Libertad vs. censura Manrique tuvo que defender la libertad de expresión en dos ocasiones: Primero en 1983 cuando, como parte de su labor en la conformación de obras de arte para el Munal, se opuso a que piezas públicas se llevaran a Los Pinos, sin más deseos que los presidenciales: “Estoy de acuerdo en que la residencia presidencial debe tener muy buenos cuadros, pero ciertas obras capitales deben estar, antes, en un museo; éste es mi criterio y así lo platiqué a Juan José Bremer», dijo en esa ocasión a este semanario (Proceso, 591), cuando Bremer era subsecretario de Cultura. Y en 1988 cuando presentó su “renuncia no voluntaria” a la dirección del MAM, el 25 de febrero, ante la presión de grupos sinarquistas y católicos de Pro-Vida que exigieron el cierre de una instalación de Rolando de la Rosa, donde criticaba a figuras religiosas (colocando a la Virgen de Guadalupe con el rostro de Marilyn Monroe, o a Cristo con cara de Pedro Infante, entre otros), piezas seleccionadas por un jurado. Casi veinte años después declaró a la reportera Judith Amador para Proceso 1329: “Siempre me han corrido, nunca me he llevado con el poder.” En la historia del arte Tanto Renato González Mello como la crítica, académica e investigadora de esa institución, Teresa del Conde, así como Luis Rius Caso, director del Museo Casa Estudio Diego Rivera y Frida Kahlo y el Museo Mural Diego Rivera, concordaron en que la figura de Manrique es excepcional en la historia del arte del país. –¿Cómo evaluar el legado de Manrique en la historia del arte nacional? –se le pregunta a González Mello vía telefónica: –Es una persona difícil de evaluar por la calidad y pluralidad de sus aportaciones, porque fue importante para la historia del arte y en cada uno de los institutos en que se desempeñó. –¿Qué puede destacar de su labor en la UNAM? –Que era un formador nato al igual que los grandes de su generación, y que tenían clara la docencia como una de sus actividades centrales ejercidas en distintas etapas como profesor, jurado de tesis, director de instituciones, director. –¿Y específicamente en el IIE? –Su mayor acierto fue renovar al instituto, renovar la planta de académicos y buscar renovar los temas del IIE. Según recuerda, lo conoció en 1985 en el Consejo técnico de la Facultad de Filosofía y Letras donde dirigió su tesis sobre la obra de José Clemente Orozco. –¿Usted cree que Manrique estaba consciente de lo que representaba? –Estaba consciente de la figura que era, pero al mismo tiempo no quería parecerlo, tenía un trato muy grato con todos, un buen maestro que dejaba que sus alumnos hicieran su camino, conocía su posición sin ser ostentoso. Personalmente estoy adolorido por su deceso, todos estamos tristes, es una comunidad que siente esta pérdida. –Después de Manrique, ¿quién? –Cada persona es insustituible, es difícil responder porque estamos hablando de una persona que, junto al historiador Eduardo Blanquel, escribió el primer libro de historia para las escuelas en los sesenta. Fuerza A decir de Teresa del Conde se trató de un “parteaguas en la historia del arte nacional” que marca un antes y un después: “Era una de las personas más reconocidas en la historia y crítica artística. Auténticamente hablando, un historiador del arte en toda la extensión, que lo mismo podía hablarte sobre prehispanismo, renacimiento, el medievo, y el contemporáneo. “Sin duda un maestro de una tradición en la investigación y conocimiento histórico de los que ya no existen. Se recuperó de una afasia que sufrió por más de diez años.” Mientras que para Luis Rius Caso la figura de Manrique es multidisciplinaria: “Fueron muchas las aportaciones, primero como historiador nos aportó una visión del proceso de las artes en México, desde lo prehispánico hasta la actualidad, llena de conceptos importantes, gracias a él se piensa de manera diferente el barroco y el manierismo mexicano, al estudio de la generación de la ruptura y José Clemente Orozco. Era un investigador con metodología para abordar la historia del arte. “Como gestor dejó un modelo directivo de lo que es un funcionario, y como defensor del patrimonio tomó una posición sumamente valiente con el Munal y el MAM. Como director del IIE dejó una gran plataforma, y como protector del patrimonio del Archivo General de la Nación, entre otros recintos. –¿Hay alguien que llene ese espacio? –Teresa del Conde, y de las plumas clásicas de la crítica de arte no hay más porque con la desaparición de Raquel Tibol y Luis Cardozo y Aragón, ya no. Es importante saber qué viene, porque creo que también hay un vacío actual y una necesidad de repensar la crítica de arte. –¿Qué dejó Manrique en su legado? –Su criterio y apertura intelectual, era abierto aunque también defendía causas, no era excluyente, ahora padecemos el demonio de la exclusión si uno apoya algo es enemigo de lo otro. Duele su deceso, pero qué bueno que lo recordemos con alegría.

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