Cuando Fidel enfermó... y cambió la historia

martes, 6 de diciembre de 2016
El 26 de julio de 2006 Fidel Castro tomó un vuelo de la provincia de Holguín a La Habana. Durante el viaje su salud entró en crisis: sufría una hemorragia intestinal. Como era un vuelo corto, no había un médico a bordo. El avión realizó un aterrizaje de emergencia. Los médicos le diagnosticaron una diverticulitis en el colon y recomendaron pacticarle una colostomía que lo obligaría a portar una bolsa de drenaje externo. Pero Fidel se opuso y él mismo instruyó el tipo de operación que debían practicarle. Esta decisión lo llevó al borde de la muerte, lo forzó a dejar el ejercicio público del poder y cambió el curso de la historia en Cuba. CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Fuentes médicas, reportes periodísticos y cables diplomáticos coinciden: la debacle quirúrgica que siguió a la crisis intestinal que sufrió Fidel Castro en julio de 2006 fue provocada por él mismo. Y es que, contra toda advertencia, el mandatario cubano se negó a que le practicaran una colostomía que lo obligaría a portar una bolsa de drenaje externo mientras sus órganos internos sanaban. Su negativa lo llevó al borde de la muerte, lo forzó a dejar el ejercicio público del poder y cambió el curso de la historia en Cuba. “Quizá por orgullo, por machismo o por arrogancia, o por alguna combinación de las tres”, la grave crisis que afectó a Castro “fue en buena medida creada por él mismo… al rehusarse a que le practicaran una colostomía y optar por una técnica quirúrgica que le causaría las complicaciones”, sostiene Ann Louise Bardach en su libro Sin Fidel: La casi muerte del comandante, sus enemigos y la sucesión del poder en Cuba, publicado originalmente en inglés en 2009 y traducido al español en 2012. Periodista que ha cubierto las relaciones Cuba-Estados Unidos desde 1992 para medios como Vanity Fair, The New York Times y The Washington Post, y autora de otro libro titulado Cuba confidencial, Bardach es probablemente la que más abunda en la renuencia de Castro a escuchar a sus médicos. “Desoyendo las advertencias de los riesgos que implicaba, (Fidel) optó por una operación en que se le cortarían las porciones infectadas del colon y, al mismo tiempo, se le reconectaría el intestino”, un procedimiento potencialmente letal. Los cirujanos de Castro lo sabían –continúa la también miembro de la Brookings Institution y galardonada con el premio Pen USA en 1995– pero su paciente tenía sus propias ideas: “Nadie podía decirle que no”, le contó un amigo del mandatario cubano que estuvo en las deliberaciones médicas. “Él no escucharía a nadie porque no podía soportar esa idea (la de llevar una bolsa externa)”, explicó. [caption id="attachment_464512" align="aligncenter" width="702"]Una fotografía de Fidel Castro en La Habana. Foto: AP / Natacha Pisarenko Una fotografía de Fidel Castro en La Habana. Foto: AP / Natacha Pisarenko[/caption] “Apostó… y perdió” El escritor Saul Landau le contó a Bardach una historia similar escuchada de un cirujano de La Habana familiarizado con el caso. “A Fidel le informaron los riesgos de hacer una sola operación y dijo que no, que estaba dispuesto a arriesgarse. Como de costumbre, tomó una decisión arriesgada. Apostó y perdió”, sentenció Landau. Nada de esto se divulgó por canales oficiales. Los medios gubernamentales decían que Castro se recuperaba “satisfactoriamente” y que “pronto” retomaría sus funciones como comandante en jefe. Y en diciembre de 2006 funcionarios cubanos aseguraron a una delegación de legisladores estadunidenses de visita en la isla que Fidel no tenía cáncer ni ninguna otra enfermedad terminal. Pero de pronto el hermetismo informativo se rompió… en España. Primero, El Periódico de Catalunya contó en Nochebuena que el cirujano español José Luis García Sabrido, especialista en cáncer de colon, quien ya había tratado a Castro y era un conocido simpatizante de la Revolución Cubana, había viajado en secreto a La Habana con un sofisticado equipo médico y un arsenal de medicamentos no disponibles en Cuba. Según el diario, el médico ya habría enviado fármacos desde el inicio de la crisis y asesorado telefónicamente a sus colegas cubanos durante la operación. Así, al regresar a Madrid, donde entonces era jefe del servicio de cirugía del Hospital Gregorio Marañón, a García Sabrido no le quedó más remedio que dar una conferencia de prensa. Pero el doctor fue parco. Se limitó a decir que Castro no sufría de cáncer, sino de “otro problema de su sistema digestivo”. Reconoció que había pasado por una operación “muy delicada”, pero aseguró que ya estaba “estable” y empezaba a recuperarse. Para indignación del comprometido galeno, algunos de sus colegas no fueron tan discretos y, citando “fuentes médicas”, el 16 de enero de 2007 el diario El País contó lo que realmente había pasado. Castro padecía diverticulitis, unas bolsas anómalas en el intestino grueso que se inflaman y pueden llegar a infectarse y sangrar, causando en casos graves peritonitis y hemorragias. Citando a la periodista brasileña Claudia Furiati, autora de la biografía autorizada de Castro La historia me absolverá (2001), el diario español dijo que el dirigente cubano sufría de este padecimiento hacía más de 20 años. En su libro, Bardach afirma que “esta dolorosa y recurrente infección intestinal lo venía afectando ya desde los años setenta y, al parecer, requirió de una primera operación en los ochenta”. Pero en julio de 2006, con 80 años y después de asistir en Argentina a una Cumbre del Mercosur, donde tuvo varios estallidos de furia que según los especialistas podrían haber irritado su colon, durante la agobiante celebración del asalto al cuartel Moncada, que lo llevó a varias ciudades cubanas, Fidel empezó a sentirse mal. Doblado por el dolor y con una hemorragia en curso, al regresar a La Habana el comandante en jefe fue ingresado de urgencia en el Centro de Investigaciones Médico Quirúrgicas. Al operar –siguiendo con la reseña de El País– no sólo había un abundante sangrado, sino que la infección se había extendido causando una peritonitis, por lo que se procedió a retirarle una porción del intestino grueso, el sigma, y otra del recto, las partes más afectadas por la diverticulitis. Y ahí fue donde empezó la catástrofe. En contra de la opinión del resto del equipo quirúrgico, Eugenio Selman, cirujano en jefe y médico personal de Castro, se plegó a la voluntad de su paciente y conectó directamente el colon transverso con el recto. Sin la colostomía, la infección siguió su curso e impidió que la unión entre el colon y el recto cicatrizara. Al contrario, su abdomen se inundó de heces y causó otra peritonitis, obligando a una segunda operación de urgencia. Los médicos limpiaron y drenaron la zona infectada, y esta vez le retiraron todo el intestino grueso y le hicieron un ano artificial. Tampoco esta vez la cicatrización fue buena. Peor aún, cuando se le colocaba la repudiada bolsa de colostomía, los cirujanos descubrieron una afectación en las vías biliares. Las fuentes médicas españolas hablaron de una colecistitis alitiásica –Bardach la menciona como gangrena– que implicaba 80% de riesgo de muerte y que obligó a colocar un pequeño tubo para que drenara los fluidos tóxicos. Pero este dispositivo que conectaba el intestino delgado con las vías biliares y era de fabricación coreana también falló, por lo que hubo que realizar una tercera intervención para colocarle otro de origen español. Cuando a fines de 2006 García Sabrido fue a Cuba para valorar a Castro, éste tenía en el abdomen una abertura por la que liberaba más de medio litro de fluidos al día y sólo era alimentado por vía intravenosa, lo que le había ocasionado “una severa pérdida de nutrientes”. El médico español ordenó la reintroducción de alimentos sólidos. Con 18 kilos menos y una visible disminución de su masa muscular, el enfermo empezó a recuperarse lentamente. Pero pese a reconocer después que cuando era trasladado al hospital pensó que “aquello sería el final” y de haber salvado la vida, uno de los médicos tratantes confió en privado que el comandante estaba “devastado” cuando descubrió la bolsa de colostomía. “Fidel estaba llorando. Lloró varias veces aquel primer día”, cuenta Bardach. Aunque nunca mencionó que su renuencia lo había llevado a la debacle, en una de sus “Reflexiones” (mayo 2007) Castro confirmó parte de lo que se había publicado en El País. “Los cables hablan de una operación… Pues bien, no fue una sola operación, sino varias. Inicialmente no hubo éxito, y esto incidió en la prolongada recuperación. Dependí durante mucho tiempo de venas tomadas y catéteres por los cuales recibía una parte importante de los alimentos… Hoy recibo por vía oral todo lo que requiere mi recuperación. Ningún peligro es mayor que los relacionados con la edad y una salud de la cual abusé en los tiempos azarosos que me tocó vivir”. [caption id="attachment_464521" align="aligncenter" width="702"]Maduro y Castro despiden a Fidel en la Plaza de la Revolución. Foto: AP / Ricardo Mazalan Maduro y Castro despiden a Fidel en la Plaza de la Revolución. Foto: AP / Ricardo Mazalan[/caption] Cables diplomáticos Tres años después, en 2010, WikiLeaks difundió una serie de cables diplomáticos enviados desde la Sección de Intereses de Estados Unidos en La Habana a Washington, que evidencian que el gobierno estadunidense también tenía conocimiento de muchos de los pormenores de la grave crisis de salud sufrida por Fidel, aunque añade varias especulaciones sobre el líder cubano y el futuro de la isla que con el tiempo no se vieron confirmadas. El cable 100823, titulado “¿Cuán creíble es un regreso de Castro?”, escrito por el entonces jefe de esa oficina Michael Parmly y enviado el 16 de marzo de 2007, relata por ejemplo que la crisis empezó en un vuelo de Holguín a La Habana, luego de un día lleno de actividades por los festejos del 26 de julio de 2006. “Como era un vuelo corto no había un médico a bordo, y tuvieron que hacer un aterrizaje de urgencia cuando se dieron cuenta de su hemorragia. Le diagnosticaron una diverticulitis en el colon”. Luego de explicar en qué consiste esta enfermedad, el cable asienta que Fidel “sufrió una perforación en el intestino grueso y necesitaba una colostomía… a la que Castro caprichosamente se opuso”. Pese a la oposición del resto del equipo, continúa el texto, “Eugenio Selman, médico personal de Castro y cirujano en jefe, estuvo de acuerdo”. La cirugía falló y posteriormente Selman fue removido y enviado a trabajar a otro sitio con un rango menor, agrega. Por lo demás, el cable de Parmly repite casi textualmente la información que divulgó El País en su edición de enero de 2007. El propio diario español retomó la información filtrada por WikiLeaks y en una nota publicada el 15 de diciembre de 2010 comentó que si bien estos cables aventuran escenarios políticos y comentan las ausencias y presencias de Castro, “no abordan su situación clínica porque no tienen información para hacerlo”. De hecho, un cable con el número 90997 elaborado el 27 de diciembre de 2006 por la embajada de Estados Unidos en Madrid y etiquetado como “confidencial”, se remite a la información que dieron los medios españoles a partir de la conferencia de prensa del doctor García Sabrido. De ella se destacó que el médico sostuvo que “Castro no tiene ningún tumor maligno”. Lo que sí hizo la legación estadunidense en España es asegurarse de la confiabilidad del médico. Un contacto no identificado en el cable, al que se menciona como “activista cubano y cercano al autor exiliado Carlos Alberto Montaner”, dijo estar seguro de que García Sabrido decía la verdad, “y si él sostiene que Castro no tiene cáncer, entonces no lo tiene”. A pesar de ello, numerosos cables siguieron especulando sobre la existencia de este padecimiento o cualquier otra enfermedad terminal, e inclusive alguno aventuró que “el dictador cubano no está mentalmente apto para reasumir el control del gobierno”. Más que información, estos despachos “confidenciales” reflejaron la guerra de propaganda que, de principio a fin, libraron los personeros del régimen de Cuba y del gobierno de Estados Unidos en torno del estado de salud de Fidel Castro.

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