"El difunto señor Henry Moss"
CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Un padre alcohólico, violento y distanciado de su familia, es lo que representa El difunto señor Henry Moss, que es recordado y revivido por sus dos hijos al reunirse en su casa e intentar dilucidar cómo ocurrió su muerte.
Sam Shepard, su autor, no hace concesiones hacia sus personajes, y la deformidad emocional de cada uno de ellos queda a la vista, provocando en el espectador una sensación de desasosiego, rechazo y, al mismo tiempo, compasión. La variedad de emociones que se viven en la obra es conducida acertadamente por la dirección de Otto Minera, que deja a la luz la complejidad psicológica de los personajes y el torbellino que arrastra a esta familia destruida que no tiene nada que la pueda reconfortar; ni siquiera el descubrimiento de la verdad, ya que ésta no existe.
En la obra se juega con dos tiempos simultáneos: un presente en el que se enfrentan los dos hermanos, y los días previos a la muerte del padre. Los guía el intento del hermano menor de desenredar la madeja y descubrir lo que realmente sucedió. Ray, a pesar de sus pesares, es un personaje en el que va creciendo la crueldad y el odio: guarda un gran rencor hacia su padre al ser testigo de cómo casi mata a golpes a su madre, y hacia su hermano mayor, Eliot, por haber huido dejándole la responsabilidad de la casa materna.
Ray se ha vuelto frío y desapegado de cualquier liga emotiva hacia sus semejantes y Eliot ha adoptado el alcoholismo y la irresponsabilidad de su padre. El hermano menor, en su intento de saber más, maltrata y ridiculiza a dos mexicanos que estuvieron cerca de su padre antes de morir: el taxista que lo llevó a pescar junto con una prostituta y al vecino que diariamente le llevaba sopa caliente. Paradójicamente, lo que cada uno de ellos odia de su padre es lo que integra su personalidad.
El humor está presente, y Shepard lo maneja desde la comicidad de la situación: llevándola hasta el absurdo en una de las escenas más logradas –donde Ray somete al taxista a un interrogatorio ridículo en el cual Jorge Zárate hace un trabajo magnífico–; en la vulgaridad con la cual se expresan los hermanos y el padre; y en las acciones sin sentido que lleva a cabo la prostituta, interpretada por Gabriela Zamora. El tinte del absurdo se exacerba aún más al plantear, como premisa fundamental, la duda en la que vive el protagonista al saberse muerto, como afirma Conchita, la prostituta, y que nos remite directamente a la metáfora que representa el personaje.
El difunto señor Henry Moss es interpretado con maestría por Arturo Ríos, transmitiendo el cinismo, la furia, la adicción al alcohol y el maltrato hacia los otros, al mismo tiempo que el dolor hacia su propia vida, que es ya su muerte. Sale avante en el reto de crear un personaje alcohólico verosímil que no sea una caricatura, al igual que Ernesto Godoy en el papel del hermano mayor, a quien compadecemos extrañamente. En contraste, nos encontramos con un hermano menor interpretado con rigidez y frialdad por Sebastián Moncayo, donde, sin la profundidad necesaria, no transmite la complejidad de su personaje.
Otto Minera guía hábilmente este carrusel de emociones, y su trazo escénico hace que los movimientos, tanto de los personajes como de los tránsitos de escena a escena, fluyan sin contratiempos en la escenografía diseñada por Tere Uribe.
El difunto señor Henry Moss, que se presenta en el Teatro Milán, es una obra de teatro que nos sumerge en una realidad desencantada de los Estados Unidos a finales de los ochenta y cuyos personajes oscuros nos adentran en el alma compleja del ser humano.