Sophie y su escape del falso paraíso yihadista

viernes, 11 de marzo de 2016
Sophie Kasiki cayó en la trampa. Se dejó seducir por la propaganda yihadista, por la promesa de una vida idílica dedicada a la ayuda humanitaria, y se lanzó a la aventura de incorporarse al califato del EI en Siria. Pero pronto descubrió el verdadero rostro de ese falso paraíso, en el cual las mujeres valen menos que un objeto. Protestó y eso le valió ser encerrada no en una cárcel, dice, sino en algo que “se parece más bien a una perrera”. De regreso en su patria, ella escribió un libro para advertir a las jóvenes musulmanas radicalizadas: el Estado Islámico es un infierno… y ella tuvo suerte de poder escapar de ahí. PARÍS (Proceso).- “La carretera se ve como una larga cinta amarilla en el llano devastado. Los bombardeos de Bashar al-Assad formaron cráteres entre los cuales se divisan ranchos miserables que parecen todavía habitados. Pero sus habitantes son invisibles. Se esconden. Atravieso ese paisaje corroído y desfigurado por la violencia de la guerra con mi hijo sentado en las piernas y escondido bajo mi niqab (velo). Tengo agarrado su cuerpecito pesado y caliente con un brazo y con el otro aprieto fuerte el torso flaco de un hombre que no conocía ayer y de quien dependen hoy nuestras vidas. Se llama Malik. Es nuestro salvador.” Con esa escena casi cinematográfica de una huida angustiada de Siria empieza En la noche de Daesh, libro publicado hace un mes en Francia. En ese denso relato, que oscila entre testimonio y confesión, Sophie Kasiki, una joven francesa oriunda de la República Democrática del Congo (RDC), cuenta su siniestra aventura de dos meses en Raqa, capital siria del Estado Islámico (EI), a la cual arrastró a su hijo de cuatro años. Muy pocas mujeres escapan del califato. Sophie Kasiki sabe que tuvo suerte en su infortunio. Fue lo que la llevó a compartir su historia mientras luchaba para sobrellevar los traumas causados por su estadía en Siria y las graves consecuencias familiares y judiciales de su hazaña. “Quiero disuadir de irse a Siria a las jóvenes musulmanas radicalizadas que sueñan con casarse con yihadistas o que el Estado Islámico seduce con misiones humanitarias supuestamente vitales para las víctimas de Bashar al-Assad”, dice en su libro. Sophie Kasiki es un seudónimo. Desde su regreso a Francia, esta trabajadora social de 34 años, que vivía con su esposo en la periferia de París, observa estrictas reglas de seguridad. Teme que el EI no perdone su deserción y menos aún su testimonio. No descarta represalias en su contra o contra su familia. ¿Cómo y por qué se dejó enrolar por el Estado Islámico? ¿Cómo y por qué acabó yéndose a Siria? Estas dudas son omnipresentes a lo largo del libro. Escribe Sophie en las primeras páginas de En la noche de Daesh: “No logré detectar un acontecimiento particular que pueda explicarlo todo en esa galaxia de cosas que componen mi existencia. El error sería considerar la religión como causa única y suficiente de lo que hice. Es cierto que me había convertido al Islam. Yo era lo que se llama una recién convertida y había adoptado esa religión con entusiasmo. Pero sería a la vez fácil e inexacto decir qué fue lo que me motivó. En realidad no hay explicación luminosa e irrebatible para ese drama que empezó en febrero de 2015”. Entre los eventos importantes “que componen la galaxia” de su vida, Sophie recuerda “su infancia dichosa” con su madre, sus tías y muchos primos en Kinshasa, capital de la RDC. Esa felicidad se acabó bruscamente con el fallecimiento de su madre. Su familia la confió a una hermana que vivía en París. Tenía nueve años. Vivió dolorosamente tanto el duelo como el desarraigo y se hundió en la neurastenia. “Hoy veo claramente que padecí una depresión infantil que no fue diagnosticada. Duró ocho años. En mi familia no se le ocurrió a nadie pedir el auxilio de un psicólogo para ayudarme a sobrellevar mi luto”, revela en su libro. Vacío A los 17 años Sophie salió de esa depresión crónica. Se lanzó de lleno a los estudios, empezó a trabajar, se casó y a los 30 años tuvo a su hijo. Hubiera debido ser feliz, pero “se sentía vacía”. “Mi familia es muy católica, pero yo dejé la Iglesia a raíz de la muerte de mi madre. Quizá fue por eso que sentía un vacío en mi vida. Quizá era de nuevo la depresión. En todo caso, ese vacío fue el Islam el que me ayudó a llenarlo”, escribe. “No encontré a un imán persuasivo ni a un predicador iluminado. Nadie me lavó el cerebro. Esa religión nadie me la transmitió ni me la impuso. La elegí sola. Compré libros, compré el Corán, me metí en internet, estudié, reflexioné en secreto (…) Luego, un viernes, fui a la mezquita y después de las oraciones de las mujeres hablé con el imán. Le conté brevemente mi itinerario y mi vida y le hablé de mi deseo de convertirme.” El imán la escuchó “con bondad” y le aconsejó seguir estudiando. Cuando se sintió lista, lo volvió a visitar. El imán aceptó su conversión. La ceremonia fue muy sencilla. Sophie trabajaba en los alrededores de Versalles, en un centro social frecuentado por familias oriundas de África, especialmente del Magreb, muchas de ellas musulmanas. Atendía tanto a las mujeres como a los jóvenes del barrio. No le habló de la conversión a su esposo, un maestro de primaria francés y con fuertes convicciones laicas. Empezó entonces a vivir una doble vida. Creció su malestar. Se tambaleó su relación de pareja. Y de pronto, un acontecimiento precipitó su destino: supo que tres jóvenes que solían participar en las actividades del centro social se habían ido a Siria. Fue un choque. Los tres eran amigos de la infancia, tenían la misma edad, 23 años, y habían disimulado cuidadosamente su radicalización. Sus familias estaban desesperadas. Sophie empezó a dedicarles la mayor parte de su tiempo y a alejarse más de su propia casa. Como hacen casi todos los jóvenes que parten rumbo al califato, estos tres muchachos mantenían contactos telefónicos esporádicos con sus padres. Pero cada llamada provocaba dramas. Un día uno de ellos llamó a Sophie pidiéndole intermediar con su familia. Luego los otros dos le solicitaron el mismo favor. Se estableció una relación por correos electrónicos, mensajes de texto y Skype que se intensificó a lo largo de seis meses. Los flamantes yihadistas le describían entusiastas su nueva vida. Le explicaban que la prensa occidental mentía. Le enviaban fotos exóticas. Le hablaban de un hospital de mujeres en el cual ella podría ser útil. Nunca le explicaron claramente lo que hacían en Siria. Según cuenta, aprovecharon su ­desasosiego y las confidencias que les acabó haciendo sobre sus problemas de pareja y su “mal de vivir”. “Entonces no me di cuenta de que era víctima de un sistema de propaganda y reclutamiento bastante elaborado”, escribe. Renunció a su trabajo y le dijo a su esposo que se iba a trabajar un mes como voluntaria en un orfanato de Turquía. Su relación estaba tan deteriorada, que la decisión de irse no causó problemas. El 20 de febrero de 2015 Sophie y su hijo aterrizaron en Estambul, donde los esperaba un “contacto”. A partir de ese momento, una red muy bien organizada se encargó de llevarlos hasta Raqa, cruzando clandestinamente la frontera entre Turquía y Siria. Los privilegiados Los primeros pasos de Sophie en la capital Siria del califato fueron complicados. Antes de llevarla al departamento donde iba a vivir, sus tres mentores –que eran también sus tutores oficiales– confiscaron su pasaporte y se precipitaron con ella en una tienda para comprarle el atuendo que el EI impone a todas las mujeres: una abaya –amplio vestido negro con mangas largas que cubre todo el cuerpo–; una capa negra que a su vez cubre la cabeza, los hombros y acaba a la altura de las caderas; otro velo negro que tapa la frente, la barbilla y una vez más los hombros; finalmente el niqab, velo integral que cubre toda la cara y todas las demás capas de ropa negra… Sin olvidar guantes, medias y austeros zapatos negros. Muy pronto se acumularon las desilusiones: la más brutal fue la actitud de los mujaidines extranjeros que pululan en Raqa. “Aquí todos los combatientes andan armados, cualquiera que sea su rango, mientras muy pocos sirios tienen derecho a llevar armas. Estos extranjeros caminan por las calles con suma arrogancia y se comportan como un ejército de ocupación.” Sophie no tardó en descubrir que los mujaidines gozan con descaro de múltiples privilegios. La clínica de maternidad donde empezó a trabajar la consternó. Creada por el EI, administrada por yihadistas extranjeras y reservada a campesinas sirias pobres, el establecimiento resultó sucio y desorganizado, y el trato a las recién paridas por parte de las doctoras y enfermeras oriundas de Egipto, Túnez, Marruecos, Bélgica o Gran Bretaña, le pareció poco humano. Supo que todas las escuelas estaban cerradas porque el EI estaba adaptando los programas escolares a su interpretación extremista de los principios coránicos. La impactó el control férreo del EI sobre la población: “Cuando los combatientes no están en el frente de guerra, reciben entrenamiento militar y recorren la ciudad para intimidar a la gente mientras la implacable policía islámica lo controla todo”. La impresionó “esa sociedad profundamente jerarquizada” en la cual el EI y sus mujaidines internacionales ocupan la cúspide de la pirámide. Más abajo, según cuenta, están los sirios que optaron por prestar juramento de lealtad al Estado Islámico, pero que no dejan de estar en la mira de los líderes del califato, obsesionados con los espías; después se encuentran los resistentes divididos en dos grupos: los partidarios de Bashar al-Assad y los miembros de la oposición moderada del Ejército Sirio Libre (ESL). Son objeto de una persecución despiadada. “Muy abajo, los sirios pobres intentan pasar inadvertidos para sobrevivir. Esperan callados días mejores. El desprecio manifestado por los extranjeros –hombres y mujeres– para los sirios es general”, recalca. Después de dos semanas, Sophie entendió que nada tenía que hacer en Siria y anunció a sus tutores su deseo de regresar a Francia. A partir de ese momento su situación se tornó trágica. Los tres jóvenes confiscaron las llaves de su departamento y la mantuvieron secuestrada con su hijo 15 días. Lejos de capitular, Sophie inició una huelga de hambre. Le fue peor. Los jóvenes la encerraron en una madafa, una inmensa casa en la que viven amontonadas decenas de mujeres solas o con hijos, en condiciones de higiene espantosas. Escribe Sophie: “Una madafa es una especie de ‘guardería’. Es ahí donde los mujaidines ‘depositan’ a sus esposas cuando salen a combatir, para que estén bajo vigilancia. Es allí también donde se ‘enclaustra’ a las mujeres recalcitrantes o a las que esperan casarse. Salvo estas últimas, todas las demás están confinadas contra su voluntad. No es exactamente una cárcel, se parece más bien a una perrera”. La madafa donde fue encerrada estaba dirigida por Oum Hakim, una yihadista francesa de origen marroquí, que además de su negra ropa islámica llevaba un cinturón del que colgaban esposas y un chaleco de cuero, también negro, de uno de cuyos bolsillos sobresalía la culata de una pistola. Después de un mes en esa “perrera”, Sophie y su hijo lograron escurrirse por la puerta principal de la madafa, que había quedado sin llave y sin vigilancia en medio de los preparativos casi histéricos de una boda. Empezó entonces una hazaña digna de una película de suspenso. La joven francesa se refugió en la casa de una familia que había conocido brevemente en el edificio donde había vivido a su llegada a Raqa. Logró hablarle por teléfono a su marido, al que ya había acabado por confesar que estaba en Siria. Le pidió auxilio. Los servicios de inteligencia franceses a los que se dirigió el esposo de Sophie no se interesaron en el caso. Pero gracias a una red de solidaridad de exiliados sirios radicados en Francia se estableció el contacto con resistentes del ESL de Raqa, quienes montaron un operativo de rescate en sólo dos días y a cambio de 30 mil euros. A Sophie esa huida de la ciudad, en motocicleta, el 23 de abril de 2015, le pareció inacabable. Sabía que en caso de ser descubierta iba a morir lapidada, que Malik, su salvador, sería decapitado y que su hijo sería convertido en yihadista. A su llegada a Estambul fue interrogada por los servicios de inteligencia turcos antes de poder viajar a Francia. Apenas salió del avión en París, fue detenida. Pasó un mes y medio encarcelada y sometida a un sinnúmero de interrogatorios por parte de la Dirección General de la Seguridad Interior. El 12 de junio de 2015 fue juzgada por sustracción de menor y condenada a cuatro meses de prisión. Hoy se reconstruye y espera el permiso legal de volver a vivir con su hijo.

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