El combate del arte contra la violencia

jueves, 31 de marzo de 2016
A mediados de 2013, Conaculta puso en marcha el Programa Piloto de Verano para la Transformación Social a través del Arte y la Cultura, que más tarde se llamaría Cultura en Armonía. Según las cifras oficiales, ha habido, entre 2014 y 2015, 2 mil 624 acciones en todo el país, con la participación de 1 millón 20 mil personas. Pero, ¿ha habido un impacto concreto en la disminución del delito? Son los doctores en antropología Carmen Pérez Camacho y Eduardo Nivón Bolán, quienes como analistas puntuales de ese programa exigen una política de Estado, mayor participación ciudadana y compromiso de los medios. CIUDAD DE MÉXICO, (Proceso).- Con cerca de tres años de actividades, cuyo propósito es contribuir a la prevención de la violencia y la delincuencia y a la reconstitución del tejido social, el programa Cultura para la Armonía presume varios resultados, pero hasta hoy se desconoce con precisión su impacto en la disminución del crimen, si es que lo ha tenido de manera directa. Los antropólogos Carmen Pérez Camacho y Eduardo Nivón Bolán ofrecen en exclusiva para Proceso el resultado de sus evaluaciones: Coinciden en celebrar que, por primera vez, se reconozca en un plan sexenal para la cultura el fenómeno de la violencia y la urgencia de contribuir a su combate. Lo ideal –señalan– es que no sea el proyecto de un gobierno, sino una auténtica política cultural de Estado. Advierten también que la solución a los problemas de la violencia supone estrategias múltiples que pasan por el combate a la corrupción en todos los niveles, e incluso por una transformación en el régimen de partidos. Quien espere que la cultura por sí sola va a solucionar estos conflictos, está “descaminado”, indica Nivón. Fue en julio de 2013 cuando el entonces Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta), hoy Secretaría de Cultura, puso en marcha el Programa Piloto de Verano para la Transformación Social a través del Arte y la Cultura, que más tarde se llamaría Cultura en Armonía. Por instrucciones del jefe del Ejecutivo, Enrique Peña Nieto, se hizo una inversión especial, de 470 millones de pesos, para el estado de Michoacán, por ser considerada una de las entidades más azotadas por la violencia, aunque se llevaron actividades a otros lugares de la República. Según cifras de la Secretaría de Cultura, desde 2014 a diciembre de 2015 se han realizado 2 mil 624 acciones en todo el país, con la participación de 1 millón 20 mil personas. Mil 336 de estas acciones se inscriben en el Programa Especial de Acción Cultural Michoacán 2014, “un esfuerzo transversal en el que participaron 22 instancias del entonces subsector Cultura”. En la actualidad hay 8 mil 740 niños de 20 estados en agrupaciones musicales y colectivos comunitarios de creación artística. Para 2016 se espera alcanzar cobertura nacional con la incorporación de 6 mil niños y jóvenes en actividades permanentes, con lo cual sumarían 14 mil integrantes de coros, ensambles, orquestas y colectivos comunitarios de creación en áreas como fotografía, gráfica, artes escénicas, radio y cine digital. Más allá de las cifras, la pregunta es si han tenido un impacto concreto en la disminución del delito, pues en los medios de comunicación las noticias sobre crímenes, asesinatos o desapariciones siguen en el orden del día. Incluso, en un informe de 236 páginas, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, que el año pasado realizó un recorrido por el país, señala que la lucha contra el narcotráfico de Felipe Calderón y de Peña Nieto ha agravado la situación de violencia hasta alcanzar “niveles alarmantes”, pues han muerto más de 100 mil personas, miles han desaparecido y millares han tenido que desplazarse de sus comunidades. Cuestionado sobre el tema en una entrevista con este semanario, publicada la semana pasada (Proceso 2055), el secretario de Cultura, Rafael Tovar y de Teresa, destacó como un resultado de esta iniciativa la recuperación del espacio público, e incluso dijo que hay testimonios de familias completas que “pudieron volver a salir… no tuvieron miedo y no se sintieron amenazados”. Lo que no tiene la secretaría es la certeza de un impacto positivo en la disminución de la violencia. En junio de 2014, la directora de Culturas Populares y responsable del proyecto, Alejandra Frausto, lo admitió en entrevista (Proceso 1964): “Yo no puedo hablar de eso, no te puedo decir. Nosotros lo que podemos decir es: ‘Hay tantas familias involucradas en un proceso cotidiano cultural’.” En el mismo sentido, el director de orquesta Eduardo García Barrios, coordinador del Sistema Nacional de Fomento Musical, a través del cual se han creado con los mismos propósitos orquestas y agrupaciones musicales para niños y jóvenes, advirtió en entrevista con la agencia Apro, en diciembre pasado: “Sería irresponsable de mi parte decir que un niño que toma un violín no tomará un fusil, de ahí a decir cómo influye la música en toda una comunidad ¡cuidado!… Eso es trabajo de un sociólogo.” E hizo un llamado a sociólogos, antropólogos y psicólogos sociales para ayudar a evaluar “el impacto social que tiene esto en los niños y en el combate a la violencia, en el desarrollo social y en la equidad de género”. Reconocimiento tardío Los doctores en antropología y especialistas en el tema de políticas culturales, Pérez Camacho y Nivón Bolán, han realizado –cada uno por su parte– el trabajo de dar seguimiento a las acciones de Cultura en Armonía, observar su desarrollo in situ, hablar con gente de las comunidades beneficiadas y analizar sus alcances. En entrevista conjunta concuerdan en que es difícil precisar si a partir de las acciones culturales han disminuido los crímenes, pero destacan como logros la recuperación del espacio público, además de la participación ciudadana y el involucramiento de varios gobiernos e instituciones. Profesor de la Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa, Nivón pondera además que, por primera vez en la historia de los planes nacionales de cultura, el Programa Especial de Cultura y Arte (PECA) considere el clima de violencia del país y comprometa socialmente a la cultura con las soluciones. En el ámbito internacional, comenta, ha habido experiencias positivas en ocasiones, como las treguas navideñas, y otras negativas, que si bien son momentos alentadores, son breves y no garantizan la pacificación. En México, sin embargo, había un atraso, se reconoció muy tardíamente la gravedad de la violencia y a ello atribuye que tanto los proyectos del Conaculta como los estudios de las universidades sobre la violencia prácticamente vayan comenzando. Y si bien el planteamiento del PECA le parece tímido pues le falta una mayor reflexión y elaboración teórica acerca de las potencialidades de la cultura, destaca: “Sería muy importante que el Estado decidiera comprometer al aparato cultural en este problema, me parece importantísimo. Pareciera que la cultura se desarrollaba en una cápsula donde no existían estos problemas.” Reitera que no le gusta totalmente la formulación hecha en el PECA, pero valora que haya ahí una propuesta para lograr la armonía. Aprecia también que se tomara a Michoacán como un caso, pues aunque se lleven programas de orquestas que podrían parecer lejanos a esas comunidades, se abre una puerta interesante de oportunidades. Faltaría realmente, sigue el investigador, desarrollar una estrategia adecuada. Y expone las razones por las cuales no le satisface totalmente la propuesta: “Me parece insuficiente, es sólo un programa y como tal no está generando una política cultural, que es a lo que debemos aspirar. Desearía que programas como éste permitieran desarrollar políticas más amplias y comprometer al gobierno federal, a los gobiernos de los estados, incluso a los municipios, en una política consistente, de alcance nacional sobre el tema, que supondría tres aspectos: “Trabajar con los promotores culturales, que son la piedra fundamental de estas actividades y son el sector que está en el frente cotidiano. Y como cualquier familia se ven sometidos a la violencia; incluso han sido víctimas de extorsión por parte de los grupos violentos. Cuando ganan algún apoyo económico para sus propuestas se los quitan, se publica una lista de quienes ganan un apoyo y son víctimas de la violencia.” Para Nivón los promotores culturales son los verdaderos “héroes” de la acción cultural y quienes están recuperando los espacios públicos, lo cual supone en principio el reconocimiento de que hay problemas compartidos, rescatando tradiciones, aunque no pueden enfrentar directamente los problemas de la violencia. Falta también definir si los programas son de “cultura de paz” o “de mediación de conflictos”. Piensa él que México debe formar promotores culturales especializados en la mediación de conflictos, ya no mirar hacia las experiencias extranjeras, sino reconocer los aprendizajes de los promotores en su intento por recuperar lo público. Lo segundo es ampliar la cobertura. Explica que las actividades se han enfocado en niños y adultos, y no han dado atención suficiente a los jóvenes, por una parte porque no se ha encontrado la línea o veta para atraerlos, y por otra porque ellos tienen otros intereses. El problema es que se trata de un sector “de riesgo”: “Es el que más está sufriendo los embates de la violencia, el que mira su futuro con más dificultad. Tendremos que quebrarnos la cabeza para poner a los jóvenes en el centro de estos programas.” Y su tercer punto es la “falta de compromiso de los medios de comunicación”, que en su opinión deberían impulsar la difusión de estas acciones. Ya hay una agenda digital dentro de la cual podría invitarse a los jóvenes a hacer cine, a presentar sus videos en los festivales, y abrirles así estas nuevas formas de creación. “Deben involucrarse con estos programas de paz. No utilizaría la palabra excluyente, pero es totalmente insuficiente lo que se está haciendo, y para superar esa insuficiencia hace falta un compromiso de los medios… públicos y privados… la televisión, el cine, la internet.” A la pregunta de si Cultura en Armonía ha contribuido a disminuir el delito, el investigador admite no saberlo, pero aclara que si no lo ha hecho no significa “necesariamente que el programa esté mal”. Señala: “Quien espere que la cultura va a resolver los problemas de la violencia, está descaminado. Los problemas de la violencia suponen estrategias múltiples, pero me parece que tampoco podríamos pensar en una cultura encapsulada, centrada en la excelencia, o que la capacitación musical podría ser una política cultural adecuada. Había que reconocer la urgencia y esto es lo novedoso en el caso mexicano.” Participación ciudadana Pérez Camacho basó su análisis sobre Cultura en Armonía en cuatro líneas: La primera para evaluar el tipo de valores que se promueven, si son de respeto, convivencia, igualdad de género y tolerancia. La segunda, cómo participan los distintos actores en el desarrollo y evaluación de las actividades, si hay diálogo y colaboración entre los diferentes niveles de gobierno y cómo se integra la ciudadanía, si son escuchadas sus opiniones y si toma decisiones. La tercera se enfoca en la convivencia, si la ciudadanía retoma las actividades propuestas y las lleva a su cotidianidad y otros ámbitos o se queda como espectáculo. Y, finalmente, la organización, si se generan espacios de convivencia para otras actividades culturales que satisfagan necesidades de otra índole y otros ámbitos en la población. Como parte de sus conclusiones considera valioso que participen 20 estados de la República y 22 dependencias gubernamentales, pues “implica una transversalidad de distintos niveles de gobierno”, además de la participación de las propias comunidades. Juzga que el programa se ha convertido en un modelo: “Me atrevería a decir de política cultural porque no sólo se ve a la cultura como una serie de eventos donde la ciudadanía está en un espacio de entretenimiento o como público. Es un programa que involucra a la ciudadanía en esa dinámica.” Redondea que se han creado grupos comunitarios de participación, se suman autoridades municipales locales y conjuntamente empiezan a decidir el rumbo de estas actividades. No sólo se quedan en el espacio de cobertura, sino que la cultura deja de ser entretenimiento e involucra su identidad y el futuro al plantearse hacia dónde deben ir en adelante. La especialista compara que en lugares como Tamaulipas las familias temen salir de sus casas y se han replegado, e incluso, pese a estar en tiempos electorales, no quieren saber ni opinar nada de política. Este tipo de situaciones, advierte, incrementa la violencia intrafamiliar. Por el contrario, Cultura en Armonía ha creado “polígonos de alta seguridad”, y la gente sale, comienza a conocerse y reconocerse como vecinos, e incluso a organizarse en torno a las actividades, como el Cine Sillita, donde hasta hacen meriendas en común durante las funciones. En el caso de Fomento Musical, las familias se organizan para llevar a sus hijos al ensayo del coro u orquesta, al tiempo que los niños hacen trabajo comunitario de limpieza en sus comunidades. El siguiente paso será escuchar y atender las demandas de la comunidad para determinar qué quieren en el futuro. “Empieza a darse una dinámica vinculada a otro concepto de la cultura, de quién soy y hacia dónde quiero ir.” La investigadora coincide con Nivón en el sentido de que el programa parte del reconocimiento de un grave problema y de la búsqueda de una opción que “pueda disminuir la inseguridad y restablecer el tejido social”. Difícilmente, añade también, se verá si a partir de este proyecto ha disminuido el nivel de delincuencia, pero “están cambiando paradigmas”. Como ejemplo menciona las agrupaciones de Fomento Musical, donde ya no basta que un niño aprenda bien la técnica de tocar el violín, sino que ahora pone atención en si la música lo está transformando de alguna manera y a su comunidad. Y aclara que ciertamente no se puede dejar la solución de un problema tan complejo sólo a la cultura, se necesita la intervención de otros ámbitos “de la seguridad, el empleo, de otras visiones internacionales, cómo se ha hecho, y un actor que vale la pena resaltar es la ciudadanía, cómo está evaluando su propia experiencia”. Cita a García Barrios al decir que no se puede garantizar que un niño que toca violín no tomará un arma, pero Fomento Musical le muestra que puede hacer algo más que malbaratar sus conocimientos de música en servicios para el crimen organizado: ahora tiene más opciones, incluida la de llegar a estudiar en un conservatorio. Reitera Pérez Camacho: “No podemos pensar que la cultura puede resolverlo todo, pero tampoco podemos dejarla a un lado, tiene su impacto, puede orientar hacia los valores, las normas, restituir ese contrato social que se ha perdido. Entonces echemos mano de la cultura, organicémonos para que ese ámbito cultural pueda fortalecer y mejorar las relaciones humanas.” Muchos frentes –¿Hay necesidad de cambiar los modelos económico y político? ¿No forman parte del origen de los problemas? ¿Por qué sólo esperar de la cultura? –se les pregunta a los investigadores. –Sí, tiene que ver con esto del contrato social –responde Carmen Pérez–, no sólo con si creo en ti, sino en crear las condiciones para que el contrato social sea real, con la participación y el reconocimiento de los otros. Ahora estamos en un modelo de gobierno donde se aspira a que la idea de gobernanza no se quede solamente en los funcionarios. “Pensar que solamente los gobernantes, los funcionarios, son los que pueden resolver, ya no nos ayuda, necesitamos un sistema de gobernanza en el que la participación de la ciudadanía sea más real en distintos frentes, desde los jóvenes, ahora la participación de las mujeres es muy importante… Ya no funciona que las propuestas vengan de arriba hacia abajo, debe haber una participación más democrática.” Y añade Nivón por su parte: “Desde luego, es indispensable un plan de combate a la desigualdad que permita que los ciudadanos se sientan parte de ese espacio público. Es decir, no basta con anunciar a los ciudadanos que tienen derechos, alguien debe responder por mantener un mínimo de calidades de vida, un mínimo de sobrevivencia, eso me parece indispensable. “También veo indispensable una transformación de nuestro régimen de partidos –es ¡impresentable!–, porque eso se traduce en buena medida en las complacencias y en las complicidades que han tenido los partidos ante la corrupción y ante la violencia. Si los partidos no están de acuerdo en construir un verdadero régimen anticorrupción, es muy difícil que esto baje hasta los gobiernos locales y que el espacio público, la participación ciudadana, se haga en un ambiente de confianza.” Es indispensable también, en opinión suya, una reflexión en torno a la educación, que ha puesto ahora el acento en la evaluación de los maestros, pero uno de los grandes problemas está en el sistema de educación superior que sólo en la metrópoli rechaza a 90% de quienes solicitan ingreso, “y no es que pida ampliar la matrícula, sino más oportunidades, crear más centros de educación superior, con más ingenio”. Incluso, conseguir mejores condiciones para quienes se ven obligados a migrar, pide. “En fin, decir que la cultura debe comprometerse con la violencia no nos exime de pensar en los otros grandes problemas, todos aportan, un sistema verdadero de ataque a la corrupción es indispensable, eso filtra la participación de los partidos políticos, que abren la puerta al oportunismo que estamos viviendo en las autoridades locales, la falta de compromiso, todo esto abonará para el combate a la violencia.” Y se adelanta a una posible pregunta en torno a las posibilidades reales de construir todo lo anterior: “Hay ejemplos en el mundo que nos permitirían ser optimistas, pero no sólo eso, ¡estamos obligados a ser optimistas!, porque aquí viven nuestros hijos.”

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