El narco gringo que quiso ser narco mexicano

jueves, 16 de junio de 2016
Mencionar el narcotráfico es evocar escenas de violencia, de mucha sangre en México o Colombia, por ejemplo. Pero hay otra cara del mismo fenómeno, una más “civilizada”, menos mediática: la parte del comercio ilícito de drogas en Estados Unidos, donde a la par de la corrupción imperan la lógica del mercado y la eficiencia empresarial. J. Jesús Esquivel nos presenta ese retrato en Los narcos gringos (Grijalbo, 2016), de reciente aparición. Con permiso del autor publicamos aquí fragmentos del primer capítulo. CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Me llamo Don Henry Ford Jr.; trabajé como encargado de un rancho cerca de Fort Stockton, en el estado de Texas. Para ser más exacto, en Pecos. El rancho estaba en un lugar despoblado cerca de la frontera con Coahuila, México; teníamos sembradíos de alfalfa y vacas. Todo lo que se sembraba era cultivo de riego; con bomba sacábamos el agua de norias. En esos años [fines de los setenta y principios de los ochenta del siglo pasado] la situación en Estados Unidos estaba del carajo. Era muy caro el precio del gas con el que sacábamos el agua y los pocos ranchos que estaban alrededor poco a poco se fueron a la quiebra por lo mismo, por lo caro que estaba en ese tiempo el gas. Pagaban muy barata la producción del rancho; no alcanzaba para cubrir el costo del gas ni el salario de los trabajadores. En ese entonces yo tenía como 25 años de edad, estaba muy joven y no era güevón; trabajé muy duro, era el gerente. Tenía bajo mi responsabilidad a unos 30 trabajadores de planta y como a otros 20 más de temporal. Era un rancho grande; teníamos 16 norias trabajando todo el tiempo para regar los sembradíos de alfalfa y para dar de beber al ganado. (…) No encontrábamos solución para salvar el rancho y fue entonces cuando decidí hablar con uno de los trabajadores mexicanos, el que me vendía la marihuana. Me contó de dónde la traía y quién se la vendía a él; era marihuana mexicana, de muy buena calidad, eso que ni qué. Tenía la solución allí, en el mismo rancho, y que me voy a México para ver si podía hallar un poquito más, ya no sólo para mi consumo, sino pa’ vender. Mi intención era ganar dinero con la marihuana para salvar el rancho. (…) En realidad yo no movía mucha mercancía: llegué al punto de estar moviendo 200 libras [90.7 kilos] por cada viaje que iba a traer de Santa Elena. En el rancho, los trabajadores se dieron cuenta de lo que estaba haciendo; no me tenía que esconder, entraba mucha marihuana a Estados Unidos. Mucha gente de la frontera se dedicaba al negocio, no en grande, claro, sino para sacar unos dólares de más. Yo quería muchos dólares, pa’ librar el rancho. Fue por eso que otro de los trabajadores pidió hablar conmigo y me dijo: “Mire, yo también tengo un hermano que trabaja en esto”. El asunto es que el hermano de este trabajador no compraba la marihuana en Chihuahua: él la traía y la pasaba por el estado de Coahuila. El que la vendía era de Coahuila, tenía un grupo, se llamaba Óscar Cabello Villarreal, y él mismo fue directamente a verme al rancho. Nos arreglamos y le empecé a comprar la marihuana en más cantidad. Caro Quintero Óscar trabajaba en un ejido de Coahuila llamado Piedritas; ranchero también, estaba muy interesado en el negocio de la siembra de alfalfa y en el ganado. Todos sufríamos, por eso ya éramos como hermanos, batallando con los mismos problemas. Él necesitaba hacer negocios para mantener su rancho y yo también para salvar al mío en Texas. (…) En realidad yo no vendía la marihuana directamente a la gente. En Plainview, cerca de Dallas, tenía a una persona a quien le entregaba la mota y era ella quien se encargaba de venderla, aunque también tenía un primo que vivía cerca de Dallas y ése era otro de los encargados de vender y distribuir a los clientes de la calle la marihuana que yo traía de México. En esos años compraba la libra de marihuana en unos 200 dólares, pero era de alta calidad, sin semilla. Nosotros vendíamos esa misma libra en 800 dólares: ése era el precio al que se la daba a mi primo y al otro hombre de Plainview. Ellos a su vez la vendían a otro precio, para que cada quien se ganara su dinerito. Sabía que mis distribuidores la vendían en 1 200 dólares, repito, porque era de mucha calidad la que conseguía por medio de Óscar: estaba conectado allá en México con gente de a deveras, los que sabían del negocio, gente de Guadalajara y Sinaloa. La mota que vendíamos venía del grupo de [Rafael] Caro Quintero. Óscar no conocía a Caro Quintero, pero la mota venía del cártel de Guadalajara, de eso estoy cien por ciento seguro. Repito, era mota muy buena. Sabíamos por garantía que venía del rancho El Búfalo, ese que tenía Caro Quintero en Chihuahua y que luego le chingó el gobierno [mexicano]. No era mota así como mucha de la que se vendía en otros lados de Estados Unidos, corriente; a nosotros no nos la mandaban en costales de un tamaño y de otro, de esta clase y de esta otra clase. No, señor. La que recibía Óscar llegaba en pacas bien hechas, parejitas, y en cajas; pura calidad de marihuana. Puede que no lo crean, pero era casi industrial, no era de un fulano y de otro, o de este y ese otro: venía del cártel de Guadalajara y era el producto del trabajo de miles de personas por la calidad y cómo estaba empacada y todo, digo yo. Pero como decía, llegó un tiempo en que no había marihuana; entonces me arranqué y fui al estado de Sinaloa; me fui por Durango, por la sierra, a Mazatlán. Me fui buscando, buscando; ya antes había ido una vez al estado de Guerrero, pero allí me arrestaron los federales [soldados], aunque luego me soltaron. (…) Yo estaba del lado mexicano con Óscar, esperando el momento para pasar a Estados Unidos. Había juntado 60 libras y estaba haciendo viaje y viaje para completar la carga; duré como dos o tres días esperando en el lado mexicano después de que arrestaron a mi primo. No tenían nada de evidencia. El policía que lo hizo pensaba que yo iba a cruzar, y nada más de suerte no fue así. Ese hombre llevó a mi primo a un monte, lo encañonó con un rifle M-16, y le dijo: “¿Sabes qué? Ya sé todo lo que has hecho y quiero trabajar contigo”. Ese agente de Aduanas le propuso un trato: trabajarían juntos; mi primo le pagaría un dinero y él se encargaría de avisarle cuando estuviera abierto el camino para que pasara la mercancía con toda libertad. Ahora que si no aceptaba el trato, el agente amenazó a mi primo: “Si no lo haces, te voy a hacer agua. Te puedo dejar muerto aquí mismo si quiero”. (…) Mi primo cruzó a México y me contó toda la historia. Me propuso que yo mismo me arreglara con ese pinche policía: le dije que no, porque estaba seguro de que se trataba de una trampa. Pensé que los agentes querían saber cuándo iba a pasar mota para este lado y que me iban a esperar para arrestarme. Me di la vuelta, me fui por otro lado de la frontera y metí la carga. La policía, cuando se dio cuenta de eso y de que yo no había aceptado el trato, se puso brava con mi primo; lo buscaban y el mismo policía que lo amenazó con el rifle le decía: “Hay que tener confianza, los vamos a ayudar. Dile a tu primo que venga a hablar conmigo”. Muchas, pero muchas veces, mi primo insistía en lo del trato con el policía, y bueno, fui, hablé con el carajo y nos arreglamos. El trato era precisamente que viajaría a Sinaloa a comprar mercancía a los campesinos independientes y que él nos dejaría pasar la carga a Estados Unidos; fue hace muchos años, por eso ya no recuerdo exactamente cuánto me iba a cobrar el carajo policía. Ese agente era gringo como yo y como mi primo; se llama David Regela e incluso está mencionado en la historia de cuando mataron a Pablo Acosta; ahí se habla de ese cabrón. Era el dueño de toda esa región de la frontera: era un hombre de poder que tenía bajo su cargo y supervisión a todos los agentes de Aduanas que vigilaban desde el norte hasta el sur de Texas, en la frontera con México. (…) Me fui a Sinaloa, pero ya presentía algo extraño; por eso, cuando regresé a la frontera le dije a mi primo que ya no iba a hablar con Regela, que yo solo iba a cruzar el viaje sin ayuda de ningún carajo; que al fin y al cabo, si querían dinero, Regela ya lo había agarrado: ya le habíamos pagado. Le expliqué que para pasar la mota no necesitaba saber si estaba bien el camino ni nada, que no le quería decir nada a los carajos policías. Mi primo se asustó; ya estábamos de este lado [Estados Unidos] y mi primo le habló sin decirme nada. ¡Noooo! Me acuerdo: estábamos ahí en una tienda cuando viene el carajo de Regela bien encabronado; lo calmé y ya nos pusimos de acuerdo. Quedamos en que nos iba a esperar en un retén para darle dinero, porque no podíamos salir juntos de la tienda; nos dijo que se adelantaría y que nos esperaría en el retén. No, pues la trampa estaba arreglada. Salimos, nos fuimos, y ya nos estaban esperando: era un grupo muy grande, con rifles y todo. Con “El Señor de los Cielos” Viviendo en México me di cuenta de que como narco independiente corría mucho riesgo; apenas podía pasar 100 o 200 libras por semana y con mucho problema. En Estados Unidos, cuando viví en Oregon, donde aprendí a sembrar mota, conocí a gringos muy poderosos que trabajaban en otros niveles, más arriba; no era gente del estado, sino originarios de Florida. Esos hombres manejaban hasta 60 toneladas de marihuana que les llegaba de Colombia. Ahora que lo pienso, yo casi fui una especie de conexión entre los narcos gringos de este lado y los mexicanos de aquél. Conocí a Amado un día que acompañé a Óscar a Torreón: fui porque Óscar me lo pidió. Yo pensaba que ya íbamos a hacer un viaje grande en lugar de estar chingándole de a poquito. Le pregunté a Óscar si conocía bien a ese señor Amado, porque si lo conocía tan bien como decía, entonces juntos podríamos mover toneladas de mota porque yo tenía a la gente, a los gringos de Oregon que la vendían en cantidades muy grandes. Le conté que esos gringos regaban hasta 60 toneladas de mota cada mes por todo Estados Unidos. “Son muy poderosos”, le dije. Igual que Amado en México, en esos años en Estados Unidos estaba este hombre en Oregon que se llamaba Bob Jameson: este carajo y su grupo traían al país mota de Colombia, de Hawái, de Tailandia, hachís de Líbano, de todo el mundo. En Torreón fuimos al hotel Camino Real, adonde nos había acompañado mi primo Phil; él y yo nos acomodamos en una habitación y Óscar en otra. Óscar se salió y nos dejó en el hotel; al rato regresó con Amado y nos mandó llamar. Cuando lo vi, pensé que no podía ser cierto que ese hombre fuera quien moviera todo en México, que de verdad fuera el mero mero: no lo creía. Era más o menos de mi edad; estaba vestido de ranchero, con botas vaqueras, sin sombrero (…). La reunión fue en una cantina. Yo veía un chingo de policías por todos lados con [pistola calibre] .45 en la cintura; me puse muy nervioso, pero Óscar me dijo que no tuviera cuidado, que estaban al servicio de Amado, que lo andaban cuidando. Le conté a Amado lo que quería hacer: con él ya no sólo estábamos hablando de pasar nada más mota a Estados Unidos, sino cocaína. En ese tiempo yo no la manejaba; platicamos de coca porque fue justo en esos años cuando Amado empezaba a ponerse de acuerdo con los colombianos para el tráfico. (…) Más o menos como a medianoche se acabó la reunión; Amado se puso de acuerdo con Óscar en seguir trabajando y nos fuimos al hotel. Me fui a mi cuarto, donde también estaba hospedado mi primo, y como unas tres horas después, ¡pum!, nos estaban tocando a la puerta muy recio; espantado, mi primo se levantó a abrir y ahí fue cuando nos cargó la chingada. En la puerta estaban los policías: eran como un comando, todos vestidos de civil con pasamontañas y armados con rifles de alto poder y ametralladoras. Del cuarto nos sacaron a empujones y en puros calzoncillos; nos llevaron a la calle, al estacionamiento del hotel. Empezaron a hacernos preguntas: que dónde estaba la mota, que la chingada; nosotros les respondíamos que no sabíamos de qué estaban hablando y era la verdad (…). Los policías, nada; seguían haciendo un chingo de preguntas, pero en eso me acordé de que Óscar me había dicho que ya estábamos arreglados con ellos, por eso se me ocurrió averiguar si habían hablado con él. “¿Cuál Óscar?”, me dijo uno de los cabrones. Entonces nos echaron una cobija encima y nos llevaron otra vez al hotel, al cuarto donde estaba Óscar. Ahí lo tenían en el suelo, lo estaban pateando; ya lo tenían todo morado de la cara y con las costillas rotas. Un hombre lo tenía amenazado con una Uzi. “¿Éste es Óscar?”, me preguntaron. Creo que a mí no me torturaron porque sabían que era ciudadano de Estados Unidos; sabían que si lo hacían, yo podía denunciar. Tendrían que matarme y eso iba a provocar un pleito más grande. Pero a Óscar lo siguieron torturando delante de mí. Nos regresaron al cuarto de donde nos sacaron, y al entrar me di cuenta de que habían revisado todo. No encontraron armas ni nada, y yo ahí con mi primo, permanecimos encerrados hasta las seis de la mañana. A esa hora salimos: luego de estar seguros de que ya se habían ido los carajos a la chingada, fuimos a ver a Óscar. Ya estaba solo en su cuarto. Me dijo que aquellos hombres eran de la Interpol y que lo dejaron en paz hasta que hablaron con Amado y él les pagó. Eso nos contó, pero yo me dije: “Pura pinche mierda, ese hombre [Amado] nos hizo esto con toda la intención para ver si yo era policía”, y Óscar defendiéndolo: que no, que el asunto no era así. Hasta hoy sigo creyendo que en realidad Amado estaba averiguando si mi primo y yo éramos policías. Ésa fue la única vez que vi personalmente a Amado. Nos fuimos de Torreón, me llevé a Óscar bien jodido a su casa. ¡El hombre estaba bien jodido! Tardó como unas tres semanas en recuperarse. Cuando se levantó de la cama, le dije que si quería trabajar con Amado, lo hiciera; que yo no iba a trabajar con él. Nunca más en la vida le quería volver a verle la cara a ese carajo. Independiente Comencé a trabajar de otra forma, nunca me quedé parado en un solo lugar, siempre anduve moviéndome buscando mercancía. La ventaja que tenía en ese entonces fue que nunca confié en la policía mexicana: sabía que todos esos estaban arreglados con la gente de Amado. Yo no quería nada con los cabrones policías; eran peores que los criminales. Mi regla desde que me inicié en el negocio fue nunca confiar en un cabrón que juegue de los dos lados: con la policía, con el gobierno y, al mismo tiempo, con los narcos. Seguí trabajando con Óscar como independiente, pero sin nada que ver con Amado como él. En Piedritas pusimos un sembradío de mota; Óscar se arregló con la policía, con los federales, y yo planté la marihuana. Ya estábamos produciéndola, y cuando casi era el tiempo de la cosecha, resulta que nos cayó de sorpresa una visita: la esposa del viejo que se escapó conmigo de la cárcel, la mujer de Cross. La señora vio el sembradío y todo lo que estábamos haciendo Óscar y yo, nos contó algunas cosas de su marido y luego de unas horas se retiró; pero se fue al pueblo de Múzquiz, ahí en Coahuila, y se emborrachó. No sólo eso, como estaba bien borracha e iba manejando, se accidentó. Al lugar del accidente llegó la policía, y a la hora de hacerle preguntas y la chingada, como la vieron borracha, se dieron cuenta de que llevaba mota en la bolsa: era mota fresca. La arrestaron, se la llevaron a la cárcel, la maltrataron y pues habló; les dijo lo del sembradío en Piedritas y que se arma un escándalo. La noticia de la gringa con la mota y el sembradío comenzó a salir en las estaciones de radio de Coahuila. Me acuerdo bien que los cabrones de la radio exageraban las cosas. Decían: “¿Qué andan haciendo dos gringos allá en las montañas? Sembrando marihuana, qué otra cosa, si en Piedritas no hay nada que hacer”. Cuando en la radio siguieron con el asunto, dándole y dándole a la cosa de los gringos, comprendí que todo había valido madre; le dije a Óscar que necesitábamos cortarla toda aunque todavía no estuviera seca y en su mero punto; estaba más o menos, pero teníamos que cosecharla de emergencia. Óscar, en su fregadera, decía y decía que no había problema, que estábamos arreglados con la policía y con las autoridades. ¿Y cuál arreglados? Que llega un destacamento de 120 soldados a Piedritas. Nos dimos cuenta cuando iban llegando al pueblo y nos fuimos a esconder al monte; desde allá en los cerros los estuvimos vigilando. Se quedaron dos días en el pueblo, pero gracias a Dios no se acercaron al sembradío y se fueron. Como si no le hubiera importado la visita de los soldados, Óscar insistía en que todo estaba bien, en que todo estaba arreglado. Pasaron como unas dos semanas de eso y le dije que ya era buen tiempo para cortar la mota; contratamos a unos peones y la cortamos toda. Pero la mala suerte estaba allí; al día siguiente llegó la policía y arrestaron a 12 personas que estaban procesándola. Yo, gracias a Dios, no andaba con ellos; estaba con Óscar en otro lugar, lejos del pueblo, y hasta allá llegó a caballo Vicente, su hermano, para decirnos que nos peláramos porque la policía nos andaba buscando. Nos fuimos a la sierra.

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