Marguerite: ingenuidad suicida

viernes, 24 de junio de 2016
MONTERREY, NL (apro).- Todos se ríen de Marguerite (Marguerite). La dama adinerada es un desastre como intérprete de ópera. Por motivos filantrópicos organiza presentaciones en su mansión, y aúlla mientras el público aguanta la carcajada. Su marido evita esos eventos para ocultar su vergüenza. Los vividores la embaucan, inescrupulosamente, y se divierten de sus inexistentes habilidades. Hasta el mismo póster promocional de la película hace mofa de su ineptitud, mostrándola como una diva frente a un gran público. Pero ella no se da cuenta de nada. En esta producción francesa, la estupenda intérprete Catherine Frot da vida a la permanente aspirante a estrella que vive en un universo paralelo. El director Xavier Giannoli contempla sus desventuras como un Dios cruel, que la sigue en el penoso recorrido de su vida solitaria, en la que busca ser cantante internacional, convertirse en una figura en la agitada vida artística de París, de la segunda década del siglo XX. El retrato es descarnado, con humor ácido y dirigido a los adultos. En un entorno dominado por escenarios de arte barroco, sobrecargado, propio de la época, la mujer es una especie de esperpento con clase. Entrada en años pero físicamente agraciada y con un temperamento dulce, Marguerite hace alarde de una ingenuidad suicida. La socialité, candorosa e inocente, se inmola artísticamente en la ciudad. Inconscientemente, avanza sonriente hacia su propia destrucción. Su primer círculo de afectos es leal y cómplice. El marido de papel le guarda lealtad, pero no fidelidad. Sus asistentes participan en la farsa, aplauden sus aparentes progresos, solapan con aplausos obligados los fiascos de sus presentaciones domésticas. Pero el resto del mundo hace chunga, a sus espaldas, por el orgullo que irradia por su pretendido amor a la música. Es dolorosa la sola exhibición de la nula capacidad de la baronesa para entonar una nota decente. La compasión se convierte en angustia cuando, entusiasmada por adulaciones falsas, decide cometer una empresa que se antoja una locura: dejar la seguridad del claustro doméstico, para cantar en público, ante una gran audiencia. La historia es un conmovedor relato de una dama que se esmera, sin talento, pero con una voluntad férrea, en transformarse en artista. No nació con el don. Su coach de voz la somete a ejercicios bizarros y humillantes, para que aprenda a modularse. Nadie se atreve a proporcionarle terapia de choque, ubicarla en su miserable realidad, rodeada de lujos y confort, pero con un ridículo propósito en la vida. Los personajes secundarios son maravillosos. En una sociedad de cínicos y oportunistas, también hay lugar para el cariño. El acompañante negro (Denis Mpunga), de lealtad perruna, que le remedia todos los problemas; el mentor (Michel Fau), un tenor venido a menos quien, luego del estupor inicial, se convierte en tutor y amigo; un periodista (Sylvain Dieuaide), que primero la engaña y termina por apegarse a ella, por afecto. El trabajo de Frot es de una entrañable delicadeza. De alguna forma oscura, la dama percibe que algo no funciona en el ambiente, pero se niega a aceptarlo. Ubicarse, significa entender la tragedia de su vida vacía. Dentro de su serenidad y tras la sonrisa apacible, hay una intensa lucha interior, que demanda un esfuerzo emocional extenuante. La historia deriva con suavidad, conforme avanzan los dislates de Marguerite, de la realidad aplastante a territorios cercanos a la ensoñación. Alcanza el punto en el que la Madame parece vivir en un estado onírico, en el que ya se mezclan los eventos que vivió, con una posible aventura imaginaria. El final abierto deja espacio para las especulaciones. La cinta es el genial retrato de una dama que se esmera, hasta el límite de sus fuerzas, en conservar un anhelo que es el centro de su vida, pese a que la realidad amenace con despedazarla.  

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